Una familia moderna Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Cómo no vamos a quererla —responde Felicitas entre lágrimas.

—Se lo estoy preguntando a Penny —la interrumpe el doctor Fuentes esquivando la mirada de Felicitas.

—Pues no lo sé… A ratos sí…, pero la mayoría del tiempo no. Es insoportable, tan soberbia… Se cree que lo sabe todo, que tiene siempre la razón.

—O sea que no la quieres.

—La mayor parte del tiempo no.

—¿Y qué parte del tiempo la quieres?

—Pocas, muy pocas. A lo mejor, cuando se va a Boston con el abuelo, algún día la echo de menos.

Penny se muerde el labio inferior y baja la mirada. Está siendo sincera, o eso cree, pero le pesa no dejar en buen lugar a su abuela. Aunque piensa que tampoco es tan terrible.

—¿Qué más dirías de ella?

—Bueno, para la edad que tiene es bastante moderna. No dice nada cuando llevo a alguien a dormir a casa… Soy no binaria —afirma desafiante clavando sus enormes ojos color miel en los del doctor.

—¿Crees que no le importa?

—No sé…, ella es muy especial. Creo que no le gusta, pero no me lo reprocha, quizá porque sabe que no le serviría de nada. Pero a veces es… es…, bueno, no sé la palabra… Irónica, sarcástica, pasota… Martha no es una abuela como las demás.

—¿Te prohíbe muchas cosas?

—¡Qué va! Es muy directa; cuando no le gusta algo, te lo dice sin importarle si te hace daño o te fastidia. No recuerdo que me haya prohibido nada… Bueno, no le gusta que la llame «abuela», prefiere que la llame «Martha».

—¿Y a ti eso te importa?

Penny vuelve a morderse el labio inferior mientras se pone de acuerdo consigo misma para dar una respuesta.

—Las abuelas de mis amigas son diferentes, son abuelas. Mi amiga Pili le contó a la suya que se acuesta conmigo y le dio un patatús.

—¿Un qué?

—Pues que se puso a llorar con un ataque de ansiedad.

Otras amigas y amigos tienen problemas cuando les dicen a sus padres o a sus abuelas que son bisexuales o cisgénero, o que quieren cambiar de sexo.

Les cuesta entender que estamos en el siglo veintiuno y que las cosas han cambiado, ahora podemos ser lo que queramos ser.

—¿A tu abuela le da lo mismo?

—No sé…, pero no ha montado ningún número ni me ha amenazado con echarme de casa.

—¿Y a tus amigas sí las amenazan?

—¡Ufff! Hay padres que se toman a mal que sus hijas se nieguen a que les impongan un género.

No comprenden que somos la generación de la libertad, que hemos roto todos los tabúes y que ahora podemos elegir.

No imagina los disgustos y los dramas que se organizan en las casas cuando alguien decide hacer uso de su libertad. Nosotros somos una familia moderna.

—Volvamos al principio. Quiero que seas clara, ¿crees que tu abuela se ha querido suicidar?

El doctor Fuentes miraba fijamente a Penny, que de nuevo volvía a morderse el labio inferior. Podía ver la lucha que mantenía con ella misma. También percibía algo más: perplejidad, sufrimiento, rebeldía… Nada que no fuera común en otros adolescentes.

—Pues no lo sé, podría ser que sí y podría ser que no. Martha es muy especial —concluyó Penny.

—Gracias, y ahora me gustaría hablar con usted —dijo el doctor Fuentes dirigiéndose a Felicitas.

—Mi madre está conmocionada —le interrumpió Penny.

—Lo comprendo, pero su opinión es muy importante —respondió el psiquiatra.

Felicitas se restregó los ojos para despejar las lágrimas, luego sorbió los mocos para a continuación estirarse la minifalda que llevaba. Después de eso parecía preparada para las preguntas del psiquiatra.

—¿Se lleva bien con su madre?

—Sí, sí… Martha es especial, pero es buena persona y siempre ha sido buena madre, aunque no haya sido una madre como las demás.

—¿En qué no ha sido como las demás?

—Pues siempre me ha dado mucha libertad, no ha sido una madre agobiante, aunque ella hubiese preferido que no estudiara Periodismo y me hubiera dedicado a otra cosa.

—Pero ¿no se opuso?

—No, no. Además, mi padre me apoyaba y Martha sabía que no podría doblegarnos a los dos.

—Ya, ¿y qué más me puede decir de su madre?

—Es muy voluntariosa y disciplinada, supongo que por el ballet. Le costó mucho convertirse en una primera figura. Años de sacrificio y de renuncias. Tiene mucho mérito.

—¿Usted la admira?

—Bueno, me hubiera gustado heredar su fortaleza. Ella… ella no se detiene ante nada.

—¿Cree que ha pretendido suicidarse?

—Yo… yo no lo creo… Ella no es así. Si algo no le gusta, lucha para revertirlo, pero no se rinde nunca, ni siquiera ahora que ha cumplido setenta años.

—¿Sus padres se llevan bien?

Felicitas se queda en silencio durante unos segundos mientras encuentra las palabras para la respuesta.

—Nunca se han gritado, aunque han discutido, y delante de nosotras no han montado ningún número.

—¿Cree que su padre se marchó a Boston con la intención de abandonar a Martha?

—Yo… yo no lo creo… A veces estamos hartos los unos de los otros, sobre todo en verano, cuando la vida se para y hace tanto calor. Creo que mi madre se aburre en Madrid sin nada especial que hacer. Y mi padre… pues también se aburre, es agobiante estar todo el día con el aire acondicionado puesto.

—En Boston también hace calor y, además, pegajoso…

—Sí, pero allí mi padre tiene amigos, gente como él. Filósofos, profesores… No sé, pero allí tiene más cosas que hacer. Madrid en el mes de julio es insoportable.

—¿Por qué se fue?

—Bueno, usted ya lo sabe, le telefoneó una profesora de Harvard que está a punto de jubilarse y le ofreció impartir un seminario sobre Wittgenstein el próximo curso. Imagínese lo que eso significa para mi padre. Regresar a su universidad por la puerta grande. No podía decir que no.

—¿Y su madre se lo tomó a mal?

—Verá, somos… somos… somos una familia moderna, llena de contradicciones.

Mi madre no se lo tomó a mal porque sabe lo importante que es para mi padre; quizá le molestó que la invitación llegara de Mary Baker.

Nunca se llevaron bien, pero es que Mary es muy invasiva y además…

, bueno…, yo creo que le hubiera gustado casarse con mi padre y que nunca entendió que se casara con Martha.

—Entonces…

—Sin duda a mi madre le ha sentado mal quedarse descolgada en pleno julio en Madrid. Tampoco es que le apeteciera venir con Penny y conmigo a Gijón. Ella nunca se pone al sol, por eso vamos al norte. Pero sin mi padre se aburriría.

—¿Y por qué cree que su padre no pidió a su madre que le acompañara?

—Todos somos egoístas… y supongo que para él es mejor estar allí participando en reuniones con otros profesores de Harvard y con sus viejos amigos. Mi madre le habría quitado libertad para hacerlo.

—Entonces ¿no cree que se marchó con intención de divorciarse posteriormente?

—Se marchó deprisa y corriendo porque estaba tan aburrido como mi madre y encontró la excusa perfecta para marcharse. Sin duda irse le supuso una liberación, pero no creo que en ese momento pensara en el divorcio porque hasta unos días antes nos íbamos todos juntos de vacaciones.

—Creo que usted y su madre habían discutido…

—Bueno, es habitual entre nosotras. Ella es… tan rígida. Le pedí que grabáramos un programa para mi canal, las dos mano a mano, hablando de todo un poco, pero se negó.

»Desde que se retiró se comporta como Greta Garbo, no quiere salir en la prensa, ni asistir a fiestas, ni hacer prácticamente nada. Por eso se aburre tanto.

—Lucía, la señora que trabaja en su casa, me ha dicho que ha aceptado dar clases de baile y de inglés a un grupo de mujeres inmigrantes y a sus hijas…

—Sí, eso ha sido después de que Penny y yo nos fuéramos de vacaciones y mi padre se marchara a Boston.

—¿Le sorprende?

—Muchísimo. No imagino a mi madre dando clases a niñas…, ni a niñas inmigrantes ni tampoco a sus madres. Pero Martha siempre sorprende. Supongo que la pobre estaba tan aburrida que se dejó liar por Lucía.

El psiquiatra colocó las manos sobre la mesa y las despidió sin levantarse.

Ya tenía una idea bastante precisa de cómo era esta familia.

Solo le faltaba hablar con el párroco. Se trataba de la última persona que había estado con Martha antes de que ella se tomara las pastillas. Lucía se había ofrecido a llamarle.

Para cuando el sacerdote entró en su despacho aún no había decidido si debían dar el alta a Martha.

La familia parecía estar segura de que no había intentado suicidarse.

Su hermano parecía el más vehemente en la negativa.

Pero ¿cómo era posible que se hubiera tomado dos o tres pastillas de Valium, en total cuarenta o sesenta miligramos, sin sopesar las consecuencias?

Pablo entró en el despacho del psiquiatra tendiéndole la mano. El médico se resintió del apretón. Siempre había tenido a los curas por menos agresivos a la hora de estrechar la mano de un desconocido.

—Gracias por haber venido. Creo que su testimonio será definitivo para que tome una decisión. Su familia parece descartar que Martha haya querido suicidarse.

—Yo tampoco lo creo.

—Usted fue la última persona con la que estuvo.

—Doctor, la psiquiatría tiene su cometido, que es tratar los trastornos mentales, emocionales.

Sin duda, una actividad necesaria. Pero yo también estoy acostumbrado a tratar los «males» del alma, y estoy convencido de que Martha no intentó suicidarse.

Sin duda actuó de manera irreflexiva al tomarse esas pastillas de Valium con el deseo de que la tarde pasara sin tener que afrontar el aburrimiento y la soledad.

No sé cómo se le llama a eso en psiquiatría, pero yo no lo denominaría intento de suicidio.

—Parece que le fastidia estar aquí.

—Sí, me fastidia mucho. Tengo personas que atender, personas que están en situaciones límite.

—¿Y Martha no está atravesando una situación límite?

—Martha está profundamente aburrida sin saber qué hacer este mes de julio en que su marido ha recibido una de esas ofertas que uno no puede rechazar y no se lo ha pensado dos veces marchándose a Boston y dejando a su familia que se las arreglen como puedan.

—¿Diría usted que es una familia peculiar?