Capítulo 11 #4
—Sinceramente, no. No quiero engañarte, al irme me daba cuenta de que te estaba dejando al margen. Sé que mis amigos de Boston te aburren, y sobre todo no soportas a Mary Baker y ella es la pieza estructural de mi regreso a Harvard.
—Podríamos haber hablado de todo esto, pero saliste corriendo.
—Tienes razón, nos ha faltado una conversación. No me he portado bien contigo.
—No, no lo has hecho.
—¿Qué quieres que hagamos?
—Pues tú irte a Boston, a preparar el seminario, y yo ya lo decidiré.
—No quiero dejarte sola aquí.
—Thomas, los dos somos viejos. Debemos aceptar que tenemos pasado y apenas futuro.
Soñar con revivir el pasado personal y profesional es engañarnos.
Tú darás ese seminario en Harvard; puede que en alguna otra ocasión te hagan una invitación similar, pero ya estás fuera del cuadro.
Yo dejé el ballet para que no me echaran, y si no regreso ni a dar una clase magistral es porque no quiero que vean a una vieja sobre el escenario que provoque más compasión que consideración.
»No nos queda otra que aceptar nuestra edad y que nuestro tiempo ha pasado.
Tendremos que buscar qué hacer para entretenernos, para que los días no nos resulten eternos y decidir si el tiempo que nos queda por delante lo pasaremos juntos o separados.
Lo que sí te digo es que no pienso volver a pasar un verano en Madrid. Este calor es inhumano.
—Y todo lo que acabas de decir ¿en qué se traduce? —preguntó Thomas preocupado por la palidez de Martha, por ver por primera vez su fragilidad.
Ella suspiró antes de responder. Era un suspiro de hastío, de alguien que ya ha llegado al final del camino. Thomas se estremeció al pensarlo y aguardó su respuesta.
—Si tuviéramos treinta años menos, a lo mejor te diría que todavía nos quedaría una oportunidad de encontrar a alguien que nos devolviera la ilusión del amor, pero tú sabes que eso sería engañarnos.
¿Se puede uno enamorar a los setenta? Sí, te enamoras del amor, pero de un amor sin futuro. Así que actuemos con inteligencia.
—Martha…, te agradezco lo que dices…
—Ni te estoy dando ni te estoy pidiendo una oportunidad, te estoy diciendo que disfrutemos de lo que nos queda de vida lo mejor que podamos, juntos o separados, pero sin engañarnos.
Nuestro futuro es escaso, debemos aprovecharlo, pero no malgastarlo y mucho menos caer en la tentación de pensar que hoy y mañana puede ser igual que lo fue ayer.
—La filósofa eres tú —respondió Thomas sonriendo mientras apretaba la mano de Martha.
—En España decimos que todo se pega menos la hermosura. Supongo que después de tantos años de escucharte filosofar algo habré aprendido, pero creo que lo que te he dicho tiene poco que ver con la filosofía. Cada uno tiene que encontrar su propio camino, podemos ayudarnos.
A Thomas le sorprendía la actitud de Martha.
Parecía dispuesta a dejarle la puerta abierta sin pelear.
Acaso ella también estaba cansada del matrimonio.
Habían envejecido de manera distinta, con intereses contrapuestos.
Ella parecía haberse instalado en la abulia, mientras que él no dejaba de añorar lo que había sido.
Quizá fuera más sensata la actitud de Martha, sabedora de que la vida no es un reloj al que se puede dar marcha atrás.
Claro que esa apariencia contrastaba con su obsesión por borrar de su cuerpo las huellas de la vejez. Tenía que pensar en lo sucedido, deseaba marcharse cuanto antes, pero no podía hacerlo al día siguiente. Le debía a Martha al menos unos días para que se recuperase.
Una vez concluida la conversación, Thomas se refugió en su despacho y Martha en su habitación.
Dos días después, Martha está molesta porque Irene había llamado esa misma mañana para decirle que la Clínica Alvarado cerraba por vacaciones el 30 de julio y ya no citaban a las pacientes, pero que una de las doctoras la recibiría para hablar con ella de los posibles tratamientos para quitarle las manchas de las piernas en septiembre.
Martha se sentía exultante ante esa posibilidad y se creía capaz de convencer a la doctora de que procediera de inmediato a borrarle las manchas. Esa misma tarde, a pesar del calor agobiante, pidió un taxi y se presentó en la Clínica Alvarado. Cuando regresó, su humor había cambiado.
—Esa cretina se niega a hacerme nada hasta septiembre —le dijo a Lucía, que la esperaba impaciente.
—No entiendo nada de borrar manchas en la piel, pero supongo que si un médico decide que no se debe hacer en verano, sus razones tendrá.
—Pues que cierran por vacaciones. Estamos a treinta de julio.
—Una razón excelente. No pasa nada porque esperes a septiembre —afirmó Thomas, que la había oído llegar y había acudido al hall, momento en el que Lucía aprovechó para regresar a su habitación bajo el chorro del aire acondicionado.
—Thomas…, tú de esto no entiendes.
—Entiendo que estás obsesionada con la edad y te has empeñado en esconder las huellas más evidentes. Pero no es posible borrar el paso del tiempo. Tienes setenta años.
—Y tú también.
—Sí, pero yo no me voy a hacer un trasplante de pelo para que parezca que tengo diez años menos.
—Hay hombres de setenta que conservan el pelo —le fue diciendo mientras se dirigían a su despacho.
—Incluso yo lo conservo, aunque blanco. Y… si ya te sientes mejor, reservaré un billete para en unos días regresar a Boston.
—Sí, es lo que hemos hablado. ¿Cuándo te quieres marchar?
—Pues no más tarde del dos o el tres de agosto, necesito tiempo para preparar el seminario…
—Desde luego. ¡Ah! Mi hermano quiere invitarnos el fin de semana a la casa que Irene ha heredado de sus padres en ese pueblo de Segovia que tanto te gustó. Recordarás que estuvimos en una ocasión…
—Sí…, Pedraza, y se comía muy bien.
—¿Te parece que vayamos este fin de semana?
—Bueno… Si te hace ilusión…
No, no me hace ninguna ilusión, pero es la manera de entretenernos y sobre todo de que Thomas no se vaya.
Estoy convencida de que cuando lo haga no regresará.
No romperemos formalmente, hablaremos por teléfono, nos veremos por videollamada, pero la vida en común se habrá terminado para siempre.
No hace falta que lo digamos con palabras, eso es lo que pasará y quiero retrasar ese momento.
Sé que no podré evitarlo, pero necesito tiempo para ir acostumbrándome a la idea de que en realidad nos separamos.
Sé que la única manera de retrasar lo que va a pasar es inventar actividades a las que a Thomas le cueste decir que no.
Sabía que no se negaría a ir a Pedraza, por eso se lo he pedido a mi hermano, que ha aceptado de inmediato.
Menos mal que Alberto y yo seguimos manteniendo cierta complicidad.
Felicitas aceptó acompañarnos a Pedraza y Penny se resistió hasta acceder de mal humor. Pero es parte del personaje que se ha construido. Estoy deseando que crezca y madure de una vez, espero que cuando cumpla más años no sea tan insoportable como ahora.
Lo pasamos bien. El buen humor de Alberto es contagioso. Es la persona más positiva que he conocido.
Con él, las risas están aseguradas.
Además, Alberto y Thomas congenian de una manera natural. Ninguno intenta epatar al otro. Me pregunto cómo es posible que un filósofo y un deportista sean capaces de encontrar temas de los que hablar.
Irene también hizo lo posible por mostrarse simpática. En realidad lo es, aunque cuando están sus hijos se pone tensa, y este fin de semana Juan y José decidieron unirse a la reunión familiar.
Esther, la novia de Juan, es una chica mona y discreta.
No molesta. Sabe hacerse invisible, pero sin dejar de estar atenta a todos.
Ya me hubiera gustado tener unos hijos como ellos.
Nunca le he preguntado a Alberto cómo se enteró de que su hijo era gay, si se lo dijo el propio José o simplemente se dio cuenta al no verle nunca con chicas.
Pero de eso no se habla. O al menos nunca lo han hablado delante de nosotros.
Cuando el domingo por la noche regresamos a casa en el coche de Felicitas, Thomas hace un comentario que me sorprende:
—Qué chicos tan estupendos son tus sobrinos, ojalá hubiéramos tenido hijos como ellos.
—Papá, ¿es que no te basto yo? —protesta Felicitas.
—Sí, pero me hubiera gustado tener familia numerosa, y algún chico… Eso no significa que no esté orgulloso de ti. Eres mi niña, pero reconocerás que estoy en inferioridad de condiciones entre tu madre, tú y Penny. Sois tres mujeres de armas tomar.
—Los hombres siempre quieren tener hijos —afirma Penny con rabia—, se creen que un hijo les da un plus.
—¿Un plus de qué? —pregunta Felicitas.
—Pues no sé, pero se les hace el culo Pepsi-Cola cuando tienen un hijo. No es que no nos quieran, pero…
—No digas tonterías —la interrumpo.
—Martha, sabes que es verdad. Estoy segura de que para el abuelo mi madre fue una decepción y yo otra.
—No os cambiaría por nadie en el mundo —se defiende Thomas.
—Excepto por un par de hijos como los del tío Alberto, preferentemente como Juan, porque a José se le nota cada día más que es gay y aunque os las deis de liberales, en el fondo todo lo que no es o carne o pescado os molesta.
—A mí me da igual que sea gay —la interrumpe Thomas.
—Bueno, eso lo dices porque no es tu hijo, pero los padres no queréis tener hijos gais, solo que cuando eso sucede os tenéis que aguantar. Qué remedio —insiste Penny retando a su abuelo.
—Que yo sepa, el tío Alberto no hace ninguna distinción entre Juan y José —intervengo enfadada.
—No he dicho que no quiera a José, pero cuando mira a Juan se le nota orgulloso de él.
—Papá, ¿por qué te hubiera gustado tener hijos? —interrumpe Felicitas, que parece afectada por el comentario de su padre.
—Pues porque fui hijo único y envidiaba a mis amigos que tenían hermanos, aunque se pelearan con ellos.
La única conclusión que saco del fin de semana es que es urgente que se me ocurra algo para que Thomas no se marche todavía, pero ¿qué puedo hacer?