Una familia moderna Capítulo 10. Domingo #4
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Capítulo 10. Domingo #4

—No, no fue así. Llegué a casa, estuve mirando fotos antiguas.

Pero en realidad no se me ocurría con qué entretenerme.

Decido que lo mejor es dormir hasta el día siguiente.

Me tumbé en la cama, pero no tenía sueño.

Me tomo un Valium, pero sigo sin dormirme.

Como soy bastante impaciente decido tomarme otro Valium.

En total, dos o tres, y me quedo dormida sin enterarme de nada.

—¿Eso es todo?

—Sí, siento no ser un caso interesante. No me he querido suicidar, ni llamar la atención para que regresara mi marido y mucho menos mi hija y mi nieta.

—De acuerdo. Aunque no se haya querido suicidar es evidente que no está bien. El que su marido se fuera la ha afectado, y las relaciones difíciles con su hija y con su nieta también están causando un efecto en usted. ¿Tiene amigos?

—En realidad, muy pocos. Cuando dejé el ballet me prometí que no me iba a dedicar a reunirme con otras bailarinas retiradas para hablar de nuestros buenos tiempos y criticar a quienes nos iban sustituyendo.

—Entonces, no tiene amigos.

—En mi caso puedo contarlos con los dedos de una mano.

—¿Puede decirme quiénes son?

—Puedo decírselo, pero no lo creo necesario.

—¿Y su hermano? ¿Cómo son las relaciones con su hermano?

—Estupendas.

—¿Nada más?

—¿Le parece que no es suficiente que diga que las relaciones con mi hermano son estupendas?

Se queda en silencio y por su expresión creo que tiene alguna duda.

—Es con el primero con el que he hablado. Me ha dicho que en cuanto le dejen verla le va a dar una azotaina, aunque él sea el hermano menor y usted la mayor.

No puedo evitar sonreír al pensar en Alberto. Así es él, dice lo que piensa sin medir cómo se van a interpretar sus palabras. Le quiero, siempre nos llevamos bien, es tan cariñoso como vitalista.

—Volvamos a sus amigos. Hábleme de ellos.

Nos quedamos en silencio. Él espera que le dé los nombres de mis amigos y yo no sé qué nombres darle.

Pienso en el párroco; quizá, si habla con él, me deje en paz.

—¿Por qué no habla con el párroco? No somos amigos, pero ayer estuvimos almorzando juntos. Él le dirá si en algún momento sospechó que me podía suicidar.

—Lo haré.

—Pues hágalo cuanto antes. Me quiero ir a mi casa y me están reteniendo en contra de mi voluntad.

—Nadie la retiene, ingresó en mal estado después de haber tomado una cantidad peligrosa de Valium.

—Pregúntele al doctor que me lo recetó por qué lo hizo.

—Ya lo he hecho.

—¿Entonces?

—Coincide con su versión: padece de fuertes dolores musculares y tiene problemas para dormir.

—Entonces…

—Entonces, quiero estar seguro de que si firmo su alta no me van a llamar dentro de unas horas o en unos días para decirme que ha vuelto a tomarse una dosis elevada de Valium y que no han llegado a tiempo para traerla al hospital.

—No quiero morirme. Si algo me fastidia es la edad que tengo porque implica estar más cerca de la muerte.

—¿Tiene miedo a morirse?

—Lo que no tengo es ninguna gana de hacerlo.

—Ahora dejaré que descanse un rato. Hablaré con su familia y también con el párroco. Después tomaré una decisión.

—¿No es capaz de juzgar por sí mismo? Es un mal psiquiatra si no sabe ver que no me he querido suicidar.

—A lo mejor no lo ha querido hacer de manera consciente…

Sale de la habitación y entra la enfermera de nuevo con el carro que lleva incorporado el tensiómetro. Decido no protestar. No me va a servir de nada excepto para que crean que soy una persona inestable.

Unos golpes en la puerta dan paso a mi hermano.

—Pero ¡qué lío has armado! La próxima vez que te aburras llámame —dice Alberto riéndose.

—Lo haré, aunque sean las cinco de la tarde y estemos a cuarenta grados.

Se vuelve a abrir la puerta y entra Irene. No se me escapa que luce fresca como si acabara de salir de la ducha. Lleva un vestido holgado de color lima y sus brazos y piernas al descubierto. La piel lisa como la de un bebé.

—¿Cómo te encuentras? —me pregunta acercándose a la cama.

—Harta.

—Ya, pero tienes que comprender que están obligados a seguir un protocolo… Si se encuentran con alguien que ha tomado más pastillas de las debidas, hay que averiguar por qué.

—Porque tenía calor y estaba aburrida.

—El psiquiatra está hablando con Lucía —añade Irene.

—Pues que hable todo lo que quiera.

—Y la policía también ha hablado con ella, y también con tu hermano.

—Pues que hablen con quienes les dé la gana —respondo malhumorada.

Mi hermano suelta una carcajada y me pellizca en la mejilla. Yo no dejo de mirar a Irene. No me había dado cuenta de que tiene una piel inmaculada, ni una arruga, ni un grano, lisa y brillante. Me detengo en las piernas; no tienen ni una sola mancha, mientras que las mías parecen un mapa.

—¿Qué te das en las piernas? —le pregunto interesada.

—Crema, mucha crema —responde Irene guiñándome un ojo.

—No tienes ni una mancha y ya sé que eres más joven que yo, pero incluso a tu edad las mujeres ya tenemos manchas…

—Claro, y para eso están los centros como el Alvarado.

—¿Te has quitado las manchas de las piernas? —pregunto con interés.

—¡Pero vaya conversación! No deberías preocuparte ahora por las manchas. Hay que sacarte de aquí —afirma Alberto con retintín.

—Pues intenta que ese psiquiatra firme el alta, me tiene harta con sus preguntas. Es un cotilla.

—Hace su trabajo, Martha, necesita saber por qué hiciste lo que hiciste…

—¡Seréis plastas! Alberto, tú me conoces, diles que no he intentado suicidarme.

—Ya se lo he dicho a mi mujer, a tu marido, a tu hija, a tu nieta y a ese psiquiatra. No te conocen bien. Si me hubiesen dicho que has asesinado a alguien, podría habérmelo creído, pero no que hayas intentado suicidarte.

Alberto suelta una carcajada y me vuelve a pellizcar la mejilla.

—Irene…, quiero quitarme las manchas de las piernas, ¿me lo podrán hacer las estiradas del centro donde trabajas?

A Irene le molesta que haya definido como «estiradas» a sus compañeras de trabajo, pero lo son, y ahora que lo pienso, mi cuñada también es un poco pija.

—Martha, estamos en verano y no es época de quitarse las manchas, tendrás que esperar al otoño.

—No quiero esperar.

—Pero ahora nadie te las tratará. No se puede hacer nada porque si te da el sol sería un desastre.

—¿Y por qué me va a dar el sol? Me pondré pantalones y faldas largas. Dime cómo las quitan en ese sitio donde trabajas.

—Hay distintas maneras…

—Pues dime cuáles.

—Utilizamos el láser y luz pulsada intensa que destruyen las células que producen la melanina.

—Estupendo, dame una cita con esa doctora García para cuando salga de aquí.

—Bueno, primero tienen que examinarte y decidir cuál es la técnica a utilizar más adecuada en tu caso.

—¿Hay otras?

—La crioterapia, que consiste en aplicar nitrógeno líquido en la mancha… También la dermoabrasión, que es como si te lijaran la piel. La microdermoabrasión es más suave.

—Bueno, pues me podrán hacer alguna de esas…

—También la exfoliación química… Pero con todas estas técnicas el enrojecimiento de la piel es inevitable… A veces quedan cicatrices…

—Quiero una cita ya.

—Lo siento, Martha, pero en verano no hacemos esos tratamientos, resultarían peligrosos para la piel y, además, vamos a cerrar por vacaciones. El personal tiene que descansar.

—¡Quiero que me quiten las manchas! Me fío de vosotras, no me habéis dejado mal los brazos.

—Irene, pídele hora a mi hermana —interviene Alberto.

—Lo haré, pero vamos a cerrar por vacaciones…

—Bueno, pues que le abrasen la piel el primer día de septiembre —responde Alberto soltando una carcajada.

—¡Hermano, sácame de aquí!