Una familia moderna Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Todos los años íbamos al norte. Felicitas no soporta el calor, tiene la piel muy blanca y se quema fácilmente.

A Thomas tampoco le gusta tumbarse al sol.

Solemos ir a Cantabria, a Asturias, a Galicia…

Este año habíamos reservado un hotel en Gijón.

Pero Thomas se fue a Boston y Felicitas y Penny a Gijón.

Ni mi marido, ni mi hija ni mi nieta me invitaron a acompañarlos.

Thomas sigue en Boston y Felicitas y Penny ahora están en Suiza haciendo turismo de trekking , se pasan el día subiendo y bajando montañas y bañándose en lagos helados.

—¿Y no se te ha ocurrido ir con ellas?

—Si me presentara de repente, Penny me diría que me fuera y Felicitas lloraría, no imaginas lo llorona que es mi hija.

—Parecen terribles…

—Oye, no te rías, que no tiene gracia. No las conoces y, por tanto, no sabes cómo reaccionan.

—¿Se te ha ocurrido irte con tu marido a Boston?

—¡Ufff! Eso no funcionaría. Thomas lo consideraría una intromisión y se sentiría molesto. No, no puedo hacerle eso.

—Entonces ¿cuál es la opción que te queda?

—No tengo ninguna opción. Creo que cualquier día Thomas me planteará el divorcio y que Felicitas derramará tantas lágrimas como para llenar un estanque y que mi nieta dirá algo así como que su abuelo ya estaba tardando en darme con la puerta en las narices, puesto que para ella soy un monstruo.

—¿O sea que te has rendido?

Le miro con sorpresa y de la sorpresa paso al enfado. Yo no me he rendido, me han abandonado, pero parece que no lo termina de comprender; al fin y al cabo, no deja de ser un cura y cree que hay soluciones milagrosas.

—Me han dejado. No conoces a mi familia.

—Siempre se puede hablar.

—No, no siempre.

—Si no presentas batalla, entonces es que te has rendido o que en el fondo aceptas la situación.

—La situación me fastidia. Dirás que soy egoísta, pero tengo setenta años y de repente me encuentro sola porque mi familia me ha abandonado.

—No pareces una ancianita abandonada.

—Qué gracioso. Como eres tan listo, dime lo que harías si estuvieras en mi piel.

—Seguramente, intentar recuperar a mi familia. Pero eso implica un cambio profundo en ti para relacionarte de manera diferente con ellos.

—Ya, ¿y no se te ocurre que deberían ser ellos quienes cambiaran para hacerme la vida fácil?

—Me da que tú eres parte importante del problema, pero tampoco puedo afirmarlo porque no los conozco a ellos.

—Tampoco a mí.

—Tampoco a ti.

—Para colmo, mi nieta es no binaria.

—Bueno, eso es algo habitual. Muchas familias se encuentran con que los hijos se niegan a responder a los patrones tradicionales.

—Claro, en eso consiste la modernidad, en poner del revés todo lo que estaba del derecho.

La mía es una familia moderna. A modernos no nos gana nadie.

Mi hija tiene una hija con el esperma de un tipo que lo ha vendido a un banco de semen.

Mi nieta no se identifica como mujer ni como hombre y, según me ha explicado, ser no binario supone poder tener varias identidades: agénero, sin género, bigénero… Me dio una clase sobre eso.

—La identidad es algo a lo que se enfrentan muchos jóvenes de hoy.

Todas las generaciones rompen barreras, muchos de los esquemas de los mayores, y esta generación está llevando a cabo una revolución en cuanto al sexo y la identidad.

No sé cómo acabará, si con una regresión o en el disparate, las dos opciones son malas.

Lo que te aseguro es que para los jóvenes no está siendo fácil.

—Y esto forma parte de la modernidad —afirmo irritada.

—Esto forma parte de la sociedad actual —responde Pablo con calma.

—Mi nieta no es feliz, está siempre enfadada, sobre todo conmigo.

—Tu nieta está confundida y sin un asidero donde encontrar certezas.

—¿Te cuentan estas cosas en el confesionario?

Pablo me mira y se queda en silencio buscando una respuesta que decide que no me va a dar.

—¿Qué quieres hacer con tu vida? —me pregunta.

—No lo sé, ese es uno de mis problemas, que tengo setenta años y no sé qué puedo hacer con mi vida si mi marido, mi hija y mi nieta ya no están.

La camarera coloca la factura encima de la mesa.

Pago yo y le dejo una buena propina, consciente de que nos hemos quedado los últimos.

Salimos al calor de julio. La parroquia no está lejos, tampoco lo está mi casa, así que iremos andando a pesar de que el calor nos envuelve como una lengua de fuego.

Caminamos en silencio hasta la parroquia. Pablo se para delante de la puerta de la iglesia, que a esta hora está cerrada.

—Sé que no te gustará, pero quiero darte las gracias.

—¿Por la pizza? Estaba bien, pero no es inolvidable.

—Gracias por la pizza, claro, pero te doy las gracias porque eres una persona que no finge ser mejor de lo que es.

Tampoco pides perdón por ser como eres. Ojalá te arregles con tu familia.

Creo que en realidad no te conocen porque nunca les has permitido que lo hagan.

Supongo que pagaste un precio muy alto por ser la bailarina que fuiste, te acostumbraste a sufrir en silencio y eso te hace parecer indiferente al dolor y a los problemas ajenos. Date una oportunidad.

Se da media vuelta y me deja en la calle. No me invita ni a tomar un café en la parroquia.

Son las cinco y no tengo nada que hacer salvo irme a casa. Menos mal que dejé el aire acondicionado puesto.

Me cuesta pasar la tarde del sábado sola en casa.

Primero me he puesto a leer, luego me he preparado dos tostadas con mantequilla y mermelada de naranja amarga.

Después he vomitado. Sé que no está bien, pero no puedo pasar el resto de la tarde pensando en Thomas, tengo que hacer algo.

Me refugio en su despacho y empiezo a revisar los cajones de su mesa de trabajo.

No sé por qué lo estoy haciendo ni qué espero encontrar, pero necesito comprenderle.

Me doy cuenta de que lo quiero, pero no sé mucho sobre él, y lo mismo me sucede con Felicitas y Penny.

Son parte del mobiliario de mi vida y eso me parecía suficiente.

No encuentro nada de interés entre sus papeles.

Conferencias, notas sobre reflexiones por la lectura de un libro, pero ni una carta.

Claro que hoy en día la gente no se escribe cartas en papel, utiliza wasaps o correos electrónicos.

Tenía la esperanza de encontrar cartas de Mary.

Si mi marido y ella se hubieran estado carteando durante estos años, eso me ayudaría a comprender su espantada.

Pero ninguna huella de Mary, tampoco de ninguna otra mujer.

Sí me sorprende encontrar una carpeta a rebosar de fotos nuestras.

Fotos de cuando nos conocimos en Londres, fotos de los años que vivimos en Boston, fotos del día en que nació Felicitas.

No sé por qué me dejé fotografiar en la cama del hospital.

En la foto no estoy nada favorecida. Fotos de Felicitas desde el día de su nacimiento hasta este mismo año.

Sobre todo de los viajes de vacaciones visitando los parques naturales a lo largo y ancho de Estados Unidos, porque Felicitas fue una niña debilucha y Thomas estaba convencido de que le venían bien actividades al aire libre.

Para mí aquellas vacaciones eran una pesadilla, pero ellos parecían disfrutar caminando por senderos impracticables, alquilando canoas y durmiendo en refugios de montaña de donde siempre regresaba con alguna picadura.

En las fotos, Thomas y Felicitas parecen felices, pero yo no salgo nada favorecida.

También guarda una carpeta con fotos de Penny desde el día en que nació hasta este mismo año.

Miro alrededor y me sorprendo de lo evidente: encima de la mesa de trabajo de Thomas hay una foto de Felicitas y Penny con él; en la librería que ocupa tres paredes hay diseminadas entre los libros otras fotografías de ellos en las que no aparezco yo.

Nunca me había dado cuenta de mi ausencia en la vida de Thomas. Las fotos de los primeros años están ahí, guardadas. Podría haber puesto alguna, aunque fuera en un rincón. ¿Desde cuándo no soy parte de su vida?

Debe de hacer mucho tiempo, de lo contrario, no le habría resultado tan fácil dejarme plantada.

Me duele porque Thomas sí es parte de mi vida.

Por lo menos lo ha sido hasta que se ha ido.

En ningún momento he sentido una desconexión con él.

Hemos ido envejeciendo juntos, pero eso no ha supuesto, al menos para mí, que le quiera menos de lo que le quería.

¿En qué momento se rompió nuestra relación?

¿Cuándo dejó de quererme? ¿O acaso simplemente el amor se fue desvaneciendo hasta convertirse en nada?

No lo sé y me gustaría preguntárselo ahora que empiezo a ser consciente de que su marcha es para siempre.

Thomas no es hombre que tome decisiones precipitadas, de manera que la propuesta de Mary para dar un seminario en Harvard solo ha sido la palanca que necesitaba para irse. Pero, en realidad, ya no estaba.