Una familia moderna Capítulo 2 #11
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Capítulo 2 #11

Me caen bien mis sobrinos, son educados y amables. Quizá Juan, un poco simple, como mi hermano; en cuanto a José, no se parece a nadie. Me gustaría saber qué piensa Penny de mis sobrinos y si José le parece una antigualla por ser simplemente homosexual. Pero no, no me atreveré a preguntárselo.

La próxima vez que organice una cena le diré a Alberto que traiga a sus hijos y le pediré a Felicitas que convenza a Penny para quedarse. Será difícil porque mi nieta huye de las reuniones familiares como de la peste.

Cuando Alberto e Irene se van, Felicitas, que está de morros conmigo, le da un beso a su padre y dice que está cansada y se escabulle hacia su habitación.

Thomas y yo nos quedamos en el jardín, aunque no corre aire y estaríamos mejor en el salón o en nuestro dormitorio, mecidos por el aire acondicionado.

—Tu hermano es muy divertido.

—¿Alberto es divertido? A mí me parece aburrido, no tiene mucho que contar.

—Te equivocas, tienes demasiados prejuicios. Me he divertido mucho escuchando las historias de su equipo de fútbol. Tu hermano habla de la vida, de la realidad, en su mundo no caben las abstracciones, solo la realidad. Además, es una gran persona, preocupado por los problemas de sus chicos.

—Vaya, no podía imaginar que tuvieras ninguna afinidad con Alberto. Creo que mi hermano no ha debido de leer un libro en su vida, ni siquiera los tuyos, y eso que le has regalado todos —respondí con ganas de fastidiarle.

—Seguramente no ha leído nunca un libro, ni mío ni de nadie, y tampoco le gusta el ballet, ni la música clásica, ni la pintura contemporánea, pero eso no le hace menos interesante y, sobre todo, es buena persona.

—¿Interesante? Mi hermano no es interesante —dije con cierto enfado.

—Pues a mí sí me lo parece. Me interesan los conflictos que me cuenta se dan entre sus chicos, cómo los aborda e intenta resolverlos.

No es fácil dirigir un grupo humano, domeñar las ambiciones de unos, hacer que afronten su falta de cualidades futbolísticas otros, gestionar los celos, ayudarles a dar lo mejor de sí mismos en el campo y fuera de él.

Ser entrenador de fútbol no es sencillo, estás tratando con personas que tienen características muy distintas.

—Pero si a ti no te gusta el fútbol —respondí con fastidio.

—Me interesan las manifestaciones de la condición humana en cualquier lugar y circunstancia. Los porqués.

—El filósofo no descansa nunca —repliqué con la intención de que encontrara la frase inteligente.

Sonríe. Me conoce demasiado y sabe que en realidad estoy desconcertada porque no entiendo cómo puede congeniar con mi hermano. En mi opinión, Alberto es un pelma simpático.

—He pensado en irme contigo a Boston, aquí no tengo nada que hacer.

—Ni tampoco allí. —Thomas bajó la mirada arrepentido de la contundencia de su réplica.

Su respuesta me ha dolido como una patada en el estómago.

Pero no le falta razón. No tengo nada que hacer en ninguna parte.

A mis setenta años, estoy retirada y nunca más me subiré a un escenario.

No tengo ningún hobby, ninguna afición, y no sé a qué dedicar el tiempo salvo a estar con él, pelearme con Penny y huir de los llantos de Felicitas.

Thomas ha puesto en palabras una realidad que me hace daño. ¿Es culpa mía no tener nada que hacer? ¿Debería buscar una ocupación? Hace unos años, Felicitas me sugirió que diera alguna clase magistral en algunas de las compañías de ballet.

Me negué y me niego. He sido una buena bailarina, pero no me he convertido en una «leyenda».

De manera que no pienso llamar a la puerta de ninguna de las compañías de ballet en las que he sido primera bailarina para mendigar que me dejen dar una clase magistral.

Además, ¿qué es eso? No, no quiero que me traten como a una abuelita a la que hay que sonreír y aguantar un rato, más por caridad que por interés.

Tampoco me puedo engañar, ya no conozco a nadie en las compañías en que trabajé; al igual que yo, todas las personas a las que conocí se han jubilado, y si llamara a la puerta, me recibirían con estupor.

Lo peor es que tendría que explicar quién soy o quién he sido y correr el riesgo de que me den con la puerta en las narices.

No, no voy a correr ese riesgo, pero me duele que Thomas me haya dicho que no tengo nada que hacer en ninguna parte.

Seguimos sentados en el jardín, cada uno perdido en sus pensamientos.

Thomas tiene un desafío por delante: volver a dar clases en Harvard y yo…

yo no tengo nada, ni siquiera puedo refugiarme en mi hija y en mi nieta.

Penny me aborrece y Felicitas no me necesita salvo para que grabe con ella una conversación para su canal.

¿Debería hacerlo? No, en absoluto. No me quiero rebajar a aparecer contando batallitas.

Además, tengo pendiente ocuparme de mis brazos. Ya he decidido que me dejaré colocar esos hilos tensores. No creo que mis brazos vuelvan a ser calificados de alas de cisne, pero espero que pongan coto a su apariencia de «alas de murciélago».