Capítulo 3. Sábado #2
Corro al cuarto de baño y me quito la blusa para verme bien los brazos. Debo reconocer que los tengo esqueléticos y feos. La carne que me envuelve los huesos es carne blanda. ¿Cómo es posible si todas las mañanas dedico una hora a hacer ejercicios con pesas?
Almorzaré con Lucía, pero no quiero que se crezca pensando que no tengo otra opción que no sea ella. Si se queda en casa, que sea porque no soporta al marido de Rosa, pero no para hacerme un favor. No me gusta que me compadezcan.
Buscaré en la agenda a quien llamar. Debo de tener alguna amiga que esté en Madrid.
Telefoneo a un par de bailarinas con las que trabé cierta amistad cuando formábamos parte del Ballet de París.
Una no responde, la otra se sorprende por mi llamada amén de decirme que está navegando con sus hijos y sus nietos en un crucero por Córcega.
Prometemos quedar para vernos en septiembre sabiendo que no lo haremos.
Sigo buscando en la agenda. Dudo si llamar a Jacobo.
Hace años trabajaba en una empresa de representación artística y su fuerte era el ballet.
Fue mi representante. Me consiguió buenos contratos para bailar en algunas de las mejores compañías de ballet.
Pero recuerdo que nos enfadamos y le colgué el teléfono el día en que le llamé porque había leído que estaban preparando un Lago de los cisnes para la Volksoper de Viena.
—¿Cómo no me has conseguido que baile allí? —le pregunté enfadada.
Su respuesta me dolió:
—Porque ya tienen una primera bailarina, Darina Cérny; es el gran descubrimiento de la temporada.
—¿Esa chica checa? No baila mal, pero no para ser primera bailarina —respondí airada.
—Es una joven con una técnica extraordinaria, además de bellísima y cautivadora. El público se ha rendido a ella en la Ópera de Viena, en la de París, en el Covent Garden… Se ha convertido en una gran estrella y tan solo tiene diecinueve años.
Le colgué el teléfono y desde entonces no le he vuelto a llamar. Espero que hoy no sea él quien me lo cuelgue.
Su voz me llega temblorosa a través de la línea telefónica. No me ha reconocido y dudo si decirle quién soy cuando me pregunta.
—Martha… Querido Jacobo, soy Martha.
—La soberbia y odiosa Martha, ¿y qué quieres? No creo que busques un contrato para bailar, tienes más años que Matusalén.
Le colgué el teléfono. Me había herido sin necesidad. Además, si de Matusalén se trataba, él me sacaba diez años, o sea que anda por los ochenta.
Me dije que me lo tenía merecido. Era una estúpida por llamar a las puertas del pasado. Tengo que aceptar que todos los que fuimos algo hoy no somos ni siquiera recuerdo.
Tenemos hijos, nietos y achaques, y la gente no sabe quiénes fuimos ni tiene interés en saberlo.
Por eso no dejo de preguntarme el empeño de Felicitas en dedicarme varios capítulos en su canal.
¿A quién le puede importar lo que diga? Los jóvenes ignoran quién soy y los viejos no ven los canales de internet, prefieren las series de televisión.
No, no voy a llamar a nadie más. Almorzaré con Lucía y esperaremos a que disminuya el calor para ir al cine. Incluso podemos cenar fuera. Lucía tiene buen apetito, yo me conformaré con pedir una ensalada sin aliñar a la que marearé dándole vueltas por el plato.
He salido del cine de malhumor y Lucía, encantada.
Espero que no haya llamado a su novio y se empeñe en acompañarnos…
Mi malhumor no tiene que ver con la película, sino con mi estado de ánimo.
Hemos visto Oppenheimer , de Christopher Nolan, aunque Lucía prefería una película romántica y yo no tengo humor para romanticismos.
Lucía ha hecho un comentario que me ha molestado:
—Lo mejor de la película es que los protagonistas tienen futuro por delante.
Sí, los personajes de la película tienen futuro y los actores que los interpretan también. Pero ¿y yo? Me fastidia saber que a los setenta tengo más pasado que futuro y que no puedo dar marcha atrás a la rueda del tiempo.
Le pregunto a Lucía qué haría si en vez de haber pasado de los cincuenta volviera a tener veinte. Me sorprende su respuesta:
—No lo sé, tampoco estoy insatisfecha con mi vida. No, no creo que me gustara dar marcha atrás. Dios ha sido bueno conmigo.
Lucía, en cuanto puede, siempre mete a Dios por medio: que si Dios ha querido esto o lo otro, que si gracias a Dios su hija y su nieta nacieron sanas, que Dios me puso en su camino, que Dios nos cuida hasta de nosotros mismos, que Dios es bueno y perdona nuestras faltas…
No comparto su fe en Dios ni en el género humano. Creo que Dios nunca me ha hecho demasiado caso, tampoco yo a Él. En cuanto a las personas…, me he cruzado con cada indeseable, que más me habría valido que Dios hubiese estado más atento.
En Madrid ya no hay cafeterías como antaño.
Recuerdo que de niña, cuando mis padres nos llevaban a mi hermano y a mí al cine, después solíamos entrar en una cafetería a tomar algo; ese «algo» solía ser un sándwich de jamón y queso.
Ahora las cafeterías han sido sustituidas por restaurantes orientales, bares fashion o tiendas gourmet.
Pero no encuentras una cafetería donde refugiarte para tomar una taza de café, un sándwich o un trozo de tarta.
Se me ocurrió invitar a Lucía al viejo Café Gijón. Mi hija y mi nieta se habían ido a esa ciudad y nosotras cenaríamos algo en el mítico café.
Me dolía que Felicitas no hubiera llamado para decirme que habían llegado bien. Vuelvo a mirar el teléfono móvil por si acaso, pero no tengo ningún mensaje, lo que me hace tomar conciencia de que mi hija y mi nieta pasan de mí.
Lucía pide un trozo de tarta de manzana y un refresco, y me mira con aire severo por si acaso se me ocurre no pedir nada. Pido también tarta de manzana y un té verde. La tarta no la comeré, pero beberé el té.
Si comiera la tarta, me metería un buen puñado de calorías en el cuerpo que desde luego no serían útiles para arreglar el estado de mis brazos.
A pesar del calor, llevo un vestido camisero con mangas remangadas hasta el codo. Eso sí, me he puesto sandalias y al menos llevo los pies frescos, si es que se puede estar fresco con el termómetro marcando 38 grados.
—Ya es tarde para que cambies, pero deberías hacer algo para no estar tan sola.
Me duele su afirmación. Me duele porque es cierta. Estoy sola.
—¿Y qué crees que puedo hacer?
—No ser tan impositiva. Tienes a mal traer a tu familia.
Thomas es un santo, me pregunto cómo te aguanta.
Felicitas es un alma cándida, pendiente de tu aprobación a cualquier cosa que haga.
En cuanto a Penny…, tu nieta está pidiendo a gritos que le prestéis atención.
Está desconcertada, tiene miedo a quedar fuera del grupo, de que la señalen, de que la condenen.
Es una adolescente y las adolescentes sufren.
Y hoy en día ser adolescente es peor que cuando lo eras tú o lo era yo.
No diré que Lucía me sorprende porque hace tiempo que asumí que es una mujer mucho más inteligente que yo. Tiene una capacidad instintiva para ahondar en los recovecos del ser humano, o de cualquiera de nosotros. Nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos.
—¿Y cómo se cambia? Tengo setenta años… y no me digas que los setenta de ahora son los sesenta de antes y que tus cincuenta son como si tuvieras cuarenta.
—La apariencia física es una cosa y la realidad, otra. Tu organismo tiene setenta años y el mío, más de cincuenta, y eso no lo puede cambiar la cirugía estética, los liftings , los hilos tensores, el bótox o lo que sea que se ponen las mujeres en su lucha contra los signos de la edad.
Siempre me he preguntado cómo es posible que Lucía sea tan sabia.
Yo la considero sabia, nada de lo que dice es banal.
Es una mujer que se ha hecho a sí misma trabajando y acudiendo a esas reuniones de la parroquia que, según dice, le dan la vida.
Y, por supuesto, Oswaldo, su novio del que parece estar enamorada y no comprendo por qué.
Miro a mi alrededor y pienso que muchas de las mujeres que están sentadas cerca de nosotras carecen de la elegancia de Lucía.
Es una gran señora, en cualquier significación que le queramos dar a expresión tan rimbombante. Lo es de manera natural, sin artificios.
—Sé que te puede parecer una frivolidad, pero estoy obsesionada con mis brazos, por eso he decidido ponerme esos hilos tensores.
—Lo comprendo. Durante años, cada vez que leía una reseña o una crítica sobre tus actuaciones, siempre aparecía una referencia a tus brazos elegantes de cisne capaces de aletear sobre el escenario.
Esas afirmaciones te han trastornado. No puedes aceptar que los brazos de cisne son parte de tu pasado.
Hiciste bien en retirarte cuando aún tenías trabajo.
—Me retiré porque no tuve más remedio. Bien que lo sabes.
A partir del nacimiento de Felicitas estuve un tiempo sin trabajar y algunas de las compañías importantes empezaron a dejar de ofrecerme papeles principales.
Cuando regresé algunas de esas compañías me volvieron a ofrecer ser la bailarina principal, pero otras ya habían cubierto mi lugar con jóvenes promesas.
Con el tiempo logré alargar mi carrera en compañías de segunda, y cuando un día mi representante me dijo que solo había encontrado una compañía de ballet de provincias que estuviera dispuesta a darme el papel principal en El lago de los cisnes , entendí que mi carrera se había acabado.
En realidad, me habían echado, pero yo me negaba a aceptarlo.
—Pero te organizaste una buena despedida… Subida en el escenario del Teatro Real anunciando tu retirada. Los periodistas habían acudido sabiendo que esa sería la noticia. Te comportaste como una diva, como el cisne que ya no eras.
—Dejé el ballet un minuto antes de que me echaran. En aquellos años la Cérny estaba de moda.
—Cuántas maldiciones has lanzado contra ella. Es muy buena y lo sabes, además de lista, porque ha tenido el buen tino de retirarse.