Capítulo 4. Lunes #2
—Les aconsejo los pasos a dar. Pero no lo hago sola, en las charlas siempre participa Enrique, que es el abogado en cuyo despacho trabaja Oswaldo.
Él se suele encargar de intentar arreglar los papeles de quienes llegan como llegué yo, a la buena de Dios.
Hay que ayudar al prójimo, Martha. Hacer por los demás lo que nos gustaría que hiciesen por nosotros.
No sabes el miedo que pasas cuando eres una inmigrante ilegal.
Temes que la policía te pare, que te lleven a uno de esos centros de detención y que te deporten.
—Es un riesgo que saben que van a correr —respondo sin mucho interés por lo que me está contando.
—Pero ¡qué odiosa puedes llegar a ser! —Lucía lo dice con rabia.
Reconozco que su reacción me sobresalta. Nunca se ha dirigido a mí más que con palabras de cariño, y de repente me dice lo mismo que mi Penny, que soy odiosa.
Nos miramos la una a la otra con la misma sorpresa. Ella por lo que ha dicho y yo por lo que he oído.
—No te mereces nada de lo que tienes —murmura mientras se da la vuelta.
Y ahora, ¿qué hago? Debería despedirla por lo que me ha dicho, pero… no, no podría, la necesito. Es mejor que yo en todo. Tendría que haber aprendido de ella, pero no lo he hecho. La sigo a la cocina.
—No me interpretes mal, en realidad lo que quería decir es…
—Lo que has dicho. No te importan los demás. Solo te importas tú. Si no te importan ni tu marido, ni tu hija ni tu nieta, raro sería que te interesaran unas mujeres emigrantes ilegales como lo fui yo. Lo que me pregunto es por qué me recogiste pensando como piensas.
—A lo mejor no soy tan mala como crees. O al menos no lo era antes. Perdona, Lucía, es que estoy un poco desconcertada, no esperaba pasar el verano así… Me preocupa que Thomas se haya ido y me duele la actitud de Felicitas y Penny.
—Pues cambia, deja de mirarte los brazos y mira a los demás.
—Es que para mí el estado de mis brazos es un problema.
Mi familia debería ser más solidaria con mis preocupaciones.
Pero a lo mejor también yo debo estar más atenta a los demás.
Lo haré… o procuraré hacerlo. Es que… no se me ocurre qué puedo hacer.
El miércoles me pondrán los hilos tensores, pero después… En fin, estoy hecha un lío.
—Por una vez en tu vida podrías hacer algo por los demás.
—Sí, vale, pero ¿qué crees que puedo hacer? —respondo todo lo compungida de lo que soy capaz.
—Pues podrías acompañarme a la parroquia.
Además de la charla con las mujeres, el párroco quiere que hablemos para organizar algo para los niños durante el verano.
Hijos de inmigrantes que no pueden veranear porque los que tienen suerte sus madres están trabajando y los que no la tienen ven cómo sus madres se desesperan ocultándose de la policía, trabajando de cualquier cosa por lo poco que les quieran dar.
—Ya…, pobrecillos. Si quieres, puedo hacer un donativo, eso les vendrá bien —digo para apaciguar a Lucía.
—Sí, puedes dar un donativo a la parroquia y hacer algo más. Acompáñame.
—¿Yo? ¿Para qué quieres que te acompañe?
—Se me acaba de ocurrir que podrías dar clases de ballet a las niñas, las hay de todas las edades. A los niños también, aunque no creo que les guste el ballet, pero puedes enseñarles otras cosas; gimnasia, por ejemplo. Sí, los que no se apunten a ballet pueden hacerlo a gimnasia.
Me quedo muda. No sé cómo decirle que no.
Hace años me proponían —y me hubiesen pagado bien— dar alguna clase magistral en alguna compañía de ballet.
Siempre me negué. Pero ahora… ahora Lucía quiere que dé clases a unas niñas hijas de inmigrantes que seguramente no saben ni lo que es el ballet. Es absurdo.
—En cuanto almorcemos nos vamos, el párroco está preocupado porque no sabe qué hacer con tanto niño.
No me atrevo a replicar. Cuando lleguemos a la parroquia ya encontraré la manera de librarme de la propuesta disparatada de Lucía.
De repente parece contenta. Mientras almorzamos me ha contado que en estos momentos en la parroquia hay una treintena de niñas y niños.
El cura ha convertido el salón de actos de la iglesia en guardería y con la ayuda de algunas mujeres evita que los niños deambulen por la calle. Los hay de todas las edades.
Lucía no para de alabar al párroco y a los vecinos de la zona que contribuyen a que esos niños tengan algo que llevarse a la boca «al menos durante las horas que están allí».
La escucho mientras voy pensando en cómo escaparme de lo que me sigue pareciendo un sinsentido.
No conozco al párroco; en realidad, no he vuelto a la iglesia desde que hice la comunión.
Mi madre se empeñó y mi padre accedió, pero nada más.
Entre los recuerdos de mi infancia no están las misas de los domingos.
No soy creyente, pero de nada. No me ha dado por el budismo ni nada por el estilo.
Espero que en cuanto le diga que no soy creyente me despida con cajas destempladas porque pensará que puedo ser una mala influencia para los niños.
Nada más almorzar me voy a mi habitación mientras Lucía coloca los platos en el lavavajillas.
¿Qué debo ponerme para ir a la parroquia?
Lucía va vestida como en casa. Haré lo mismo: pantalón blanco, camisa blanca y sandalias.
Supongo que el párroco valorará que no lleve escote ni los brazos al descubierto.
A la entrada de la parroquia hay un grupo de mujeres que saludan a Lucía. Me doy cuenta de que es una líder. La tratan con tanto respeto como deferencia.
Me presenta a algunas mujeres que me estampan unos cuantos besos en las mejillas. No soporto esta costumbre tan española de ir besándose con el primero que conoces, pero no digo nada.
Lucía me observa de reojo temerosa de que meta la pata, pero he decidido no dejarla mal, aunque, eso sí, no pienso dar ninguna clase.
En el despacho del párroco hay una mujer joven y dos hombres. Lucía me presenta:
—Pablo, esta es mi jefa.
—Siéntate donde puedas —me dice el hombre que está sentado en lo que parece la silla del despacho del cura.
Pienso que todos los que estamos allí somos voluntarios, bueno, yo no pienso serlo, pero eso ya lo diré en cuanto llegue el párroco.
El tal Pablo debe de tener unos sesenta años, está delgado y me mira con desconfianza. Creo que no le he caído bien. Al otro hombre me lo presentan como Luis, y a la joven como Cari; ella añade: «Cari, de Caridad». Asiento con la cabeza y una sonrisa de circunstancias.
—Bien —dice el tal Pablo—, Lucía me ha llamado hace media hora para decirme que aquí su jefa está dispuesta a dar clases de ballet a las niñas y niños que quieran.
También puede dar gimnasia a los que no les guste el ballet.
Nos vendría bien que las clases fueran por la mañana.
Si te viene bien empezar a las nueve… Las familias dejan aquí a los niños antes de irse a trabajar o a buscar trabajo o a hacer todo ese papeleo insoportable para conseguir dejar de ser ilegales.
Los que no quieran ni bailar ni hacer gimnasia recibirán clase de canto de nuestro director del coro. ¿Conforme, Luis?
—Por mí, estupendo. Seguro que descubrimos unos cuantos talentos. También podemos organizar visitas a algún museo, sé que es un lío, pero a los niños les encantará.
—Los niños preferirán que los llevemos al zoo o al parque de atracciones —interrumpe Cari, que es una joven que no ha debido de cumplir los veinticinco.
—Pero no podemos llevarlos todos los días ni al zoo ni al parque de atracciones, entre otras cosas, porque cuestan una pasta —responde Pablo.
—Bueno, en este barrio hay gente que está en buena situación económica, pueden estirarse y dar un donativo para las actividades de los niños —insiste Luis.
—Yo… yo puedo dar un donativo. Díganme cuánto sería necesario. —Lo he dicho precipitadamente con el convencimiento de que si doy un donativo me podré marchar y se olvidarán de su pretensión de que dé clases de ballet y de gimnasia.
—Pues muy bien, podrías hacer una donación de tíquets del zoo y del parque de atracciones. Los sacaremos por internet —concluye Pablo.
—No estaría mal que de cuando en cuando los lleváramos de excursión a la sierra.
Alquilamos un autobús, preparamos bocadillos y buscamos un sitio para pasar el día cerca de algún riachuelo que no sea peligroso.
Los padres que quieran venir nos servirán de ayuda —propone Cari, que utiliza como argumento que en «su» colegio, cuando hacen excursiones, involucran a los padres.
—Eso es más complicado, mira que si se nos pierde un niño o se cae… —alega el tal Pablo.
—Por eso debemos invitar a los padres que disponen de tiempo que nos acompañen. Hace tanto calor en Madrid, a los niños les encantará respirar aire puro —insiste Cari.
—¿A ti qué te parece, Martha? —me pregunta Pablo.
—La verdad es que no sé mucho de niños, pero supongo que ir al campo les gustará —respondo sin ningún entusiasmo.
—Os aseguro que les encantará. Cuando yo les digo a mis niños que nos vamos a ir de excursión, se ponen contentísimos —vuelve a insistir Cari.
—Lógico, porque así no tienen que dar clase —responde Luis.
—Bueno, yo creo que nos hemos puesto de acuerdo en lo que vamos a hacer. Por cierto, Lucía, ¿dónde está el abogado?
—Creo que todavía no ha llegado, pero no tardará.
—Las mujeres están muy preocupadas, ayer pararon a una en el metro y le pidieron la documentación. Se pegó tal susto que se desmayó. Eso la libró.
Se oye un golpe seco en la puerta, que se abre, y entra un hombre sin esperar a que lo inviten a hacerlo.
—Siento haberme retrasado.
—Pasa, Enrique, y busca una silla.
—Enrique es nuestro abogado. Mi Oswaldo trabaja para él —dice Lucía mirándome.
Enrique me mira sin verme, es decir, sin prestarme atención. Me doy cuenta de que allí no me conocen ni me reconocen, que no soy nadie para ellos salvo la jefa de Lucía.