Una familia moderna Capítulo 10. Domingo #2
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Capítulo 10. Domingo #2

—Ya, ya me lo ha dicho mi compañera, pero nosotras solo somos auxiliares, eso se lo tiene que decir al médico.

Sale dejando la bandeja sobre una mesita. Lucía se acerca empeñada en que me beba el zumo.

—No necesito que me ayudes a beber, lo puedo hacer sola. Pero no pienso tomármelo, es de piña y la piña no me gusta.

—Siempre te ha gustado la piña —responde ella.

—Pues ya no me gusta.

—Martha…, por favor, no hagas las cosas difíciles, aquí no te valdrá de nada. Estás en un hospital y siguen unos protocolos.

—Pero no pueden retenerme contra mi voluntad.

—Bueno…, tu caso es un poco especial… Creen que intentaste suicidarte…

Estoy a punto de atragantarme con el zumo. Lucía se ha vuelto loca.

—Yo no he intentado suicidarme, no tengo ningún motivo para hacerlo. No sé a quién se le ha ocurrido esa idea tan estúpida.

—Te encontré inconsciente…, llamé al médico…, no había manera de hacerte volver en sí… y en tu mesilla estaba la caja con Valium… Te tomaste unas cuantas pastillas.

—Me tomé dos, o puede que tres, y me sentaron mal, me dejaron KO, como me sucede siempre. Solo quería dormir, no suicidarme.

—Buenos días, ¿cómo se encuentra?

Entra un hombre joven, no debe de tener más de cuarenta años. Pelo castaño, ojos castaños, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco. Pobrecillo, no destaca por nada. Claro que a lo mejor es una eminencia. Los jóvenes de hoy saben de todo.

—Quiero irme a mi casa.

—Por supuesto, y vamos a hacer todo lo posible para que se vaya cuanto antes. Pero la tengo que examinar y después vendrá el psiquiatra.

—¿Y por qué tiene que venir el psiquiatra? —pregunto enfadada.

—Porque…, bueno, usted se tomó unos cuantos Valium…

—Me tomé dos o tres. No lo sé… porque con uno no lograba dormirme. Estoy estresada de no hacer nada —respondo cada vez más enfadada.

—Eso se lo cuenta al psiquiatra y él decidirá si reúne las condiciones para volver a casa sin correr ningún peligro.

—¡Le digo que no he intentado suicidarme! Están ustedes locos.

—Ya, ya…, no se altere, y no mueva el brazo porque se le va a salir la aguja. ¿Me permite examinarla?

Empiezo a pensar que estoy soñando. ¿Cómo se les ocurre decir que he querido suicidarme por haberme tomado Valium?

Dejo que me examine y parece satisfecho al comprobar que mi estado de salud es excelente.

—¿Me encuentra bien?

—Sí, sí, está bien… Es una mujer fuerte.

—¿Me puedo ir ya?

—Creo que debería quedarse un día más, pero la última palabra la tiene el psiquiatra.

—No quiero ver a ningún psiquiatra. Están ustedes confundidos: no he querido suicidarme. Díselo, Lucía, a lo mejor a ti sí te creen.

—Martha…, deja que sean los médicos los que tomen las decisiones… Ellos saben lo que te conviene.

—Pero ¡qué van a saber! Menudo lío habéis organizado porque me ha sentado mal el Valium. Si me hubieras dejado dormir tranquila…

—Yo… no podía dejarte como estabas… Tenía miedo de que te pasara algo. Llamé a Rosa y decidimos que lo mejor era que te viera un médico.

—Pues os habéis equivocado. Diles a estos médicos que no he querido suicidarme y que me dejen marcharme a casa.

—Yo… Ellos harán lo que crean conveniente; además, con quien hablarán será con Thomas.

—Pero… me pareció escuchar su voz… ¿Está aquí? ¿Le has llamado?

—Sí, y a Felicitas y a Penny. Pero a ellas no las localicé hasta esta mañana. Como andan por las montañas no tenían cobertura, aunque llegarán esta noche.

—¡Te has vuelto loca! Has organizado un lío… Diles que se vayan, que te has equivocado.

Se abre la puerta y entra Thomas. Tiene ojeras. Ha debido de dormir fatal en el avión.

—Martha…, qué alegría encontrarte despierta. ¿Cómo estás?

—Pero ¿te has creído que he intentado suicidarme? Te juro que no. Siento que Lucía te haya llamado diciéndote algo que no es verdad.

—Martha, no te alteres…, no pasa nada… He venido porque…

No se le ocurre qué decirme. Ha venido porque creía que me he intentado suicidar. ¿Cómo es posible que haya pensado que soy capaz de suicidarme porque él se ha ido a Boston y Felicitas y Penny a trotar por los glaciares suizos?

—Te agradezco tu preocupación, pero te aseguro que si me tomé Valium fue porque no podía dormir, no con intención de matarme.

—Ya, pero… Bueno, pudo ser un accidente, no voy a dudar de tu palabra. Lo importante es que estás bien. Felicitas y Penny ya vienen de camino, llegarán esta noche. Les ha costado encontrar billetes, ya sabes que en verano todo el mundo viaja.

Nos quedamos en silencio. Es una conversación absurda. Me ofende que Thomas piense que he intentado suicidarme porque me ha dejado plantada para irse a Boston a requerimiento de Mary.

Se abre de nuevo la puerta y entra la enfermera seguida de un médico veterano. Este ya no cumple los sesenta.

—Buenas tardes, Martha… Buenas tardes, Thomas… Lucía… Les voy a pedir que me dejen a solas con Martha.

—Desde luego, doctor, esperaremos fuera.

—Usted, Lucía, debería marcharse a descansar, y usted, Thomas, no hace falta que se quede en la sala de espera. Yo estaré con Martha al menos una hora, quizá prefiera ir a tomar un café…

No hace falta que diga que es el psiquiatra. Me he dado cuenta a la primera. Qué suficiencia la suya. Modales suaves para dar órdenes. Va listo conmigo.

Thomas se acerca y me coge la mano. Me sonríe mientras me dice: «En una hora estaré aquí».

Lucía también se despide asegurándome que irá a casa a descansar un rato, pero que no tardará.

Una vez que nos dejan solos, el psiquiatra se sienta en la butaca en la que estaba sentada Lucía.

—Soy el doctor Fuentes, Guillermo Fuentes.

—No me presento porque ya sabe quién soy, incluso el RH de mi sangre…

—Sí, ya me he leído toda su historia clínica. Tiene usted una salud de hierro.

—Pues deme el alta y deje que me marche a casa.

—Primero vamos a hablar. No podemos darle el alta sin estar seguros de que se encuentra bien.

—Me encuentro perfectamente.

—Dígame, Martha, ¿por qué se tomó el Valium?

—Porque el sábado había estado almorzando con el párroco y no tenía nada que hacer el resto de la tarde.

Estuve leyendo, también ordenando papeles, y como todavía quedaba mucha tarde por delante decidí dormir.

Me tomé un Valium, pero al poco me desperté en un duermevela y decidí tomarme otro. Y no recuerdo si otro más. ¿Satisfecho?

—Lo explica muy bien, pero ¿era consciente de que tres Valium podían provocarle algo más que somnolencia?

—Pues no, lo único que pretendía era dormir de un tirón hasta el domingo. Mi familia no estaba, Lucía no estaba, y no tenía nada que hacer. Estamos a finales de julio y no hay nadie en Madrid, al menos las personas que conozco están todas de vacaciones.

—Quería escapar de su realidad, de la soledad que sentía, ¿es así?

—No. No quería escapar de ninguna realidad, solo del aburrimiento.

—Bueno, el aburrimiento era parte de su realidad.

—Mire, doctor, no quería ni quiero morirme.

—Dígame qué le preocupa.

—Pues hasta hace unos días me preocupaban mis brazos, pero es un asunto resuelto.

—¿Sus brazos?

—Sí, mis brazos.

—¿Tiene algún problema en los brazos?

—El problema es que tengo setenta años y la piel de los brazos la tenía especialmente arrugada. Brazos que parecen alas de murciélago, lo habrá escuchado en alguna ocasión. Pero ya está arreglado.

—Explíquemelo, por favor.

—Mi cuñada es subdirectora de un centro de estética; allí me han colocado unos hilos tensores y, como puede ver, ya no tengo arrugas en los brazos.

Los levanto para que los vea. Me divierte su cara de pasmo, incluso se ha movido inquieto en la butaca.

—Ya veo, ya veo. ¿Para usted es un problema la edad?

—Tener setenta años es una putada. Disculpe que diga un taco, pero no se puede decir de otra manera.

Usted, que debe de rondar los sesenta, empezará a notar que su cuerpo no es el mismo y sobre todo que es inútil hacer muchos planes de futuro.

A mi edad, y también a la suya, tenemos más pasado que futuro.

—Y eso la deprime.

—Eso me fastidia.

—¿Qué hace normalmente?

—Nada.

—¿Nada?

—Nada.

—Bueno…, algo hará… Llevará la casa…, tendrá alguna afición…

—Qué antiguo es usted… Yo no he llevado mi casa nunca, de eso se encarga Lucía.

Y no, no tengo aficiones. No soy una jubilada a la que le gusta la jardinería, ni me ha dado por hacer punto de cruz, ni por ir a la parroquia a rezar el rosario, eso en caso de que en las parroquias aún se recen rosarios.

—Supongo que sí —responde el psiquiatra.

—¿Cuánto hace que no pisa una iglesia? Ahora se dedican a las actividades más variopintas, pero lo que se dice rezar, me parece que ya no están tan obsesionados como antes.

—¿Y cómo lo sabe? ¿Es usted muy religiosa?

—No, no lo soy. Creo que no había vuelto a la iglesia desde que dejé el colegio.

Pero Lucía se ha empeñado en que me entretenga y me ha llevado a la parroquia.

Y, sin pretenderlo, estoy dando clases de ballet a unas niñas inmigrantes y de inglés a sus madres.

La idea es tenerlas entretenidas hasta septiembre, que es cuando el párroco espera tener a todos los críos colocados en algún colegio.

—Es una buena obra.

—Mire, llevo dos clases y estoy un poco harta, a mí los niños no me gustan especialmente.

—¿Por qué se ha quedado sola?

—¿Sola?

—Sí, me dice que su familia no está…

—Mi marido se ha largado a Boston, y mi hija y mi nieta se han ido de vacaciones.

—Y eso la ha sumido en una crisis de soledad.

—Eso me ha sumido en una crisis de aburrimiento, si es que el aburrimiento puede dar lugar a una crisis.

—¿Cómo es la relación con su familia?

—Oiga, no tengo por qué darle ninguna explicación sobre mi familia. Quiero irme a mi casa. Están ustedes locos si piensan que me he querido suicidar.

—Solo pretendemos ayudarla.

—Pues deme el alta. Y si no me la dan, me iré de igual manera porque no me pueden retener contra mi voluntad.