Una familia moderna Capítulo 5. Martes #2
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Capítulo 5. Martes #2

—Yo, la verdad es que no sé si estoy capacitada para dar clases de gimnasia. El ballet no tiene nada que ver con la gimnasia, y además esos chicos… Creo que les gusta el deporte bruto —me atrevo a decir.

Pablo asiente mientras termina de tragar otra cucharada de lentejas.

—Bueno, algo se te ocurrirá —interviene Luis.

—Pues no, no se me ocurre nada. Quizá vosotros podríais organizar un equipo de fútbol, creo que eso es lo que de verdad les gustaría a esos chicos.

—Ya, pero a mí no me gusta el fútbol y no sé jugar porque tengo los pies planos —confiesa Luis.

—Y yo no he dado un balonazo en mi vida, llevo gafas y siempre he procurado escaquearme de hacer deporte —añade Enrique.

—Y yo tengo setenta años y he sido bailarina, no futbolista ni profesora de educación física. —La verdad es que me estoy enfadando.

—Pues si no quieres darles clase de gimnasia, ya nos dirás qué se te ocurre —me reta Pablo.

—Quizá podría darles clase de inglés. Martha habla inglés a la perfección. Se me debería haber ocurrido. —Lucía me mira entusiasmada por su propuesta.

—Decidido, que les dé inglés —sentencia Pablo mientras rebaña el plato.

—Pero… los chicos necesitan actividad —protesta Jasy.

—Aprender inglés es una actividad —insiste Lucía.

—Que requiere libros, cuadernos… —dice Jasy mirando a Lucía.

Lucía me mira a mí y como no digo ni palabra, lo dice ella por mí:

—Estoy segura de que Martha puede correr con los gastos de material. ¿Verdad que sí?

Asiento sin demasiado entusiasmo. Desde que Lucía me ha enredado en su compromiso con la parroquia, estoy gastando más dinero del previsto. Me he cansado de decirle que no somos ricos, que vivimos bien, pero que no somos ricos, pero eso no le entra en la cabeza.

Esta mañana he pagado treinta entradas al zoo y el alquiler de un autobús. También me ha comprometido para comprar las zapatillas y las mallas de hacer ballet, pantalones, camisetas y zapatillas de deporte para los chicos. O sea, una «pasta», como diría Penny.

—Pues asunto concluido. Martha dará clases de inglés a los chicos y aportará el material que necesiten —dice Enrique, que parece encantado de la situación.

Jasy me mira antes de hablar. Me pongo en lo peor. Le caigo mal y ella a mí también, pero procuramos que no se nos note mucho. Al menos, por ahora.

—Es muy machista eso de que las niñas aprendan ballet y los niños, inglés. Creo que las niñas que quieran también deben poder ir a las clases de inglés y… también nosotras, las madres, podríamos recibir clases de inglés. Nos vendrá bien para encontrar un trabajo.

—Yo… lo siento…, pero no tengo tantas horas para dedicar a la parroquia.

Noto la mirada de todos en mí. Entre el reproche y el estupor. Ellos dedican sus vidas a la solidaridad, y me parece bien. Pero yo… yo tengo otros problemas. Mi marido me ha abandonado, mi hija y mi nieta no me hablan y, además, mañana me van a colocar hilos tensores en los brazos.

—Pero, Martha, no son tantas horas las que tienes que dedicar a la parroquia. Tres días por semana, clases de ballet, y otros tres a las clases de inglés. Claro que hay que buscar al menos dos horas más a la semana para las madres, quizá los sábados y los domingos… —dice Pablo.

Me enfado. Sí. Me parece un abuso lo que pretenden. Y me fastidia que Lucía no me eche una mano.

—Yo tengo una vida… Lo siento, no puedo ni quiero dedicar lo que me queda de vida a los problemas de la parroquia. Vosotros…, bueno, Pablo es cura y es su obligación, y vosotros…, es vuestra decisión.

—Pero, Martha… —protesta Lucía.

—No, no me vais a organizar la vida. Vosotros tenéis vuestras prioridades y yo, las mías.

Comprendo que el trabajo solidario es muy bonito y os permite dormir bien por las noches, pero es vuestro trabajo y vuestra opción, no la mía.

En realidad, no quiero dar clases de ballet, ni de inglés ni de nada.

Decepción y espanto. Eso es lo que veo en sus miradas, salvo en la de Jasy. En los ojos de Jasy hay un aleteo de desprecio con un toque de burla, como si yo sola me hubiese desenmascarado.

—Al menos, ¿pagarás? —pregunta con descaro.

—Pagaré lo que pueda. No soy rica y no dispongo de medios para asumir todo lo que decís que se necesita.

Se hace el silencio. Creo que las lentejas nos están revolviendo el estómago a todos. Pablo me mira con asombro. Cari con pena. Enrique y Luis evitan mirarme y Lucía lo hace con rabia. En la mirada de Jasy hay resentimiento. Pienso que si pudiera, me mataría sin pestañear.

Siento náuseas. Me siento una miserable por todo lo que acabo de decir.

Sus miradas de decepción me duelen. Todo es culpa de Lucía, que se ha empeñado en que deje de preocuparme por mis brazos y busque un camino en la vida que merezca la pena, y ese camino cree que pasa por ayudar al prójimo.

Ella ha hecho de Oswaldo, de mi familia y del trabajo en la parroquia la justificación de su vida, pero lo que a Lucía le satisface a mí no me interesa.

Hay personas que llenan su vida dedicándose a otros, y me pregunto si es solo por bondad o porque es una forma de vida, una profesión como otra cualquiera.