Una familia moderna Capítulo 12. Lunes #4
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Capítulo 12. Lunes #4

La escuchamos preguntar a la doctora Ríos qué me ha puesto, qué técnica ha utilizado y todos los detalles de mi visita. Le hace un interrogatorio como si fuera del FBI hasta que parece quedarse satisfecha con las respuestas.

Cuando termina la conversación, le cuenta a la doctora García toda la información que le ha proporcionado la doctora Ríos.

No sé por qué pregunto si ellas conocen a la doctora que me ha hecho ese peeling . Me miran como si me hubiera vuelto loca.

—Desde luego que no —responde Irene.

—Y ahora, ¿qué me vais a hacer?

—No le pasa nada, una reacción al ácido glicólico. No se debe poner este producto sin antes hacer una prueba —me explica la doctora García conteniendo su malhumor.

—Pero mi querida cuñada prácticamente ha obligado a esa doctora —interviene Irene.

La doctora García me pasa un algodón empapado en no sé qué producto, y me va colocando compresas frías. Así está por lo menos media hora hasta que empiezo a sentir cierto alivio.

—Creo que vamos a lograr reducirle la inflamación.

Después me extiende una crema que me dice que es calmante y me da una pastilla que no me atrevo a preguntar qué es.

—En estos casos hay que tomar o corticoides o un antihistamínico.

Pero no me dice cuál de los dos me ha dado.

Después me da un blíster con más pastillas que debo tomar cada seis horas y una crema calmante e hidratante que tengo que extender por las piernas.

—Mañana le echaré un vistazo. Venga a primera hora de la tarde.

Salgo de la consulta acompañada de Irene. Mi cuñada no me habla. Creo que está exagerando su enfado.

—Te llevo a casa.

Se lo agradezco. No solo porque no tengo ganas de esperar un taxi, también porque el coche de Irene es muy cómodo.

—Eres rematadamente idiota. Una caprichosa incapaz de medir las consecuencias de sus actos. Ya eres mayorcita para hacer estas cosas. Tienes que aceptar tu edad de una vez por todas.

Aguanto el rapapolvo sin rechistar. No es que Irene tenga razón, es que pelearme con ella no me conviene.

—Tienes setenta años, Martha, setenta, y hagas lo que hagas los seguirás teniendo.

Te pongas hilos tensores o ácido glicólico.

Esa doctora a la que has ido me ha dicho que no aceptabas un no por respuesta, que se ha visto obligada a atenderte y que había optado por un peeling porque es el tratamiento menos agresivo, pero…

en fin, no le voy a dar más vueltas, eres una estúpida de tomo y lomo.

—Sé que tengo setenta años, pero eso no implica que no haga lo necesario para estar mejor —me defiendo.

—No, no puedes engañar a nadie. Ninguno podemos. Todas esas mujeres que se rellenan los labios y que insisten en que les inyectemos bótox, vitaminas… solo se engañan a ellas mismas, los demás sabemos que tienen la edad que tienen por más que no puedan mover un músculo por las inyecciones.

—Pues para dedicarte a este negocio no pareces muy partidaria.

—Soy enfermera, tengo un buen trabajo y en la Clínica Alvarado procuramos hacer las cosas bien, no perjudicar a las pacientes.

Pero no engañamos a nadie, no podemos borrarles la edad.

Las manchas de tus piernas son una de las consecuencias de haber cumplido setenta años.

Acéptate como eres de una puñetera vez. Deja de mirarte el ombligo.

—Sé que tengo setenta años. Si no hubiese aceptado mi edad, no me habría retirado a los cuarenta, pero eso no quita para que me quiera ver bien.

—Cuando te mueras no serás un cadáver atractivo por más tratamientos que te hagas.

—Eres una pésima relaciones públicas de la Clínica Alvarado.

—Soy tu cuñada, te tengo afecto y me da rabia ver cómo te pones en ridículo pretendiendo disimular tu edad.

—¿Cuál es la alternativa? —le pregunto con ansia de que me dé una respuesta que me sirva de algo.

—No hay alternativa a cumplir años salvo morirse.

Pero mientras vivas procura tener la mejor salud posible, haz ejercicio, date una buena crema hidratante en la cara y otra en el cuerpo, cuida tu cabello…

, no te lo machaques con el secador… En fin, tu aspiración debería ser tener un aspecto saludable, no el de una veinteañera.

—¿Y puedo teñirme las canas o te parece una estupidez? —pregunto para provocarla.

—Lo que te dé la gana. No estoy entre las fans de las canas. Envejecen.

—Pero me acabas de decir que acepte mi edad.

—Sí, acéptala y utiliza todo aquello que te dé buen aspecto sin recurrir a tratamientos agresivos. A los setenta es una pérdida de tiempo. A mí me gusta cómo llevas el pelo, un rubio blanquecino o blanco con reflejos rubios, no sé muy bien. No te envejece, pero tampoco te disfraza.

—¿Puedo pedirte discreción? No me gustaría que Thomas y mi hija se preocuparan.

—No diré nada. Tienes mi palabra.

—Gracias, Irene.

—Pero no vuelvas a actuar como una adolescente idiota.

Encuentro a Thomas releyendo la versión inglesa de un libro escrito entre Arsuaga y Juan José Millás: La muerte contada por un sapiens a un neandertal .

Pienso que mi marido está ilusionado por conocer a Arsuaga como si fuera un chiquillo al que le van a presentar a su futbolista favorito.