Capítulo 3. Sábado #4
—Pero mientras eso sucede…, ¿qué podemos hacer? —insisto.
—Acompañarlas, decirles que la libertad consiste en decidir, no en seguir las consignas ni los gustos de los demás.
Que deben respetar lo que dicen ser otros, pero defender con firmeza lo que quieren ser ellas.
Yo le digo a Luz que no se trata de que se confronte con quienes dicen que son bisexuales o que quieren cambiar de sexo, sino que diga que los respeta, pero pida respeto para lo que ella es.
Y… bueno, yo creo que Penny necesita que le pongáis límites.
La estáis dejando sola, y eso la puede llevar al desastre.
—Eres muy sabia, Lucía.
—No lo creas. Ha sido Oswaldo quien me ha ayudado, quien me ha abierto los ojos. He aprendido a sobrevivir, pero me han ayudado en ese aprendizaje. Por cierto, la biblioteca de tu casa me ha sido muy útil y también los consejos de Thomas. Ha sido el mejor profesor que he tenido.
—¿Thomas?
—Sí, hace años que me regala libros; además, me convenció para que estudiara y fui a las clases de mayores que organizan en la parroquia.
Gracias a él y a sus clases conseguí sacarme el bachillerato.
Siempre le agradeceré a Thomas que me haya dedicado tiempo para explicarme cosas, para responder a mis preguntas, para ayudarme a ser yo misma.
Ha sido muy generoso conmigo, dándome clases, todos los años de julio a enero le he tenido como profesor.
Imagínate la suerte de tener para mí sola a un profesor como Thomas.
—No lo sabía… No me lo dijisteis ninguno de los dos…
—Bueno, no tenías por qué saberlo, no te lo había dicho. Siempre andas de un lado para otro. Me daba clases cuando tú te ibas al gimnasio. Un par de horas, a veces más.
—Y yo sin enterarme… —Estoy tan enfadada como ofendida, pero lo disimulo. De repente me entero de que mi marido ha estado dando clases a Lucía. Ya me extrañaba a mí que hablase como habla. Repite algunas de las cosas que suele decir Thomas.
Ella me mira y sonríe sabiendo que me siento traicionada.
—Tienes la cabeza en otras cosas y ahora estás tan preocupada por tus brazos que no te has dado ni cuenta.
Golpe bajo. Mi querida Lucía me acaba de zarandear recordándome que soy una egoísta pendiente de mí misma.
—Ya sé que cuesta entenderlo, pero cuando me veo los brazos me deprimo.
—Pues no deberías deprimirte, no puedes hacer nada por evitarlo. Te has hecho mayor, Martha, y tienes que asumirlo —asegura Oswaldo.
—¿Crees que perderé a Thomas? —pregunto a Lucía.
—Ya le has perdido, aunque no creo que vaya a pedirte el divorcio.
Sentí una sacudida de vergüenza, ira e indignación. ¿Cómo podía decirme que he perdido a Thomas? Sí, se lo he preguntado, pero no para que me diera esta respuesta.
—Sé que me quiere…
—Sin duda, pero se siente lejos de ti. No muestras ningún interés por las cosas que le interesan a él y en estos últimos meses estás bastante insoportable a cuenta de tus brazos.
Bueno, en realidad llevas unos años que solo te preocupas por tu físico.
Te niegas a asumir la vejez. Tu marido te quiere, pero a duras penas te soporta.
Acaba de huir de ti. Le duelen en el alma tus enfrentamientos con Felicitas y Penny.
No es que a él no le cueste entenderlas, pero tampoco quiere convertir sus diferencias con ellas en un muro que los separe.
—O sea que soy un monstruo.
—El papel de víctima no te va. Solo piensas en ti. Estás tan preocupada por tu físico que no te das cuenta de lo que sucede a tu alrededor —insiste Lucía.
—No me gustan mis brazos —repito con fastidio.
—No te gusta tu edad —añade Oswaldo.
—La edad no me importa, son los brazos.
—La edad es lo que hace que la carne haya perdido tersura y esté blanda. Pero lo peor no son tus brazos, también tienes unos pies horribles. Si no fueras al podólogo… —me interrumpe Lucía.
—El ballet te destroza los pies —respondo defendiéndome de su afirmación.
—Pues insisto, tienes unos pies muy feos, y manchas en las piernas, arrugas en el escote, la tripa con estrías… —El juicio de Lucía es implacable.
—¡¿Tan mal me encontráis?!
—Tienes setenta años y te conservas muy bien, pero tu cuerpo no puede ser el que era. Tampoco el mío lo es. Reacciona, Martha, o te quedarás sola y además tendrás que asumir que tus brazos no tienen remedio.
La verdad duele. Y las palabras de Lucía y Oswaldo me estaban hiriendo como un cuchillo que me hundieran en la carne.
No había probado la tarta de manzana, y aun así tenía ganas de vomitar.
Ellos se daban cuenta de mi malestar, pero no estaban dispuestos a hacer nada para aliviarlo.
Me habían sacudido el alma creyendo que me hacían un favor, pero no estoy segura de que el que te digan la verdad sirva de nada excepto para herirte.
Salimos del Café Gijón y paramos un taxi para regresar a casa. Mañana es domingo, Lucía se ha ofrecido a quedarse conmigo, pero sé que tenía previsto almorzar en casa de Rosa y ver a su nieta. Luz le preocupa más que a mí Penny. En realidad, Penny, más que preocuparme, me irrita.