Capítulo 11 #3
—No, no diría eso. Es una familia como tantas otras, como lo son ahora, con las tensiones, angustias y contradicciones que subyacen en todas las familias, sobre todo en las familias modernas. Si usted escuchara lo que yo en el confesionario, creería que la humanidad se ha vuelto loca.
—Ellos se califican de «familia moderna» y usted también los acaba de denominar así…
—Y lo son…, pero ni siquiera resultan tan rompedoras como otras familias. Casi diría que son bastante normales para lo que abunda.
—La nieta dice que es no binaria, ¿eso es habitual?
Pablo soltó una carcajada que provocó una mueca de disgusto en el psiquiatra.
—Mire, yo no sé lo que le cuentan en su consulta, pero sí sé lo que me cuentan a mí.
Ahora mismo hay una crisis general de identidad.
Ya sabe, cuando las minorías toman el poder, lo ejercen con la misma determinación que las mayorías.
Las minorías perseguidas por no adaptarse a lo convencional, hombre-mujer, ahora han impuesto un discurso que o lo compras o te conviertes en un energúmeno que no respeta sus derechos y, por tanto, eres un elemento despreciable a batir.
»No crea que ese cuestionamiento de identidad se da solo entre los jóvenes, también hay adultos que se plantean si realmente son quienes quieren ser o son lo que son porque les han impuesto que las cosas eran así.
»Hay mucha gente sufriendo ahí fuera. Pero eso no tiene nada que ver con que Martha se haya tomado tres pastillas de Valium.
—¿Cree que se las volverá a tomar?
—Pues si un día está aburrida, el tiempo se le hace eterno y quiere que pase sin darse cuenta, a lo mejor sí, pero eso no implica que quiera suicidarse.
Mire, hay muchas personas que cuando se jubilan no saben qué hacer con su vida.
Una mujer como Martha, que se ha sacrificado desde niña por el ballet y que no ha dispuesto ni de un minuto para ella porque el ballet exige una dedicación absoluta, de repente se ha encontrado sin nada que hacer.
Se jubiló a los cuarenta, incluso un poco tarde para una bailarina.
Es soberbia y no quiere ser la bailarina que ha envejecido y solo le queda contar sus batallitas e instalarse en el recuerdo de lo que fue.
Es una mujer con una personalidad fuerte que no ha encontrado qué hacer, algo que le resulte interesante.
»Tiene un marido con un mundo propio, la Filosofía. Una hija y una nieta peculiares. Y estamos en el mes de julio y Madrid parece la antesala del Infierno. Se enfrentaba a un fin de semana interminable y decidió pasarlo sin enterarse. Así de simple.
—Está muy seguro.
—No siempre estoy seguro respecto a lo que a la condición humana se refiere, pero en este caso sí.
Martha no ha querido suicidarse. Supongo que, visto desde fuera, lo fácil es pensar que ella es la rara, la estrafalaria de la familia.
Pero, aunque no conozco mucho al resto, me atrevo a decir que ella es la mejor.
—¿Eso es lo que cree?
—Supongo que me ha llamado para saber mi opinión.
—Sí.
—Pues dele el alta y déjela marcharse a casa y que mañana o pasado vuelva a la parroquia a dar clases a ese grupo de niñas y madres que están en una situación irregular en España. Quizá en ellas Martha encuentre una nueva razón para disfrutar de la vida.
—O una razón para vivir.
—Llámelo como quiera. Le aseguro que el aburrimiento da lugar a muchas calamidades.
—¿Como el suicidio?
—No haga trampas. Martha no ha querido suicidarse. Si hubiera querido hacerlo, no dude que lo habría conseguido.
—A lo mejor quería llamar la atención para que regresara su marido.
—No.
—¿No?
—No. Es demasiado soberbia y orgullosa para rebajarse a montar un número así.
—Gracias por haber venido.
—Dele el alta y no la fastidie más.
Pablo se levantó de la silla, dio media vuelta y salió del despacho del psiquiatra sin estrecharle la mano.
Cuando la enfermera entró en la habitación seguida de un médico de guardia y del psiquiatra, Martha intentó que no trasluciera su malhumor. Allí estaban Thomas, Felicitas y Penny, mirándola con preocupación, pero en sus ojos también brillaba el reproche.
—¿Qué tal se siente? —preguntó el médico.
—Estaré bien cuando me pueda dar una ducha como es debido en mi casa.
—Pues a eso vengo, a decirle que ya hemos firmado el alta —dijo el médico de guardia.
—Su amigo el párroco ha sido muy convincente. Espero no volverla a ver por aquí al menos por un asunto como el que ha venido en esta ocasión —añadió el psiquiatra, que parecía tener prisa por marcharse.
Martha tuvo que contener la respuesta. No quería que aquel médico decidiera que no estaba en sus cabales si le decía que le consideraba tan estúpido como inútil.
Le entregaron dos informes, el de medicina general y el de psiquiatría, ambos con unas cuantas recomendaciones.
—En mi informe le aconsejo que acuda a un especialista del psicoanálisis, le vendrá bien psicoanalizarse —dijo el médico de guardia mirando de reojo al psiquiatra, que ignoró el comentario.
No le respondió, se limitó a hacer una mueca de asentimiento. Lo único que quería era salir de allí. Era miércoles y llevaba tres días ingresada.
Una hora después, Martha estaba bajo la ducha sintiendo un alivio inmediato no solo en la piel, también en el alma.
Cuando salió de la ducha encontró a Thomas sentado en el borde de la cama. Parecía preocupado.
—¿Qué tal te encuentras? —le preguntó.
—Ahora perfectamente. Si alguna vez me pasa algo, no me llevéis a ese hospital.
—A mí me han parecido muy eficientes.
—Ese psiquiatra es un estúpido.
—No seas tan categórica, ha hecho su trabajo, y quizá deberías tomar en cuenta la recomendación del psicoanálisis…
—Los norteamericanos sois muy dados a psicoanalizaros, pero yo no tengo ningún motivo para hacerlo.
—Nos ayuda a conocernos, a manejar nuestras emociones…
—Me conozco, no me hace falta que un tipo me diga que estoy traumatizada porque cuando era niña un día mi madre me dio un azote por tirar la comida al suelo.
—¿Eso sucedió?
—No, pero podría haber pasado.
—Martha, créeme que estoy preocupado y solo pretendo ayudarte.
—No tienes por qué preocuparte. Estoy bien.
—Ya… Pero esas pastillas…
Martha le cogió la mano y se sentó junto a él en el borde de la cama. Él sonrió agradecido de que su mujer no pareciera buscar un enfrentamiento.
—Thomas, me conoces bien. No he querido suicidarme.
Solo quería que pasaran las horas, esas horas que se presentaban vacías y me resultaban insoportables.
Siempre he creído que no necesitaba a nadie, que la soledad podía ser placentera.
Estaba equivocada. La soledad puede resultar estresante.
Era sábado y hasta el lunes no tenía nada que hacer, ni nadie con quien hablar…
Decidí pasar ese tiempo dormida y el lunes despertarme y volver a empezar.
—Pero el lunes tampoco tenías nada que hacer.
—Bueno, algo sí. Ya te han contado que estoy yendo a la parroquia a echar una mano a un grupo de mujeres y a sus hijas. No me apasiona, pero al menos me quita el aburrimiento durante unas horas.
—No sabía que podía interesarte una actividad así…
—No podías saberlo porque fue una ocurrencia de Lucía, que me vio tan sola que quiso echarme una mano y como ella es voluntaria para asuntos sociales en la parroquia…
—Tú no eres creyente…
—Y sigo sin serlo, pero parece que la Iglesia ha cambiado porque el cura de la parroquia no parece cura. Va con bermudas y sandalias. Una de las voluntarias tiene novia y él no parece escandalizado. De manera que no te preocupes, no me he vuelto una beata.
—¿Crees que he sido egoísta marchándome a Boston?
—Sí, has sido egoísta. Te estabas aburriendo tanto como yo.
Imagino que pasar el resto del verano en Madrid o unos días en Gijón con el único entretenimiento de intentar sobrellevarnos los unos a los otros era motivo suficiente para salir huyendo.
Además, el «caramelo» que Mary te ofrecía era muy tentador.
¡Volver a dar clase en Harvard! Nada te importa tanto como eso.
Ni por un minuto pensaste en mí. Solo pensaste en ti.
—¿Creíste que te estaba abandonando?
—No es que lo creyera, es que hiciste la maleta y te fuiste casi sin despedirte.
—No voy a negar que entre pasar el verano aquí o en Gijón e ir a Boston a preparar el seminario, reunirme con los colegas…
—Era y es un planazo. Pero acaso nos faltó una conversación sincera. Decir en voz alta que nos estábamos aburriendo.
—Te aseguro que no tenía en mente abandonarte…
—Pero tampoco lo contrario.
—No sé, no lo sé, no quiero engañarte. Solo quería marcharme, pero no me planteé si era un viaje de ida y vuelta o solo de ida. No lo pensé. Solo quería marcharme. Lo siento.
—Bueno, creo que eso de pasar parte del verano en Madrid es una estupidez. Lo que no sé es por qué nunca nos planteamos marcharnos en cuanto llega el calor a cualquier lugar del mundo donde no lo haga. Pero lo hecho hecho está, de manera que te pregunto: ¿y ahora qué hacemos?
—Solo quiero que estés bien.
—Bueno, pero además, ¿qué quieres hacer respecto a nosotros? Odio preguntar esto porque parece de vodevil. Nunca pensé que viviríamos una situación así. A los dos nos denigra. ¿Qué quieres, Thomas?
—No quiero desconectar de lo que fue mi vida.
—Creo que no lo has hecho. Has escrito libros, has ido a distintos países a dar conferencias…
—Pero no me habían vuelto a invitar a dar clases en Harvard.
—¿Y eso es lo que quieres?
—En parte sí, pero no me engaño. No puedo dar hacia atrás el reloj de la vida.
Pero tampoco quiero perder esta oportunidad.
Mary se jubila el año próximo. La va a sustituir como director del departamento un joven filósofo que tiene sus propios amigos.
Es improbable que me invite a impartir otro seminario.
—Entonces…
—Quiero aprovechar esta oportunidad, disfrutarla. Sentirme vivo.
—¿Y yo no entro en esa ecuación?