Una familia moderna Capítulo 9
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Capítulo 9

E l sábado me despierto pronto. He dormido mal, con pesadillas. Dudo si levantarme o dar media vuelta en la cama e intentar seguir durmiendo. Opto por lo segundo, pero no lo consigo. Estoy desvelada.

Me levanto, me doy una ducha, me pongo un pantalón de chándal y una camiseta y decido salir a correr.

Lucía está en la cocina y me sonríe.

—¿Qué tal la cena?

—Bien, típica cena de una familia moderna.

Me mira extrañada, sin entender a qué me refiero.

—¿No crees que la mía es una familia moderna?

—Bueno…, todas las familias responden al tiempo en que les toca vivir, así que sí…, todas las familias de esta época son modernas.

Lucía me ha preparado el desayuno: café y en un cestito ha colocado una rebanada de pan integral, y al lado, un tarro de mermelada de naranja sin azúcar. También ha dispuesto en un plato varios trozos de fruta pelada. Solo me apetece el café, pero muerdo una esquina de la tostada.

—También la tuya es una familia moderna. Representáis a un tipo de familia de la época —le digo.

Ella me mira desconcertada y se encoge de hombros. Y yo sigo hablando.

—Ahora hay más modalidades de familias que antes.

Mis padres, por ejemplo, eran un matrimonio convencional por más que mi padre fuera comunista.

Incluso puede que ser comunista formara parte de esa convencionalidad.

Mi hermano Alberto siempre ha sido buena persona.

Se casó con una enfermera, hija de una familia de clase trabajadora como la nuestra, pero la chica es lista y ya la ves, ha llegado a subdirectora de una clínica para pijas.

»Sus dos hijos son como el yin y el yang.

Juan, el hijo ideal, guapo, con don de gentes, novia y un buen trabajo.

José, el “rarito”, introvertido, pesimista, por lo mucho que le costó “salir del armario”, pero una vez que ha salido, tampoco es que se haya vuelto la alegría de la huerta.

Y, sin embargo, no me cansaré de repetir que es el mejor de todos nosotros: buena persona, inteligente, sensible, educado…

—Y tú y Thomas, ¿dónde encajáis?

—Pues somos también una familia moderna.

La hija del comunista que tiene éxito como bailarina de ballet y obtiene cierto reconocimiento.

No me hago millonaria bailando, pero gano algo de dinero que guardo como una urraca para la vejez, consciente de que las bailarinas no tenemos otra que jubilarnos apenas hemos cumplido los cuarenta.

Me caso con un profesor de Harvard, eso no está nada mal, un buen hombre, amable, trabajador, buen padre y buen marido.

Tenemos una hija «rara» de lo sensible que es.

No ha dejado de llorar desde que nació. Un día porque sin querer pisó a una anciana, otro porque se sentó en la hierba, no se dio cuenta y aplastó a un ciempiés.

Lloró como si hubiera cometido un asesinato.

Ya la conoces. Felicitas está preocupada por la capa de ozono, el deshielo del Polo, la persecución de China a los uigures…

No hay causa que no la afecte. Su padre firma manifiestos, ella también, pero los moja con lágrimas.

En cuanto a Penny, es no binaria, más moderna no se puede ser, lo cual la hace plenamente actual.

Se lleva de maravilla con su abuelo, aborrece a su abuela y pasa de su madre.

O sea que somos una familia típicamente moderna.

—Dices las cosas de una manera que parece que te las tomas a broma…

—Te equivocas, me las tomo muy en serio, sobre todo ahora que soy consciente de que lo que nos pasa no es nada extraño, simplemente respondemos a los cánones de las familias modernas.

—No sé…, no te veo muy convencida.

—Pues no sé por qué. En cuanto a ti, pues lo mismo. Inmigrante ilegal que llega a España, la embarazan, tiene una hija soltera… Todo de manual.

—Oye, a nosotras no nos etiquetes. No imaginas lo que es ser inmigrante, tampoco lo que supone quedarte embarazada y que te dejen plantada. No sé si todo eso es muy moderno, lo que sé es que resulta doloroso.

—Doloroso, pero responde a lo que es la sociedad de hoy. Nada de lo que nos viene pasando a ti y a mí es extraordinario, simplemente responde a esta época.

—Creo que no debió de ir muy bien la cena en casa de tu hermano.

—Fue muy entretenida.

—No sé…

—No voy a tomar más que una taza de café porque me voy a correr. ¿Y tú qué vas a hacer?

—Pues, si no me necesitas, te dejo comida hecha y me voy a casa de Oswaldo. Pero vuelvo por la noche. A él le gusta que me quede a dormir en su casa, pero yo estoy más cómoda en mi cama.

—Haz lo que te venga mejor.

—Me da no sé qué dejarte sola…

—¡Vamos, Lucía, que no soy una niña! Estaré bien. Además, disfrutaré de tener toda la casa para mí.

—Vale, pero si me necesitas, llámame. Me cojo un taxi y vengo enseguida. ¡Ah!, por cierto, ayer llamó Felicitas. Ya están en Suiza. Parece que tienen buen tiempo y que a Penny le está gustando eso de subir glaciares.

—Claro, no le iba a gustar algo sencillo como andar por el barrio.

—Nos seas cáustica…

—No lo soy. Me voy a correr.

No me gusta correr, pero no se me ocurría qué otra cosa podía hacer. No sabría a quién llamar y no tengo ninguna afición especial.

Correr por la ciudad tampoco me ha resultado gratificante y menos con el calor que hace.

En realidad, no he llegado a correr ni medio kilómetro porque he empezado a sudar como si estuviera en el desierto y eso que son solo las once de la mañana.

Me voy a acercar a la parroquia, aunque solo sea por distraerme.

Cuando llego, me encuentro un montón de gente en la puerta de la iglesia. Pablo está rodeado por unas cuantas personas, levanta la mano al verme y se dirige hacia mí.

—Ya no hay misa hasta las doce —me dice.

—No vengo a misa, pasaba por aquí. He salido a correr y como hace tanto calor se me ha ocurrido venir a echar un vistazo.

—¿Y a qué quieres echar un vistazo? —me pregunta intrigado.

—Bueno, quiero ver cómo son las familias modernas que vienen a misa. ¿O crees que las familias modernas no vienen a misa? Yo no lo sé, pero tú sí que lo debes de saber.

—Mira que eres rara…

—¿Te parezco rara? Bueno, puede ser. En realidad, yo pienso que los raros sois vosotros.

—¿Por qué?

—Pues porque creer en Dios a estas alturas de la historia resulta chocante. Bien es verdad que cada día sois menos, pero aún quedáis unos cuantos.

Pablo se ríe, me coge del brazo y me dice:

—Anda, vamos a entrar porque aquí nos vamos a derretir. El calor empieza a ser sofocante.

—Es que no tengo intención de asistir a misa.

—No te he dicho que te quedes a misa de doce, te he dicho que entremos en el salón parroquial porque aquí hace mucho calor.

Le sigo hasta dentro del salón parroquial, donde hace menos calor que en la calle, pero estaría mejor si tuviera aire acondicionado.

—¿No has pensado en comprar un aparato de aire acondicionado? La Iglesia también debería modernizarse, salvo que hacer pasar calor a los feligreses sea un aviso de que este calor que sufrimos no es nada en comparación con el que hace en el Infierno.

—Pues seguramente esto no es nada en relación con el Infierno, si es que el Infierno es ese lugar con llamas y los demonios con tenedores pinchando a los pecadores. Pero el Papa ha dicho que el Infierno no es eso —responde con media sonrisa.

—¿El Papa no cree en el Infierno? —pregunto sorprendida.

—El Infierno es la ausencia de Dios.

—Eso es demasiado profundo para mí, que soy atea.

—Y para los que no lo somos.

—Entonces…

—Entonces te puedo dar agua de la nevera e incluso un refresco.

—Tú sí que eres raro, Pablo.

—No soy raro, es que tú tienes muchos prejuicios. Te has quedado en el Concilio de Trento.

—Y ahora, lo mismo que hay familias modernas, hay una Iglesia moderna.

—Pues algo así. La Iglesia somos todos. La sociedad cambia y la Iglesia también. Lo que no cambia es la sustancia.

—Sigo sin comprenderos.

—¿Qué es lo que no comprendes?

—Por ejemplo, me sorprende que no parezca importarte que Cari tenga novia.

—Cari cree en Dios y estoy convencido de que Dios donde mira es en su alma.

—Ya, pero la Iglesia condena la homosexualidad.

—Ya te he dicho que te has quedado en el Concilio de Trento.

Jesús vino a salvarnos y la salvación es el perdón.

Te recuerdo algo que dijo el Papa Francisco: «No podemos ser jueces que solo niegan, rechazan y excluyen».

Eso no significa que a la Iglesia le parezca bien la homosexualidad o la promiscuidad.

—Hay curas que bendicen a parejas homosexuales, así que imagino que a ti no te importará bendecir a Cari y a su novia —le digo por fastidiar.

Pablo aprieta los labios. Sabe que lo que pretendo es colocarle al límite de la contradicción. Pero me sorprende con la respuesta:

—El Papa Francisco también decía que cuando alguien pide una bendición está expresando una súplica a Dios para que le ayude.

—No estoy segura de que sea así.

—Eso solo Dios lo sabe. —Y cambiando de tema, añade—: ¿Quieres un vaso de agua o no?

—No sé qué hacer con mi vida —respondo, y me arrepiento de inmediato.

—Ya lo sé.

—¿Qué es lo que sabes?

—Que pareces estar en una encrucijada, que no sabes por dónde tirar. Ojalá no te hagas daño a ti misma.

—¿Tengo que contarte lo que me pasa en el confesionario?

—No, me lo puedes contar almorzando.

—De acuerdo, pero invito yo.

—Acepto.

—Voy a casa, me cambio y paso a recogerte a las dos. ¿Te viene bien?

—Sí. A las dos.

Cuando llego a casa, Lucía ya se ha marchado. Me ha dejado una nota sobre la mesa de la cocina indicándome que en la nevera hay una ensalada «de las que te gustan». O sea: con aguacate, tomate, maíz, aceitunas…

Tampoco es que se haya estresado mucho pensando qué prepararme para el almuerzo.

Pienso que a lo mejor podría invitar a Pablo a comer a casa, pero inmediatamente me acuerdo de mi padre, que le decía a mi madre que cuando un cura se mete en casa ya no hay manera de sacarle.