Capítulo 2 #12
Cuando era joven leí en alguna revista de moda el desafío para tantas mujeres de disimular las alas de murciélago; jamás pensé que me pasaría a mí. Pero la edad me ha alcanzado y mientras me llega el día de morirme, me gustaría poder mirarme en el espejo sin deprimirme.
Tengo arrugas en el rostro, pero están bien repartidas y no son excesivas.
Las piernas… Bueno, aún conservo la tensión en las pantorrillas y además puedo enmascarar su visión con vestidos y faldas midi o pantalones.
Claro que no me gustan demasiado los pantalones; resultan varoniles y yo me sigo viendo como un cisne.
Definitivamente, no me encuentro favorecida con pantalones, prefiero vestidos vaporosos.
Thomas se pone en pie y me acaricia ligeramente el rostro mientras me dice que se va a la cama.
Yo le sigo. ¿Qué voy a hacer en el jardín sola y pasando calor?
Tendremos que hablar de qué voy a hacer yo el resto del verano.
Por lo pronto, descarto irme a Gijón con Felicitas y Penny; que vayan ellas o hagan lo que crean conveniente.
Y quedarme en Madrid tampoco es una opción.
Hace demasiado calor y ni conozco y ni tengo amigas a quienes llamar.
Esa es una realidad que mi nieta puso en evidencia hace ya unos cuantos años cuando me preguntó: «Martha, ¿y por qué no tienes amigas?
». No supe qué responder. Es verdad, no tengo amigas, ni enemigas.
Tampoco amigos. La gente que conocí en el pasado es tan vieja como yo o está muerta, y además, ¿qué podríamos decirnos?
Nada. Es difícil que alguien tenga algo en común conmigo.
He dedicado mi vida entera al ballet y eso ha supuesto soledad y sacrificios.
Ensayos, dieta y procurar no caer en la tentación de perder mi carrera yendo de fiesta en fiesta.
Algunas de las que comenzaron conmigo desperdiciaron su talento y su vida convirtiéndose en adornos de las fiestas de los millonarios, solo dos o tres se casaron con alguno de ellos.
No, el ballet no es el sitio para hacer amigos y mucho menos para encontrar marido.
Además, ¿quién quiere un marido cuando tu cabeza solo la ocupa el triunfo, el ser la mejor, los aplausos… ?
Thomas se ha metido en la cama después de haberme dado un beso en la mejilla.
Le escucho respirar y sé que no está dormido, pero que no tiene ganas de hablar.
Seguramente está pensando en qué puede hacer él conmigo.
Creo que de repente me siente como una rémora, un peso que no sabe cómo apartar.
En Boston están sus amigos, sus colegas…
y Mary. Dedicarán noches enteras a hablar, a contarse lo que hace tal o cual profesor, a las ofertas recibidas, al próximo libro por publicar.
Mary reinará entre todos ellos porque muchos saben que depende de su opinión que den o no den clases el próximo curso.
Además, todos estos profesores de Filosofía tienen mucho en común. Discuten durante horas sobre matices en la teoría de tal o cual filósofo del pasado, o sobre el último trabajo publicado por un colega. Están al tanto de todo lo que sucede en otros campus y se enorgullecen de ser parte de Harvard.
En esas reuniones me aburro, a qué negarlo.
Tanto pensamiento profundo me da dolor de cabeza y en demasiadas ocasiones no sé qué decir.
Creo que incluso me sonrojo cuando alguno de los colegas de Thomas se muestra amable conmigo invitándome a dar una opinión sobre un autor, un libro o un acontecimiento histórico.
Es en esos momentos cuando me pregunto por qué Thomas se enamoró de mí y cómo pude enamorarme yo de él.
Pero el tiempo ha pasado y la pasión de la carne se ha ido diluyendo.
Ambos hemos cumplido los setenta y no sé cómo quiero pasar los años que me queden de vida.
No se me ocurre nada porque no hay nada que de verdad me despierte entusiasmo, mientras que Thomas sigue manteniendo la pasión por la Filosofía.
Él puede hablar horas de Platón, pero yo no tengo nada interesante que decir ni sobre Platón, ni sobre Descartes ni sobre ningún filósofo.
Tampoco voy a estar permanentemente recordando lo mucho que me costó lograr ser la primera bailarina de algunas de las compañías de ballet más importantes de mi época.
Me doy cuenta de que esa es la cuestión: mi época. En realidad, ya no tengo nada que hacer en este mundo. No es que quiera morirme, es que no sé qué hacer hasta que llegue ese momento. Pero lo peor es que de repente me he convertido en un problema para Thomas.
No insistiré, es evidente: prefiere que no vaya con él a Boston. Allí solo sería un estorbo.
Pero y si me quedo, ¿qué hago? No me siento capaz de irme con Felicitas y Penny a Gijón.
Estaríamos todo el día discutiendo. Sé que soy una persona difícil, y ellas tampoco son fáciles.
Las quiero, pero no me caen bien; en realidad, me fastidia que sean como son, y me doy cuenta de que eso mismo le debe de pasar a Thomas conmigo: me quiere, pero está harto de mí. Aburrido.
Y ahora, ¿qué hago yo?