Una familia moderna Capítulo 4. Lunes #3
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Capítulo 4. Lunes #3

—Te resumo la reunión: a partir de mañana a las nueve, esta señora va a dar clases de ballet y de gimnasia.

Luis dará clases de canto y Cari de refuerzo de las asignaturas que los niños no hayan aprobado o se les hayan atragantado.

Así cubrimos mañana y tarde. Como siempre, Lucía se encargará de coordinar todas las actividades y resolver los problemas.

Sin ella estaríamos perdidos —dice Pablo mirando con afecto a Lucía.

Yo quiero decirles que no pienso dar ni una sola clase, que les daré un donativo sustancioso para que compren todas las entradas que quieran para ir al zoo, al parque de atracciones y alquilar autobuses para las excursiones, y que no me van a volver a ver el pelo.

Pero cuando voy a decirlo, Luis me pregunta sonriente:

—Así que fue usted una bailarina famosa. A mí no me gusta el ballet, pero le he dicho a mi mujer que a lo mejor la conocía esta tarde y me ha dicho que fue usted muy importante. Sus abuelos la vieron bailar en San Sebastián.

Menuda bofetada me acaba de dar el director del coro.

Él debe de tener como treinta años y supongo que su mujer tendrá más o menos la misma edad, y por lo que ha dicho sabe que soy bailarina por sus abuelos.

Estoy por levantarme y marcharme dando un portazo, pero no puedo hacerlo por Lucía.

No me lo perdonaría. De repente soy consciente de lo mucho que la necesito.

¿Qué sería de mí si Lucía se marchara? Estoy segura de que no le costaría encontrar otro trabajo porque es seria y eficiente, además de honrada.

De manera que me quedo intentando sonreír.

—He hablado con varias de las ONG que reciben y ayudan a los inmigrantes para que acojan a algunas de las familias que han venido buscando ayuda a la parroquia. Pero están igual de desbordados que nosotros —dice Pablo, que no parece estar interesado en que soy una vieja gloria del ballet.

—Sí, Oswaldo y yo también lo hemos hecho, pero sin resultados; además, estamos en julio y en Madrid todo se para en verano —responde Enrique.

—Solo podemos hacer lo que estamos haciendo, dejar a los nuevos dormir aquí; al menos estarán bajo techo y no correrán peligro de que los detengan o les hagan algo —afirma Lucía.

—Pero que se queden aquí no es solución… No tenemos camas, ni cuartos de baño más que el mío, que gustosamente comparto —responde Pablo.

—Es lo que hay. No vamos a echarlos a la calle —insiste Lucía cruzando su mirada con la de Pablo.

—¿Conocemos alguna familia que necesite a alguien para trabajar? Limpieza, jardinería, lo que sea… —propone Cari.

Ninguno responde, yo tampoco. En casa no necesitamos a nadie, nos bastamos con Lucía.

—Ahora mismo tenemos cuarenta familias. Debemos encontrar una solución —insiste Pablo.

—¿Y el párroco? ¿Qué hace el párroco? —pregunto por decir algo.

Me miran sorprendidos como si hubiera dicho una tontería.

—Pues el párroco dice lo que llevas una hora escuchando. Que estamos desbordados y que ya no sé qué hacer para ayudar a esta gente.

Me quedo callada. O sea que Pablo es el párroco. Lucía debería habérmelo dicho. No parece ni párroco, ni cura ni nada. ¿Desde cuándo los curas van de paisano? Este no lleva clergyman , sino una camisa de cuadros de manga corta y sandalias. ¿Cómo voy a saber que es cura?

—Lo siento, no sabía que usted es el párroco.

—Cómo vas a saberlo si nunca te hemos visto el pelo por aquí —me responde.

—Es que… No quiero engañarles… A lo mejor no soy la persona que ustedes necesitan…

Yo no soy creyente. No voy a misa desde la primera comunión, me casé en Londres por lo civil, no bauticé a mi hija y mi nieta tampoco está bautizada…

Creo que es mejor que me vaya…, aunque me gustaría que aceptaran mi donación.

Lo he dicho de carrerilla, todo seguido. Todos me han mirado con indiferencia como si no tuviera ninguna importancia lo que han oído.

—¿Y qué tiene que ver que no creas en nada para que ayudes a tus semejantes? Ya te las arreglarás con Dios el día en que llegues a su presencia —dice Pablo.

—Pero… bueno, como soy atea a lo mejor no soy la mejor profesora para los niños.

—Puedes ser atea y enseñar ballet y gimnasia. No estás aquí para hablar de religión. Lo que tú creas o dejes de creer pertenece a tu conciencia. Nosotros tenemos un problema: treinta niños a los que atender durante el verano —insiste Pablo.

—Pero soy atea —insisto porque creo que no se dan cuenta de lo que estoy diciendo.

—No hace falta que lo repitas. Eres atea.

Peor para ti. Lo importante es que mañana a las nueve estés aquí y tengas el buen tino y la paciencia de enseñar a unos niños que muchos de ellos están traumatizados: unos llegaron en pateras, otros han perdido a sus padres por el camino…

En fin, que tú creas o no creas no es nuestro problema sino el tuyo.

—Pablo no me da tregua. Es más duro que el pedernal y mi alma le trae al fresco, lo único que le importa es qué hacer con esos treinta niños.

—Creía que para dar clases o echar una mano en la parroquia se requería ser creyente —respondo por decir algo.

—No, no creo que para dar clases de ballet o de canto haya que ser creyente, sino tener el talento necesario para enseñar.

Y paciencia, sobre todo paciencia. Como puedes suponer, muchas de esas criaturas ni siquiera saben lo que es el ballet.

Y ya que has dicho que ibas a hacer una donación, una vez que conozcas a los críos y sepamos cuántos van a ir a tus clases y cuántos a gimnasia, podrías darles una «beca» de vestuario.

Cari se puede encargar de buscar a buen precio lo que sea que se necesita para el ballet; para gimnasia, con unos pantalones cortos, una camiseta y deportivas van sobrados.

—Sí… sí…, por supuesto…, compraré lo que necesiten… —respondo azorada.