Una familia moderna Capítulo 3. Sábado #3
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Capítulo 3. Sábado #3

—¿Y tú, Lucía, tú qué quieres de la vida? —pregunté de pronto sin saber por qué.

—Dios me ha dado todo lo que puedo desear.

Salí de Honduras sin saber qué me iba a deparar el futuro en España.

Mi tía y yo solo traíamos una dirección, la de una parroquia en este barrio.

No recordarás a don Antonio. Era el párroco cuando llegué.

Murió hace unos años. Le ha sustituido otro párroco, don Pablo; buena persona, aunque un poco gruñón.

»Conocí al padre de mi hija… Me sedujo o me dejé seducir, no le echaré a él la culpa de lo que pasó.

En cuanto supo que estaba embarazada desapareció, así que tuve a Rosa.

Por suerte a vosotros no os importó y me permitisteis que mi hija se quedara conmigo y nos tratasteis como si fuéramos de la familia.

Nunca me he sentido una criada. Y cuando, años más tarde, Rosa se quedó embarazada siendo una cría, tampoco pusiste inconveniente en que me quedara en tu casa con la niña.

De manera que tú has sido la suerte de mi vida.

»Durante años pude mandar dinero a Honduras, mis padres y hermanos lo necesitaban. Gracias a ese dinero el mayor y el mediano pudieron estudiar; los otros dos no quisieron hacerlo, preferían trabajar con mi padre en el campo.

—¿Por qué no has regresado a Honduras?

—Porque el pasado, pasado está. Yo ya no soy aquella chiquilla asustada que se subió en un avión con su tía para llegar a España en busca de trabajo con el que poder ayudar a mi familia.

Si regresara, me sentirían como una extraña.

Además, mis padres murieron y mis hermanos se casaron, ya tienen su familia.

¿Qué nos podemos decir después de tantos años? Prefiero cerrar esa página de mi vida.

—Pero Rosa…

—Mi hija se siente española. Lo es, ha nacido aquí, ha crecido aquí.

Prefiere no tener que confrontarse con unas raíces que no siente suyas.

En cuanto a Luz… Mi nieta sí que quiere ir a Honduras.

Tu Penny la ha convencido de que teniendo raíces hondureñas debe ser anticolonialista e indigenista y pedir que hagan un juicio sumarísimo a los descendientes de los colonizadores.

De repente se oye una carcajada. Ahí está Oswaldo. Lucía le ha debido de mandar un wasap sin que yo me haya dado cuenta. Oswaldo nos mira con curiosidad y suficiencia:

—Vaya conversación…

—O sea que Luz quiere fusilarnos. Más que Luz es Penny quien quiere hacerlo. ¿Y tú qué piensas? —pregunto.

Lucía se queda callada unos segundos, respira y clava sus enormes ojos negros en los míos, más pequeños y de color castaño.

—Te he dicho muchas veces que no se puede cambiar el pasado, fue lo que fue.

¿Hicieron mal los conquistadores? Seguramente hicieron cosas malas, pero también algunas buenas.

El mundo entonces era como era, no como es hoy.

Si nos empeñamos en verlo con los ojos de hoy, entonces no entenderemos el pasado, solo nos enfadaremos —concluye Lucía.

—Además, ¿alguien se cree que por su sangre no corren otras sangres? —interviene Oswaldo.

—Pero no a la fuerza —respondo.

Lucía suelta una carcajada seca y profunda.

—No seas ingenua. Oswaldo tiene razón. ¿Crees que a lo largo de la historia la gente llegaba a un lugar, llamaba a la puerta y pedía permiso para quedarse? Tampoco hoy en día. Se hacen guerras en nombre de ideas, de intereses, y se deja un reguero de sangre y de muerte —insiste Lucía.

—Sé que los españoles mataron, pero no inventaron la muerte, los pueblos de allí también se mataban por lo mismo que hoy en día se sigue matando la gente.

No, no tengo una idea idílica del pasado, tampoco del presente ni del futuro.

Pero vuestro país y otros de América no han levantado cabeza —les respondo malhumorada.

—¿Y crees que eso se debe solo a los españoles?

—interrumpe Oswaldo—. Puede que en parte sí, pero la realidad es que los gobernantes de hoy se esconden en el pasado para justificar sus desmanes en el presente.

Es muy fácil decir que la pobreza y todos sus males son a causa de los españoles.

Así no tienen que dar cuentas al pueblo.

Yo no me engaño: la pobreza es consecuencia de gobiernos corruptos que se esconden en el pasado para justificar su pillaje.

Lo malo es que nos lo creemos. Además, ¿crees que se preocupan de los pueblos indígenas?

En absoluto. Los utilizan solo para decir que todo lo que sucede es culpa de los españoles y que antes de que llegaran aquello era el Paraíso Terrenal.

Además, ¿por qué no hay gobernantes indígenas?

Ya ha pasado tiempo suficiente desde que los países americanos lucharon por la independencia y la consiguieron.

La mayoría de los gobernantes de América Latina son descendientes de europeos, no solo de españoles.

¡Menudo discursito! Si llego a decirlo yo, me habrían tildado de «facha». Pero decido no responder a Oswaldo para no molestar a Lucía, quien influenciada por su novio suelta otra parrafada.

—El pasado debemos conocerlo, pero no podemos cambiarlo, así que yo les suelo decir a mi hija y a mi nieta que lo que debemos cambiar es el presente.

—Lucía hace una pausa antes de continuar—.

Tú no sabes a qué nos enfrentamos los emigrantes que llegamos sin «papeles», el tener que aceptar cualquier trabajo, procurar ser invisible para evitar que te señalen o que te detengan.

La opinión de Lucía y Oswaldo me sorprende.

No me atrevo a llevarles la contraria porque he de reconocer que nunca me he sentido concernida por los discursos de quienes se dan golpes en el pecho y aseguran que todo lo malo que sucede en América es culpa de la Conquista.

Pero lo mío no se basa en la ideología, sino en la indiferencia.

Nunca me ha interesado la política y menos la del otro extremo del mundo.

Aun así, me decido a responder a Oswaldo y a Lucía.

—Así que pensáis que mi nieta quiere castigar a no se sabe quién porque en el pasado los españoles llegamos a vuestras costas e hicimos lo que hicimos…

—Tu nieta y la mía. Y eso les honra. ¿Qué sería de la juventud sin idealismo?

Debemos aplaudir que quieran construir un futuro mejor que el pasado.

Solo que nuestras nietas, como tantas otras personas de buena fe, no ven lo evidente: como dice Oswaldo, los problemas que América tiene hoy son consecuencia de la corrupción de nuestros gobiernos.

Nos han convencido de que la pobreza que sufrimos es fruto del pasado pero, los de ahora, ¿en qué han mejorado la vida de los indígenas?

Yo te lo diré: en nada. Lo que ha mejorado es la cuenta corriente de los oligarcas que nos gobiernan. Pero de eso nadie habla.

El tono de voz de Lucía denota rabia. La verdad es que me sorprende, dice cosas muy profundas; no la creía tan politizada. Thomas diría que su discurso tiene un tufillo de derechas. No quiero cargar contra su nieta, así que lo hago contra la mía:

—Penny es… es tan irreflexiva.

—Te equivocas. Penny no deja de darle vueltas a las cosas, a todas las cosas.

Lo que sucede es que está desconcertada.

No es fácil ser joven hoy en día. Cuando tú eras niña, cuando yo lo era, todo era más simple: los conceptos de bueno o malo, lo que se podía ser o desear; pero ahora te dicen que basta que quieras algo para que tengas derecho a tener o ser ese algo.

¿Cómo va a asimilar un pensamiento así una niña de dieciséis años?

Les dicen que sus padres y sus abuelos han vivido oprimidos y han oprimido a su vez a otros, los invitan a que rompan todas las normas que nos han acompañado durante siglos…

La consigna es destruir, pero no dan la fórmula de cómo construir salvo decir que uno puede ser lo que quiera ser. Así se puede llegar al absurdo.

La mirada de Lucía se pierde en algún punto que no alcanzo a distinguir. No me mira, parece abstraída.

—Mi nieta dice que es no binaria…

—Lo sé, lleva un año repitiéndolo. Cuando era pequeña, le encantaban los vestidos y que le pusieras lazos en las coletas.

Ahora le han dicho que los vestidos y los lazos son elementos de opresión y que le impiden ser lo que quiere ser.

El problema es que no le dan una opción de seguir siendo lo que ha sido. Una niña.

—¿Y Luz? ¿Cómo lo lleva tu nieta?

—Ya sabes que Rosa me llamó para decirme que había ido al colegio a protestar por el bullying que le están haciendo a Luz por no declararse bisexual.

Todas las niñas de su clase tienen dieciséis años como Penny, dicen ser bisexuales y Luz confesó que solo le gustan los chicos.

La empujaron en el recreo y le pegaron camino del gimnasio.

—Hay que enseñarle a defenderse, a no arrugarse. Tu nieta es demasiado impresionable —dice Oswaldo.

—Pues yo no sé qué hacer con la mía, además de enfadarme con ella —intervengo yo.

—Confío en que la cosa cambiará con el tiempo.

El párroco nos habló el otro día de la caída del Imperio romano.

Nada permanece, y estas ideas terminarán encontrando su cauce sin que suceda como ahora, que arrollan a los adolescentes a su paso.

El problema es cuántas víctimas quedarán en el camino —añade Lucía.