Capítulo 7. Primer día #3
—Ahora que lo pienso, a mí también. Recuerdo como una pesadilla los zapatos de tacón que me compré para el bautizo de mi nieta. Me hicieron unas ampollas que me impidieron calzarme como es debido durante una temporada.
—Me acuerdo. Pobre, te dejaron los pies destrozados. ¿Sabes?, a lo mejor tengo que seguir alguno de sus consejos, como el del perro.
—¿El perro? —Lucía me mira extrañada.
—Nora Ephron dice que hay que comprarse un perro cuando los hijos llegan a la adolescencia porque así alguien se alegrará de verte cuando regreses a casa. A lo mejor me debería comprar un perro, ¿no crees?
—Pero qué cosas dices, Martha. Lo único que nos faltaba es un perro. Mira, yo creo que hoy has abierto una puerta y detrás de esa puerta te has encontrado con personas que te necesitan, a las que puedes ayudar con las muchas cosas que sabes. Personas que cada día se alegrarán de verte.
—No estoy segura de que vayan a alegrarse de verme, bastante tienen con subsistir. Admiro el coraje de estas mujeres.
—Vaya, no imaginaba que te iba a escuchar decir algo así. Bueno, descansa, yo voy a llamar a Oswaldo para hablar un rato con él y después veré la tele y leeré. No me quiero dormir muy pronto porque luego me despierto de madrugada y ya no pego ojo.
—Mañana por la noche voy a cenar a casa de Alberto y de Irene.
—Me parece muy bien, así te distraes un rato. Bueno, te dejo, que mañana tenemos que madrugar. Tus alumnas te esperan a las nueve. Es una buena hora porque todavía no aprieta el calor. Ahora te traeré el batido.
—Veremos cómo resulta la experiencia. Una cosa son los niños y otra, sus madres.
—Aprender inglés le viene bien a todo el mundo, aunque sean frases rudimentarias. Muchas de estas mujeres terminarán trabajando en el servicio doméstico, otras en hostelería… En cualquier caso, mientras llega la oportunidad de trabajar, necesitan hacer algo para no perder la autoestima.
—¿Desde cuándo… desde cuándo te dedicas a colaborar con la parroquia?
—Recuerda que fue don Antonio el que me envió a tu casa. Les debo mucho, lo mismo que a ti. Quién sabe si alguna de estas mujeres tiene la suerte que yo tuve. Quizá puedes preguntar entre tus conocidos si alguien necesita una persona para trabajar en su casa…
—Lo haré, aunque dudo que ahora encuentre a nadie en Madrid.
Cuando Lucía iba a salir no pude resistirme a preguntarle por Cari.
—Oye…, ya sé que no me debe importar, pero me ha sorprendido que Cari tenga novia; además, esa Beatriz es mayor que ella.
—Sí…, bueno, no hace tanto que están juntas. Cari tuvo un novio que la dejó. Pasó por una depresión y conoció a Beatriz el día que decidió ir a la peluquería para cortarse el pelo y darse mechas. Ya sabes, a las mujeres, cuando tenemos un revés sentimental, nos da por cortarnos y teñirnos el pelo.
—Ya, pero ¿van en serio?
—Pues no lo sé. Van y ya está. A Pablo no le hace ninguna gracia, pero ha decidido que si la presiona mucho, lo mismo ella deja de ir a la parroquia. Prefiere pensar que va a ser algo temporal.
—¿Y tú qué crees?
Lucía se encoge de hombros antes de responder.
—No tengo ni idea. Ojalá sea feliz, es una buena chica.
—Sí, lo parece.
—Te aseguro que lo es.
Cuando Lucía sale de la habitación no puedo evitar pensar en Penny. ¿Qué hay detrás de su decisión de ser no binaria? Puede que Felicitas lo sepa, al fin y al cabo es su madre y no parecen llevarse mal del todo.
Estoy cansada y se me cierran los ojos, pero Lucía tiene razón: dormir ahora supondría despertarme en mitad de la noche y mañana no estaría en condiciones de hacer nada.
Me meto en la ducha y dejo que el agua fría caiga sobre mi cuerpo produciéndome un alivio instantáneo. El calor me ha llegado hasta los huesos. Paso de las recomendaciones de la doctora.
Cuando salgo de la ducha, encuentro en la mesilla el batido de frutas que me ha dejado Lucía.
Si hace unos días pensaba que era la mujer más admirable que había conocido, ahora tengo que admitir que también me fastidia. Me ha empezado a tratar como si fuéramos amigas y se permite decirme lo que le viene en gana.
Claro que ha sabido llevarme a su terreno.
En casa es una empleada; en la parroquia, una pieza fundamental en el entramado que tiene organizado el párroco.
¡Menudo cura! Si su vestimenta no es la que una espera de un cura, tampoco lo es que entre sus colaboradoras haya una que tiene novia.
No me escandalizo por Cari, está en su derecho a tener novia, pero me chirría que Pablo lo pase por alto.
O es muy moderno, o es un cínico, o como hace tantos años que no piso una iglesia no me he enterado de que las normas han ido cambiando.
La verdad es que no sé qué pensar de Pablo. No es simpático, pero tampoco antipático. Reservado, aunque no lo parece, y preocupado por asuntos que no son rezar.
Cari es una buena chica, pero su novia no me ha gustado nada.
Beatriz va de sobrada por la vida, y me ha parecido fuera de lugar que haya colocado la mano sobre la cintura de Cari como queriendo dejar claro que le pertenece.
Por lo visto, algunas mujeres tienen el mismo sentido de la posesión que los hombres.
Luis es un mandado de Pablo. Todo lo que el cura propone a él le parece bien y sigue sus instrucciones sin rechistar.
A Pablo le interesa contar con Luis y también con Enrique.
La parroquia es un centro de ilegales, de manera que necesitan abogados.
Claro que dudo mucho de que sean capaces de arreglar la vida de todos.
En cuanto a Jasy, la paraguaya, me resulta odiosa.
Nos trata como si le debiéramos algo. Su mirada está llena de resentimiento y es evidente que yo le caigo especialmente mal.
La antipatía es mutua. Siento que Nai sea su hija, porque es una niña que trasluce bondad.
«Dulce» significa su nombre, y sin duda todo en ella es dulzura.
No sé si tiene cualidades para ser bailarina salvo su delgadez y tesón y cierta elegancia natural que ya veremos si mantiene cuando crezca.
No ha protestado, no ha llorado, y ha obedecido todas mis instrucciones.
Su mirada denota bondad, pero… Tengo que ser sincera, no me la imagino haciendo de cisne porque es demasiado morena y sus rasgos, demasiado indios.
Pero he de reconocer que me desarma la dulzura de su mirada.
No, no quiero dormirme todavía. Son las siete y es de día. Decido llamar a Felicitas; al fin y al cabo, es mi hija.
Lo intento cuatro veces, pero no responde al teléfono. No sé si porque está en la playa o porque no le da la gana responder. Me pregunto si debo insistir o dejarlo estar. Bastante me ha fastidiado la indiferencia de Thomas para que ahora mi hija me haga un feo.
Me tumbo sobre la cama y me fijo en el libro que Thomas se dejó en su mesilla. Nunca he husmeado en las cosas de mi marido, y un libro no lo es. Me pregunto por qué no se lo ha llevado, a lo mejor ya lo había terminado de leer o simplemente no se dio cuenta.
El libro lleva por título El polaco . Decido leerlo, puede que me ayude a entender mejor a Thomas o al menos qué le preocupa en este momento de su vida.
Durante dos horas intento centrarme en la historia sin terminar de conseguirlo.
Aparentemente, el libro es sobre el amor, pero en vez de amor lo que encuentro son las diferencias que separan a los protagonistas: Witold, un pianista polaco con los setenta cumplidos, y Beatriz, una cuarentona a la que le entusiasma la música, pero esto es lo único que me queda claro, todo lo demás me resulta enrevesado.
No sé si es que los protagonistas son demasiado «intensos» o es que yo no les cojo el hilo.
Me acabo de despertar. Son las tres de la madrugada. Me he dormido sin darme cuenta. Mi mano tropieza con un libro y entonces recuerdo qué estaba leyendo. Me pregunto si Thomas nos ha visto reflejados a nosotros en Witold y Beatriz.