Capítulo 12. Lunes
Lunes
E n ocasiones la suerte sale a nuestro encuentro. Anoche apenas dormí pensando qué hacer para retrasar el viaje de Thomas, y esta mañana, cuando he ido a la parroquia a dar las clases a las niñas, he escuchado por casualidad a Pablo hablar con Enrique sobre Atapuerca.
Enrique le proponía a Pablo llevar a los niños de excursión para que vieran las excavaciones. Conoce a una paleontóloga que participa en ellas y les servirá de guía.
—Pero es un lío llevar a tantos niños… Habrá que preguntar a sus familias y, además, tendremos que alquilar un autobús, darles de comer… No sé, no sé…
—Vamos, Pablo, podemos hacerlo.
—¿Estará Juan Luis Arsuaga? —les pregunto interrumpiendo su conversación.
—¿Arsuaga? No tengo ni idea, supongo que no. Las campañas de excavación duran hasta finales de julio… —responde Enrique sorprendido por mi pregunta.
—Pero ¿podría estar? —insisto.
—Pues no lo sé… —Enrique me mira con fastidio.
—Si Arsuaga está, yo pago los autobuses para llevar a los niños y las entradas. Mi marido nos acompañará. Y si además viene Juan José Millás, que es uno de mis escritores favoritos, entonces también pagaré los bocadillos, las botellas de agua y lo que haga falta.
—O sea que tu generosidad depende de que esté Juan Luis Arsuaga y, a ser posible, Millás. Sin Millás no habrá bocadillos. ¿No te sirve Miguel Carretero, María Martinón Torres, Marina Mosquera, Ignacio Martínez, Alfonso Benito, Andreu Ollé…?
—Mucho mejor si están todos, pero sé que a Thomas le gustaría conocer a Arsuaga, y Juan José Millás ya sería la guinda.
De Arsuaga ha leído todos sus libros y le tiene una gran admiración.
Y también le han interesado los que ha escrito al alimón con Millás.
Mi marido es filósofo, ha sido profesor en Harvard, y dentro de unos días regresa para preparar un seminario que impartirá a partir de septiembre.
Lo he dicho todo de carrerilla. Enrique me mira con desconfianza y Pablo, con estupor.
—De manera que si no está Arsuaga, no pagarás la excursión —se lamenta Pablo.
—Exactamente eso es lo que he dicho. Si pago la excursión es por mi marido, sé que disfrutará mucho visitando Atapuerca, pero mucho más conociendo a Arsuaga.
—Bueno, pues si esa es la condición… ¿Tú qué dices, Enrique? —pregunta Pablo.
—No sé…, me parece un chantaje, pero en fin…, hablaré con mi amiga para ver si es posible.
—No es ningún chantaje, quiero hacerle un regalo a Thomas, cumple años en unos días, y para él conocer a Juan Luis Arsuaga sería el mejor regalo, y si añadimos a Millás…
—Eso de «regalar» conocer a alguien… —se queja Enrique.
—Bueno, cada uno regala lo que quiere o lo que puede.
No me parece tan raro que a un profesor de Harvard le pueda interesar conocer a uno de los mejores paleontólogos del mundo.
Sin duda, es un regalo más interesante que un viaje a las Bahamas —concluye Pablo, que intenta evitar que Enrique y yo nos peleemos.
No estoy segura de que Pablo apruebe mi propuesta, pero para él su prioridad son los niños.
—Ya os diré algo cuando hable con mi amiga —acepta Enrique decepcionado por la deriva de la situación.
—Quiero la respuesta ahora. Mi marido ha previsto marcharse en dos o tres días a Boston y tiene que sacar el billete de avión.
—No creo que mi amiga pueda darnos una respuesta ahora mismo —se lamenta Enrique.
—Pues es ahora o nada. —Me siento como en una partida de póquer y temo no tener buenas cartas.
—Llama a tu amiga ahora mismo —le pide Pablo.
—No sé…
—Llámala, Enrique, ya sabes: el que paga manda, y Martha ha puesto un precio, tenemos que darle una respuesta de si podemos o no pagarlo.
Asiento. Sé que Pablo se ha enfadado conmigo, pero tengo una partida por jugar: disponer de tiempo con Thomas antes de que se vaya para siempre.
Cuando llego a casa solo está Lucía. «Thomas y Felicitas han salido y Penny se marchó esta mañana nada más irte tú».
¿Dónde habrán ido? Conociendo a Felicitas, seguro que ha convencido a su padre para grabar alguno de sus programas de la nueva temporada.
Parece entusiasmada con las ideas del community manager y creo que, además de las ideas, también lo está con él.
Le mira con cara de boba. En cuanto a él…
, todavía no quiero hacer un juicio. Mi hija es bastante naíf y se suele enamorar de tipos que valen menos que ella y que además le toman el pelo.
Me estoy cambiando de ropa cuando Lucía da dos toques en la puerta y entra en la habitación.
—Quería decirte que he pensado irme unos días a la playa con Rosa y Luz. Les vendrá bien a ellas y me vendrá bien a mí. Y así alejo a Rosa de ese marido que tiene que no me gusta nada.
—¿Y adónde vais a ir?
—Pues a Benidorm, allí siempre hay animación y la gente es más normal que en otros sitios de esos a los que vais vosotros.
—Pues no sé cómo son esos sitios a los que vamos nosotros porque, como bien sabes, solemos ir al norte y allí hay gente normal, como tú dices —respondo molesta.
—No sé por qué he dicho esa tontería.
—Porque has dejado que afloren tus prejuicios. En el fondo piensas que somos unos privilegiados.
—Y lo sois. La prueba está en que esta mañana yo he limpiado la casa y ahora estoy terminando de hacer la comida.
—Y yo he estado en la parroquia dando clases de ballet a esas niñas y luego una clase de inglés a sus madres. O sea que tampoco he estado de brazos cruzados. —No puedo ocultar lo que me han fastidiado las palabras de Lucía.
—Bueno, no te enfades.
—No, si no me enfado, pero me parece que estás siendo injusta con nosotros. El otro día todo eran parabienes y decías que en ningún otro sitio podrías estar mejor, y hoy me sales con que te vas a Benidorm y no a los sitios donde vamos nosotros.
—Estoy cansada, Martha, estos días han sido muy estresantes por lo tuyo.
—¿Qué es lo mío? —pregunto cabreada.
—Pues lo de las pastillas, el hospital, el interrogatorio del psiquiatra. Porque a mí me sometió a un tercer grado. Parecía que yo te había obligado a tragarte las pastillas.
—El psiquiatra era un imbécil y la policía siempre desconfía de todo el mundo. Ve delincuentes por todas partes.
—Te diré que el psiquiatra fue muy amable conmigo y la policía también —dice Lucía con cierto fastidio.
—Pues mejor que haya sido así. ¿Y cuándo te vas de vacaciones? —pregunto intentando controlar el enfado que me produce que haya decidido por las buenas irse.
—Rosa trabaja hasta el quince de agosto, de manera que el dieciséis. Ya he sacado los billetes del autobús y he pagado siete días en un hotel que está en primera línea de playa. Luz está entusiasmada.
—Me alegro por vosotras. —La verdad es que no me alegro, pero algo tengo que decir.
—A lo mejor tú también deberías organizar algún viaje con Felicitas y Penny, no creo que dentro de quince días Thomas siga aquí.
Me doy la vuelta con ganas de insultarla, pero me contengo. Es lo que tiene dar confianza, porque después nadie sabe ponerle límites. Respiro hondo y sonrío.
—Bueno, voy a seguir empanando filetes. El gazpacho está en la nevera fresquito —dice Lucía.
Cuando me quedo sola me pregunto si, efectivamente, debería organizar un viaje con Felicitas y Penny.
Pero no fui con ellas a Gijón y no entenderán por qué de repente les propongo un viaje.
Claro que no puedo decirles la verdad. ¿Qué vamos a hacer las tres solas en Madrid pasando calor y sin nadie que se ocupe de nosotras?
Sí, lo mejor es que nos vayamos; en realidad, deberíamos irnos en cuanto Thomas lo haga.
Sé que me va a dar un bajón nada más se suba al avión.
No sé, a lo mejor puedo pedirle a Felicitas que convenza a su padre para que le acompañemos a Boston. Thomas a mí me diría que no, pero quizá a su hija no se atreva.
Me pregunto cómo es posible que esté actuando como una quinceañera tratando de impedir que me dejen.
Bueno, en este caso el hombre es mi marido y creo que puedo y debo utilizar todas las tretas que se me ocurran para evitar la separación.
Tengo setenta años y Thomas también; creo que separarnos a estas alturas de nuestra vida es un error.
Deberíamos hacer lo que otros matrimonios: mantener las apariencias.
Él puede vivir la mayor parte del tiempo en Boston y yo en Madrid, pero al menos yendo yo de vez en cuando a verle y él viniendo aquí a pasar la Navidad.
Qué menos. Incluso podría ser divertido que nos encontrásemos en otros lugares; por ejemplo, Londres.
A los dos nos gusta la ciudad, allí fue donde nos conocimos.
También podríamos quedar en Nueva York. Prefiero Nueva York a Boston.
Los de Boston son tan estirados…, piensan que por estar cerca de Harvard son superiores.
¿Dónde se habrán metido Thomas y Felicitas? Ya son las tres y no han tenido el detalle de llamar para decir si vienen o no a comer. Me estoy poniendo nerviosa. Tampoco Penny ha llamado, pero así es ella.
Me sobresalta el sonido del móvil. No sé dónde lo he metido. Lo encuentro en el cuarto de baño.
—Martha, soy Pablo. ¿Estáis comiendo?
—No, aún no. Mi encantadora familia ha desaparecido.
—¿Cómo? ¿Les ha sucedido algo? —La voz de Pablo denota preocupación.
—No, han salido y todavía no han vuelto, los estoy esperando.
—Tengo una buena noticia: Ana, la amiga de Enrique que, como nos contó, es paleontóloga, le ha dicho que el próximo fin de semana Arsuaga estará en Burgos, creo que el viernes o el sábado tienen una reunión de equipo.
Ana le ha pedido si podría presentarle a un filósofo de Harvard que se muere por conocerle y ha accedido.
Según le ha comentado Ana, Arsuaga es muy despistado, solo se entera de lo que le interesa, aunque ella hará lo imposible por que esté en Burgos.
Pero Juan José Millás no podrá acudir. Al parecer, está resfriado y con tos.
—¿Resfriado en julio?
—También hay virus en julio. El aire acondicionado… —se excusa Pablo.
—¡Gracias! No sabes cuánto os lo agradezco. Thomas no se lo va a creer, casi no me lo creo ni yo. No sabéis qué feliz le vais a hacer.