Capítulo 8. Viernes #3
—Creo… Alberto, perdona por meterme en tus asuntos, pero creo que Irene tiene razón, ya has cumplido los sesenta y es hora de que dejes de darte carreras por el campo.
Ser el entrenador de un equipo de fútbol te obliga a hacer un ejercicio superior al que es conveniente a tu edad.
Y si tienes la suerte de que el equipo quiere seguir contando contigo, pero en un puesto directivo, deberías aceptarlo ya.
—Lo último que me esperaba es que no te pusieras de mi lado —me reprocha Alberto.
—Precisamente porque estoy de tu lado te estoy aconsejando sinceramente lo que pienso que es mejor para ti.
Hay que saberse retirar a tiempo. ¿Crees que a mí no me costó dejar el ballet?
¿Crees que no sufrí al hacerlo? Es seguramente la decisión más difícil que he tomado en mi vida.
Yo hubiese terminado siendo una caricatura de lo que fui y tú puedes terminar cayendo fulminado en el campo de entrenamiento.
No sé si mi alegato va a tener algún efecto en Alberto. Es tan vitalista como cabezota y hace tiempo que todos nos hemos dado cuenta de que se niega a aceptar su edad.
—Tía, todo lo que le estás diciendo se lo dice el médico, se lo ha dicho el presidente del club, se lo dice mi madre, se lo decimos Juan y yo, y no nos hace caso.
—Pues ya eres mayorcito para dejar de hacer el idiota —digo mirando a mi hermano.
—Tengo sesenta años, no noventa —responde Alberto.
—Y yo setenta y estoy en forma, pero no para bailar La muerte del cisne —respondo malhumorada.
—No es lo mismo. Harías el ridículo haciendo de cisne a los setenta sobre un escenario. Yo no salgo al campo a jugar, entreno a los chicos.
—Esta discusión es absurda. No vas a tomar ninguna «copita» —concluye Irene.
Alberto la mira enfadado. Conozco a mi hermano y sé que le resulta humillante que su mujer le diga lo que puede y no puede hacer. Pero tiene lo que se merece por comportarse como un niño malcriado.
Miro a José y me doy cuenta de su incomodidad, incluso creo percibir un destello de tristeza.
Estiro el brazo y le cojo la mano apretándola entre las mías.
Si es mi sobrino favorito se debe a que es inteligente, sensible y tiene sentido del humor.
Me irrita pensar en lo mucho que ha tenido que sufrir por ser homosexual.
Menos mal que hoy en día es algo superado.
Espero que las discusiones entre Irene y Alberto no sean continuas. Pienso que Thomas y yo nunca hemos discutido delante de Felicitas, aunque sí hemos mostrado alguna diferencia delante de Penny.
—Envidio los tiempos de papá. Mamá nunca se atrevía a llevarle la contraria, y menos en público —se queja Alberto dirigiéndose a mí.
—Tampoco nosotros nos atrevíamos a llevarle la contraria, pero era otra época —digo exhalando un suspiro.
—Pues creo que es mejor la nuestra, con diferencia. No me parece sano no poder hablar con sinceridad. Antes las relaciones estaban basadas en la hipocresía, pero ahora en las familias se habla de todo y los hijos no tienen por qué estar subordinados a las opiniones de los padres.
José ha soltado la parrafada de carrerilla. No sé si es la primera vez que dice algo así o simplemente ha aprovechado la ocasión. Creo que debe de ser esto último, porque Irene le mira con asombro y Alberto, con irritación.
—Estamos en el siglo veintiuno, somos una familia moderna —insiste José.
—¿Y en qué consiste eso de ser una familia moderna? —pregunta Alberto sin ocultar su enfado.
—La nuestra es una familia moderna por más que te pese. Los hijos podemos manifestar nuestra opinión y decidir nuestra manera de vivir, de sentir… Los padres ya no podéis imponernos una manera de ser.
Le guiño un ojo a José. Siempre se había mostrado tímido y sobre todo ha evitado enfrentamientos, ya fuera con sus padres o con su hermano. Prefería hacer ver que se doblegaba antes de enzarzarse en una discusión, y de repente se ha largado una parrafada que hasta a mí me ha dejado descolocada.
—En algo tienes razón: los padres ya no podemos imponeros nada. ¿En eso consiste ser una familia moderna? —pregunto sin segundas intenciones.
—Sí, tía, entre otras cosas. Imagínate lo difícil que debía de ser para personas como yo o como Penny tener que fingir que eres lo que no eres.
Sus palabras han sido como un bofetón. No por lo que le concierne a él, sino por referirse a Penny.
Miro a mi sobrino y pienso que no le reconozco.
¿Dónde está el chiquillo apocado y asustadizo que intentaba disimular que le gustan los chicos?
Supongo que Irene siempre lo ha sabido y que mi hermano también, aunque prefería no saberlo.
Pero ahora José ha puesto la cuestión encima de la mesa junto al helado de yogur, que creo se nos está atragantando a todos.
—Haz el favor de no meter en esto a Penny —le advierte Irene.
—No sabía que tú y Penny… Bueno, le llevas unos cuantos años y pensaba que solo os veíais en los encuentros familiares.
—Soy su profesor de Historia, ¿se te ha olvidado que tu nieta va al colegio donde doy clases?
La veo durante todo el curso. Es una cría muy inteligente que de cuando en cuando llama a la puerta de mi despacho para «confesarse».
Y me alegro de que me haya elegido a mí.
Durante la adolescencia lo pasé muy mal porque no tenía con quien hablar de lo que sentía, de lo que me pasaba…
—A ti lo único que te pasa es que al ser el pequeño tu madre te ha mimado en exceso y te ha atontado. —Alberto lo dice con tanta acritud que hasta a mí me molestan sus palabras.
—Papá, sé que para ti he sido un problema, un fracaso.
Tú, el entrenador de fútbol supermacho, con un hijo homosexual.
Sí, supongo que eso es frustrante, pero es lo que te ha tocado, de la misma manera que a mí me has tocado tú como padre.
Qué le vamos a hacer. Al menos tienes a Juan, al que le gustan las mismas cosas que a ti, y sobre todo las chicas. No sé cómo le aguanta la pobre Esther.
Se hace el silencio. José ha logrado que todos nos sintamos incómodos. Todos menos él. Habla con total desparpajo de su homosexualidad sabiendo que para su padre es como si le estuviera apuñalando.
—No sabía que habías decidido hacer terapia de familia. —El tono de voz de Irene es falsamente tranquilo.
—Lo siento, mamá, no tenía intención de amargaros la cena.
—¿Qué es lo que Penny te cuenta? —No voy a conformarme con que José, después de tirar la piedra, esconda la mano.
Mi sobrino baja la mirada y se queda en silencio durante un segundo, que me parece eterno, mientras sopesa qué me va a responder.
—Es una adolescente y, como todos los adolescentes, vive momentos de confusión.
Hay una parte de la sociedad, la que está en la vanguardia, que invita a los jóvenes a ser lo que quieran ser, a no encasillarse si no quieren, a abrir la puerta a nuevas experiencias y emociones.
Esto tiene una parte positiva y otra complicada.
La positiva es que dispones de libertad para decidir sin avergonzarte de lo que sientes ni de lo que quieres.
La complicada es la huella que puede dejar en ti ese uso indiscriminado de la libertad a la hora de experimentar.
Todo nos deja huella, y sin duda hay muchos adolescentes que viven experiencias que les van a marcar no solo su presente, también su futuro.
Nos quedamos en silencio. Creo que estoy bastante de acuerdo con la reflexión de José, pero mi hermano le mira con tanta pena como decepción, e Irene está nerviosa. No ha movido ni un músculo, señal de que está haciendo un ejercicio de contención porque la procesión va por dentro.
—¿Te ha contado que es no binaria? —No quiero desaprovechar la oportunidad de saber qué es lo que anida en la cabeza de mi nieta.
—Sí, es lo que dicen la mayoría de los alumnos que tengo. No quieren ser binarios. En realidad, muchos lo son, pero les da vergüenza decirlo. Y ahí está el desafío, intentar ayudarles a encontrar su propia identidad. Pero hay que hacerlo sin condiciones.
De nuevo nos instalamos en el silencio. Alberto tiene el rostro descompuesto y el de Irene parece una máscara.
Es Alberto quien rompe el silencio dirigiéndose a mí:
—Ahora ya sabes lo que es una familia moderna: nosotros.
No sé qué responder. Mi hermano se siente humillado por cuanto ha dicho José. No estamos educados para este salto a no sabemos dónde, como el que han dado nuestros hijos y nuestros nietos. Pero admiro a José por su franqueza y su valentía.
—Sí, somos una familia moderna porque vivimos la época que nos toca vivir, aunque ya estemos de retirada —digo por decir algo.
—No te quepa duda de que esta conversación es habitual en las familias de hoy —insiste José.
—A nuestro padre le habría dado un infarto si alguno de nosotros hubiéramos dicho lo que acabas de decir tú —afirma Alberto elevando la voz.
—Claro, vuestro padre respondía a su época, y nosotros a la nuestra —murmura José.
—Mi padre era comunista, trabajó toda su vida como ferroviario, de manera que no era ningún meapilas. —Alberto sigue subiendo el tono de voz.
—No me encaja. En la Unión Soviética fusilaban a los homosexuales, y hoy en día los siguen persiguiendo en la «madrecita Rusia» y en todos los países comunistas.
—Los comunistas estáis a favor de esas cosas —asegura Alberto con desprecio.
—No sé a qué «cosas» te refieres, pero te recuerdo que yo no soy comunista, aunque los comunistas de hoy no son como lo era tu padre.
—Yo nací el día en que murió Stalin. Para mi padre fue un día de luto, quizá por eso nunca nos llevamos bien. —No sé por qué he dicho lo que acabo de decir.
—¿Os llevabais mal? —pregunta José.
—Le di un disgusto dedicándome al ballet.
Decía que era de señoritingas. Discutía con mi madre por haberme apuntado a las clases de ballet; además, aseguraba que no llegaría a nada porque las buenas bailarinas eran rusas.
Le parecía que en las rusas el ballet era connatural, pero no en una niña de un barrio de Madrid.
—O sea que no os llevabais bien —concluye José.