Una familia moderna Capítulo 8. Viernes
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Capítulo 8. Viernes

Viernes

–D espiértate, que son las ocho.

La voz de Lucía me arranca del sueño. No abro los ojos.

No tengo ganas de despertarme. Creo que me he debido de quedar dormida hace un rato.

De madrugada decidí terminar de leer El polaco y después no era capaz de conciliar el sueño.

Aunque al parecer me he dormido finalmente y ahora Lucía pretende que me levante.

Me doy la media vuelta, pero hasta mi nariz llega el olor del café.

Lucía me conoce y sabe que si me acerca una taza de café, abriré los ojos.

—Llegaremos tarde —me dice impaciente.

—No voy a ir a ninguna parte. Estoy cansada —respondo.

—No puedes hacer eso a las niñas. Sería una maldad por tu parte.

Abro los ojos dispuesta a la pelea. Ya me está hartando con su moralina. Me ha metido en un lío del que quiero salir. No tengo vocación de ONG, ni tampoco quiero salvar el mundo, bastante tengo conmigo misma.

—Ya está bien, déjame en paz —insisto malhumorada.

Pero Lucía no se inmuta. Me tiende la taza de café y doy el primer sorbo. La cafeína se abre paso entre las brumas de mi cabeza.

—Es la primera vez que vas a hacer algo por los demás; en este caso, por unas niñas —insiste Lucía.

No la soporto más. Ni su superioridad moral ni su manera de tratarme.

—Creo que te estás equivocando. Por favor, sal de mi habitación. Me levantaré cuando me apetezca. Y ya puedes ir llamando a la parroquia para decirles que no cuenten más conmigo. No me voy a dejar atrapar como una mosca.

—Pero…

—¡Sal de mi habitación! —grito.

Lucía me mira sorprendida. En los muchos años que lleva en casa nunca le he gritado. Pero estos días ha sobrepasado todos los límites, sin duda por culpa mía. No debí irme al cine con ella, ni a merendar al Café Gijón ni intercambiar confidencias.

Ahora se cree que me puede hablar y tratar como si fuéramos de la familia. Yo la aprecio y valoro su trabajo, pero no estoy dispuesta a que forme parte de mi intimidad.

He de reconocer que tengo mi parte de culpa y que no le costó mucho convencerme para que fuera a la parroquia. El aburrimiento y el desconcierto por la marcha de Thomas abonaron el terreno para que ella me haya manipulado a su antojo.

Lucía sale de mi habitación sin decir palabra. Espero que le haya quedado claro cuál es su lugar y cuál es el mío. Esta es mi casa y ella trabaja aquí. Ni más ni menos.

Me levanto. El espejo me devuelve mi rostro cansado, pero, para mi sorpresa, casi ha desaparecido la hinchazón y la rojez de los brazos. Lo más importante es que mis brazos han mejorado notablemente. Nadie diría que tengo setenta años.

La ducha de agua fría me despeja y me da energía.

Me visto: pantalones ligeros, una camiseta y deportivas. Decido que voy a salir, aunque no sé adónde voy a ir.

Escucho a Lucía trajinar por la cocina y me voy sin decirle nada. Pero ha debido de oír el ruido de la puerta porque mientras atravieso el jardín siento su mirada en el cogote.

Ya en la calle me pregunto adónde ir y sin pensarlo, o a lo mejor muy a mi pesar, me dirijo a la parroquia. Cuando llego, Cari viene hacia mí nerviosa.

—¡Menos mal que has venido! Las niñas están desoladas. Lucía ha llamado para decir que no vas a darles más clases.

Pablo se hace presente y me mira con curiosidad.

—¿Has cambiado de opinión? Eso está bien. Eres bienvenida. Las niñas están en el salón parroquial. Les vas a dar una alegría.

Se da la vuelta y me deja con Cari, que tira de mí hacia el salón parroquial. Cuando entramos, las niñas se agolpan a mi alrededor. Están contentas de verme y eso me conmueve.

—¿Estáis listas para que comencemos la clase?

Sus voces infantiles exclaman un sonoro «sííííí» y, lo más sorprendente, Nai se acerca a mí, me tira de la mano, me agacho para ver qué quiere y recibo un beso. Tiene los ojos llenos de lágrimas y eso me conmueve aún más.

—Pensaban que no ibas a venir porque ayer no lo hicieron muy bien —me susurra Cari. Luego sale del salón y me deja sola con las niñas.

Todas están de espaldas a la barra, temerosas, en posición de firmes.

—Perdonad que haya llegado tarde, es que me he quedado dormida. Ahora vamos a dar la clase. Quiero deciros que estoy muy contenta de que hayáis venido a clase y que ayer lo hicisteis muy bien y eso que era el primer día. Y ahora, señoritas, a trabajar…

Eran casi las doce cuando di por finalizada la clase.

Las niñas estaban agotadas, pero ninguna se había quejado.

Nunca he visto más empeño en agradar que el de esas niñas.

Aún soy incapaz de vislumbrar si alguna tiene un talento especial, pero hoy las veo a todas con ojos diferentes, quizá porque han despertado en mí una oleada de ternura.

Cari entra acompañada de Luis, que ha terminado la clase de canto. Está contento con su coro porque hoy han querido unirse unos cuantos adolescentes que ayer se escaqueaban y solo querían aprender inglés.

—Aquí hay mucho talento —dice entusiasmado.

—Por lo menos estamos logrando que los mayores no anden por la calle y se metan en líos —responde Cari.

—Las niñas son una delicia. Ponen mucho interés —añado yo.

—Menudo disgusto tenían esta mañana. Creían que no ibas a venir.

—Pero he venido —respondo resignada.

—Enrique está al llegar, el pobre anda desbordado con el papeleo. Necesitamos direcciones para que puedan censarse como primer paso para los papeles. ¿Tú puedes censar a alguien? —La pregunta de Cari es todo menos inocente.

—Supongo que sí… ¿A cuántas personas?

—Si pudieras encargarte de Jasy y de Nai, de Sisa y de su hija —me propone Cari.

Aguardan expectantes mi respuesta. No sé qué decirles.

—¿Será legal hacerlo? No quiero líos.

—Claro que es legal, tú puedes censar en tu casa a quien te dé la gana. En este caso son cuatro personas, no es tanto…

—Bueno…, que me lo explique bien Enrique —sugiero un poco acobardada de hacer algo que pueda perjudicarme a mí o a mi familia.

Enrique me asegura que no hay problema. Que puedo hacerlo.

Él ya ha censado a una familia en su casa.

Cari, a dos mujeres con sus dos hijos. Luis, a una madre con tres chavales.

Y Pablo ha acudido a algunas familias del barrio pidiéndoles que también lo hagan con algunos de estos inmigrantes.

Él mismo ha censado a unos cuantos en la parroquia.

—No está siendo fácil porque es verano y no queda mucha gente en Madrid, pero poco a poco nos vamos arreglando —asegura Luis.

—Ahora lo importante es que los niños estén entretenidos y ayudar a los mayores a encontrar un trabajo —dice Cari.

Cuando entro en el despacho que Cáritas tiene en la parroquia, me sorprende ver a «mis» alumnas aguardando expectantes.

Se esfuerzan cuanto pueden por aprender los rudimentos del inglés, aunque no les resulta fácil.

Me doy cuenta de que algunas traducen de sus lenguas nativas al español y del español intentan captar algo del inglés.

De repente siento un respeto inusitado por estas mujeres.

Son muy valientes. Han dejado atrás sus pueblos, sus familias, algunas sus maridos, y han cruzado el océano para llegar a la tierra de «los conquistadores» con la esperanza de encontrar un trabajo para que sobrevivan sus hijos.

No esperan ni quieren nada para ellas. Sueñan con que sus hijos tengan aquí una oportunidad y ellas poder ganar lo suficiente para enviar algo de dinero a la familia que dejaron atrás.

Me sorprendo pensando así y me digo si no será el efecto del calor y de la soledad a la que me han abocado mi marido, mi hija y mi nieta.

Pablo insiste en que me quede a comer. Ha preparado una ensalada de patata con tomates, aceitunas, huevo duro y maíz. Acepto. No me apetece volver a casa y ver a Lucía.

Ninguno me pregunta por ella. Puede que la hayan llamado preocupados por su ausencia. No sé qué les habrá explicado.

Después del almuerzo Cari dice que ha organizado un cuentacuentos para los más pequeños y Luis va a proyectar un documental sobre los osos. Todo con tal de evitar que los críos estén en la calle.

Enrique, por su parte, ha convocado a los adolescentes para hablar con ellos sobre su futuro. No son muchos y a lo mejor puede conseguir alguna beca para que estudien formación profesional.

—¿Y si alguno quiere ser médico o astronauta o maestro? —me atrevo a preguntar.

—Pues todo dependerá de qué estudios han hecho en sus países de origen, y si podemos convalidar esos estudios.

Hacemos lo que podemos, Martha. Lo primero es darles de comer y evitar que estén en la calle; después, intentar que tengan un futuro en la medida de nuestras posibilidades, que no son muchas.

Me callo. No puedo reprocharles que no busquen entre estos adolescentes a quienes tienen talento para algo más que un oficio. Hacen lo que pueden con muy pocos medios.

—¡Hola, chicos! —La novia de Cari aparece y lo primero que hace es darle un beso en los labios.

Luego le coloca la mano sobre la cintura en un gesto posesivo—.

Bueno, os diré que las tres mujeres que habéis seleccionado para que les enseñe peluquería al menos ponen interés.

Han trabajado bien. Limpian la peluquería, lavan cabezas, ponen en remojo los pies para las pedicuras…

y se fijan en lo que hacen mis peluqueras y esteticistas.

Han recibido algunas propinas. Las cantidades son pequeñas, pero moneda a moneda…

—¿Has hablado con esa amiga tuya? —le pregunta Cari.

—¡Ah, sí! Una amiga que tiene también dos peluquerías está dispuesta a acoger a un par de mujeres para enseñarles. Creo que es una buena noticia.

Lo es. Aunque me caiga mal Beatriz, no puedo restar mérito a su colaboración. Por lo pronto, de las madres tendremos a cinco aprendiendo un oficio y puede que alguna se acabe quedando en la peluquería de Beatriz o de esa amiga suya.

—Y tengo otra buena noticia. —Beatriz me guiña el ojo mientras aprieta el cuerpo de Cari contra el suyo.

—Pues dila cuanto antes —le pide Pablo, molesto por la actitud de la peluquera.