Una familia moderna Capítulo 6. Miércoles
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Capítulo 6. Miércoles

Miércoles

–L a doctora García la está esperando —me dice la recepcionista de la Clínica Alvarado.

Es una estirada. Claro que su jefa, la tal Ana María, también lo es. Lo mismo que la doctora García. Aquí el personal que he conocido hasta ahora se da unos aires de superioridad que te hacen sentir insignificante.

—Ah, y doña Irene me ha pedido que la avise de su llegada.

Bueno, al menos mi cuñada estará de mi parte.

No ha pasado ni un minuto cuando una joven vestida de enfermera aparece en el hall. No sonríe. Aquí nadie sonríe. Se limita a decirme que me va a acompañar a la «sala» donde «va a proceder» la doctora García.

No quiero imaginar si estas mujeres, en vez de trabajar en un centro de belleza, lo hicieran en la ONU. Son todas unas petulantes.

La doctora García me recibe con la mascarilla y los guantes puestos. Ya tiene organizados todos los utensilios que necesita para colocarme los hilos tensores. Me recibe con un escueto «buenos días» y a continuación me pregunta si llevo alguna crema en los brazos.

Dos minutos más tarde, una enfermera, igualmente con guantes y mascarilla, y sin invitarme a sentarme, me limpia los brazos con un líquido antiséptico.

Acto seguido, la doctora García se acerca, me mira y remira los brazos, me los levanta, me los mueve de un lado a otro y empieza a «pintarme» una especie de malla que, según me dice cuando le pregunto, son «las líneas de vía de acceso de los hilos».

Luego me expande una crema anestésica. Finalmente, coge una aguja que me produce cierto temor.

—¿Qué va a hacer? —pregunto temerosa de que me suelte un bufido.

—Insertar los hilos —responde sin mirarme a los ojos.

—Ya…

No me pregunta si me duele o molesta. Esta abstraída. Me recuerda a mi abuela cuando se ponía a coser junto a la ventana. La crema anestésica no me evita el dolor, o al menos no me lo evita del todo.

No sé si decirle que lo deje, que yo me voy a mi casa. Pero está tan concentrada metiéndome hilos que no me atrevo a interrumpirla.

No sé cuánto tiempo ha tardado, pero suspiro con alivio cuando la oigo decir: «He terminado».

La enfermera me coloca un espejo ante los brazos y he de reconocer que parecen más estirados que antes, aunque también tengo unos cuantos moratones y me da la sensación de que están un poco hinchados.

—El enrojecimiento se le pasará en dos o tres días. Siga mis instrucciones al pie de la letra, ya sabe: no usar ningún tipo de crema, no ducharse ni bañarse con agua caliente ni muy fría, prohibido hacer gimnasia o cualquier otro ejercicio y nada de masajes.

—¿Puedo hacer vida normal?

—Ignoro lo que para usted es vida normal, de manera que aténgase a lo que le acabo de decir.

—¿Cuándo tengo que volver?

—Su efectividad suele durar un año.

—Ya, pero ¿no es necesario que venga antes?

—Salvo que quiera ponerse hilos tensores en otra zona del cuerpo, no veo la necesidad.

—Pero puedo tener alguna reacción y…

Me corta con un «no» rotundo.

—Ya le he dicho que es una técnica segura.

—Sí, sí, pero nunca se sabe…

—No sabrá usted, yo sí sé lo que hago.

Está claro que la doctora García y yo nunca seremos amigas.

Irene me espera en la recepción.

—Ya sé que todo ha ido muy bien —me dice.

—Bueno, me duelen un poco los brazos.

—Nada, será poco, enseguida se te pasará. Me ha dicho Alberto que el viernes vienes a cenar a casa. No sé si estará alguno de los chicos, pero da igual.

Cuando llego a casa, voy deprisa al cuarto de baño contiguo a mi habitación para mirarme los brazos.

Tengo que reconocer que la piel parece estar más estirada y que ya no me cuelga por los lados.

Aunque me preocupa que me duela. No es que me duela mucho, pero me duele.

Además, en algunas zonas la piel tiene un tono rojizo nada favorecedor.

Un golpe seco en la puerta y la voz de Lucía preguntándome cómo me encuentro. Abro la puerta y estiro los brazos para que me dé su opinión.

—Tienen buen aspecto, más estirados. ¿Estás contenta?

—Bueno… Aún no sé si estoy contenta o no. Eso lo sabré mañana.

—Si te parece, podemos almorzar. He preparado una ensalada y unas pechugas de pollo asadas.

No tengo hambre, pero sé que Lucía se preocupa si no como.

Apenas pruebo bocado. Me duelen los brazos y Lucía me está mareando con los asuntos de la parroquia. Menudo error he cometido dejándome engatusar por ella. Mi padre tenía razón: si caes en las redes de los curas, ya no te sueltan.

Se lo decía a mi madre, que hacía lo imposible por ir a misa y ayudar en el ropero de la parroquia, lo que ponía de malhumor a mi padre.

«La solución a los problemas no es que lleves a la iglesia la ropa que ya no les está bien a Martha y a Alberto, sino que el Estado asuma su responsabilidad, que no es otra que hacer que la gente viva con dignidad y justicia, no a costa de la caridad».

No, no es que me vaya a hacer estalinista como lo era mi padre, pero ahora pienso que tenía razón.

Pese a los esfuerzos de mi madre, mi padre impidió que fuéramos a catequesis y que nos «disfrazaran», dijo, para hacer la comunión.

«Si tanto te importa que tus hijos hagan la comunión, pues los llevas un día cualquiera y que comulguen».

Pero mi madre no cedió y al final hicimos la comunión junto al resto de los niños del colegio, solo que tanto mi hermano como yo fuimos de «prestado».

Mi padre se negó a permitirle comprarme un vestido de comunión blanco como el de las demás niñas y a Alberto «disfrazarle de marinerito».

Al parecer, la directora se apiadó de nosotros y habló con una familia cuyos hijos habían hecho la comunión el año anterior.

—Me voy a descansar un rato porque me duelen los brazos —dije sin terminar de comer para poder escaquearme de la conversación.

Disfruto de la soledad de mi habitación, aunque siento cierta desazón ante la ausencia de Thomas. Sigue sin llamarme y no veo razón para hacerlo yo, puesto que es él quien ha decidido marcharse.

Son las tres de la tarde en Madrid y las nueve en Boston, espero que no esté retozando en la cama con Mary. Me digo que es imposible porque mi marido siempre ha tenido buen gusto, es demasiado sensible y culto como para que pueda acostarse con Mary.

Al final no me resisto y marco su número. Me responde a la primera y por el tono me doy cuenta de que no está solo.

—Hola, Martha, estoy aquí con unos colegas.

—¿Y dónde es «aquí»? —pregunto por decir algo.

—En la universidad. Además de las clases lectivas, Mary tiene previsto celebrar distintos seminarios y ha traído a unos cuantos filósofos jóvenes cuya presencia será todo un acontecimiento.

No sé qué decirle teniendo en cuenta que está junto a otros profesores y, por tanto, es imposible mantener una conversación personal.

—Cuando puedas llámame…

—Lo haré.

El clic que me llega es la evidencia de que ha colgado. O al estar con otros profesores no puede enzarzarse en una conversación personal, o simplemente no tiene ganas de hablar conmigo.

No puedo aceptar que tantos años de matrimonio se hayan diluido sin que haya pasado nada.

No hemos tenido una discusión en la que nos hayamos tirado los trastos a la cabeza.

Tampoco nos hemos faltado al respeto, ni yo le he pillado con otra, ni él me ha pillado con otro.

Ya no tenemos edad para jugar a las infidelidades.

Sin embargo, de repente parece que nos separe un abismo, que ninguno de los dos podemos o sabemos o queremos franquear.

No, no me resigno a que nuestro matrimonio haya saltado por los aires sin una discusión por medio.

Me miro el brazo izquierdo y noto que lo tengo levemente hinchado y que la rojez en el derecho ha aumentado. No sé si me debo de preocupar e irme a urgencias o seguir lamentándome del desplante de Thomas.

Le volveré a llamar para darle un ultimátum: o viene él o voy yo, pero no podemos poner fin a casi cuarenta años de matrimonio sin al menos habernos peleado. No sé por qué se ha ido. Me debe una explicación.

—Martha, ¿estás bien?

La voz de Lucía denota preocupación. No tengo ganas de hablar con ella. Me duelen los brazos, me duele la ausencia de Thomas. Me duele que mi hija y mi nieta no se dignen a llamarme para saber cómo estoy.

—Estoy bien, solo un poco dolorida, descansaré un rato —respondo con el deseo de que estas palabras sean suficientes para que me deje tranquila.

—Si te duele, te llevo a la clínica para que esa doctora te eche un vistazo…

—No te preocupes. Voy a descansar un rato. Si cuando me despierte no he mejorado, ya decidiré qué hacer.

—Vale, lo que tú quieras. Oye, ¿me podrías decir dónde tienes ese libro de Nora Ephron? Tengo curiosidad por saber por qué no le gustaba su cuello y eso la llevó a escribir un libro.

No sé dónde lo he dejado, puede que en la biblioteca o encima de la mesita de mi sala. Ahora lo único que quiero es que Lucía no me moleste.

—Ni idea, ya lo buscaré —respondo con un tono que espero que interprete que no debe insistir.

—Bueno, cuando lo encuentres me lo dejas. Y no dudes en llamarme si no te sientes bien.

Guardo silencio mientras escucho sus pasos alejarse de mi puerta.

No tengo ganas de hablar con ella. En los últimos días he descubierto que no la conocía.

Tiene opiniones políticas, opiniones sobre todo.

Y, además, Thomas y ella me han estado engañando.

Mi marido la ha ayudado a estudiar el bachillerato sin decirme ni una palabra, y ella tampoco lo ha hecho.

¿Por qué? No encuentro justificación alguna, salvo que, entre clase y clase, se dieran un revolcón.

Recuerdo que hace años Thomas me dijo que Lucía era «una mujer interesante y atractiva».

Yo no le di importancia. A mí no me parecía ninguna de las dos cosas.

Afable, cariñosa, trabajadora, cumplidora, lista, eficaz, buena cocinera…

, todo eso sí, pero «interesante y atractiva» me pareció una exageración.