Una familia moderna Capítulo 8. Viernes #4
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Capítulo 8. Viernes #4

—No sé…, no sabría decírtelo con exactitud. Mi padre era mi padre, y cuando nosotros éramos pequeños, los padres mandaban y se les obedecía. Los padres marcaban nuestro pensamiento y nuestro destino. Las cosas eran así y ya está.

—Así de complicadas —murmura José.

—No, no, te equivocas. Eran más fáciles porque no tenías que pensar ni decidir, tus padres lo hacían por ti —dice Alberto.

—Pero vosotros decidisteis. La tía se convirtió en bailarina y tú te dedicaste al fútbol, que, según me has contado, a tu padre no le interesaba nada. —José mira a su padre sin un ápice de rencor.

—No fue tan sencillo. La tía no dejó de dar clases de ballet, pero tuvo que estudiar secretariado y yo me metí en un equipo de fútbol, pero tuve que estudiar para aparejador.

»Para mi padre, que tuviéramos estudios era muy importante. Decía que el ballet y el fútbol eran aficiones de niños ricos y nosotros no lo éramos. Si de algo se sentía orgulloso era de tener un hijo aparejador y una hija secretaria.

—Profesiones que nunca desempeñasteis —afirma José.

—Martha no trabajó ni un solo día de su vida como secretaria, pero yo sí estuve dos años trabajando como aparejador al mismo tiempo que me preparaba en el INEF, que era lo que me gustaba, aunque mi padre consideraba que eso no era una profesión.

—Pero lo era y lo es —asegura José.

—Ahora sí, pero en España no se tomó en serio la educación física hasta 1967, cuando se creó el Instituto Nacional de Educación Física.

—Tú naciste en 1963, de manera que no tuviste tanto problema —intervengo yo.

—Bueno, acuérdate de que papá se enfadaba y me decía que no quería tener un hijo «saltimbanqui» y que no entendía qué era eso de estudiar gimnasia.

—O sea que las desavenencias entre padres e hijos se dan en todas las épocas. —José parece satisfecho ante la «confesión» de su padre.

—Los padres siempre vemos más allá y queremos lo mejor para nuestros hijos —afirma Alberto.

—Pero lo que vosotros creéis que es lo mejor no siempre concuerda con lo que nosotros queremos.

Los hijos tenemos derecho a equivocarnos.

Acuérdate de lo que te enfadaste conmigo cuando te dije que iba a estudiar Historia.

Casi me echas de casa. Te parecía que estudiar Historia no sirve de nada, y que me iba a morir de hambre.

Bueno, seguramente nunca ganaré tanto como Juan, pero no me moriré de hambre.

—Qué difíciles sois los hijos —digo sin saber muy bien por qué me permito este desahogo.

—Qué difíciles sois los padres —responde José.

—Penny… Penny ¿se siente muy desgraciada? —me atrevo a preguntar cambiando el rumbo de la conversación.

—Pues claro, tiene dieciséis años y no le gusta el mundo tal y como es. Además… Tía, perdona que te lo diga, pero, salvo Thomas, ni Felicitas ni tú sois precisamente fáciles.

—¿Qué quieres decir? —Intento controlarme para no insultarle.

—Felicitas no es una madre convencional y eso puede estar muy bien, pero a veces es un problema.

Tienes una hija muy llorona que en vez de dar seguridad a Penny la desestabiliza.

Y tú…, qué voy a decir de ti. Tenerte como tía está muy bien, pero no sé si me gustaría que fueras mi madre, ni tampoco mi abuela.

Creo que el único que es genuinamente lo que tiene que ser es Thomas.

Un padre siempre atento a su hija y un abuelo comprensivo con su nieta.

Sobre todo es generoso y nunca les ha escatimado un minuto de su tiempo.

Felicitas y Penny saben que para Thomas son una prioridad y que no dudaría en ir al otro extremo del mundo si ellas estuvieran allí y le necesitaran.

—¿Y crees que yo no quiero a mi hija y a mi nieta? —pregunto airada.

—Sí, claro que las quieres, pero ¿son tu prioridad o al menos las haces sentir como si lo fueran?

Me fastidia lo que dice José. No me extraña que ponga de los nervios a Alberto. Qué chico tan difícil. El colmo es que se atreve a decirnos a los demás lo que hacemos bien y lo que hacemos mal como si él fuera un dechado de virtudes. Bueno, a lo mejor lo es.

—Te doy la razón: Thomas es una persona excepcional, pero los demás no somos unos miserables.

Creo que Penny tiene mucha suerte de contar con una madre tan sensible como Felicitas.

En cuanto a mí…, creo que como abuela tengo más ventajas que inconvenientes.

Pero de eso se dará cuenta cuando tenga más años y yo ya esté muerta.

Sé que le he respondido con mucha acritud, pero me está fastidiando su suficiencia. Una cosa es que haya sufrido por ser homosexual y otra, que considere que el resto somos además de insensibles, idiotas.

Irene permanece callada, con las manos cruzadas sobre el regazo. Se la nota fastidiada por la deriva de la conversación. Una cena, aunque sea familiar, es para relajarse un rato, no para hacer terapia de grupo y terminar intercambiando insultos.

—Y tú, ¿qué opinas? —le pregunto a ella para que no se quede al margen y se lleve también su ración de disgusto.

—Es muy interesante escucharos hablar con tanta sinceridad. Ser capaces de hacerlo habla bien de vosotros. He aprendido mucho de esta conversación y… me siento muy orgullosa de mi marido y de mi hijo, y creo que también tú, Martha, has sido muy valiente exponiendo lo que te preocupa.

Por un momento temo que se ponga a aplaudir como si estuviéramos en una sesión de Alcohólicos Anónimos.

Estos últimos días he visto una nueva dimensión en Irene: lo contenida que es. No se moja por nada. Procura ser tan correcta y agradar a todo el mundo que rezuma impostura.

Comprendo que esta actitud es la que la ha llevado a ser la subdirectora de la Clínica Alvarado, donde se encarga de dirigir a todo el personal.

Sí, Irene lleva una máscara, no sé si a consecuencia de la costumbre de llevarla en el trabajo o porque es así.

Si me preguntaran qué quiero decir con que es «así», respondería que ahora me doy cuenta de que todo en ella es impostura.

Sus silencios, su amabilidad, su prudencia…

Me doy cuenta de que no la conozco, de que ignoro cómo piensa.

También me pregunto cómo una mujer como ella se ha casado con un hombre como mi hermano, que es todo lo contrario.

Alberto, a fuerza de sincero, es un poco bruto.

Dice lo que piensa, aunque no le requieran su opinión.

Es tal cual se le ve: noble, directo, entusiasta y buena persona.

De eso estoy convencida, como también de que Irene es la que maneja la batuta en la familia.

Parece que es mi hermano quien se come el mundo, pero ella es la que manda.

Sin embargo, es tan inteligente que sabe manejar el silencio, mientras que Alberto lo llena todo de palabras.

Tengo ganas de regresar a casa y tomarme una manzanilla para relajarme después de esta «sesión de terapia familiar».

Ahora he comprendido a lo que se refiere José al decir que somos una familia moderna.

Es decir, somos como todas las familias, en las que anida el síndrome de la discordia en cuanto decidimos ser sinceros.

No deberíamos serlo. La civilización exige una dosis de hipocresía.

¿A qué viene decirnos lo que pensamos los unos de los otros?

Esta noche a Alberto se le agitará la úlcera que tiene en el estómago y a mí me costará conciliar el sueño, y todo a causa de que mi sobrino ha decidido «ser sincero» y decirnos lo que piensa de todos nosotros.

Estoy por decirle lo que pienso de él, pero sin pasarme demasiado porque no quiero herir a mi hermano.

—¿Y tú cómo te ves, José?