Una familia moderna Capítulo 5. Martes #3
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Capítulo 5. Martes #3

Llenan sus horas de vacío y sienten el confort de estar haciendo algo sublime. De profesión, «buenos». Es una profesión que exige tener vocación, pero no mucho más. Cuentas, además, con los parabienes de la sociedad.

No puedo decirles todo esto porque me odiarían y no quiero que me odien. A Lucía la quiero y la necesito, y a los otros…, he de reconocer que me caen bien, aunque nunca los habría elegido como amigos.

De repente pienso en Thomas, ¿qué diría mi marido de todo esto?

Thomas es una buena persona, sensible, solidario, preocupado por el devenir de la humanidad, mientras que a mí ese devenir no me quita el sueño.

Me doy cuenta de que Thomas lleva años firmando todo tipo de manifiestos: en contra del maltrato a los animales, a favor de la paz, en contra de la guerra, a favor de las ayudas al Tercer Mundo, en contra de los privilegios para las multinacionales, a favor de la enseñanza gratuita…

y así podría seguir con una lista interminable.

Me he casado con un hombre bueno y yo no sé si lo soy. No debo de serlo cuando me importan más mis brazos que el deshielo del Polo a causa del cambio climático.

Quizá si Thomas supiera que me he comprometido en ayudar a los inmigrantes colaborando con la parroquia, podría llegar a pensar que no me conoce del todo y que lo nuestro aún tiene remedio.

En cuanto a Felicitas y Penny, se llevarían una sorpresa mayúscula si supieran que voy a dar clases de ballet a unas niñas sin gracia, hijas de inmigrantes ilegales.

Tengo que seguir adelante para recuperar a mi familia. Pero eso no implica que renuncie a que me arreglen los brazos. Mañana por la mañana acudiré puntual a la Clínica Alvarado.

Llevamos varios minutos en silencio. En la mirada de Lucía leo pena y decepción. Pero se va a llevar otra sorpresa.

—Bueno, quizá me he pasado de sincera. Haré todo lo que pueda, pero no me pidáis que me comprometa a lo que no sea capaz.

Podemos empezar con los días y los horarios que habéis fijado porque estamos en verano, pero en septiembre los críos tendrán que ir al colegio y allí también podrán acceder a clases extraescolares.

Por el momento, me comprometo durante el verano, y ya hablaremos en septiembre.

Ahora la mirada de Lucía es de agradecimiento; la de Pablo, de asombro, lo mismo que las de Cari, Luis y Enrique. Incluso en la de Sisa veo agradecimiento. Solo Jasy me mira con desprecio.

De regreso a casa, Lucía no deja de agradecerme que esté dispuesta a dedicar el verano a los niños.

—Me habías dado un susto y un disgusto —me dice apretándome el brazo.

—Ya, pero, por favor, procura no comprometerme en gastos que me pueden suponer un problema, y sobre todo en esta situación tan rara con Thomas. No puedo empezar a gastar a mi antojo un dinero que es de los dos. No somos ricos, Lucía.

—Ya me gustaría no ser tan rica como tú —me responde con cierta ironía.

—¿Por qué sigues con nosotros si te has sacado el bachillerato?

Mi pregunta la desconcierta, pero tengo que saberlo.

En los dos últimos días he conocido a una Lucía distinta, que habla como si diera un discurso.

Y no solo porque ha estudiado con la ayuda de Thomas; es que tiene opiniones sobre todo, opiniones que no son ninguna tontería.

Seguramente podría encontrar un trabajo mejor que el de cuidar una casa ajena y una familia que no es la suya.

—Una buena pregunta que también me hizo Thomas y que me he hecho a mí misma.

—¿Cuál es la respuesta? —insisto molesta porque mi marido la haya invitado prácticamente a darnos con la puerta en las narices.

—Pues, analizados los pros y los contras, y dada la edad que tengo, difícilmente podría encontrar un trabajo en el que me pagasen tan bien como vosotros, y aunque lo hicieran, tendría que buscar un lugar donde vivir, porque si algo descarto es irme a vivir a casa de Rosa.

En tu casa dispongo de mi propio apartamento y acuérdate de que renunciaste a la sala de billar para que yo tuviera más espacio: una habitación pequeña para Rosa y una salita de estar.

»Como eres buena persona y Thomas mucho más, cuando Penny nació decidisteis que me vendría bien una ayuda de fuera, de manera que todas las semanas viene alguien a ayudarme: primero fue Bibi; después, Paquita, Elena…

—Sí, han pasado unas cuantas —admití.

—Soy bastante exigente a la hora de trabajar. Ahora estoy muy contenta con Rosalía. Es una buena chica y se esfuerza por aprender. Además, sabe coser, que es algo que a mí no se me da muy bien.

—Pero puedes aspirar a más y además tienes a Oswaldo —le respondo con el deseo de que insista en lo bien que está.

—Ya, pero tengo unos años y no me sería fácil encontrar otro trabajo tan cómodo como este.

Y dispongo de tiempo libre, nunca me has fiscalizado cuando entro o cuando salgo.

Oswaldo y yo estamos bien así. De manera que no, no tengo intención de irme.

Envejeceremos juntas. Bueno, tú ya lo has hecho, a mí aún me falta un trecho.

Me muerdo la lengua. O la despido, que ni se me ocurre, o sonrío como si hubiera dicho algo gracioso.