Capítulo 5. Martes
Martes
S on las siete. Como no he pegado ojo, he decidido levantarme e irme al gimnasio antes de que Lucía me recuerde que tenemos que ir a la parroquia.
La escucho trajinar en la cocina y dudo en decírselo, pero al final asomo la cabeza por la puerta.
—No voy a desayunar, me voy al gimnasio, estaré un par de horas, hasta luego.
Cierro la puerta satisfecha. Lo he dicho todo de corrido para evitar cualquier réplica; acelero el paso y no respiro hasta que no estoy en la calle.
No hay un solo taxi a la vista. Los taxistas se quejan de que no hay trabajo, pero nunca están cuando se les necesita. Ando un buen trecho hasta la Castellana y allí paro a uno. No es que vaya muy lejos, a cuatro manzanas, pero no me gusta andar.
Hoy no disponen de ningún entrenador para mí, me las tengo que arreglar sola. Haré ejercicios con las mancuernas, tengo que ser capaz de levantar más peso del que vengo levantando hasta ahora.
Me canso pronto, pero no quiero regresar a casa no vaya a ser que Lucía me esté esperando para ir a la parroquia.
El párroco dijo que deberíamos ir a las diez para reunirnos con las madres y con sus hijos para ver quién se apunta a ballet y quién a gimnasia.
Creo que no es necesario que yo vaya, pero anoche Lucía me dijo que era imprescindible que conociera a mis alumnos.
A las nueve y media empieza a sonar el móvil. Sé que es Lucía. Le digo que iré directamente a la parroquia y eso parece tranquilizarla.
Llego tarde y además en chándal, pero a nadie parece sorprenderle el aspecto que tengo.
Pablo y Lucía me presentan.
—Esta es Martha. Como ya os hemos dicho, dará clases de ballet y de gimnasia.
Ahora tenéis que decir quién se apunta a una cosa o la otra.
Martha se ha comprometido a dar una donación para que Cari compre los equipos de ballet y de gimnasia, de manera que pensad muy bien qué queréis hacer.
Si alguno prefiere formar parte del coro, que vaya adonde está Luis, todavía no ha terminado de hacer las pruebas de voz.
Los niños hablan todos a la vez; sus madres sonríen unas y me miran con desconfianza otras.
—Ahora Martha os explicará en qué consistirán las clases de ballet y las de gimnasia. Tenéis cinco minutos para pensar qué queréis hacer e ir a decírselo a Cari.
Pablo se me acerca y me dice en voz baja: «Has hecho bien en venir en chándal». No sé qué responder y me callo.
Lucía se coloca a mi lado y me susurra: «Es tu turno, te toca».
No sé muy bien qué esperan de mí ni qué es lo que me toca.
La mayoría de las niñas están gorditas y mofletudas y no tienen ninguna gracia.
En cuanto a los niños, están escuálidos, a lo mejor entre ellos hay alguno que sea capaz de hacer bien un plié .
—Habla —me insiste Lucía.
Carraspeo y miro a las madres y a sus criaturas, que me observan entre curiosas e indiferentes.
—Soy bailarina…, bueno, lo fui, y aquí en la parroquia creen que a algunos os gustaría aprender ballet. —Me quedo en silencio, ¿qué más puedo decir?
Lucía me da un codazo mientras da un paso adelante y se dirige a las madres y a sus hijos:
—Lo primero que vamos a hacer es apuntar los nombres de los que queréis hacer ballet y los que preferís gimnasia rítmica.
¿Gimnasia rítmica? No me habían dicho nada de gimnasia rítmica.
—O simplemente gimnasia. Eso os lo irá diciendo Martha. Ahora os vamos a pasar unas imágenes para que veáis en qué consiste el ballet.
Unos chicos colocan una pantalla mientras las madres aguardan expectantes y sus hijos hablan y gritan.
—¡Silencio! —La voz de Lucía no admite réplica y todos se callan.
Al fondo de la sala, sentado frente a una mesa, un joven que no debe de tener ni veinte años maneja el ratón del ordenador.
De repente aparezco yo en la pantalla, en una de mis actuaciones de La muerte del cisne .
Estoy muy joven, creo que esa secuencia corresponde a un reportaje que hace años realizaron en el Teatro Real.
Año 1970. Fue una casualidad que me dejaran bailar como solista, la suerte me acompañó porque a la primera bailarina se le había muerto su padre.
Visto con perspectiva, tengo que reconocer que bailé bastante bien.
También sé que no me dieron la oportunidad por mi talento, sino porque uno de los productores de la compañía quería meterme en su cama.
La actuación me costó un revolcón con aquel tipo gordo al que le olía el aliento.
Lo peor es que no me sirvió de mucho. En cuanto la primera bailarina regresó del duelo, yo volví a ser un cisne más.
Cuando terminó el reportaje, las madres comenzaron a aplaudir. Lucía me sonrió satisfecha.
—Ahora les dejamos que hablen entre ellos y ya verás.
Diez minutos más tarde, la lista más larga era la de las niñas que se apuntaban a ballet. Ni un solo niño. Ellos optaban por la gimnasia, pero advirtiendo que querían hacer gimnasia «de verdad», que no querían hacer «cosas de chicas».
Lucía me instó a que los tranquilizara asegurándoles que solo harían gimnasia.
Aun así, no me resistí a decir que el ballet no era «solo» cosa de chicas y que había muchos papeles para chicos.
Pero esos niños llegados de lo más profundo de América no se veían haciendo piruetas de ballet, su masculinidad quedaría en entredicho. ¿Qué pensaría Penny?
Un tanto molesta, me acerqué a hablar con algunas de las madres y me explicaron que si alguno de los críos le decía a su padre que iba a hacer ballet se llevaría una buena paliza.
Fue inútil intentar convencerlas de que los chicos eran imprescindibles en las obras más importantes de ballet.
Me miraban y sonreían, pero negaban cualquier posibilidad de que sus chicos pudieran ser bailarines de ballet clásico.
Entonces les pregunté si les dejarían hacer «ballet moderno».
Ellas quisieron saber en qué consistía e intenté explicárselo, pero también negaron con la cabeza.
Los niños harían gimnasia y ya está. Y me hicieron saber que les disgustaba que fuera una mujer la que les diera las clases de gimnasia, a sus padres no les iba a gustar.
Las clases comenzarían el jueves. El miércoles, tal y como había acordado con Lucía, irían por cuenta mía al zoo.
No estaba dispuesta a renunciar a que me pusieran los hilos tensores en los brazos.
Como Cari trabaja en un colegio dando clases en primaria, tiene experiencia en esto de organizar excursiones y conoce algunas empresas de las que trabajan con su colegio, en un abrir y cerrar de ojos ya estaba contratado el autobús.
Pablo insistió en que «los monitores» nos quedáramos a comer con él en la parroquia. Yo intenté resistirme, pero Lucía me dijo que no podíamos hacer «ese feo» al párroco. Él mismo había preparado el almuerzo.
Me sentó a su derecha, toda una deferencia; a su izquierda, Lucía, y frente a él, Cari flanqueada por Luis y Enrique. También había dos «madres», dos mujeres que sin duda tenían capacidad de liderazgo, porque se notaba que influían en el grupo.
Se presentaron diciendo: «Yo soy Sisa, de Ecuador. Y yo Jasy, de Paraguay».
Sisa, de estatura mediana, tiene los ojos castaños oscuros, la piel de color miel y el cabello negro, pero no es un negro rotundo.
Creo que entre sus antepasados debía de haber algún europeo.
En cuanto a Jasy, responde a la idea que tenemos de los indígenas: es de pequeña estatura, piel oscura, cabello negro reluciente, cara ancha, ojos rasgados.
No soy capaz de calcular cuántos años tiene cada una; siento curiosidad, pero no me atrevo a preguntar.
Pablo no es mal cocinero, aunque, dadas las fechas en las que estamos, comer lentejas guisadas con verduras se me ha hecho cuesta arriba. Pero no he dejado ni una en el plato porque la mirada de Lucía me advertía de que si no comía estaría haciendo un feo al párroco y al resto de los comensales.
Menos mal que las lentejas no llevaban chorizo ni tocino, porque, de lo contrario, me habría negado.
No porque no me guste, sino porque hago mal la digestión.
Durante muchos años he comido lo justo para no morirme porque los directores de los ballets no te perdonaban que engordaras ni un gramo, y ahora no me lo perdono yo.
Enrique nos informa de que mañana mismo Oswaldo, el novio de Lucía, comienza con los trámites para legalizar a todas esas familias que han buscado ayuda en la parroquia.
—Pero cada vez nos lo ponen más difícil. Lo primero que necesitan es un certificado de empadronamiento.
—Pues hacemos como otras veces, los empadronamos a todos aquí —propone Pablo.
—Luego les solicitan certificados de antecedentes penales, contrato de trabajo, informe de arraigo social, pagar las tasas…
—¿Y si no consiguen todos esos papeles? —pregunto a Enrique.
—Pues, si les pillan, los expulsan.
Sisa y Jasy me miran como si hubiera hecho una pregunta tonta. Seguramente tienen razón, pero es que ignoro todo sobre los inmigrantes.
—Y sabiendo lo que les puede pasar, ¿por qué se arriesgan? —pregunto de nuevo evitando la mirada de Sisa y Jasy.
—Porque en nuestros países no hay futuro para nuestros hijos, solo lo hay para quienes son ricos, que se benefician del trabajo casi de esclavos de gente como nosotros. Y porque tenemos hambre. Sí, hambre.
Bajo la mirada al plato de lentejas porque me ha asustado la rabia que traslucen las palabras y la mirada de Jasy.
Le caigo mal y no lo disimula. A mí ella tampoco me gusta.
Prefiero a Sisa; es más tranquila, más conciliadora.
—No imaginas lo difícil que se lo ponemos —dice Enrique sin mirarme.
—Ya…, pero…
No digo más. No quiero decir lo mismo que dicen los partidos xenófobos que ahora abundan por Europa. Además, ya estoy metida en sus problemas por culpa de Lucía y no sabría cómo salir. Y todo porque mi marido y mi hija y mi nieta se han marchado.
Cari rompe la tensión que se ha instalado entre las madres y yo diciéndome que esta tarde me pasará por WhatsApp el listado de las alumnas que se han apuntado a ballet y el de los chicos a gimnasia.