Una familia moderna Capítulo 11
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Capítulo 11

T homas entra con cierto recelo en la consulta del psiquiatra. Siente pudor al tener que hablar de su relación con Martha. Porque de eso va a tratar la conversación.

El médico le invita a sentarse y cruza las manos colocándolas encima de la mesa que los separa. Thomas decide quedarse quieto. El psiquiatra le impone.

—Señor Sullivan, no le robaré mucho tiempo. Me ayudará mucho lo que me pueda contar sobre el estado anímico de Martha. Al parecer, usted decidió de una manera un poco precipitada marcharse a Boston aceptando una invitación para impartir un seminario de Filosofía a partir de septiembre en Harvard.

—Yo no diría que me marché de manera precipitada. Recibí la propuesta por parte de una colega y acepté. Durante años fui profesor en Harvard y que me inviten a dirigir un seminario es todo un honor.

—¿Por qué no fue su esposa con usted?

—Martha y yo somos autónomos, nuestras carreras nunca se han superpuesto. Ella ha viajado por todo el mundo sin que yo la acompañara y yo he recibido invitaciones para dar seminarios y clases en distintas universidades sin que ella tampoco viniera.

—Pero ahora ambos están jubilados.

—Sí.

—¿Y eso no cambia la situación? Sus carreras ya no transcurren en paralelo, no están en activo, sino jubilados. ¿Pidió a su esposa que le acompañara?

—¿Sabe?, sus preguntas son como si se hubiera cometido un asesinato y estuviera intentando averiguar las coartadas.

—Lo que tengo que averiguar es si su esposa ha intentado suicidarse y, si así fuera, la causa.

—Martha es una mujer especial. Fuerte, muy fuerte, y difícil, sí, también es difícil.

—¿A qué le llama ser difícil?

—Fue una primera figura del ballet. Decidió dejarlo antes de ser demasiado mayor y desde entonces no ha sabido muy bien qué hacer.

Cuando la invitan a impartir alguna clase magistral o una conferencia sobre ballet o a participar en algún programa de televisión, se niega.

No es muy sociable. Alega que no quiere pasear su decrepitud por los platós.

Eso hace que no sepa qué hacer con su tiempo porque, además, no tiene aficiones.

—¿Y usted sí?

—Sí, unas cuantas, además de la lectura; escribo libros sobre cómo la filosofía puede ayudarnos en la vida cotidiana.

—¿En eso ocupa su tiempo?

—Si algún colega me invita a dar una clase magistral en su universidad, no dudo en aceptar.

—¿Se planteó irse a Harvard como paso previo al divorcio?

—Sinceramente, no me planteé nada. Convendrá conmigo que en julio hace mucho calor en Madrid.

Teníamos previsto pasar unos días en Gijón, en el norte no hace tanto calor.

Pero cuando mi colega, Mary Baker, me telefoneó proponiéndome impartir un seminario en septiembre, acepté de inmediato.

Mire, dar clases en Harvard es un gran honor y uno no puede presentarse en sus aulas improvisando.

Quería hablar con Mary en persona, que me diera todos los detalles, preparar las clases.

Y en nuestra casa de Boston está mi biblioteca. En fin, que me marché.

—¿Y por qué no le pidió a Martha que le acompañara?

Thomas se queda en silencio unos segundos antes de responder como si necesitara acompasar sus palabras con su pensamiento.

—No tengo una respuesta exacta. No me pareció mala idea que Martha se fuera a Gijón con Felicitas y Penny y yo dedicarme a preparar mis clases en Boston.

No es la primera vez que cada uno hemos estado en sitios diferentes.

Y si tengo que confesar que me agobia el calor de aquí, lo reconozco: marcharme suponía una tentación irresistible.

Tampoco es que me gustara la idea de ir a Gijón.

—Disculpe que le haga una pregunta personal que, naturalmente, no tiene por qué responder, pero, además del calor, ¿el hecho de… de encontrarse con su colega era también un aliciente?

—Ja, ja, ja, ja… Eso es lo que piensa Martha.

Nunca ha soportado a Mary. En realidad, ambas se tienen antipatía.

Martha se siente en inferioridad ante Mary porque es una intelectual de prestigio, y Mary no soporta la «clase» y el «don de mundo» de Martha.

Pero a mí no me interesan sus recelos, son cosas de mujeres.

Verá, tengo los mismos años que Martha y diez más que Mary. Puede imaginar que…

—Disculpe que me entrometa en su intimidad, pero intento comprender qué ha pasado para poder ayudar a Martha.

—Lo comprendo.

—¿En el pasado tuvo alguna relación sentimental con la profesora Baker?

—Fuimos colegas y también amigos. Nos movíamos en el mismo círculo, no solo en Boston…

—¿Martha tiene celos de Mary?

—Nunca se han soportado. Martha no puede entender cómo puedo pasar horas hablando con Mary y Mary no puede entender qué puedo tener en común con Martha.

—Vuelvo al principio, ¿se fue a Boston con la idea de separarse de Martha e incluso de divorciarse?

—Me fui a Boston, donde pienso regresar en cuanto Martha esté bien, porque me han ofrecido la oportunidad de impartir un seminario durante el nuevo curso en Harvard. No me he planteado nada respecto al futuro, ni seguir con Martha ni divorciarme.

—Eso ya es una declaración de intenciones: no sabe si quiere seguir con su esposa.

—Lo único que sé es que quiero impartir ese seminario.

—De manera que no descarta la separación o el divorcio.

—No me lo he planteado. Mire, llevamos muchos años casados y las relaciones entre dos personas no son siempre iguales, hay altibajos, cansancio. Puede que yo esté en uno de esos altibajos.

—Y Martha lo sabe.

—Martha es una mujer inteligente que está inmersa en su propio laberinto, que es negociar con la vejez. Digamos que estamos en momentos diferentes, pero eso no implica el divorcio.

—¿Cree que su intento de suicidio ha sido para llamar la atención?

—Le seré sincero: no creo que se haya querido suicidar. Es más fácil que estrangule a Mary que ella se suicide.

—O sea que piensa que ha sido un accidente.

—Sí, creo que dice la verdad. Estaba aburrida, no sabía cómo pasar la tarde a cuarenta grados y sin ninguna perspectiva para el resto del verano y decidió dormirse para que el tiempo transcurriera más rápido.

—¿Qué hará usted si le doy el alta a su mujer?

—Marcharme a Boston.

—¿Con ella?

—No. Necesito tranquilidad para preparar el seminario, además de mantener reuniones con colegas. Ella se aburriría.

—¿Piensa volver después de impartir ese seminario?

—Si me está preguntando si voy a abandonar a mi familia, la respuesta es no. Además de a Martha, tengo una hija y una nieta.

—¿Y eso qué implica?

—Pues que la vida continuará. Yo vendré, me iré, ellas irán, regresarán, a veces estaremos todos juntos aquí, otras allí… No sé.

—¿Y Martha?

—Martha tiene que encontrar una razón a su vida que no sea su preocupación por el deterioro físico que implica la vejez.

—No me ha dicho si se piensa divorciar.

—No, no se lo he dicho. No veo razón ni para divorciarme ni para no divorciarme.

—Eso sumirá a su esposa en la incertidumbre.

—¿Le parece poca certidumbre que ahora esté aquí? Pero no me ponga una pistola en el pecho exigiéndome que me comprometa a vivir pegado a Martha el resto de mis días porque no lo haré.

—¿Sabe?, pienso que cuando usted decidió marcharse, en su inconsciente se estaba separando de ella no solo de manera temporal para impartir un seminario.

—Usted es el psiquiatra.

—¿Cuánto tiempo se va a quedar?

—Cuando Martha salga de aquí y esté seguro de que está bien, me volveré a marchar.

—¿Y si ella quiere acompañarle?

—No lo creo ni oportuno ni necesario.

—Pero si quisiera hacerlo…

—¿Qué cree que debería hacer?

—La respuesta es suya.

—No tengo respuesta.

—Ese es el problema. Debe encontrar la respuesta. La incertidumbre es causa de muchas enfermedades del alma.

—¿Me está diciendo que tengo que decidir si me separo de mi mujer?

—Usted sabe lo que le estoy diciendo. Esto no es un problema filosófico. Juegue limpio con ella.

Thomas se puso en pie, hizo una inclinación de cabeza y salió del despacho del psiquiatra.

El doctor Fuentes apuntó en su libreta: «Cuidado con el marido».

Cuando llegó el turno de Felicitas y Penny, se empeñaron en entrar juntas.

El doctor insistió en que quería hablar con ellas por separado, pero Felicitas se agarraba a su hija como quien está naufragando y encuentra una tabla.

Madre e hija se sentaron en dos sillones frente al psiquiatra que las observaba sin mirarlas de frente.

«Menuda familia», pensó Fuentes. Si el padre era un hueso duro de roer y la madre, una mujer angustiada por su insoportable soledad, la hija y la nieta parecían aún más estrafalarias.

—Dígame, Felicitas, ¿cree que su madre ha intentado suicidarse?

Como respuesta, Felicitas comenzó a derramar lágrimas y a apretarse las manos. Penny la observaba con preocupación.

—Mi madre está conmocionada. No se lo esperaba —respondió Penny.

—¿Qué es lo que no se esperaba?

—Pues que Martha pudiera hacer lo que ha hecho.

—Y, según tú, ¿qué es lo que ha hecho?

—No soy yo la que dice qué ha hecho, sino ustedes, que la han traído aquí porque creen que se ha intentado suicidar —afirmó Penny con un tono entre condescendiente y de desprecio.

—O sea que te inclinas a pensar que se ha intentado suicidar…

—Yo no he dicho eso. No lo sé, pero Martha es… es capaz de cualquier cosa.

—¿No quieres a tu abuela?

La pregunta del doctor Fuentes desconcertó a Penny. No estaba preparada para responder tan pronto a esa pregunta planteada de manera tan directa.

—¿Y eso qué tiene que ver con lo que ha hecho Martha? Ella hace siempre lo que le da la gana sin preocuparse por los demás.

—No tienes buena opinión de tu abuela.

—Yo la conozco y usted no.

—¿Y qué es lo que tanto te molesta de ella?

—Su prepotencia. Se cree superior a todo el mundo y es una egoísta redomada.

Solo piensa en ella. Está preocupada por la vejez.

Llevaba un tiempo obsesionada con sus brazos.

Se los han arreglado con unos hilos tensores, pero aun así sigue teniendo setenta años y eso no lo puede soportar. Ese es su problema.

—Gracias por el diagnóstico. Y ahora me gustaría saber si quieres o no a tu abuela.