Capítulo 8. Viernes #5
Le he pillado. Mi pregunta le ha desconcertado. Se queda en silencio pensando qué responder. Veo en los ojos de Irene una chispa de interés por escuchar lo que pueda decir su hijo pequeño.
—Mejor dime cómo me ves tú, querida tía.
—¡Bah!, como eres de la familia no soy demasiado dura a la hora de juzgar tus carencias —respondo para fastidiarle.
Irene se remueve incómoda en la silla. Debe de temer que diga algo que pueda herir a su hijo.
Alberto me observa con curiosidad y por su expresión sé que le gustaría que pusiera en un aprieto a José.
Pero tengo que medir mis palabras, no vaya a desatar una guerra familiar de las que no hay retorno posible.
—Lo he contado en otras ocasiones, que el novio de mi amiga Pilar cuando alguien le decía: «¿Me permite ser sincero?», él respondía algo así como: «No sea usted maleducado, claro que no se lo permito».
Irene sonríe, Alberto ríe y José me mira con suspicacia.
—Me estás diciendo que no me va a gustar lo que piensas de mí… —La voz de mi sobrino de repente ha perdido seguridad.
—Algunas cosas sí, pero otras… Bueno, eso nos pasaría a todos si los demás se empeñaran en decirnos lo que de verdad piensan de nosotros.
—A mí no me importa. —En las palabras de José hay todo un desafío.
—Pues creo que en ti, como en todos, habitan un ángel y un demonio. El ángel es el profesor comprensivo con los problemas y las angustias de sus alumnos, deseoso de echarles una mano.
»Pero el demonio… ¡Ay, el demonio! Como lo has pasado mal porque te costó asumir tu homosexualidad y sobre todo que lo asumiera tu padre, tienes un ramalazo de agresividad que de vez en cuando sacas a pasear.
Así que eres una persona compleja con dos caras y dos almas, la del ángel y la del demonio.
Pero no eres una excepción. Así somos todos.
Irene me mira con animadversión, Alberto con interés y José con sorpresa.
—¿Te he resumido bien? —pregunto a José.
—Eres libre de tener la opinión que quieras sobre mí, pero eso no implica que me conozcas.
—Conocer…, nunca nos terminamos de conocer los unos a los otros.
Te he resumido lo que conozco o creo conocer de ti, lo que me vienes transmitiendo.
Añadiría que no eres feliz, que te gustaría, pero no lo consigues.
La homosexualidad no la vives con naturalidad, sino como una carga.
Te has quitado de encima parte de esa carga, la exterior, sobre todo una vez que tu padre parece haberlo asumido.
Pero llevas una carga interior por los años de silencio.
No, no eres feliz, José, y es una pena, porque en los tiempos modernos en que vivimos ser homosexual no es nada extraordinario.
Mi mejor amiga en la compañía de ballet era lesbiana y ella sí que sufrió porque entonces la sociedad rechazaba la posibilidad de elegir libremente la sexualidad.
Y quienes se salían de los convencionalismos tenían que ocultarlo.
Otra vez se instala el silencio. José mira hacia la servilleta que retuerce entre las manos. Irene permanece impasible, pero no puede controlar el tic que se agita en la comisura de los labios. En cuanto a Alberto, es evidente que está desconcertado.
—Y ahora, Martha, ¿por qué no hablamos de ti? —propone Irene, supongo yo que para lanzarme unos cuantos dardos.
—Pues porque me marcho. Es tarde y mañana tengo que madrugar —alego con toda la convicción de que soy capaz.
—¿Y por qué tienes que madrugar, si estás sola? —Irene no está dispuesta a que me marche sin al menos algún arañazo.
—Pues porque no os lo he comentado, pero estoy haciendo un voluntariado en la parroquia. Doy clases de ballet a un grupo de niñas inmigrantes y de inglés a sus madres.
—¿Tú colaborando con la parroquia? Pero si eres más atea que nuestro padre, que ya es decir. —Alberto está sorprendido.
—Bueno, no ha sido iniciativa mía, sino de Lucía; ella está muy metida en las obras sociales de la parroquia. Y no creas que lo que hago no me satisface, lo paso bien y me hace sentir útil.
—¿Cuánto te va a durar el entusiasmo? —pregunta Irene endureciendo la voz.
—Espero que hasta septiembre. Ya os lo iré diciendo. Y ahora me voy.
Me levanto seguida por mi hermano. Irene aún no se ha recuperado del estupor al saber que doy clases en la parroquia, y a José también le ha «volado» el esquema que se había hecho sobre mí.
Alberto me acompaña hasta la puerta.
—Aún es pronto…
—Pero es el momento de irse. No sé muy bien en qué consiste ser una familia moderna, pero puede que el último acto vaya de tirarnos los trastos a la cabeza. Prefiero evitarlo.
—¿Quieres que almorcemos tú y yo solos la próxima semana? —me propone Alberto.
—Sería estupendo, creo que hace años que no lo hacemos.
Le doy un beso antes de meterme en el coche. Miro por el retrovisor y distingo a mi hermano en la puerta de su casa viendo cómo me marcho. Seguro que está pensando en la última parte de la conversación.
Me gustaría tener una bola de cristal para saber qué le van a decir ahora su mujer y su hijo. Estoy segura de que ni a Irene ni a José les ha gustado la escena final de este psicodrama de familia moderna.