Una familia moderna Capítulo 4. Lunes #4
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Capítulo 4. Lunes #4

—Asunto arreglado, ahora Lucía y Enrique se van a reunir con ese grupo de mujeres recién llegadas.

Cari y Luis, podéis entretener a los niños contándoles lo que les espera a partir de mañana y haciendo una lista de quién se va a apuntar al ballet o a gimnasia; si alguien se quiere apuntar a las dos cosas, no hay problema.

—Pero… yo no puedo dar dos clases a la vez…

—Ya, ya lo sé. Pero mientras das clase de ballet, Luis dará de canto y Cari de refuerzo. El caso es tenerlos ocupados.

Salí de la parroquia con dolor de cabeza. De camino a casa le reproché a Lucía que no me hubiese dicho que Pablo era el párroco.

—Pero si te he hablado de él.

—Ya, pero es que no parece cura.

—Es que los curas ya no son como cuando eras pequeña. Tienes que cambiar el chip.

—¿Y qué haremos el miércoles? Tengo la cita para que me pongan los hilos tensores… y… bueno, no pienso renunciar a arreglarme los brazos.

—Entonces llevaremos a los niños al zoo. Si te parece, podemos comprar por internet treinta entradas para el miércoles como ha dicho Pablo. Y ya que te has ofrecido a pagar un autobús, voy a ver si encuentro alguna empresa que los alquile.

Asentí sin rechistar. Me daba cuenta de que Lucía me manipulaba a su antojo, pero hasta el momento era la única persona que no me había abandonado.

Ya no había vuelta atrás y si la hubiera, me costaría perder a Lucía, y a eso no estaba dispuesta. Si Thomas regresaba a Madrid o si cuando Felicitas y Penny volvieran de Gijón no encontraban a Lucía, no me lo perdonarían y lo mismo me abandonaban para siempre.

No tenía ganas de cenar. Hacía demasiado calor y además necesitaba pensar en lo que me estaba sucediendo.

Mi marido, mi hija y mi nieta me habían abandonado.

Lucía me había embarcado en hacer algo que no me interesaba y además me preocupaba el resultado del tratamiento al que me iba a someter con los hilos tensores.

Tenía el libro de Nora Ephron en la mesilla y lo releí durante un buen rato.

Si a ella la crítica la ha tenido como una intelectual por escribir quejándose de su cuello, no sé por qué yo voy a ser menos por arreglarme los brazos.

Ella escribió un libro, de lo mío solo se va a enterar mi familia y esas mujeres arrogantes de la Clínica Alvarado.

El sonido del móvil me alerta. Es mi cuñada Irene. Por su tono de voz parece contenta.

—Perdona que no te pude ver el otro día mientras estabas con la doctora García, pero estamos con el inventario y organizando la nueva temporada. Ya sé que el miércoles te ponen los hilos, ya verás lo bien que te van.

—¿Me harán mucho daño? —pregunté temerosa.

—Nada. No te vas a enterar. Y ya le he dicho a la directora y a la doctora que quiero estar contigo.

Se lo agradecí. Irene me transmitía confianza y estaba segura de que no permitiría que me hicieran nada que me pusiera en peligro.

Cuando terminamos de hablar apagué la luz. Necesitaba pensar en todo lo que me estaba pasando.

Echaba de menos a mi familia, no me había dado cuenta de lo que los necesitaba. Pensaba que me sobraban, que lo único que hacían era darme problemas, pero la soledad que me habían impuesto era mucho peor.

Me dolía que Thomas no me hubiese llamado. Mi marido me ignoraba lo mismo que mi hija y mi nieta. En el caso de ellas podía entenderlo porque habíamos discutido, pero Thomas no tenía ninguna razón para dejarme plantada.

Encendí la luz y le llamé. Las once de la noche en Madrid son las cinco de la tarde en Boston, de manera que mi llamada no podía importunarle, o eso creía yo.

No parece muy contento al oír mi voz.

—Thomas…

—¿Te pasa algo?

—No, no me pasa nada, solo quiero saber cómo estás, como no me has llamado…

—No he parado de ir de reunión en reunión, ahora estoy con Mary y otros colegas…

—Lo que significa que no puedes o no quieres hablar.

—Martha, por favor…

Le cuelgo el teléfono. En realidad, lo tiro contra la pared. ¿He perdido a Thomas? Estaba segura de que tendría marido hasta el día de mi muerte y de repente me había dejado plantada para irse a Boston con la odiosa Mary y el resto de los carcamales de Harvard.

¿Se preocuparía por haberle colgado el teléfono y me llamaría?

Eso es lo que deseo, lo que espero, pero pasan los minutos y el teléfono sigue en silencio.

Bueno, a lo mejor se ha roto al estrellarse contra la pared.

Me levanto de la cama y lo recojo del suelo.

El teléfono funciona. No está roto. No puedo engañarme: Thomas no quiere hablar conmigo. He dejado de ser una prioridad para él.

No pego ojo en toda la noche. Pienso que quizá debería irme a Boston para hablar con Thomas.

Pero soy capaz de reconocer cuándo pierdo una batalla y por más que me duela me doy cuenta de que mi marido ha empezado a pasar página.

¡La maldita Mary! Siempre la desprecié por fea y por estúpida, pero está sabiendo jugar sus cartas, y su carta con Thomas es la Filosofía.

Una jugada inteligente al proponer que dirija un seminario el próximo cuatrimestre.

¿Qué le ofrezco yo? ¿Qué puedo ofrecerle? Me paso el día pendiente de mis brazos y quejándome de las llantinas de Felicitas y las ideas atrabiliarias de Penny.