Una familia moderna Capítulo 12. Lunes #2
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Capítulo 12. Lunes #2

—No nos has dado opción. Nos has puesto entre la espada y la pared. En realidad, nos has chantajeado de mala manera. Hemos aceptado por los niños. Enrique quería enviarte a tomar viento y yo… yo te habría mandado directamente a la mierda.

No puedo evitar reírme. Me cae bien Pablo, no se anda con remilgos a la hora de tratarme. Más bien, todo lo contrario. Pero me cae bien y sé que yo también a él. Supongo que soy un alma a «pescar» para que no me vaya directamente al Infierno.

—Gracias, insisto en que os lo agradezco.

—Cari se va a ocupar del alquiler del autobús y de las entradas para la excursión. Te llamará para decirte cuánto es y que mandes un bizum o una transferencia.

—Lo prometido es lo prometido. Correré con todos los gastos.

—Y… Martha, no quiero meterme en tu vida, pero me gustaría ayudarte. Retrasar el regreso a Boston de tu marido no te servirá de nada.

—¿Y quién te ha dicho que quiero retrasar su viaje? —Me fastidia que se haya dado cuenta y me hago la ofendida.

—Eres más transparente de lo que crees. Cuando quieras hablamos.

Son las cuatro y Felicitas y Thomas aún no han regresado.

He comido con Lucía en la cocina intentando controlar el malhumor, aunque sé que no lo he conseguido.

Le he dicho que ha puesto demasiado pepino al gazpacho y que hoy no le han quedado bien los filetes empanados.

Como me conoce, se ha encogido de hombros diciéndome: «Oye, tu malhumor no lo pagues conmigo».

Iba a responderle, pero me he callado. Tiene razón.

Después de comer he buscado en internet centros de belleza donde quiten las manchas de las piernas. He encontrado uno que parece serio. He llamado, y después de insistir un buen rato me han dado hora para las seis.

Son las cinco y media y todavía no han regresado ni Thomas ni Felicitas. Me están fastidiando. Salgo de casa malhumorada.

El centro de belleza está en el bajo de un barrio de clase media. Me abre la puerta una chica joven que me sonríe como si le diera alegría verme. Pero ni ella me conoce, ni yo a ella. Eso me fastidia porque me molesta la impostura. No quiero que me sonrían porque sí.

—Pase, pase. La doctora está terminando con una paciente y después va usted. Vamos a aprovechar para rellenar su ficha.

Estoy por decirle que no quiero que me hagan ninguna ficha, pero sé que sería una petición inútil.

La relleno poniendo el apellido de casada en vez del mío. Es lo que hago cuando no quiero que me «fichen».

Una vez que la he rellenado, me hace esperar en una salita con una decoración que deja mucho que desear.

Los sillones son de escay y las sillas tienen el asiento desgastado.

Los estores de las ventanas en su tiempo debieron de ser blancos, pero ahora están amarillentos.

Nada que ver este lugar con la Clínica Alvarado.

Supongo que también notaré la diferencia en el precio.

Al cabo de un rato, la chica viene a decirme que ya puedo pasar. Entro en la consulta y detrás de una mesa está la doctora. Es una mujer de unos cincuenta años, lleva una bata blanca desabrochada. Tiene cara de cansada, pero sonríe indicándome con la mano que me siente.

—Dígame, señora Sullivan, ¿por qué esas prisas por venir? —Es lo primero que me pregunta mientras lee mi ficha.

—Porque quiero que me quite las manchas de las piernas.

—Bueno, eso no es problema. Déjeme verla. Puede dejar el vestido detrás del biombo, encontrará una bata, se la pone y viene.

Detrás del biombo hay una mesita con varias batas de hospital perfectamente dobladas. No son nuevas, pero están limpias. Hay un perchero y allí cuelgo mi vestido y regreso a la consulta.

—Túmbese en la camilla —me dice la doctora.

Lo hago. Se inclina sobre mí con una lupa en la mano y me va mirando mancha por mancha.

—Son manchas por la edad. No son malas.

La miro sorprendida. En ningún momento había pensado que mis manchas pudieran ser «malas».

—Quiero que me las quite ahora.

—¿Ahora? Imposible, esto lleva su tiempo.

—Que es de lo que yo carezco. No quiero ofenderla, pero le pagaré lo que sea. Tengo que emprender un viaje y no sé cuándo volveré. Prefiero quitarme las manchas aquí que en el lugar adonde voy.

—¿Y adónde va? —me pregunta con curiosidad, como si esperara escucharme decir que me voy a lo más profundo de África o a explorar el Polo Norte.

—A Boston.

—Bueno, Boston es un lugar donde puede encontrar excelentes clínicas.

—Ya, pero quiero hacerlo aquí y ahora —insisto.

—Son casi las siete de la tarde. La he citado porque ha insistido, pero cualquier cosa que hagamos será mañana.

—No. Tiene que ser hoy.

—Señora Sullivan…

—Doctora Ríos…

—Con mucho gusto la puedo citar para mañana a primera hora.

—No. Ya le he dicho que tiene que ser ahora. Le pagaré por su tiempo.

La doctora vuelve a colocar su lupa sobre las manchas y al terminar me dice:

—Bueno, le puedo hacer una exfoliación química suave.

—¿Y eso qué es?

—El procedimiento menos agresivo habida cuenta de las circunstancias.

—¿Qué circunstancias?

—Que solo la he examinado superficialmente, que son las siete de la tarde y que no voy a proceder con ningún tratamiento del que no esté absolutamente segura. Y no me vuelva a decir que me pagará lo que sea porque no puede comprarme.

—De acuerdo. Pues hágame esa exfoliación química suave. ¿Servirá?

—Sí. A lo mejor los resultados no son suficientes, pero se puede repetir.

—¿Qué puede salir mal?

—Lo que puede pasar es que se le enrojezca la piel, cierta hinchazón… Poco más.

—Pues hágamela.

—En su ficha pone que no toma medicamentos.

—Y no los tomo.

—¿Nada?

—Alguna vez aspirina.

—¿Ha tomado hoy?

—No, no me duele la cabeza todos los días.

—De acuerdo.

—¿Con qué me lo va a hacer?

—Con ácido glicólico. Es muy efectivo a la hora de eliminar las células muertas que tenemos en la piel.

—¿Me desaparecerán las manchas?

—Disminuirán su color.

—Quiero que me desaparezcan.

—Eso requiere otra técnica que no pienso realizarle ahora. Y no sé por qué accedo a hacerle nada. No se pueden hacer las cosas deprisa y corriendo. Antes debería llevar a cabo un estudio para decidir lo que más le conviene, que seguramente sería el láser. Pero decídase, señora Sullivan.

Acepto de mala gana. Me pregunto si no estaré cometiendo una equivocación. No sé quién es esta doctora.

—Tiéndase —me ordena cubriéndome con una sábana que solo deja mis piernas al descubierto.

Siento un leve cosquilleo por la piel, me debe de estar pasando por las piernas no sé si una toalla de papel o de algodón.

—¿Qué está haciendo? —le pregunto.

—Limpiar la zona.

Parece concentrada en mis piernas y no alcanzo a ver qué más hace, pero sigo sintiendo que me pasa algo por ellas, creo que un líquido espeso, y cuando intento incorporarme para mirar, la doctora se enfada.

—O se está quieta y me deja hacer mi trabajo o se levanta y se va.

—Solo quiero saber lo que me está haciendo.

—Lo mínimo que puedo: un peeling con ácido glicólico. He visto en su ficha que tiene setenta años.

—¿Y eso es un inconveniente?

—Me sorprende que le preocupen las manchas de la edad.

—Ya, se supone que a los setenta me debo quedar en casa haciendo calceta.

—Mi madre va a cumplir ochenta y no se queda en casa haciendo calceta. Precisamente hoy se ha marchado con sus amigas a Italia en un viaje organizado por el centro de mayores del barrio.

—Bien por ella.

No sé por qué me cuenta eso de su madre. No me importa lo que haga o deje de hacer la buena señora. Estoy por levantarme de la camilla e irme. Esta doctora es tonta de remate, ¿cómo puede pensar que yo vaya a apuntarme a un viaje del IMSERSO? Le falta psicología para tratar a los pacientes.

Creo que me está pasando un algodón impregnado en algo. Sube y baja.

Parece que ya ha terminado. Observo que mira su «obra» con escepticismo. Estoy por decirle que me pica la piel.

—¿Ha quedado bien? —le pregunto para ver si deja de mirarme las piernas.

—Con el ácido glicólico lo que hacemos es una exfoliación suave. Se eliminan las células muertas de la piel.

—Ya, pero lo que yo quiero es que me elimine las manchas.

—También rebaja la oscuridad de las manchas, pero no las hace desaparecer.

—¡Pues entonces no me sirve!

—Usted se ha empeñado en que le hiciera «algo» y yo no puedo hacerle nada sin un estudio previo.

—Pues habérmelo dicho.

—No he parado de decírselo desde que ha entrado en la consulta.

—Pues no me lo ha dejado suficientemente claro.

—Se lo he dejado clarísimo.

Me incorporo y miro mis piernas. Estoy a punto de gritar. Las tengo rojas.

—Pero ¡qué me ha hecho! Me las ha dejado al rojo vivo y, además, me duelen.

—Ahora le voy a expandir una crema hidratante para calmar la piel.

No puede tomar el sol; en realidad, no debe darle el sol, aunque sea indirectamente.

Solo puede llevar pantalones o faldas largas.

Si la piel se le empieza a descamar, no se le ocurra hacer nada.

Eso sí, tiene que mantener la piel muy hidratada.

Ya verá que en unos días sus piernas estarán mejor.

—Pero no me habrán desaparecido totalmente las manchas —protesto.

—No, desde luego que no. El ácido glicólico las reduce, pero no las elimina en una sesión.

Tengo suerte y al salir encuentro un taxi a pocos metros de la consulta. Casi no me ha dado tiempo de darle la dirección al taxista cuando suena el móvil. En la pantalla aparece el nombre de Cari.

—Martha, cariño, me tienes que hacer el bizum. Ya tengo el autobús contratado. Tenemos que dejar un depósito del cincuenta por ciento.

—Mándame un wasap con la cantidad y en cuanto llegue a casa te lo mando.

—No sabes cómo te lo agradecemos. Para los críos va a ser una experiencia inolvidable.

—Siento tener que recordar que lo hago porque quiero que mi marido conozca a Arsuaga. —Se lo digo para que no crean que soy un alma de la caridad.

—Lo sé, lo sé, pero no importa tu motivación, sino el resultado. Un beso.

Cari cuelga y yo me pregunto por qué me he metido en este lío. No sé cómo se lo va a tomar Thomas; si dice que no, a saber cómo voy a salir de este embrollo.