Una familia moderna Capítulo 9 #2
62%

Capítulo 9 #2

Me estoy arrepintiendo de haberle invitado a almorzar.

En realidad, no tenemos nada en común salvo que hoy sábado los dos estamos solos.

A lo mejor es una razón suficiente. Pero tengo que frenar mis impulsos porque me estoy metiendo en un círculo del que luego me va a costar salir.

No, no pienso seguir dando clases de ballet cuando termine el verano, ni tampoco de inglés.

Se lo diré a Pablo para que no se confunda respecto a mí.

Me ha costado decidir el restaurante. Al final he optado por un italiano; a todo el mundo le gustan las pizzas y la pasta. Además, no es ostentoso y tienen a tope el aire acondicionado.

Pablo pide una pizza Margarita y yo una ensalada Caprese. El queso engorda, pero la pizza más. Habría pedido una copa de vino tinto, pero Pablo ha rechazado el vino, así que he descartado beber sola.

—No creas que os estoy echando una mano porque soy buena persona, lo hago porque estoy aburrida, no tengo nada que hacer. —Se lo he dicho de corrido antes de que nos sirvan la comida.

—No te he preguntado por qué lo haces, eso es asunto tuyo. Pero lo hagas por lo que lo hagas, gracias. No es fácil hacerse cargo de una treintena de personas desesperadas y sobre todo de tantos críos.

—Si te lo digo es para que no te confundas conmigo y creas que soy una ancianita buena.

Pablo se ríe y no sé cómo juzgar su risa.

—No, no te he tomado por una abuelita preocupada por su alma. Es evidente que tenías otros planes, pero que se te han estropeado y Lucía te ha traído a la parroquia para que no te quedes colgada.

—¿Es evidente? ¿Por qué es evidente?

—Martha, llevas viviendo en el barrio desde que naciste y aunque yo solo llevo ocho años de párroco, por lo que sé nunca has pisado la parroquia.

No parece que tengas una crisis de espiritualidad, más bien debes de haber recibido un revés personal.

Lucía te aprecia sinceramente y se le ocurrió traerte pensando en ayudarte.

—¿De verdad crees que vosotros me estáis ayudando?

¿Sabes lo que me costaron las entradas del zoo y el alquiler del autobús?

Seguramente no tienes ni idea de cuánto cuestan las mallas de ballet para las niñas.

Ni todos esos libros de inglés con sus cuadernos y bolígrafos correspondientes.

De manera que sí os estoy siendo útil, yo diría que muy útil —respondo enfadada.

—Hablas de cosas materiales. Te lo agradecemos, pero tampoco vamos a tocar las campanas. Insisto en que somos nosotros los que te estamos siendo útiles.

—¿En qué? —pregunto airada.

—Para empezar, en que las horas del día no te pesen como si fueran siglos. Ir a la parroquia te tiene entretenida y como eres inteligente y, por tanto, curiosa, estás descubriendo una realidad a la que permanecías ajena.

—¿Crees que no leo los periódicos? Sé perfectamente que uno de los grandes desafíos para Europa es el de la inmigración. Llegan miles de personas en busca de una vida mejor y nadie sabe muy bien ni cómo acogerlos ni qué hacer con ellos.

—Acogerlos se los acoge mal. En cuanto a qué hacer con ellos, te aseguro que hay mucho desaprensivo que se aprovecha de su situación y los explota.

Trabajan mucho por poco salario y sin ningún derecho.

Las autoridades lo saben, las de aquí y las de toda Europa, pero esta gente forma parte del engranaje para que la economía funcione.

—¿Tienen muy difícil conseguir papeles?

—Sí, lo tienen casi imposible. Los requisitos son una carrera de obstáculos.

Conseguir un certificado de empadronamiento, luego tienen que presentar certificados de penales de su país de origen y de otros países donde hayan podido vivir.

También les piden pruebas de residencia en España, arraigo social, un contrato laboral de al menos un año, un informe de inserción social… Oswaldo te lo puede contar.

Nos quedamos en silencio mientras nos concentramos en masticar, él su pizza y yo mi ensalada.

—Tuviste suerte con Lucía —me dice de pronto.

—Sí, ella es muy seria y responsable, la consideramos de la familia.

—Sé que la recibiste sin preguntarle nada, que le arreglaste los papeles, que la ayudaste y acogiste a su hija. ¿Por qué lo hiciste?

—¿Quieres que te diga la verdad o solo parte de la verdad?

—Lo entenderé mejor si me dices la verdad a secas.

—Yo estaba desesperada buscando a alguien de confianza para que atendiera mi casa.

No me resultaba fácil, en aquel tiempo lo que me importaba era mi carrera.

Lucía fue como un regalo, el mejor regalo que me podían hacer.

Joven, pero seria y responsable; una mujer dispuesta, como diría mi madre.

Se esforzó tanto que se hizo imprescindible, y lo sigue siendo.

—Y no te importó que se quedara embarazada.

—¿Por qué me iba a importar? Bueno, en realidad me preocupé pensando que a lo mejor decidía marcharse cuando yo ya me había acostumbrado a ella.

De manera que le dije que podía seguir en casa con su hija, que la acondicionaríamos para que dispusiera de dos habitaciones y una sala de estar, además de un baño.

»Nació Rosa y he de decir que la niña era muy buena, no lloraba y no daba ninguna lata.

Le tengo mucho cariño, creo que Rosa fue una bendición en la vida de Lucía, sin ella quizá habría acabado con algún otro sinvergüenza.

Pero, que yo sepa, no hubo más hombres en su vida hasta Oswaldo.

Luego Rosa se quedó embarazada, se casó, y nació Luz, una cría cariñosa y muy lista.

Ya le he dicho a Rosa que cuando Luz termine el bachillerato estoy dispuesta a pagarle la carrera que elija, creo que se decantará por las ciencias.

—No eres tan egoísta como te gusta parecer.

—¿Crees que me gusta parecer egoísta?

—Sí, te defiendes de los demás bajo una capa de indiferencia. No quieres parecer vulnerable porque en realidad lo eres.

—No tanto como crees, pero últimamente me han pasado unas cuantas cosas que aún no he digerido.

Se queda en silencio aguardando a que continúe. Dudo si hacerlo, pero me decido a hablar, al fin y al cabo es cura y no va a ir por ahí chismorreando. O eso espero.

—Mi marido me ha dejado. Es filósofo. Durante años dio clases de Filosofía en Harvard, hasta que le llegó la edad de jubilarse. Aunque en realidad podríamos haber continuado viviendo allí.

—¿Y por qué no lo hicisteis?

—Porque tenemos una hija y una nieta bastante peculiares.

Felicitas es extremadamente sensible, o eso parece, porque siempre nos sorprende.

Quiso ser periodista y ha terminado teniendo un canal en internet.

Creo que a eso le llaman influencer . Ha tenido éxito y gana dinero.

Pero no es feliz. Se enamoró de un tipo que la dejó plantada.

Lloraba porque pensaba que sin novio o sin marido no tendría hijos.

Yo la convencí de que los podía tener sola, sin ningún hombre al lado; y acudió a uno de esos bancos de semen y trajo al mundo a Penny.

»Thomas, mi marido, las quiere más que a nadie; desde luego, más que a mí.

Y cuando Felicitas le anunció que estaba embarazada, se preocupó por el futuro de nuestra hija y empezó a plantearse dejar Harvard e instalarnos en Madrid.

Aunque nuestra hija es norteamericana, nació y se educó allí, le gusta vivir en España.

De hecho, el novio que tuvo y que la dejó plantada era español y el banco de semen al que acudió es de aquí. ¿Te parece raro lo que te cuento?

—Me parece que es algo que sucede habitualmente, mujeres que deciden ser madres sin un hombre al lado.

—¿Y te parece bien?

—Me parece una decisión un poco egoísta porque privan a sus hijos de un padre, de saber quiénes son. Pero comprendo que este tipo de decisiones ya forman parte de la sociedad moderna.

—Ya, desde luego nosotros somos una familia moderna.

—Tu marido hace de padre de tu nieta.

—Mi marido decidió dejar Harvard e instalarnos en Madrid porque no quería que Felicitas tuviera que criar a su hija sola. Cuando nació Penny, él mostró más entusiasmo que el día en que nació nuestra hija.

—¿Y el nombre?

—¿Qué nombre?

—Penny…

—Lo decidió Thomas, es un fan de los Beatles. Esa canción, Penny Lane , le gusta especialmente.

—Así que os instalasteis en Madrid.

—Sí, aunque creo que Thomas nunca se ha integrado del todo.

—¿No encontró ninguna actividad, al menos para entretenerse?

—En realidad, nada especial: escribir algún libro, viajar de cuando en cuando para participar en algún congreso sobre Filosofía o dar una conferencia…

—Ibais envejeciendo, de manera que tú también tuviste que hacer una renuncia dejando el ballet.

—Muy bien, señor Freud.

Pablo suelta una carcajada y la camarera nos mira mosqueada.

—El confesionario es como el diván del psiquiatra, pero gratis.

—Pero esto es una pizzería, no un confesionario, y yo no me estoy confesando ni quiero hacerlo —respondo molesta.

—Lo sé, aunque tú, como todos, necesitas hablar, decir en voz alta lo que te preocupa, lo que quieres, lo que te duele. Hay quien elige el confesionario y quien prefiere soltar lastre hablando con alguien, por ejemplo, con un amigo. Lo que creo es que no eres feliz.

—Lo era hasta que Thomas me ha dejado plantada.

—¿Es para siempre?

—Creo que sí, o eso dice Lucía. Una profesora de Harvard, una mujer horrible, le ha tentado ofreciéndole que prepare un seminario sobre no sé qué filósofos para el curso que viene.

Thomas ni se lo pensó, se fue al día siguiente y no me llama.

Yo le he llamado en dos ocasiones, pero se le nota incómodo, como si no tuviéramos nada que decirnos.

—A lo mejor lo que os decíais en el pasado ya no sirve en el presente.

—Eso es muy profundo.

—Y tu hija y tu nieta, ¿dónde están?