Una familia moderna Capítulo 8. Viernes #2
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Capítulo 8. Viernes #2

—Una de mis clientas es una señora mayor, vive sola, su hijo se marchó a Inglaterra y allí trabaja y se ha casado con una inglesa.

Total, que la mujer está más sola que la una.

Me ha dicho que si alguna de las mujeres que estáis tutelando quiere irse a vivir con ella, la acogerá con mucho gusto.

No le importa si la mujer en cuestión tiene un hijo.

Pero no puede pagarle porque vive de su pensión.

Claro que tiene que ser una mujer seria, y si tiene un hijo, que no sea un adolescente de esos que forman parte de las pandillas.

Cari mira arrebolada a Beatriz. Sabe que a Pablo no le gusta que tenga novia; Luis y Enrique no dicen nada, pero tampoco hacen buenas migas con Beatriz. Y yo soy incapaz de disimular que me cae mal. Pero es de agradecer lo que está haciendo.

Pablo consulta con Cari, Enrique y Luis quién es la mujer más adecuada para irse a vivir con esa anciana. Es una responsabilidad muy grande recomendar a alguien. Pero Cari no tiene dudas: Sisa y su hija Flor son las más indicadas. Sisa es afable y la pequeña Flor es una niña espabilada y tranquila.

—Pues hecho, ahora la llamo, y si queréis, Cari y yo las acompañamos a casa de mi clienta.

Me ofrezco a comprar comida y aportar mil euros para que no vayan con las manos vacías. Cari da un salto, se cuelga de mi cuello y me da un sonoro beso en la mejilla.

—¡Gracias, Martha! Dios te pagará lo que estás haciendo.

No sé si Dios me va a pagar nada, no creo que lo haga, pero de lo que estoy segura es de que no podemos cargar a la anciana con la responsabilidad de dar de comer a una mujer y a su hija si tan solo dispone de su pensión.

Cuando Pablo se lo dice a Sisa, a ella le brillan los ojos de alegría. Encontrar una casa donde vivir seguras es más de lo que podían aspirar habida cuenta de que han llegado hace pocos días.

Le doy a Sisa todo el dinero que llevo en la cartera, trescientos euros, y le digo a Cari y a Beatriz que mañana les entregaré el resto hasta mil, pero para que se lo den a la anciana.

Regreso a casa con un sentimiento de gratitud hacia este grupo singular: el cura que no parece cura; Cari, que aún no ha superado su revés sentimental; Luis, que tiene vocación de misionero, pero no se atreve porque sospecho que en el fondo le gustan los chicos, aunque no se permite reconocerlo, y Enrique, que es de izquierdas y trabajar en la parroquia le permite intentar cambiar la realidad de los perdedores de la sociedad.

Yo soy la única nota discordante. Me pregunto las razones de Lucía para llevarme a la parroquia.

¿Para que aporte dinero? ¿Para que no me aburra?

¿Para que supere el disgusto por el abandono de mi marido y que mi hija y mi nieta pasen de mí?

Se lo preguntaré en cuanto llegue a casa.

De repente me acuerdo de que esta noche voy a cenar a casa de mi hermano.

Para ser julio y una mujer abandonada no paro.

Me meto en la ducha y pienso en qué ponerme para la cena.

Algo cómodo. Mi hermano estará en pantalones cortos, aunque Irene lucirá alguno de esos trajes informales que en ella resultan elegantes.

A saber si estarán sus hijos. Creo recordar que Irene me dijo que Juan se había ido a pasar unos días a la casa que los padres de su novia tienen en el Pirineo.

Pero a lo mejor ya han regresado, porque en el banco donde él y Esther trabajan no es que les den muchos días de vacaciones.

Salgo de la ducha, abro el armario y me enfrento al dilema de qué me pongo. Al menos ahora puedo enseñar los brazos.

Me decido por unos pantalones blancos pitillo y una blusa sin mangas de seda con un estampado verde lima. No me queda nada mal.

Alberto me recibe pellizcándome la mejilla y dándome un azote en el culo. ¡Será cafre! Mi hermano no anda sobrado de buenos modales, pero es cariñoso y simpático, lo uno por lo otro.

—Estás hecha un pincel —me dice mirándome de arriba abajo—. Y ya que te han quedado tan bien los brazos, ahora deberías atacar las arrugas de la cara y del cuello.

Así es Alberto, tan directo que resulta maleducado.

—Estoy contenta con mi cara, no tengo muchas arrugas ni en la cara ni en el cuello.

—Seguro que Irene te dirá que en su centro tienen algún tratamiento secreto para dejarte hecha una chavala —insiste mi hermano.

—No seas pesado —dice Irene acercándose a nosotros—. Martha está espectacular, como siempre, y no necesita que le quiten ninguna arruga.

—Pues yo creo que si se quita unas cuantas estaría mejor —repite mi hermano.

—Le restaría expresividad a la cara. Y no te pongas pesado, Martha no representa la edad que tiene y no necesita que le hagan ningún arreglo.

Menos mal que aparece José e interrumpe la conversación.

—Hola, tía, tan guapa como siempre.

José me da dos besos y me agarra del brazo para llevarme a la parte de atrás del adosado donde tienen un pequeño jardín.

La mesa está puesta y cuento cuatro cubiertos, señal de que Juan y Esther no cenarán con nosotros. No sé si preguntar por ellos o mejor callarme, pero decido que sería una descortesía no hacerlo. Al fin y al cabo, Juan es mi sobrino.

—¿Y Juan?

—Siguen en el Pirineo, no llegan hasta el domingo. Esther trabaja el lunes, a Juan aún le quedan un par de días libres. No sé si sabes que a Juan le han nombrado director de una sucursal y a Esther la han destinado a las oficinas centrales.

Crema fría de melón de primero y escalopines al limón de segundo. De postre, helado de yogur. Todo hecho por mi cuñada. Sí, tengo que reconocer que Irene cocina muy bien.

Mi sobrino José habla más que en otras ocasiones. Nos cuenta algunas anécdotas de sus alumnos, los pocos que tiene, porque no son muchos los que eligen Historia.

—Tenemos un sistema educativo que es un desastre. Ya hay por lo menos dos generaciones cuyos conocimientos de la Historia son tan escasos que son incapaces de fechar la Revolución Francesa.

—No exageres —le dice su madre mirándole con ternura.

—No exagero, tengo un alumno que se creía que el Capitán Trueno era un personaje real.

—Anda ya… —respondo yo.

—Que sí. Me contó que su padre le había regalado su colección de tebeos de la historia del Capitán Trueno, que fue un personaje muy importante en la Antigüedad.

Tuve que explicarle que el Capitán Trueno es un personaje de ficción creado por el guionista Víctor Mora y el dibujante Miguel Ambrosio Zaragoza.

¿Sabéis qué me respondió? Pues que se lo iba a decir a su padre y me iban a echar del colegio porque no sé nada de la Historia de España.

Alberto ríe a carcajadas. Yo también. Irene tuerce el gesto porque no le encuentra la gracia.

—No es para reírse, sino para preocuparse —nos reprende.

—Irene, no seas Rottenmeier; lo que cuenta José tiene gracia —defiende Alberto, y yo le secundo.

José nos cuenta un par de anécdotas más mientras apuramos el helado. Irene ofrece café o hierbas digestivas.

José y yo le pedimos una infusión de rooibos y Alberto la mira como un perro apaleado.

—No me mires así. Ya has bebido dos copas de vino durante la cena y sabes que el cardiólogo te ha dicho que nada de destilados.

—Una copita no me puede sentar mal —responde Alberto.

—El cardiólogo te lo ha prohibido y ya está.

—Pero, Irene, para un día que Martha viene a cenar…

—Martha se va a tomar una infusión de rooibos, no una copita. —El tono de voz de Irene empieza a agriarse.

—Ya, pero un día es un día.

—Para ti un día son todos los días.

—Papá…, mamá tiene razón, no hace ni una semana que te dio un arrechucho —interviene José.

Los miro sorprendida. Ni mi cuñada ni mis sobrinos me han dicho que Alberto ha tenido un «arrechucho».

—¿Qué te ha pasado? —pregunto sin ocultar mi enfado.

—Son unos exagerados. Tuve una subida de tensión y taquicardia, pero porque estuve con los chicos entrenando más de la cuenta —explica Alberto.

—Sí, os pasasteis entrenando porque era la despedida de la temporada y te los llevaste a almorzar y comiste y bebiste más de la cuenta —responde Irene.

—Pero… ¿te han revisado el corazón? —pregunto sorprendida al enterarme de lo que le ha pasado a mi hermano.

—Alberto tiene la tensión alta y desde hace años toma pastillas, creía que lo sabías. —Las palabras de Irene suenan a reproche.

Tiene razón. Sí, claro que sé que Alberto tiene la tensión alta, pero nunca había pensado que eso fuera grave. Hay muchas personas con la tensión alta que toman una pastilla y ya está. O eso creía yo. Pero no respondo, no sé qué decir y me limito a mirar a mi hermano y a mi cuñada.

—Tía, papá pasa continuamente revisiones médicas, se las hacen en el club de fútbol, y mamá también le obliga a que vaya a nuestros médicos.

Está bien, pero tiene que seguir unas pautas, y una de ellas es nada de alcohol; puede tomarse un par de copas de vino, pero no todos los días —me explica José.

—Yo… puedo llevarte a mi cardiólogo —digo confundida.

—Tu cardiólogo es el mismo que el nuestro, te lo recomendamos nosotros —me recuerda Irene.

—Tienes razón… Pero podemos buscar a otro…

—Martha, lo que tu hermano tiene que hacer es no beber ni una gota de alcohol.

E ir pensando en la jubilación. No sé a qué espera para decírtelo, pero le han ofrecido formar parte de la junta directiva.

Eso supone dar un salto hacia arriba y dejar la responsabilidad de entrenar a alguien más joven que él.

A tu hermano le cuesta asumir que los años no pasan en balde.

—Irene me mira y pienso que no solo habla de Alberto, sino también de mí.

—Mi mujer es un tanto asustadiza y si me sube un poco la tensión, piensa que me voy a morir —interviene Alberto intentando quitar importancia a las palabras de Irene.

—Tener veinte de máxima y doce de mínima no es «subir» un poco la tensión, te dejaron ingresado —insiste Irene.

—Pero afortunadamente se lo controlaron con rapidez y al día siguiente estaba como nuevo —asegura José.