Capítulo 12. Lunes #3
Me encuentro a Thomas y a Felicitas en el despacho. Él está sentado en su sillón favorito y ella lo está en el suelo. Parecen contentos.
—¿Lo habéis pasado bien? —les digo con la esperanza de que me cuenten dónde han estado.
—Fenomenal. Papá me ha acompañado al despacho de Manu. El proyecto que ha diseñado es fantástico, ¿verdad, papá?
—Ese chico tiene talento —asiente Thomas.
—¿Y en qué consisten los cambios? —pregunto para que mi hija crea que me intereso por lo que hace.
—Un plató triple, o sea, tendremos tres escenarios, luces acorde con cada tema, una música que sea la referencia del canal.
Y más secciones. Vamos a introducir cocina, autoayuda, conversaciones con mujeres y hombres inspiradores.
Una sección sobre naturaleza y medio ambiente y un buzón donde quienes nos siguen dejen propuestas de asuntos que les interesan y quieren que tratemos.
Una vez a la semana leeremos sus sugerencias y día a día irán viendo los reportajes sobre esos temas.
»Participación. Manu dice que estamos en el siglo de la participación, que todos queremos interactuar. Ya no nos conformamos con ser solo espectadores.
—Qué interesante —digo para que no me reproche que no me preocupo por lo que hace.
—Ese Manu tiene más talento del que yo creía. El canal de Felicitas estará en hora con el siglo veintidós.
No digo nada, pero me parece exagerada la afirmación de Thomas. Me limito a sonreírles a los dos e intento no rascarme las piernas, que cada minuto me pican más.
—¡Ah!, y papá ya ha sacado el billete para Boston. Parece mentira que en estas fechas haya tanta gente que viaja a Boston —dice Felicitas con esa sonrisa de niña buena que tanto me crispa.
—Bueno, Boston es una ciudad importante y es lógico que reciba visitantes todo el año —respondo con la voz más amable de la que soy capaz, aunque en realidad tengo ganas de ponerme a gritar.
—Me voy el sábado —añade Thomas.
—Estupendo, así dispondrás de tiempo para preparar el seminario.
—Voy un poco justo, pero creo que lo conseguiré. Allí tengo mis notas de cuando daba clases —responde Thomas sorprendido al verme aceptar su marcha con lo más parecido a la indiferencia.
—Thomas, tú eres un filósofo reconocido, tu sola presencia justifica ese seminario. —Sonrío mientras hablo.
—Gracias, Martha —me responde desconcertado por mi buena disposición.
—¿Gracias? No sé por qué me das las gracias. No sabes lo que siento haber interrumpido tu preparación del curso.
—Bueno…, eso ya no importa. —Mi marido me observa con desconfianza, como si temiera que después de una conversación tan almibarada le tire algo a la cabeza.
Cada vez me escuecen más las piernas, pero no voy a decirles que me han hecho un peeling con ácido glicólico en un lugar que he encontrado en internet. Tengo ganas de rascármelas, pero lo mismo me hago heridas o algo peor.
—¿Qué te pasa, mamá? —pregunta Felicitas.
Mi hija se ha dado cuenta de mi incomodidad. Bueno, al menos no le soy tan indiferente.
—Quería daros una sorpresa, pero… las cosas vienen como vienen. Otra vez será.
Mi marido y mi hija me miran con suspicacia. No se fían de mí. Estoy por levantarme e irme al cuarto de baño para ver mis piernas. O, mejor, voy a llamar a esa doctora, que me dio su número por si el ácido glicólico me producía alguna reacción.
—¿Qué sorpresa? —pregunta mi hija con temor.
Me encojo de hombros y pongo la sonrisa más inocente de la que soy capaz.
—Esta mañana he ido a la parroquia.
—Martha, me parece muy loable lo que estás haciendo por esas mujeres y sus hijos —me interrumpe Thomas.
—Bueno, el beneficio es mutuo. A mí me ayuda a dar un poco de sentido a mi vida —respondo con una voz meliflua que espero les parezca convincente.
¡Menuda cínica estoy hecha! Esas niñas y sus madres me sirven de entretenimiento para pasar el verano. No es el mejor que podía buscarme, pero no he encontrado otro.
—Bueno, el caso es que uno de los voluntarios tiene una amiga paleontóloga que trabaja en las excavaciones de Atapuerca.
Y en la parroquia han decidido aprovechar la oportunidad y llevar a los niños de excursión a Atapuerca.
Pregunté si estará Juan Luis Arsuaga y me han dicho que sí y…
bueno, propuse que vinierais porque sé lo mucho que te interesan esas excavaciones y sobre todo Arsuaga.
Creo recordar que en alguna ocasión me has dicho que te gustaría conocerle.
Un filósofo y un paleoantropólogo… ¡Ufff!
Cuánto me hubiera gustado escuchar vuestra conversación.
Creo que también estará Juan José Millás, sé que te gustan los libros que han escrito mano a mano él y Arsuaga…
Thomas se ha quedado en silencio. Sé que está luchando consigo mismo para vencer la tentación que le acabo de plantear.
Felicitas, que a veces es más lista de lo que parece, se levanta del suelo y rodea con los brazos el cuello de su padre.
—Podrías retrasar un día o dos el viaje a Boston y… bueno, se me ocurre que si a Arsuaga no le importa, sería una bomba grabar una conversación entre los dos. ¡Menudo estreno de temporada para mi canal!
—Bueno, yo no sé si él querría… Bastante favor nos va a hacer reuniéndose con nosotros. Lo de hablar con tu padre no ofrece ningún problema, pero grabar la conversación… me parece un abuso por nuestra parte. —Seguramente he sido sincera aun sin pretenderlo.
Felicitas no pierde ocasión para ponernos a todos a disposición de su canal.
Pero yo no me siento capaz de decirle a Pablo que le diga a Enrique que le diga a su amiga y esta a Arsuaga que la hija de un filósofo norteamericano, del que seguramente no habrá oído hablar, quiere grabar un programa con ellos dos mientras pasean por Atapuerca.
Mi hija parece tonta, pero en ocasiones, como esta, se pasa de lista.
—Martha, me gustaría mucho acompañaros. Sabes mejor que nadie de mi interés por el trabajo que están haciendo en Atapuerca y también por Arsuaga. Me gustaría mucho conocerle, hablar con él…
—Ya, pero no puedes, tienes billete para el sábado —respondo con una sonrisa que espero no resulte demasiado impostada.
—Quizá… quizá pueda retrasar el viaje un par de días… ¿Qué te parece?
—A mí me parece bien, pero depende de lo que a ti te venga bien.
—Pues ahora mismo llamo a la compañía aérea para que me cambien el vuelo. No, no me puedo permitir perder la oportunidad de conocer a Juan Luis Arsuaga.
¡Gol! Sí, le he metido un gol sin que se diera cuenta. Felicitas me mira con gesto mohíno.
—De todas maneras, le diré a Manu que vaya y lleve una cámara. Resultará interesante la visita de todas esas mujeres y los niños, y supongo que a Arsuaga no le importará que le grabemos mientras les enseña Atapuerca.
—Es que no creo que sea él quien nos enseñe Atapuerca —respondo para que no se haga una idea equivocada de lo que va a ser la excursión.
—Da lo mismo, supongo que saludará a los niños y también a papá.
—Sí, es de suponer.
—Pues ya está. Como dice Manu, hay que aprovechar lo que uno tiene.
—Muy sensato tu amigo —respondo por decir algo—. Y ahora os dejo, quiero preparar la clase de inglés de mañana.
Me voy al cuarto de baño y cuando me levanto la falda y me veo las piernas tengo que reprimir un grito. Están más rojas que en la consulta. Menos mal que me he llevado el móvil al baño y llamo a la doctora Ríos.
Le cuento que tengo las piernas como si me las hubieran cocido en agua hirviendo.
—¿No está exagerando?
Estoy a punto de insultarle, pero respiro hondo antes de responder.
—No, no estoy exagerando, me escuecen, me duelen… y eso que, según usted, lo del ácido glicólico era la solución más light …
—Lo es, solo le he hecho un peeling , pero puede haberle dado una reacción alérgica. Venga a la consulta, le echaré un vistazo y lo mismo la mando a urgencias.
No. No voy a ir a su consulta. Llamaré a Irene; al fin y al cabo, ha sido culpa de ella lo que me ha pasado por negarse a que fuera a la Clínica Alvarado porque ya no hacen tratamientos en verano.
La recepcionista me dice que Irene está en una reunión de personal y que me llamará cuando termine. Le digo que no puedo esperar, que es un asunto grave.
Un minuto después escucho la voz preocupada de mi cuñada:
—¿Qué sucede? ¿Estáis todos bien?
Le digo la verdad. No tengo otra opción por más que me fastidie pedirle un favor.
—Coge un taxi y ven cuanto antes.
Me cuelga el teléfono. Salgo del baño y con el bolso en la mano intento salir sin que me vean para no dar explicaciones.
Una vez fuera de casa, corro por la calle no vaya a ser que a Felicitas o a Thomas se les ocurra estar mirando por alguna ventana.
Hace calor y no hay taxis. Debería haberlo pedido por teléfono, pero no puedo volverme atrás.
Pasan diez minutos que me resultan interminables hasta que un taxi libre para.
Cuando llego a la Clínica Alvarado, la recepcionista me mira con mala cara.
—Doña Irene la espera en la consulta de la doctora García.
Me acompaña, da unos ligeros toc, toc en la puerta, abre y me cede el paso.
Irene está enfadada. Al menos podría disimularlo. Pero ni lo intenta.
—Pasa —me dice mirándome de arriba abajo.
La doctora García me hace una seña para que me siente en la camilla.
—Pero ¿qué ha hecho usted? —me pregunta también irritada.
Se lo cuento, pero les echo la culpa a ellas. Si me hubieran dado una cita, no habría tenido que recurrir a internet.
—¿Tienes el teléfono de esa doctora? —me pregunta Irene.
Se lo doy y ella a una señal imperceptible de la doctora García marca el número de la doctora Ríos.