Capítulo 10. Domingo
Domingo
N o puedo moverme. Los brazos y las piernas no me obedecen.
Tampoco el resto del cuerpo. Escucho voces, pero no distingo de quién.
Intento abrir los ojos, pero no puedo. Tal vez me haya quedado paralizada.
Me duele la cabeza y estoy atontada. Creo que anoche me tomé un Valium para conciliar el sueño, pero en realidad no me tomé uno, sino dos o quizá tres.
El descubrimiento de mi «ausencia» en la vida de Thomas me impedía conciliar el sueño aun con el primer Valium, de manera que me tomé otro y creo que después otros dos más.
A lo mejor estoy muerta y aún no lo sé. Pero me duele la cabeza y tengo ganas de vomitar, por lo que no debo de estar muerta del todo.
¿Y si me muero? Nadie se enteraría. Bueno, sí, Lucía. Por la mañana ella suele entrar en mi cuarto para comprobar si estoy durmiendo o si necesito algo. ¿Qué hora es? No tengo fuerzas para mirar el reloj de la mesilla, pero a lo mejor no puedo hacerlo porque estoy muerta o casi muerta.
Intento levantarme y meterme bajo la ducha para despejarme. No me sale la voz para avisar a Lucía. A lo mejor me he quedado muda.
Tengo que moverme, lo intento, pero no me responde ningún miembro del cuerpo. Estoy mareada. ¿Dónde está Lucía? No le perdonaré que me haya dejado sola. ¿Qué día es hoy? No lo recuerdo. Debo de estar muriéndome.
«Despierta, anda, muévete».
La voz de Lucía se va abriendo paso entre las brumas del sueño. No sé si es real o estoy soñando. No me puedo mover. Tengo paralizado el cuerpo. ¿Será para siempre?
Otra voz: «Creo que deberíamos llamar a un médico. A saber cuántas pastillas se ha tomado».
«Martha es prudente», escucho decir a Lucía.
«Pues será prudente, pero parece medio muerta y ahí está la caja de Valium. Mamá, tenemos que llamar a una ambulancia».
Me vuelvo a dejar mecer por el sueño. Ya no estoy sola.
«Hay que incorporarla».
«¿Saben cuántas pastillas se ha tomado?». Es una voz de hombre.
«Aquí faltan unas cuantas, pero es que el año pasado se rompió un tobillo y tenía muchos dolores y no lograba dormir por la noche».
«Ya, pero Valium 20 es una dosis elevada. No es lo mismo tomarse una que si se ha tomado todas las que faltan…».
«Estoy segura de que no se ha tomado más de una. Martha nunca…».
«¿Tiene algún problema? En ocasiones las personas intentan escapar de sus problemas…».
«Pero ella es dura como el acero. Rosa, no insistas, Martha no se ha tomado esas pastillas para…».
«Mamá, me has dicho que Thomas la ha dejado plantada y que Felicitas y Penny se han largado de vacaciones sin ella».
«Lo sé, Rosa, pero ese no es motivo para que Martha…».
«Señora, usted no sabe cuánto la ha afectado que la deje el marido…».
«La conozco…, sé que no es de las que intentan suicidarse».
Escucho entre brumas la conversación y tengo ganas de reírme. Alguien cree que me he querido suicidar porque Thomas se ha ido. ¡Qué estupidez! Me ha fastidiado, sí, pero puedo seguir viviendo sin él.
Ahora solo hay silencio. De repente, otras voces que no reconozco, pero los párpados no me obedecen y no puedo abrirlos para mirar.
Me abren la boca, me hacen beber algo de sabor asqueroso, vomito, escucho que hablan y hablan. Por fin logro entreabrir los ojos.
«¡Está viva!», grita Lucía. «Lo sabía, está viva», insiste.
«Señora, ¿recuerda qué le ha pasado?», la voz del hombre denota fastidio.
Intento hablar. Tengo que conseguirlo o a saber lo que este hombre decidirá hacer conmigo.
—Me tomé dos pastillas para dormir. —Lo he dicho con los ojos cerrados, pero lo he dicho. Ahora me dejarán tranquila y se irán.
«Una barbaridad», dice la voz del hombre.
«Creo que han sido más, pero la hemos hecho vomitar», responde la voz de Lucía.
«Ya, pero el Valium ya ha hecho su efecto», creo que es la voz de Rosa.
«Vamos a trasladarla al hospital», dice el hombre.
Intento abrir de nuevo los ojos y decirles que me dejen en paz. Que quiero dormir otro rato más. Pero no me sale la voz.
Alguien me coge en brazos y me coloca sobre una tabla. Es una tabla porque está dura. Me llevan balanceándome y creo que me estoy mareando más.
Mucha gente hablando. No sé qué dicen, pero deben de referirse a mí.
«Martha… Martha…, ¿estás bien? He llamado a Thomas. Llegará mañana».
Ahora sí que abro los ojos. Me cuesta, pero los abro. Sé que la que habla es Lucía, aunque no logro enfocar la mirada, pero lo consigo y ahí está. Pero ¿dónde estoy? Esta no es mi cama y me resulta extraña esa televisión colgada de un soporte frente a mí. ¿Y esa ventana? No reconozco esa ventana.
—¿Qué pasa? —alcanzo a decir con una voz que no me parece la mía.
—Pues que tomaste Valium de más y… que te encontré muy mal. Llamé a Rosa y ella al médico y el médico decidió traerte al hospital.
—¿Al hospital? Pero ¿por qué?
—Sobredosis.
—¿Sobredosis?
Me cuesta entender el significado de la palabra.
—Creen que has podido querer quitarte la vida…
Ahora sí que me obligo a abrir los ojos. ¿Quitarme la vida? ¿Es lo que ha dicho Lucía? Tengo la boca pastosa y en la cabeza me bailan sombras, pero estoy segura de que ha dicho algo de quitarme la vida.
—Yo… yo les he dicho que tú nunca harías algo así, aunque te haya dejado Thomas.
Intento incorporarme y Lucía me ayuda. Coge un mando, aprieta un botón y la cabecera de la cama empieza a subir.
—Voy a llamar a la enfermera…
La enfermera es una mujer con el rostro serio y mirada fría. Observa la bolsa de suero que cuelga de un soporte que tengo sobre la cama. Luego me toma la tensión y mueve con disgusto la cabeza mientras la oigo decir que llamará al doctor.
Al poco veo un rostro un poco borroso a causa del sueño que aún no he logrado despejar, pero me parece que el doctor es joven y tiene una voz animosa.
—¿Cómo se encuentra? —pregunta.
Intento responder y él espera paciente que logre articular las palabras.
—No se preocupe, tiene que eliminar el Valium, pero se recuperará. Nos ayudaría mucho saber cuántas pastillas se tomó.
—Dos o tres… No lo sé —alcanzo a decir en un murmullo.
—Tres o más de veinte miligramos cada una… Una dosis elevada y más teniendo en cuenta lo poco que pesa usted. Pero en un par de días estará mejor.
—¿Cuándo nos podemos ir? —pregunta Lucía.
—En mi opinión, debe quedarse al menos hasta mañana, pero dependerá de la evaluación del psiquiatra.
Intento preguntar por qué me tiene que ver un psiquiatra, pero no alcanzo a decirlo porque la puerta se abre dando paso a Rosa.
—He traído todo lo que me has pedido —le dice a Lucía.
—¿Y Luz?
—No te preocupes por Luz, está en casa con una amiga.
—Pues vete y no la dejes sola. Gracias por traernos la ropa, a saber cuánto tendremos que quedarnos. Y preocúpate de Luz.
—Mamá, eres una abuela muy pesada.
«Martha… Martha…, ¿me escuchas?».
Sí, le escucho. Es la voz de Thomas y estoy por responderle, pero decido seguir con los ojos cerrados.
Siento que me coge la mano y me la aprieta entre las suyas.
«Menudo susto me has dado».
¿Susto? ¿Thomas se ha llevado un susto? ¿Por qué?
«¿Creías que no iba a volver?», le escucho preguntarme.
No he abierto los ojos, pero estoy a punto de responder. Claro que creía que no iba a volver, y no habría vuelto si no le hubiesen llamado. Y eso me fastidia. Tengo que decirle que se vaya.
Pero no me sale la voz, aunque logro abrir de nuevo los ojos. Me cuesta enfocar su rostro. Le veo entre brumas. Tiene ojeras, se le nota cansado. Seguramente ha venido directo del aeropuerto a verme y eso me fastidia aún más.
Ahora sí que me he despertado. Tengo la lengua como si me la hubieran lijado, pero soy capaz de abrir los ojos sin sentir que se me cierran.
Estoy en la habitación de un hospital. Tengo una aguja clavada en una vena del brazo izquierdo. A mi lado está Lucía sentada en una butaca. Tiene los ojos cerrados y la boca abierta, está roncando. ¿Qué hora será?
Estamos solas. No sé en qué momento creí escuchar la voz de Thomas. Pero no está. No puede estar. Boston queda a un océano por medio.
—Buenos días.
Entra una enfermera llevando un carrito con un aparato para tomar la tensión. Me mira, la miro.
—¿Qué tal se encuentra? —pregunta.
—Aún no lo sé —alcanzo a responder.
Lucía se despierta y me mira con afecto. Va a cogerme la mano, pero la enfermera le dice que le deje hacer su trabajo. No sé qué piensa hacerme.
Me toma la tensión, me cambia la bolsa de suero o lo que quiera que sea ese líquido transparente. Y me extrae sangre del otro brazo.
—¿Cómo está? —pregunta Lucía.
—Cuando pase el médico se lo dirá. Ahora le traerán algo de comer, un zumito y a lo mejor una magdalena, veremos qué tal le sienta.
—Quiero ir al baño —digo en un murmullo.
—Esta sondada, no necesita ir al baño —responde la enfermera.
—Pues quíteme la sonda.
—Eso lo decidirá el médico.
—No quiero estar sondada, no lo necesito. —Sé que estoy elevando la voz.
—Ahora viene el médico.
La enfermera sale sin prestarme más atención.
—Será borde esta tía… —le digo a Lucía, que se ha puesto de pie y me mira sonriéndome.
—Menos mal que has vuelto, creíamos que te morías.
—¿Morirme? ¿Y por qué iba a morirme? No tengo ganas de morirme —respondo malhumorada.
—Las pastillas… Tomaste una dosis excesiva… Cuando te encontré estabas… estabas muy mal…
Se abre la puerta y entra una auxiliar.
—Buenos días, ahora la voy a asear y después vendrá el médico.
—Quiero ducharme. Bueno, lo que quiero es marcharme a mi casa y ducharme allí.
—Ya…, lo comprendo, pero hasta que el médico no le dé el alta tendrá que estar aquí, y a mí me toca asearla, luego le traeré el desayuno.
—Dígale al médico que venga.
—¡Uy!, qué genio tiene… Ya le he dicho que el médico vendrá, pero yo solo soy una auxiliar, de manera que no le puedo decir cuándo.
Me quita la bata que me han puesto y que está abierta por detrás. Me deja desnuda y me pasa una esponja por todo el cuerpo. Luego me vuelve a poner otra bata.
—¿Ve qué fácil ha sido?
A continuación se va, pero entra otra auxiliar con una bandeja.
—Intente beber al menos unos sorbos del zumo; si no le sienta mal, empezaremos a darle de comer —me dice sonriendo.
—Quiero irme a mi casa.