Capítulo 10. Domingo #3
Toc, toc. Se escuchan unos golpes suaves en la puerta, que se abre dando paso a Felicitas y a Penny.
Mi hija se echa encima de mí abrazándome.
Para no variar, está llorando. Penny nos observa con indiferencia desde la puerta, pero no hace ademán de acercarse.
El psiquiatra nos observa. Espero que llegue a la conclusión de que las que no son normales son Felicitas y mi nieta.
—Madre…, tenías que habernos llamado… No podría soportar que te pasase algo por mi culpa.
—Eso es lo que ella quiere, que te sientas culpable —masculla Penny.
El psiquiatra la observa con interés, como si viera en mi nieta una pieza clave en todo este vodevil. Porque es un vodevil, no un drama. Otro «toc, toc» da paso a Thomas y a Lucía.
—Nos han dicho que ya habían llegado las niñas —dice Lucía obviando la cara de enfado de Penny.
Thomas se acerca a la cama y me coge una mano mientras sonríe.
Está desconcertado. Debe de pensar que he querido suicidarme y se siente culpable.
No sé si decirle que se coja el próximo avión a Boston o mejor callarme.
Si soy sincera conmigo misma, no quiero que se marche, aunque aborrezco que si se queda sea por pena.
Pero esa es una conversación que tendremos cuando salga del hospital.
Mientras tanto, no me importa que lo pase mal pensando que he estado a punto de morir.
Mi hija se ha agarrado a mi cuello y no me suelta.
Estoy por darle un empujón para quitármela de encima, pero pienso que si lo hago el psiquiatra pensará que no la quiero o que soy una madre agresiva.
Me aguanto. Sus lágrimas me chorrean por el cuello.
Sé que tengo que decir algo porque el psiquiatra nos observa sin perder detalle.
—Vamos, vamos, no te preocupes, estoy bien. No ha pasado nada… —digo con la esperanza de que me suelte.
—Felicitas, eres tonta. ¿No te das cuenta de que Martha ha montado este numerito porque es una egoísta? Seguro que se aburría y ha encontrado la manera de hacernos volver —dice Penny desde el umbral de la puerta de donde no se ha movido.
—Penny…, no digas esas cosas y trata con respeto a tu abuela —dice Thomas. En su tono de voz hay una mezcla de pena y enfado. Mi marido es anglosajón y le incomoda cualquier manifestación de sentimientos o emociones, y más delante de extraños.
—Pero, Thomas, estoy segura de que no se ha intentado suicidar y que ha montado este numerito para fastidiarnos las vacaciones y que volvamos —afirma Penny con rabia.
—¡Penny! —Thomas mira enfadado a su nieta.
—Es que…
—¡Penny! —repite avergonzado por la escena delante de un desconocido.
—Si no les importa, me gustaría hablar con ustedes, uno a uno, antes de tomar una decisión sobre el alta de Martha. Tengo que asegurarme de que estará atendida y bien.
—Desde luego que estará atendida. De eso me encargo yo —responde Lucía como si el psiquiatra la hubiera ofendido.
—Si me lo permiten, quiero hablar unos minutos más con Martha y después los espero en la consulta, la enfermera les indicará dónde está.
Obedecen sin rechistar. Menudo numerito han montado. El psiquiatra me mira aguardando a que diga algo, pero no pienso abrir la boca. Nos quedamos unos segundos en silencio.
—Bueno, Martha, después de que hable con su familia tomaré la decisión de si darle el alta o no.
—Usted sabe que no me he intentado suicidar.
—Tomarse varios Valium de tantos miligramos no es algo que me parezca casual.
—No le he dicho que me los tomara por casualidad, sino porque eran las cinco de la tarde y no se me ocurría qué hacer hasta el día siguiente y dormir me parecía una buena opción. No imaginé que tomar esos Valium me fuese a hacer tanto efecto.
—¿Es la primera vez que se toma tres Valium seguidos?
—No fueron tan seguidos, pero en fin… Normalmente no me tomo ninguno. Suelo dormir bien. Me lo recetó el médico porque suelo tener contracturas, dolores de huesos… El Valium es un buen relajante muscular. Fui bailarina…
—Lo sé.
—Y creo que también sabe que no me he querido suicidar. Quiero irme a mi casa, aunque ya ve el panorama que tengo.
—Se lleva mal con su nieta, ¿por qué?
—Porque no estoy dispuesta a decirle que todo lo que hace está bien.
Está muy mimada, todos la hemos mimado mucho, hasta el extremo de que cuando era pequeña procurábamos no contrariarla para que no tuviera rabietas.
Bueno…, todos menos yo… Lucía la ha mimado demasiado, Thomas la adora, Felicitas es la sensibilidad en persona…
Y a mí me ha tocado el papel de «mala». Si la niña iba a meterse el dedo en la nariz, era yo quien la regañaba.
Si decidía emborronar con sus pinturas las paredes de la casa, era yo la que se las quitaba.
Si lloraba porque no quería comer, era yo la que la obligaba.
En fin, no he hecho el papel de la abuelita consentidora, sino el de la señorita Rottenmeier. Y no me lo ha perdonado.
—¿Y nunca han hablado del porqué de su mala relación?
—No, no lo hemos hecho, porque soy yo quien sigue diciendo «no» a algunas de las ocurrencias de Penny. O quien le digo que no está haciendo las cosas bien.
»Felicitas teme contrariarla, Thomas solo ve a su pequeña nietecita y Lucía la mima sin pensar en las consecuencias. Me ha tocado el peor papel.
—¿Lo ha hablado con ellos?
—Sí, juntos y por separado. Todos creen que exagero y que ahora Penny está pasando un mal momento, el de la adolescencia.
—¿Cuántos años tiene?
—Dieciséis y es no binaria. Eso es lo último que ha dicho.
—Ya… ¿Y usted la ha regañado?
—No, no lo he hecho. Es más, me dio una lección sobre las posibilidades de elección que tienen hoy en día: no binario, cisgénero, transgénero, género fluido, pangénero…
—Y a usted eso la irrita y la desconcierta.
—No, no me desconcierta. Me apena porque la veo perdida.
Pienso que su generación lo tiene difícil al tener que afrontar una ideología que ha puesto del revés todas las certezas abriendo un abanico de posibilidades entre las que se ven obligados a elegir.
Declararse algo tan simple como mujer u hombre es algo vergonzoso.
—Eso ha abierto un abismo entre su nieta y usted.
—No sé si solo eso… Creo que en realidad nos parecemos demasiado y ninguna de las dos estamos dispuestas a permitir que nadie nos diga qué pensar ni cómo vivir, y defendemos esa independencia hasta el paroxismo.
—¿La ridiculiza o le afea su decisión de ser no binaria?
—No, no lo hago. Puede que me muestre sarcástica, pero sin recriminaciones ni enfados.
—Me ha dicho que su marido la ha abandonado. ¿Eso influyó en su necesidad de… de querer dormir más horas de lo habitual?
—Si quiere saber por qué me ha abandonado, se lo tendrá que preguntar a él; a mí no me lo ha dicho.
Recibió una invitación de una colega de Harvard para impartir un seminario en septiembre.
Es filósofo, profesor de Filosofía, autor de ensayos.
Nada más recibir la propuesta hizo la maleta y se marchó.
—¿Le planteó el divorcio?
—No.
—Entonces ¿por qué dice que la ha abandonado? Irse a Harvard a impartir un seminario no tiene por qué ser un abandono.
—Una sabe cuándo la están dejando. Verá, Thomas es norteamericano, nació en Boston.
Sus padres tenían un café librería. Allí se reunían profesores, alumnos; charlaban mientras tomaban un café con tarta de manzana hecha por su madre.
También tenía un pequeño espacio para presentaciones de libros.
El sueño de sus padres era que estudiara en Harvard, y lo hizo.
Buen hijo, alumno brillante… Con el tiempo terminó siendo profesor en la Facultad de Filosofía.
Y… bueno, no sé si a usted le interesa la Filosofía, pero mi marido tiene un gran prestigio en ámbitos académicos.
Ha viajado por todo el mundo invitado por las mejores universidades.
Ha escrito una veintena de libros. Es una autoridad.
Pero si hay un lugar en el mundo al que Thomas pertenece es Harvard.
Por eso no dudó ni un momento cuando Mary Baker le envió una invitación para impartir un seminario el próximo curso.
La muy bruja sabe que Thomas no se resistiría a su invitación.
—Pero ir a impartir un seminario no supone que la estuviera abandonando…
—Pero es así. Una mujer se da cuenta si la están dejando.
—¿Él le dijo que no pensaba regresar?
—No hacía falta. ¿Está usted casado?
—Sí… Bueno, pero eso no tiene nada que ver con lo que a usted le pasa.
—Por los años que tiene imagino que incluso debe de tener nietos. Cree que si su mujer decidiera dejarle, ¿haría falta que se lo comunicara formalmente?
—Así que usted estaba segura de que su marido se iba para siempre y, sin embargo, aquí está.
—Sé que Lucía le ha llamado, y como Thomas es buena persona, no ha dudado en volver para asistir a mi funeral.
—Todavía no está muerta.
—Ya, pero lo parecía. No sabe la angustia que produce no poder moverte. Ni los brazos ni las piernas me respondían.
—¿Cuántas pastillas se tomó?
—Creo que dos, o puede que tres, no lo recuerdo. El primero no me hacía efecto y quería dormirme como fuera, por eso me tomé el segundo y quizá un tercero. Es difícil dormirse a las cinco de la tarde del mes de julio con toda la luz que se filtra por las ventanas.
—¿Qué pretendía?
—Ya se lo he dicho: dormir hasta el domingo. No se me ocurría otra manera de que el tiempo pasara sin molestarme.
—Explíqueme eso de que el tiempo la molesta.
—Sábado de un día de julio. Cuarenta grados. A mediodía almorcé con el párroco de la iglesia de mi barrio. Quizá podría preguntarle a él si en algún momento pensó que era una suicida en potencia. Tuvimos una conversación interesante.
—¿Sobre qué?
—A usted no le importa, pero se lo resumiré: sobre la vida en general.
—Y luego se va a su casa, se mete en la cama y se toma una dosis elevada de Valium.