Capítulo 7. Primer día #2
—Los críos son la bomba. Y algunos de ellos tienen una voz extraordinaria. Le he dicho a Pablo que tenemos que organizar un coro. El coro de la parroquia.
—Pero esta parroquia ya tiene coro —responde Pablo.
—Pues puede tener otro —insiste Luis.
—Ya, y también tres coros.
—Creo que si trabajamos sus voces, de aquí a Navidad nos saldrán unos cuantos conciertos.
—¿Pagan a los coros cuando actúan? —pregunto con interés.
—A veces sí, otras no…, depende. Pero a lo mejor conseguimos algo, no lo sé.
Lo importante es que a los chavales les ha gustado la experiencia y tenemos asegurado que no se van a escaquear.
Lo peor que puede pasar es que prefieran estar en la calle.
Ya sabemos a lo que eso conduce: bandas, pandillas… , y les perdemos.
—Martha también está contenta con las niñas, parece que han puesto mucho interés, pero, eso sí, no puede tenerlas dos horas en clase. Están agotadas —explica Cari.
—¿Y dónde están todos ahora? —pregunta Beatriz.
—En el parque de enfrente con Lucía y un grupo de madres que se encargan de vigilarlos —responde Pablo.
—¿Cuándo empiezas con las clases de inglés? —se interesa Luis.
Todos me miran aguardando mi respuesta. Estoy tentada de decirles que nunca, pero me siento atrapada en la red que me han tendido con la ayuda de Lucía.
—Esta tarde… Como son muchos, creo que es mejor hacer dos grupos y desde luego no excluir a las niñas.
—¿Y a las madres? —pregunta Jasy.
—Pues si doy dos días de inglés a vuestros hijos, puedo intentar daros otro día a vosotras. —Y nada más decirlo tengo ganas de salir corriendo.
—Un día no es suficiente. Si a las niñas les vas a dar clases de ballet dos mañanas, otras dos nos puedes dar a nosotras. —Jasy no me da tregua. Creo que disfruta sabiendo lo mucho que me fastidia.
—Buena idea. Lucía nos ha dicho que julio y agosto estás libre porque tu familia está de vacaciones. Así no te aburres. —Pablo habla mientras clava su mirada en la mía.
Pienso que todos tienen mucha cara al disponer de mí sin consultarme.
Pero es culpa de Lucía. Es ella quien me ha metido en este lío.
Y también es mi culpa por haberme dejado enredar.
Me ha cogido con la guardia baja a cuenta de la crisis familiar con la que me he encontrado sin esperarlo.
¿Qué pasaría si decido que me voy a la India a meditar?
No pueden impedírmelo, yo no trabajo para ellos, y ni siquiera me he presentado voluntaria para ayudarles.
Me sorprende la naturalidad con la que dan por hecho que pueden disponer del tiempo ajeno.
Estoy cansada. He madrugado y aún me duelen los brazos, menos que ayer, pero me duelen.
Pablo me pide que organice el «comedor». Le miro sorprendida, no sé a qué comedor se refiere.
—Pues a este salón parroquial. La responsable de Cáritas de la parroquia se va de vacaciones unos días, pero esta gente tiene que comer, y otro voluntario nos ha conseguido platos de cartón y cubiertos de plástico y las tiendas del barrio también han contribuido. He hecho un guiso, carne con patatas.
—Pero hace mucho calor —digo pensando en que no pienso quedarme y menos a comer carne con patatas. Bastante tuve con las lentejas del otro día.
—Un guiso de carne con patatas es muy socorrido. Ten en cuenta que esta gente está malviviendo en casas de conocidos y que bastante hacen acogiéndolos, pero no pueden cargarles con la responsabilidad de que les den de comer y de cenar.
—¿Hay sillas para todos? —pregunto resignada a organizar el comedor en el salón parroquial.
—No. Irán comiendo primero unos y después otros. No tenemos sillas suficientes.
Quién me iba a decir a mí que iba a estar montando unos tableros que Luis ha hecho aparecer y colocando unos platos de cartón con sus cubiertos correspondientes para que este grupo almuerce el guiso cocinado por Pablo.
Tengo ganas de salir corriendo y, desde luego, no pienso comer ni una cucharada del guiso.
Cari, Beatriz, Luis y Lucía comen con apetito y Pablo parece satisfecho de los elogios que hacen a la carne con patatas que ha preparado.
A las cuatro ya les hemos dado a todos de comer y las madres parecen satisfechas por las clases a las que han asistido sus hijos.
Me han comprometido, sin que haya sabido negarme, a estar en la parroquia a las nueve en punto para dar la clase de ballet a las niñas y, a continuación, otra de inglés a sus madres.
Pablo aconseja hacer dos o tres grupos y ha sugerido a las mujeres que les digan a sus maridos que también ellos pueden venir a las clases.
Pero la mayoría de estas mujeres están solas, han dejado sus países acompañadas de alguno de sus hijos, que no de todos, y han cruzado el océano con la convicción de que aquí hay trabajo y eso les permitirá dar de comer a las familias que han dejado atrás.
«Son dignas de admiración», ha dicho Pablo.
Estoy de acuerdo, pero yo no soy cura ni tampoco me dedico a la política.
Como diría mi padre, que era comunista, es el Estado el que tiene que dar respuesta a las necesidades de estas mujeres.
Pero no lo digo. Lucía me ha metido en un lío y no encuentro la puerta de salida.
Cuando llegamos a casa, estoy decidida a darme una ducha fría por más que la doctora García me dijera que nada de ducharme ni con agua muy fría ni muy caliente.
Pero estoy sudando y me siento pegajosa.
He mirado la temperatura en el móvil y hemos sobrepasado los 40 grados.
Además, en la parroquia no hay aire acondicionado.
Pablo combate el calor creando corrientes, el problema es que el aire que corre debe de ser sahariano.
Parece que Lucía ha intuido mi intención porque me advierte:
—Y nada de darte una ducha helada. El frío y el calor no son buenos para tus brazos.
—Pues otra cosa no, pero calor he pasado mucho en la parroquia.
—Estamos en julio, y julio es un mes muy caluroso en Madrid.
—Sí, estamos en julio, y mi marido está en Boston. Mi hija y mi nieta en Gijón y yo aquí dedicada a unas mujeres y a sus hijos que ni me van ni me vienen —respondo malhumorada.
—Al menos te distraes. ¿Qué pensabas hacer mientras Thomas está en Boston? ¿Te vas a quedar llorando y quejándote de que Felicitas y Penny pasan de ti? Al menos estás haciendo algo útil, y ya verás que ayudar a los demás da más satisfacciones que estar pendiente de tu ombligo.
—Yo no estoy pendiente de mi ombligo —respondo enfadada. Lucía me está fastidiando tomándose una confianza que le lleva a decirme lo que le viene en gana. Me doy cuenta de que su opinión sobre mí deja mucho que desear.
—Vamos, Martha, eres buena persona, de eso doy fe, y quieres a tu familia, lo sé, pero nunca te has interesado por lo que pasaba más allá de las paredes de esta casa. Ahí fuera hay mucha necesidad.
—Menos mal que me tienes por buena persona.
Y aunque me tomes por tonta, sé perfectamente que el mundo es una mierda y hay gente que lo pasa muy mal.
Pero yo no puedo arreglar los problemas de este mundo.
Mira Thomas, se ha pasado la vida firmando manifiestos y acudiendo a manifestaciones contra el hambre, las dictaduras, los abusos, y todo sigue igual.
Yo también lo hacía, pero ya no firmo cartas ni voy a manifestaciones como en el pasado, aunque procuro no hacer daño al prójimo.
Y si te crees que sirve de algo que intentes entretenerme con todas estas actividades en la parroquia, te diré que me estoy hartando. Puede que mañana no vaya.
—¡Pues claro que irás! No puedes hacerles eso. Una vez que has empezado, ahora no puedes dejar a las crías tiradas. Solo son dos meses, Martha. Y, además, no tienes otra cosa que hacer.
—Y dale con que no tengo otra cosa que hacer. No dudes de que podría hacer otras muchas cosas.
—¿Como qué? —replica Lucía con cierto retintín.
—Oye, no tengo por qué darte explicaciones. No te pases, Lucía.
Estoy enfadada con ella. Se está extralimitando.
Una cosa es que le tenga afecto, que reconozca su valía, su inteligencia, y otra que me manipule y me zarandee.
Estoy a punto de decirle que está sobrepasando las líneas rojas, que no se confunda, que no somos amigas.
Pero si se lo digo es capaz de hacer la maleta y marcharse, aunque me haya dicho que si sigue aquí es porque no viviría mejor en ningún otro sitio.
—Voy a ducharme y después me meteré en la cama a leer. No voy a cenar.
—¿No quieres que te prepare aunque sea un batido de frutas? Te vendría bien.
Acepto caer en la tentación. No he probado nada desde esta mañana en que tomé un café solo. Un batido de frutas me sentará bien.
—Vale. Déjamelo en la mesilla.
—No has comido nada, ni siquiera has probado el guiso de Pablo. Estaba muy bueno.
—Sabes que no como carne.
—Tú puedes elegir, otros no.
Tiene razón. Yo puedo elegir, pero no todos podemos elegir.
Jasy o Sisa hoy no pueden elegir qué comen, se han tenido que conformar con el guiso de Pablo.
Pero han hecho otras elecciones en la vida, como venir aquí.
No diré que mis elecciones son tan difíciles como las suyas.
No lo son. Pero me duele el reproche sutil de Lucía.
—Yo también estoy cansada, así que en cuanto te traiga el batido veré la tele un rato y después seguiré leyendo ese libro tuyo que tanto te ha gustado.
—¿El de Nora Ephron?
—Sí, ya te he dicho que te lo he cogido de la sala de estar y me está interesando. El libro es algo más que la preocupación por su cuello.
—Claro, no tendría mucho interés escribir un libro en el que las arrugas del cuello fueran las únicas protagonistas.
Es una escritora peculiar que da consejos de lo más acertados; por ejemplo, que no te compres zapatos que no te valen en la zapatería porque nunca te valdrán.
En ocasiones compramos cosas que no nos sientan bien, como esos zapatos que nos aprietan, como si eso fuera a cambiar al llegar a casa.
A mí me ha pasado en más de una ocasión.