Una familia moderna Capítulo 6. Miércoles #3
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Capítulo 6. Miércoles #3

—Yo no estoy en el final, y Pablo me parece que se pasa de listo.

—Es sacerdote, de estas cosas sabe.

—De mí no sabe nada, no me conoce, ni ganas tengo de que me conozca. Y he de decirte que me has preparado una encerrona llevándome a la parroquia y obligándome a comprometerme a dar clases de ballet y de inglés. Como si yo no tuviera otra cosa que hacer.

Respondo con acritud porque definitivamente estoy de malhumor.

—En realidad, no tienes otra cosa que hacer. Lo único pendiente eran tus brazos y gracias a Irene te los han arreglado.

No voy a ablandarme porque me diga que mis brazos tienen mejor aspecto cuando yo los veo rojos como pimientos morrones. La cuestión es que no me apetece convertirme en una ancianita que mata el tiempo en actividades parroquiales.

De pronto Lucía me parece diferente. Estoy pasando de la admiración a cogerle manía.

Se comporta con cierto descaro, se permite el lujo de decir lo que piensa.

Recuerdo a Javier, el novio de mi amiga Pilar, que contaba que cuando alguien le decía eso de «¿me permites que sea sincero?

», él respondía con un «no se lo permito, no sea usted maleducado». Pues eso es lo que está haciendo Lucía.

Lleva mucho tiempo viviendo en esta casa, pero nunca habíamos intimado tanto como estos días. Debe de creer que dependo solo de ella, puesto que mi marido, mi hija y mi nieta me han dado con la puerta en las narices.

—No voy a convertirme en una vieja de sacristía —le respondo.

—Desde luego que no, ese papel no se te daría bien.

Pero sé práctica, estamos en julio, hace un calor insoportable.

Todas las personas que conoces están de vacaciones y tu familia se ha marchado.

No tienes nada que hacer. Ayudar a esos niños y a esas mujeres te tendrá entretenida, y esa ayuda tiene fecha de caducidad: septiembre.

En septiembre los críos tienen que estar escolarizados y de aquí a entonces muchas madres ya estarán trabajando.

De manera que las clases que vas a dar se alargarán unas pocas semanas. Además, te vas a divertir, ya lo verás.

Su razonamiento es lógico. No intenta convencerme dándome un sermón sobre que yo también debo hacer algo por los demás. Lo plantea en términos favorables para mí. No tengo nada que hacer y dar esas clases es una manera de pasar el tiempo hasta septiembre.

—¿Y si regresa Thomas? ¿O Felicitas y Penny me llaman para que vaya con ellas?

—Deberías ir haciéndote a la idea de que Thomas no va a regresar y que, si lo hace, será cuando termine de dar ese seminario en Harvard.

Aunque lo dudo. En cuanto a Felicitas y Penny, por ahora están en Gijón, y conociendo a tu hija, seguro que se le ocurre algo para no regresar a Madrid. Ya sabes que sufre mucho con el calor.

—Pero Penny… No creo que Penny renuncie a estar con sus amigos.

—Son raros, pero también veranean. ¿O crees que todos esos críos rechazan irse con sus padres de vacaciones? Lo hacen protestando, pero se van. Son como ella.

—¿Qué quieres decir con que son como ella?

—Pues que no son ni pobres ni marginados.

Son adolescentes rebeldes que tienen una idea del mundo diferente a la tuya y a la mía, que creen que basta con querer algo para tenerlo, porque en realidad siempre ha sido así para ellos.

Pero tienen calor como todo el mundo, y es más llevadero protestar y pelearse con los padres a orillas del mar o con un precioso paisaje de montaña de fondo que en el asfalto de la ciudad.

—Pero solo pensábamos estar quince días en Gijón…

—Ya, y luego tú pensabas irte con Thomas a Cerdeña, y Felicitas, que es blanca como la nata, estaba pensando en irse a los Alpes suizos.

Por si no te lo había dicho, creo que había encontrado una agencia de viajes que organiza actividades en zonas de montaña: marchar desde el amanecer, subida a glaciares, baños en lagos helados…

Y conociendo a Penny, estoy segura de que acompañará a su madre, protestando, porque es parte del papel del personaje que cree ser, pero irá.

—¿Hay algo que no sepas de nosotros? —le pregunto con tanto asombro como rabia.

—Supongo que todos guardáis algún secreto —responde con una sonrisa conciliadora.

—¿Y tú? ¿Cuáles son tus secretos? Creo que en realidad no te conozco.

—Me conoces, claro que sí, lo que sucede es que nunca has dedicado un minuto a pensar en mí.

Estoy aquí, soy parte del mobiliario. Y no tengo dudas de que me tienes un afecto sincero, que me ayudarías para resolver cualquier problema que pudiera tener.

Eres mejor persona de lo que crees y de lo que los demás pueden ver. Lo sé.

Nos quedamos en silencio. No sé qué decirle. Estoy confundida, son demasiadas cosas las que me están pasando estos días y, para colmo, me duelen los brazos. No es un dolor insoportable, pero no tan leve como me dijo la doctora García.

Lucía tiende su mano y coge la mía. Me la aprieta con ternura mientras me dice:

—¿No te importa quedarte un rato sola? Oswaldo me está esperando…

Sí, sí me importa, pero no se lo digo.