Capítulo 4. Lunes
Lunes
L os domingos pueden resultar eternos. Después de desayunar con Lucía y asegurarle que estaría bien sola, me dispuse a sobrellevar el día leyendo. No lo conseguí. No fui capaz de concentrarme en la lectura. Ni siquiera me distraje pasando las hojas de las revistas de moda.
Cada dos minutos miraba el reloj con el ansia de que hubieran transcurrido horas. Qué tonta soy, cada minuto que pasa es uno menos de vida y a mi edad no me queda tanta por delante, de manera que debería ser capaz de disfrutar de todas las horas que me regalan los días.
Por la noche, Lucía llegó a eso de las diez y dijo que estaba cansada. A Luz se le había antojado ir al zoo y allá que fueron a pasar el día.
—Ya ves, sigue siendo una niña —me comentó con un deje de ternura.
No le dije que ahora las niñas como Luz y Penny tienen más vida vivida que cuando ella o yo teníamos su edad.
Al menos yo no me planteaba ninguna opción sexual. Era una niña y punto. Una niña a la que se le subían los colores cuando Jaime me miraba.
Jaime era el guaperas de la clase y el más lanzado. Era tan simpático que caía bien a todo el mundo y los profesores le pasaban por alto travesuras que a los demás nos costaban cuando menos una regañina.
¿Qué habrá sido de él? Mejor no saberlo.
Su padre era abogado, de manera que él habrá seguido la tradición familiar y seguramente habrá engordado.
Supongo que estará casado con alguna chica tradicional, tendrán hijos y nietos y almorzarán juntos los domingos, que es lo que hace todo el mundo.
O lo que hacían los matrimonios cuando yo era pequeña.
Ayer, al deambular por la casa, pensé en mi madre, en el disgusto que les dio a sus padres cuando decidió casarse con mi padre.
Menuda idea la de mi madre de casarse con un ferroviario.
Me pregunto si tenían algo en común. Ella le miraba con devoción, como si fuera el hombre más inteligente del mundo, y él la trataba con cierta suficiencia, como si no le terminara de perdonar que mis abuelos estuvieran un escalón por encima de él en el estrato social.
Mi abuelo materno era empleado de banca por la mañana y por la tarde hacía horas extras como contable de las tiendas del barrio.
Mi madre solía contarnos a Alberto y a mí que su padre trabajaba hasta los domingos.
Y que le fastidiaba que le pidieran dinero.
Para él todo era un dispendio. Pero eso le permitió ahorrar, para que sus hijos estudiaran.
¿Y yo qué le voy a dejar a Felicitas? La casa, claro, pero nada más.
No he ahorrado; bueno, un poco, lo suficiente para darme algún que otro capricho, como ahora con el tratamiento de mis brazos.
Me miro al espejo. Hoy me he levantado de muy buen humor porque es lunes y a las diez tengo mi sesión de lo que sea que me vayan a hacer en la Clínica Alvarado.
Lucía entra en la habitación a decirme que el taxi me espera en la puerta. Cuando voy a salir, me vuelvo y le doy un beso.
—Gracias por todo lo que me dijiste el sábado.
Sonríe indiferente. Sabe que nada de lo que dijo me hará cambiar, que seguiré pensando en cómo recuperar la belleza de mis brazos.
Hace mucho calor, pero me he puesto otra de mis blusas y apenas me he remangado.
La recepcionista me sonríe cuando me ve entrar.
—Doña Martha, tiene que rellenar una ficha, después la acompañaré a la cabina donde la doctora García ya la está esperando.
He rellenado la ficha con fastidio. ¿A qué viene tener que poner mi fecha de nacimiento?
La doctora García es una mujer joven, o acaso solo lo parece. Tiene la piel tersa como el culito de los bebés, unos ojos de color azul intenso, y lleva una bata blanca que no oculta sus piernas largas y bien torneadas.
—Ya me ha comentado doña Ana María su preocupación por los brazos y que doña Irene aconseja el tratamiento de los hilos tensores. En cuanto la examine le diré si estoy de acuerdo o si le aconsejo otra opción.
Durante un buen rato me observa los brazos, los levanta, los suelta, me pellizca. Finalmente, da su veredicto:
—Creo que los hilos tensores pueden ser una buena opción, al menos temporal. Son bastante eficaces, su función es de soporte, un soporte invisible que proporciona una elevación natural de la piel. Es como un lifting , pero sin pasar por el quirófano.
—¿Y exactamente qué me va a hacer?
—Pues se trata de insertar hilos con ácido hialurónico en la dermis, es como una malla que tensa los tejidos.
Los hilos se reabsorben, no se preocupe.
La reabsorción estimula la producción del colágeno que vamos perdiendo con la edad.
¿Qué vamos a conseguir? Pues que sus brazos luzcan casi como «nuevos».
—¿Y los efectos secundarios?
—Muy pocos, puede que se le inflame la zona o incluso que le salga algún hematoma, pero nada que le impida hacer vida normal.
—¿Y ya está?
—Bueno, aquí aplicamos esta técnica en tres sesiones; ahora llevaríamos a cabo la primera, dentro de dos meses la segunda y dos meses después la tercera.
También se puede hacer en una sesión, pero yo prefiero hacerlo de esta manera porque dura más.
Eso sí, no le voy a engañar: el efecto se mantiene entre un año y año y medio; he tenido alguna paciente que le ha durado más, pero no es lo habitual.
—¿Y ya está?
—No. En alguna ocasión los hilos se rompen. No es lo normal, a mí no me ha sucedido nunca, pero quiero darle toda la información.
—¿Y cuáles son las consecuencias?
—Pues que se regresa a la casilla de salida, los brazos vuelven a estar flácidos. En su caso…
La doctora García hace una pausa, me mira de reojo de arriba abajo, suspira y después sonríe, pero más que una sonrisa, a mí me parece que ha hecho una mueca.
—Usted ya tiene una edad…
—¿Cuántos hilos cree que necesito?
—Habitualmente colocamos veinticinco en cada brazo, pero eso depende del paciente.
—¿Y cuánto tarda en ponerlos?
—Entre media hora y una hora; como le digo, depende de cada paciente. Tenga en cuenta que, antes de proceder a poner los hilos, hay que limpiar bien el área a tratar, aplicar anestesia tópica, marcaje de los vectores… Todo esto lo hacemos aquí, en la consulta.
—¿Y después?
—Se va a su casa y debe seguir algunas recomendaciones.
Durante las doce horas siguientes, nada de bañarse o ducharse con agua caliente, tampoco puede usar ninguna crema.
¡Ah!, y no se le ocurra masajear la zona ni tampoco hacer ningún tipo de ejercicio.
También debe evitar tanto el frío como el calor.
Como verá, son recomendaciones fáciles de seguir.
—¿Cuándo se ven los resultados?
—Inmediatamente. Usted saldrá de la consulta con los brazos rejuvenecidos, tensados.
—¿Cuándo me lo puede hacer?
—Le daré cita. Debe suspender cualquier medicamento antiinflamatorio, aunque sea una simple aspirina. Venir con la piel limpia, sin crema. Y si tiene algún herpes, no importa dónde, no se puede llevar a cabo el tratamiento. Puedo citarla para dentro de dos o tres días.
—¿No me lo puede hacer ahora?
—Desde luego que no. Tenemos que seguir el protocolo. ¿Está tomando algún medicamento?
—No, ninguno.
—Hoy es lunes; como pronto, el miércoles.
No me cae bien la doctora García, me parece un poco señorita Rottenmeier, pero supongo que es competente. Irene sabe que si algo sale mal no se lo perdonaré a ella. Además, les demandaría tanto a la doctora García como a la Clínica Alvarado.
Vuelvo a casa con cierta ilusión. No termino de fiarme de que sea tan fácil que la piel deje de colgar de mis brazos.
Hay muchas mujeres más jóvenes que yo que tienen los brazos igual o peor que los míos y no hacen nada para remediarlo.
Una de tres, o no les importa, lo que me cuesta creer, o el tratamiento es carísimo o los resultados no son tan fantásticos como dicen.
Lucía me cuenta que Felicitas ha llamado para decir que están bien, que en Gijón hay una temperatura muy agradable y que esta mañana se han dado el primer baño en la playa.
No, no ha preguntado por mí y eso me duele.
No tenía a mi hija por rencorosa, pero al parecer no me perdona que me niegue a participar en un show en su canal.
Penny también le habrá calentado la cabeza diciéndole que soy una egoísta insolidaria y que solo me preocupo por mí.
Algo de razón tiene. Ahora mismo mi mayor preocupación son mis brazos y si no voy a cometer una equivocación dejándome poner esos hilos tensores.
Llamo a Irene, pero me dicen que la subdirectora está reunida con su equipo; le dirán que he llamado. Esta mañana ni siquiera ha venido a saludarme. Lo que no esperaba es la llamada de Alberto.
—Como te has quedado sola, vente a cenar un día de esta semana. Mejor el viernes. ¿Te viene bien?
Acepto. Me viene bien cualquier día porque no tengo nada que hacer, pero no se lo voy a decir.
No me queda otra que irme al gimnasio, al menos allí haré algo.
Llamo para reservar hora con mi entrenador personal, y me dicen que está de vacaciones, pero que no me preocupe, tienen otros entrenadores.
Hoy precisamente está Ricardo, que me aseguran que es uno de los mejores.
Me citan a las tres y protesto por la hora.
Hace demasiado calor para salir de casa, pero no me dan opción, salvo que vaya y me entrene yo sola.
Cuando le digo a Lucía que tengo que comer poco porque voy a ir al gimnasio, me responde con indiferencia:
—Hoy he preparado gazpacho y después pondré merluza a la plancha.
No rechisto. A continuación, me dice que pasará la tarde en la parroquia.
—Tengo que dar una charla a un grupo de mujeres que acaban de llegar. No tienen papeles y las pobres están asustadas.
—¿Y tú qué les dices?