Una familia moderna Capítulo 7. Primer día
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Capítulo 7. Primer día

Primer día

L ucía me ha despertado a las ocho llevándome una bandeja con el desayuno a la cama. Supongo que es su manera de ayudarme a comenzar la mañana.

—A las nueve tenemos que estar en la parroquia…

No sé qué ponerme. Opto por unos pantalones y una camiseta con mangas que me cubra las rojeces de los brazos.

Me duelen menos, pero aún los tengo un poco hinchados.

Meto el maillot y las zapatillas en una bolsa.

No tengo ningunas ganas de ir a dar clase a ese grupo de niñas que no saben ni lo que es el ballet.

Cuando llegamos, Cari está con ellas. Les está contando algo que las hace reír.

Ya están todas con pantalones cortos y camisetas.

—Hasta que no pasen unos días no compraremos mallas ni zapatillas —me dice.

Asiento. Cari me cae bien. Es educada y no intenta imponer nada a nadie, tampoco a mí. Escucha, sugiere y calla. Me sorprende que hayan colocado una barra de extremo a extremo de una pared del salón de actos de la parroquia.

—Lucía nos dijo que teníamos que colocar una barra porque, de lo contrario, no podrías dar las clases.

Asiento. Lucía siempre va dos pasos por delante. ¿Cómo no se me había ocurrido? Supongo que quería evitar que me fuera con la excusa de que sin barra no se puede dar clase.

Las niñas están nerviosas y yo, resignada. No creo que vaya a descubrir en ellas a una futura estrella, pero tampoco quiero ser pesimista.

Les pido que se coloquen todas de espaldas a la barra, pero sin apoyarse, y que vayan diciéndome sus nombres, aunque Cari ya me ha dado un folio con el nombre y la edad de todas.

Les explico que vamos a hacer unos ejercicios y que les enseñaré unos pasos. También les advierto que el ballet no es un juego, sino que exige mucho esfuerzo y sacrificio.

Me escuchan en silencio. Cari las debe de haber aleccionado para que no me contraríen porque ni pestañean.

Dos horas después, estamos todas sudando.

Primero hemos hecho ejercicios de calentamiento de cuellos, rodillas, brazos y hombros, y también estiramientos.

Luego les he enseñado algunas de las posiciones básicas de los pies: primera, segunda, en paralelo y también de brazos, desde la posición primera y segunda.

Mañana les enseñaré a coordinar piernas y brazos.

Las niñas carecen de flexibilidad, pero se han esforzado.

Han seguido mis indicaciones sin rechistar.

Ignoro si sacaré algo de ellas, pero al menos han demostrado que son capaces de seguir una disciplina.

Lo que no sé es si habrá «fugas», o sea, si pasado mañana volverán todas o habrá quienes pidan a sus madres que las liberen de este esfuerzo.

Voy al lavabo a refrescarme. Estoy agotada y me duelen los brazos. La doctora García me advirtió que no hiciera ningún esfuerzo. Allí me alcanza Cari.

—Las niñas están muy contentas. Si escucharas sus comentarios…

—Bueno, es el primer día, ya veremos cuando dentro de un rato les duela todo el cuerpo por las agujetas.

—Pero…

—¿Qué?

—Dos horas es mucho, están agotadas. Creo que una hora es suficiente.

—Díselo a Lucía.

—Se lo diremos las dos. Una de las pequeñas ha vomitado del esfuerzo que ha hecho.

—¿La morenita con coletas con cara de india?

—Por favor, Martha, dices las cosas de una manera que resultan ofensivas.

—Vamos a ver, ¿la niña a la que te refieres es morenita o no?

—Sí, pero…

—¿Y es indígena o es sueca?

—Es paraguaya.

—¿Viene de una comunidad indígena, sí o no?

—Martha, la cuestión no es de dónde viene, sino cómo dices las cosas. Suena muy despectivo eso de que la pequeña tiene cara de india.

—Pero si es indígena, ¿de qué va a tener cara?

Los prejuicios están en vuestra cabeza, que buscáis palabras que digan lo mismo.

Conclusión: no sé dónde está la ofensa si digo que una niña es morenita y con cara de india.

El problema es cómo lo «oyes» tú. Yo he hecho una descripción de la niña y tú en esa descripción ves una ofensa.

Por cierto, que esa cría es muy delgada, flexible y además pone interés.

—¿Crees que alguna más tiene condiciones? —me pregunta esperanzada.

—Es el primer día…, no lo sé. El ballet requiere talento y condiciones físicas, pero también disciplina y capacidad de sacrificio. En el ballet se sufre. Ya veremos.

—La niña se llama Nai y es hija de Jasy.

—¿Y qué significa «Nai»?

—«Dulce», traducido del guaraní.

Jasy se ha hecho presente y su voz está plagada de rabia. Una rabia contenida, pero rabia. ¿Rabia contra mí? ¿Rabia por haber tenido que dejar su país? No lo sé, pero Jasy no me cae bien, ni yo a ella. Parece que pretende que nos sintamos culpables de su situación, sea esta la que sea.

—Tu hija tiene pundonor. No se ha quejado ni una sola vez y se ha esforzado.

—¿Tiene tanto talento como para hacer del ballet su modo de vida? —pregunta Jasy.

—No lo sé, ni siquiera sé si tiene talento. Pero, como he dicho, tiene pundonor y no se ha quejado por más que han movido algunos músculos por primera vez, e incluso puede que se haya producido algún desgarro. Me gusta su actitud.

—Somos indias, estamos acostumbradas a resistir.

—¿A ti también te molesta la palabra «india»? —pregunto a Jasy sabiendo que puede dar lugar a una discusión.

—La palabra «india» es una definición que yo asumo con orgullo pero que tú dices con desprecio.

—¡Eso sí que no! Estás haciendo un juicio de intenciones.

Mira, comprendo que estés fastidiada por haber tenido que abandonar tu país y atravesar un océano para llegar a un lugar donde nadie te espera.

No es fácil tomar la decisión de dejar atrás todo lo que te es conocido.

Pero yo no soy culpable de tus circunstancias.

Aunque lo mismo crees que tengo un pecado original, ser española, habida cuenta de que fueron los españoles los que descubrieron América.

—¡Cuánta arrogancia! Vosotros no descubristeis nada. Que no tuvierais noticia de nuestro continente, de nuestra civilización, no significa que nos hayáis descubierto. Lo que hicisteis fue…

—No tengo ni idea de lo que hicieron quienes llegaron a tu país, pero no me siento concernida fuese lo que fuese que hicieron.

—Robarnos, intentar destruir nuestras costumbres, nuestra cultura, imponernos vuestro Dios…

—Mira, no voy a discutir por lo que pudo suceder hace quinientos años.

Cada uno cuenta la historia según le va.

Rezumas resentimiento porque te han contado que vivíais en el Paraíso Terrenal y que los españoles lo destruyeron.

Si esa versión te hace sentir bien, pues vive con ella.

En cualquier caso, te repito: a mí me da igual lo que pasara hace quinientos años.

Cari nos mira con preocupación. La animadversión de Jasy hacia mí es innegable y a mí tampoco me cae bien. Tengo mis propios problemas.

Una mujer bastante guapa se acerca a nosotras sonriendo.

—¿Qué tal, chicas? ¿Cómo están yendo las clases? —pregunta al tiempo que coloca una de sus manos en la cintura de Cari.

—Es mi novia —dice Cari, y si yo pongo cara de asombro, la de Jasy es un poema.

—Soy Beatriz, además de su novia —afirma con una sonrisa.

Jasy la mira con tanto estupor como asco y yo no sé qué cara he puesto, pero seguramente a mi nieta no le gustaría.

—Beatriz es empresaria —explica Cari con orgullo.

—¡Bah! Lo de empresaria suena a mucho y lo que tenemos son dos peluquerías.

—También has abierto un centro de manicura y pedicura —insiste Cari.

—Negocios de barrio, modestos, pero que funcionan bien.

Jasy no dice ni palabra, pero observo que no le ha parecido bien que Cari tenga novia. He de reconocer que también yo me he desconcertado, pero teniendo en cuenta que mi nieta es no binaria, lo de ser lesbiana me parece de lo más normal. Entonces tengo una «ocurrencia».

—Pues Beatriz también podría echar una mano enseñando a peinar y a hacer la manicura a alguna de las madres y darles una oportunidad de que hagan prácticas en sus negocios.

A Beatriz se le ha congelado la sonrisa, Cari mira al suelo y mueve un pie convulsivamente, y Jasy parece pensativa… hasta que por fin habla.

—Has tenido una buena idea, bailarina —dice mirándome con suspicacia.

—No le podemos pedir a Beatriz que contrate a nadie, pero sí que, además de enseñar a peinar, a quienes haya escogido les permita hacer algo como lavar cabezas, lo que sin duda supondrá que les den alguna propina —añade Martha.

—Nosotras no queremos propinas, queremos trabajar y que nos traten con dignidad —me corrige Jasy mirándome con desprecio.

—En las peluquerías siempre hay aprendices que ayudan a lavar cabezas, o se encargan de los abrigos, o de acompañar a su asiento a las clientas… —insisto sin mirar a Jasy.

—Bueno, no es tan sencillo… Mis peluquerías son muy pequeñas y tengo el personal necesario. —El tono de voz de Beatriz se ha teñido de contrariedad.

—Pues a mí me parece una buena idea —la interrumpe Cari—.

No se trata de que contrates a nadie, pero sí enseñar peluquería a unas cuantas mujeres, y además ellas pueden hacer pequeños trabajos, desde lavar cabezas, como dice Martha, hasta barrer el suelo después de que cortes el pelo a alguna señora.

En fin, en una peluquería siempre hay mucho que hacer y, sobre todo, como dice Martha, el personal recibe propinas.

Sería una manera de que algunas de las madres comenzaran no solo a aprender un oficio, sino a ganar algo de dinero.

El rostro de Beatriz delata enfado, pero a Cari no parece importarle.

En cuanto a Jasy, es muy orgullosa y le auguro muchas dificultades para encontrar un empleo. Nadie quiere personas tan combativas en sus empresas.

Pablo, el párroco, se acerca a nuestro grupo y se le tuerce el gesto al ver a Beatriz. O no le cae bien o es que no le gusta que Cari y ella tengan una relación de pareja. Ya me parecía a mí que un cura no puede ser tan moderno como este aparenta.

—Al parecer, tenemos unas cuantas voces prodigiosas —asegura Pablo sin dirigirse a nadie.

Detrás del cura llega Luis sonriendo.