Una familia moderna Capítulo 3. Sábado
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Capítulo 3. Sábado

Sábado

T homas se ha ido. Después de mucho insistir me ha permitido que le llevara en el coche hasta Barajas. No puedo engañarme: estaba contento.

Me ha dado un beso distraído antes de pasar el control de equipaje y no ha mirado atrás ni una sola vez.

De regreso a casa, Lucía me ha dicho que Felicitas y Penny también se han ido.

Me ha molestado no encontrarlas para despedirnos y más estando previsto ir a Gijón en coche, ya que a Felicitas le gusta conducir.

Mi hija no ha considerado oportuno decirme que tenía las maletas preparadas para irse hoy mismo. Habíamos planeado hacerlo mañana.

Debo aceptarlo de una vez: mi familia huye de mí como de la peste. Primero mi marido, después mi hija y mi nieta. ¿Culpa mía? ¿Soy tan terrible como para que estén deseando perderme de vista?

No sé qué hacer. Si no fuera sábado, le diría a Irene que me citara inmediatamente en la Clínica Alvarado para empezar el tratamiento que me devuelva un cierto buen aspecto a los brazos.

Pero es sábado y puede que hasta Lucía esté preparándose para marcharse a casa de Rosa. Sé que a Rosa le fastidia que su madre se instale en su casa algún que otro fin de semana, pero tampoco se siente capaz de decírselo. Todo lo que es se lo debe a su madre.

A los diecisiete años Lucía llegó con una tía a España.

Sin papeles, como emigrantes irregulares.

Traían una dirección: la parroquia de este barrio.

Allí las acogieron y ayudaron; ayuda que consistió en colocarlas en casas, como la mía, donde se hacía la vista gorda ante la falta de documentación.

Por aquel entonces ella ya había cumplido los dieciocho.

Mi madre aún vivía, aunque no duró mucho tiempo más.

Yo había heredado la casa de mis padres; en realidad, le compré a mi hermano la mitad que le correspondía.

Me acababa de casar, y estaba embarazada, lo que debo confesar que entonces no me hacía ninguna ilusión.

Suponía interrumpir mi carrera. Pero estaba enamorada de Thomas y él quería ser padre, decía que si esperábamos a que yo me retirara, tendría nietos en vez de hijos.

Me pasé el embarazo llorando al pensar que difícilmente recuperaría la figura y mucho menos la flexibilidad para bailar de puntas. Quizá por eso Felicitas ha salido tan llorona.

Tal y como preveía, después de tener a Felicitas me costó volver a recuperar mi carrera.

No es que me faltara trabajo; es que empezaron a dejarme de ver como el «cisne» que había sido, y eso que no escatimé esfuerzos para volver a mi peso de antes del embarazo: cuarenta y cuatro kilos.

Por supuesto, Felicitas se crio con biberón.

Tuve una depresión posparto solo mitigada por el entusiasmo que Thomas mostraba ante la niña minúscula que habíamos tenido. Él fue un padre ejemplar y yo, una madre deficiente.

Thomas preparaba los biberones, le cambiaba los pañales, la bañaba todas las noches, la dormía en brazos poniendo discos de Mozart, mientras yo contaba los días para regresar a los escenarios.

Pero a qué engañarme, yo había dejado atrás los treinta y habían irrumpido otras bailarinas más jóvenes y tan ambiciosas como yo.

De lejos podía dar el pego, es decir, que los espectadores creyeran estar viendo un cisne, pero de cerca el maquillaje no lograba disimular las primeras arrugas ni devolverme la tersura del rostro.

Lucía fue mi salvación. Mi madre había insistido en que fuéramos a ver al párroco por si sabía de alguna mujer que quisiera trabajar en una casa.

He de reconocer que me sorprendió que aquel cura con más años que Matusalén se mostrara tan amable conmigo habida cuenta de que no había vuelto a pisar la iglesia desde la primera comunión, que hice por voluntad de mi madre y el fastidio de mi padre.

Nada más verla supe que Lucía me iba a «salvar» la vida, la vida que llevaba entonces, me refiero.

Lucía ayudó a Thomas a criar a Felicitas. Fue ella quien la veló cuando tuvo tos ferina y más tarde sarampión. Quien sabía con solo mirarla si se estaba resfriando porque le brillaban los ojos a causa de la fiebre.

Cuando nos instalamos en Boston, le insistí a Thomas en que solo le acompañaría si nos llevábamos a Lucía. Él aceptó. Supongo que porque se daba cuenta de que me costaba «pasar» del papel de cisne al de madre.

Lucía significa mucho para mí. No diré que es como una madre porque, en realidad, yo tengo la edad de ser su madre y ella, mi hija. Yo he cumplido los setenta y ella anda por los cincuenta y dos. Pero sí es la amiga leal que mejor me conoce y no duda en regañarme cuando lo cree conveniente.

—Podrían haberme esperado por si decidía acompañarlas —dije a modo de reproche hacia mi hija y mi nieta al saber que se habían marchado.

—¿Para qué te iban a esperar? ¿No habéis tenido bastantes dramas estos días atrás? Además, no tienes ninguna gana de irte a Gijón, les amargarías las vacaciones.

—No me gusta bañarme en la playa, pero el hotel al que solemos ir es bastante agradable, tiene una terraza preciosa sobre el mar, y allí paso las horas leyendo.

—¿Leyendo? Ese será Thomas, pero tú… No le des vueltas, deja que cada uno vaya a lo suyo. Tu marido necesita descansar de tanto drama. Y a Felicitas y Penny les vendrá bien estar solas.

—¿Y yo? ¿Qué se supone que tengo que hacer yo? —respondí mohína.

—Pues ponerte esos hilos en los brazos y someterte a unos cuantos tratamientos de belleza. Eres el ideal de esos centros que prometen devolver la juventud. Ellos ganarán un buen dinero a tu costa a cambio de que creas que has recuperado algo de la juventud perdida. Lo comido por lo servido.

—¿Crees que haré mal sometiéndome a ese tratamiento de hilos tensores?

—Creo que te va a venir muy bien para entretenerte.

Julio en Madrid es un mes insoportable de calor y a ti no te gusta que te dé ni una pizca de sol.

¿Qué harías todo el día? Es mejor que vayas a ese sitio y que te sometas a todos los tratamientos que te propongan.

Lo pasarás bien. Eso sí, procura que no te convenzan de quitarte las arrugas o arreglarte los brazos en el quirófano.

—Es horrible cómo tengo los brazos —me quejé sin esperar su compasión, porque Lucía nunca se ha compadecido de mis problemas.

—No los tienes tan mal para haber cumplido los setenta. Ya quisieran algunas tener músculos debajo de los pellejos.

—Yo quiero recuperar mis brazos —dije como si fuera una adolescente malcriada.

—Si crees en los milagros…

—O sea que estás convencida de que los tratamientos que me voy a hacer no servirán de nada.

—Sí, sí servirán. Servirán para que te distraigas, y seguramente darán brillo a la piel. Pero lo que no pueden hacer es devolverte a los veinte años. Nunca, nunca más tendrás esos brazos largos y ligeros que se movían como las alas de un cisne. Tienes setenta años.

—¿Y qué se debe hacer a los setenta años?

—Entretenernos como podamos mientras llega el momento en el que Dios nos llame. Tú te puedes entretener en ese centro en el que trabaja Irene y otras no tienen más remedio que entretenerse cuidando a los nietos o viendo la televisión.

—Bueno, el mundo ha cambiado; hoy en día la gente mayor tiene la oportunidad de viajar. El otro día la dueña del estanco me dijo que acababa de regresar de Canarias. Había ido con un grupo de amigas, viudas como ella, en uno de esos viajes del IMSERSO o de la Comunidad de Madrid, no me enteré bien.

—Pues ya lo tienes. Se trata de sacar jugo a lo que queda de vida. Pero tú no vas a sacar jugo a nada, será a ti a quien le saquen el dinero prometiéndote que tus brazos volverán a ser alas de cisne. Ya te digo yo que eso es imposible.

—Nadie me echa los setenta —respondí molesta.

—Bueno, pero tampoco te echan cuarenta. Estás bien para la edad que tienes y ya está.

—¿Te vas a ir a casa de Rosa a pasar el fin de semana? —pregunté para cambiar de conversación.

—No. Por dos razones: la primera, como sabes, es que no congenio mucho con el marido de Rosa; la segunda, que no te quiero dejar sola.

—Puedo quedarme sola.

—Sí, y también viajar a Marte. No tengo duda de que puedes quedarte sola.

Pero hoy es sábado, estamos en julio, y la clínica esa donde trabaja Irene está cerrada por la tarde.

No tienes amigas, de manera que no tienes nada que hacer.

Si te parece, podemos irnos al cine y a lo mejor mi Oswaldo se anima y nos va a buscar cuando termine la película y nos invita a algo.

Aunque mejor sería ir a la sesión de las siete porque ahora hace demasiado calor.

—No quiero que te sacrifiques por mí. Vete con tu novio. Oswaldo estará deseando verte.

—No me sacrifico por ti. No tengo ganas de ir a casa de Rosa.

Mis amigas están de vacaciones y ya no hay tantas actividades en la parroquia.

O sea que, si quieres, pasamos el fin de semana juntas, y si no quieres, me voy con Oswaldo, o me quedo en mi habitación, enciendo el aire acondicionado y veo una serie…

Me fastidia su respuesta de que Oswaldo nos pueda ir a buscar al cine…

No me parece mal tipo, pero no me cae bien porque es un «sabelotodo».

Según Thomas, es muy de derechas aunque sea medio hondureño, pero es un redicho.

Trabaja como pasante en un despacho de abogados y, según Lucía, gana un buen sueldo.

—¿No vamos a comer? —pregunto para desviar la conversación.

—Desde luego que sí. He preparado gazpacho y escalopines al limón.

—¿A qué hora comemos?

—Cuando tengas hambre. Mejor cuando la tenga yo, porque si fuera por ti no comerías nunca. Sigues obsesionada con mantener el peso de cuando bailabas y, ¿sabes?, con la edad, la extrema delgadez hace que se caiga la carne y solo se nos vean pellejos.

Lucía se dio media vuelta y me dejó rumiando mi desolación. Penny me ha dicho que de mis brazos cuelgan pellejos y Lucía, que la extrema delgadez, o sea, la mía, hace que solo se vean los pellejos.