Una familia moderna Capítulo 6. Miércoles #2
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Capítulo 6. Miércoles #2

No es que Lucía sea fea, no lo es. Debo reconocer que tiene buen tipo, aunque no está tan delgada como yo.

En alguna ocasión le he regalado alguno de los vestidos que ya no uso y no ha podido arreglarlos porque les faltaban costuras para agrandarlos.

Pero he sido generosa con ella. Su cumpleaños, su santo, Navidad, Reyes…

, siempre encuentro la ocasión para hacerle un regalo con alguna prenda u objeto que no esté al alcance de su sueldo.

Me he debido de quedar dormida porque me despierto sobresaltada con unos golpes secos en la puerta de mi habitación.

—Martha, Martha, ¿estás bien?

Ya ha oscurecido y no alcanzo a ver mi reloj, que he dejado encima de la mesilla.

—Estoy bien —respondo somnolienta.

Lucía abre la puerta sin que yo le haya dado permiso para entrar y se acerca de puntillas hasta la cama. Me mira sonriendo mientras dice:

—Me has asustado, pensaba que te podía haber pasado algo, pero, por lo que veo, solo te has quedado dormida.

Sí, no sé en qué momento me he dormido. Solo recuerdo la escueta conversación con Thomas y eso me pone de malhumor.

Menudo capullo está hecho. Tengo que tomar una decisión que no puede ser otra que irme mañana mismo a Boston.

Vaya sorpresa se va a llevar. Lo malo es que mi presencia inesperada le incomode y eso dé paso a una discusión que nos lleve al límite de que no haya vuelta atrás.

Y si fuera así, lo mismo tenemos que divorciarnos.

No, no quiero divorciarme. ¿Qué haría yo sin Thomas?

Me incorporo de la cama. Lucía me observa y su gesto de preocupación es sincero.

Es evidente que he debido de quedarme dormida. Supongo que el que me hayan puesto los hilos tensores me ha producido cierto estrés.

Los centros de belleza siempre me han parecido terra ignota , te intentan convencer de que te pueden rejuvenecer y es difícil no caer en la tentación.

Conozco a unas cuantas mujeres a las que han convertido los rostros en máscaras con las inyecciones de supuestas vitaminas, rellenos en los labios y cirugía.

Algunas tienen los labios tan hinchados que más que labios son morros; otras, la piel tan estirada que les han borrado cualquier signo de expresión.

Y las narices… Parece que los que operan solo tienen un modelo de nariz porque las reducen como si hubieran pasado por las manos de un jíbaro.

Tengo varias conocidas cuyas narices son exactamente iguales.

Eso sí, ninguna reconoce que no le gustaba su nariz, sino que intentan convencer de que tenían desviado el tabique y que por eso tienen la nariz más pequeña.

No las cree nadie, pero para que la civilización funcione hay que aceptar cierto grado de cinismo.

Claro que no soy quién para criticarlas, puesto que yo misma he caído en la trampa y me he dejado colocar esos hilos tensores en los brazos para evitar el efecto de alas de murciélago.

—¿Quieres un té helado o te preparo algo de cenar? —me pregunta Lucía, que me sigue observando con cierta preocupación.

—No tengo hambre, pero un té me vendrá bien.

Quiero quedarme sola, levantarme poco a poco y que no me hable. No tengo ganas de hablar ni con ella ni con nadie.

Moqueo. Me he quedado dormida con el aire acondicionado. Lo puse a 18 grados porque el calor de Madrid en verano es como viajar al Infierno.

Espero que mi padre tuviera razón y el Infierno no exista, porque, decía, pasar la eternidad metido en el fuego es una crueldad que solo se le puede ocurrir a un sádico.

Como todavía no tengo que enfrentarme al problema de si existe el Infierno, o eso creo, decido darme una ducha fría.

De repente me acuerdo de que la doctora García me dijo que evitara temperaturas extremas de calor y frío.

No sé si ella considera que estar a 38 grados es una temperatura extrema.

En cuanto al agua de la ducha, la regularé para que no esté ni caliente ni fría.

Cuando por fin me reúno con Lucía en la cocina ya tengo preparado un vaso con té helado.

—He encontrado el libro —me dice.

—¿Qué libro?

—Pues el de No me gusta mi cuello , de Nora Ephron. Lo tenías en tu sala de estar y ya llevo leído la mitad. Tiene gracia.

—Hacerse vieja no tiene ninguna gracia —respondo de mal humor. Las siestas siempre me afectan al carácter.

—Hacerse vieja es una putada contra la que no se puede hacer nada. Puedes ponerte todos los hilos tensores que quieras, meterte en un quirófano para que te estiren la piel, inyectarte bótox…, pero vas a seguir teniendo los años que tienes. Eso no hay nadie que lo pueda remediar —admite Lucía.

—Ya verás lo que te va a fastidiar, cuando tengas mi edad, estar arrugada como una pasa.

—Pero por muchos hilos y bótox que te pongas, no puedes engañar a la vejez.

—Lo sé, pero… supongo que muchas mujeres no nos resignamos a envejecer.

—Es peor morirse.

—Sí. Eso es lo peor que nos puede suceder. ¿Tú le has encontrado sentido a la vida?

—Si crees en Dios, entonces tiene sentido; si no crees, te quedas a solas con la nada.

—Eso es muy profundo, muy filosófico. Pero, con Dios o sin Dios, es angustioso tener que morirse y dar ese salto al vacío. Nadie ha regresado para decirnos si hay algo después de la muerte —le respondo malhumorada.

—Tienes que encontrar un sentido a tu vida; de lo contrario, vas a ser infeliz los años que te queden por delante. —Lucía no parece conmoverse ante la angustia que me provoca la incertidumbre.

—Mi vida tiene sentido, la vida misma. No tengo que buscarle tres pies al gato.

—Pablo dice que a todos los mayores os pasa lo mismo, que os empezáis a angustiar cuando se acerca el final.