Una familia moderna Capítulo 2 #10
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Capítulo 2 #10

No sé por qué tenemos que cenar al aire libre, pero parece obligado que si tienes un jardín, lo aproveches, y aprovecharlo pasa por organizar almuerzos y cenas, aunque haga calor.

Eso sí, todos decimos «qué bien se está aquí» por más que el sudor nos corra por la espalda y estemos ansiosos por refugiarnos en un cuarto cerrado con aire acondicionado.

Hace años decidimos veranear en el norte, a veces en Gijón, otras en un pueblo de Galicia y también en Santander, claro que ahora, con el maldito cambio climático del que tanto habla Felicitas, incluso allí hace calor.

Menos que en Madrid, eso sí, pero calor hace.

No le he preguntado a Lucía qué vamos a cenar, aunque seguro que lo que haya decidido será un acierto.

Ella lleva la casa y eso implica decidir los menús.

Thomas dice que lo que más le gusta de Madrid es lo bien que se come en casa.

Tiene razón, en Boston tenemos una cocinera que en realidad no sabe cocinar.

Es la madre de la mujer que viene a hacer la limpieza.

Pero más nos vale no perderlas porque, de lo contrario, Thomas y yo tendríamos que limpiar la casa y almorzar y cenar siempre fuera.

En eso Mary Baker también me saca ventaja.

Sabe cocinar. No es que sea una cocinera excelente, pero es capaz de hacer un buen asado y unas ensaladas la mar de apetitosas; incluso es capaz de preparar el postre favorito de los bostonianos: el Boston Cream Pie , que no es nada del otro mundo, solo un pastel de crema.

Decido dejar a solas a mi hija con su padre.

Él sabrá consolarla. Por un instante pienso en ir en busca de Penny, pero sé que en estos momentos me odia tanto que me tiraría algo a la cabeza, o puede que se haya ido a casa de ese amigo donde la espera Peter.

¿Harán una cama redonda? ¿Serán todos no binarios, cisgénero, transgénero o cualquiera de esas palabras que mi nieta dice con desparpajo?

Encuentro a Lucía en la cocina preparando la cena y me dice que tiene previsto un revuelto de verduras.

A Thomas le gusta el gazpacho. En cuanto a las verduras, se resigna, prefiere la carne.

Pero Felicitas es vegetariana y Lucía no está dispuesta a hacer dos menús diferentes.

A mí me da igual; en realidad, como poco porque a mi edad es muy fácil engordar, sobre todo cuando has dejado de hacer un ejercicio tan exigente como el ballet.

De manera que apenas como. A lo mejor Penny está en lo cierto y solo soy un esqueleto cubierto de pellejo arrugado.

Alberto e Irene llegan con puntualidad británica. Saben que Thomas no soporta la impuntualidad y que cinco minutos de retraso para él suponen poco menos que un agravio.

Irene se ha cambiado de ropa. Lleva un vestido de color blanco sin mangas que se le ajusta a la figura como un guante y unas sandalias con un tacón infinito; su melena castaña brilla con destellos rojizos.

Y, en las orejas, unos pendientes de colores de estilo étnico.

Nunca me había fijado en el estilazo que tiene mi cuñada.

Seguramente Penny diría que no me fijo en nada que no sea yo porque soy una egoísta. A lo mejor mi nieta tiene razón.

Irene es siempre tan discreta que hasta hoy no me he dado cuenta de lo atractiva que es. En realidad, ya me ha sorprendido su desenvoltura en la Clínica Alvarado. Siempre he tenido a mi cuñada por apocada, pero allí parecía tan segura, tan convincente.

Mi hermano ha engordado. No mucho, le calculo un par de kilos. Se lo digo y suelta una carcajada mientras se lleva la mano a la tripa diciendo: «Son dos kilos de cerveza. Solo tú te resistes a beber una cerveza bien fría en verano».

Me doy cuenta de lo sobrio de la cena. No es culpa de Lucía, solo mía. Ella se limita a preparar menús donde impera la frugalidad. Sabe que si veo mucha comida, siento deseos de vomitar.

Thomas le ha ofrecido a Alberto una cerveza como aperitivo. Lucía ha dispuesto un par de cuencos con aceitunas y almendras. Mi hermano parece estar hambriento porque en unos minutos no hay rastro ni de las aceitunas ni de las almendras.

Felicitas aparece flotando en un traje ibicenco de un blanco inmaculado.

Lleva dos pequeños aros de oro en las orejas y en el dedo anular un anillo con una piedra roja, que yo calificaría como hippy, pero a lo mejor no lo es.

Me sorprende el collar de cuentas de colores que animan la blancura de su vestido junto a unas sandalias planas de color rojo.

Están guapísimas las dos, tanto Irene como mi hija.

Me doy cuenta de la poca atención que les suelo prestar porque es como si las viera por primera vez.

Sí, definitivamente, Penny tiene razón: soy una vieja egocéntrica que solo se preocupa de sí misma y que ahora mismo no tiene otro quehacer que lamentarse por las arrugas de sus brazos.

Yo he elegido un vestido de seda verde claro, tipo saco y con una manga que me baja hasta el codo. Mis sandalias sin tacón son de color dorado.

Thomas es un anfitrión encantador. Le escucho reírse con algo que ha dicho Alberto y pienso que no puede haber dos hombres más diferentes que ellos.

Un intelectual y un deportista que a duras penas terminó sus estudios.

El uno empeñado en desentrañar los misterios del ser; el otro, en que su equipo suba a Segunda División.

Están enfrascados en una charla y me pregunto cómo es posible que puedan congeniar.

Irene y Felicitas también parecen cómodas la una con la otra y me digo que soy yo la que sobra, la rara.

Vuelvo a pensar en que mi nieta tiene razón: soy egoísta, tanto que en estos momentos mi única preocupación son mis brazos.

No me puedo engañar, es la realidad: me obsesiona la carne blanda que envuelve los huesos de mis brazos y estaré agradecida a Irene y a su jefa la Alvarado si con esos hilos tensores me devuelven algo del aspecto que tuvieron antaño.

Qué difícil es envejecer. Saber que llegar a mi edad supone estar en tiempo de descuento, que ya no tengo más futuro que levantarme y respirar dando gracias por no estar aquejada por ninguna enfermedad.

Dada mi edad solo tengo pasado, pero me cuesta resignarme a esta realidad.

No, no volveré a bailar en ningún escenario, ni me enviarán a casa cestos de flores con tarjetas de admiración, ni dudaré si debo aceptar bailar en París o decantarme por Chicago. Tampoco devanarme los sesos sobre si la oferta que me han hecho es poco sustanciosa porque ya hay otras mejores que yo.

—Martha…

La voz de Irene me devuelve a la realidad del pequeño jardín de mi casa. Thomas está riendo con ganas y Alberto le acompaña en las risas. No puede haber dos hombres más diferentes y sin embargo son capaces de disfrutar de la compañía el uno del otro. ¿Por qué no seré así?

Sonrío a mi cuñada y me acerco adonde está con Felicitas. Mi hija esquiva mi mirada.

—Le estoy diciendo a tu hija que esta mañana vino acompañando a su madre esa cantante que gusta tanto a los jóvenes, Corazón, creo que se hace llamar, y cuando le preguntamos cómo habían sabido de nuestro centro, la madre dijo que por el canal de Felicitas.

Imagínate lo que he presumido diciendo que ese canal es de mi sobrina.

Pero, por supuesto, no le podéis decir a nadie que la madre de Corazón nos ha visitado.

Ana María me despediría. Todas las personas que trabajamos allí hemos firmado un documento de confidencialidad.

No pude evitar decirle que había incumplido con su deber de confidencialidad al contarnos lo de la madre de Corazón y que lo mismo alguna de las personas que trabajan en la clínica bien lo podrían romper también respecto a mí y decir a los cuatro vientos que he visitado la Clínica Alvarado porque me preocupan mis brazos.

Mi hija solo supo decir «¡oh!». Y mi cuñada me miró con cierto enfado.

—Hay que ver qué quisquillosa eres. Yo solo os he contado que la madre de Corazón nos ha visitado, pero no os he dicho ni para qué ni si va a volver.

En cuanto a tu obsesión por tus brazos…, no creo que a nadie le importe que no te gusten tus brazos y se convierta en noticia de la primera página de The New York Times .

—¡Oh, tía! Por supuesto que no te has saltado ninguna regla de confidencialidad.

Ir a la Clínica Alvarado no significa que te vayas a hacer ningún tratamiento; además, tampoco sería reprochable, las mujeres hoy en día queremos cuidarnos y ofrecer el mejor aspecto posible.

No sabes cómo te agradezco que nos hayas contado lo de la madre de Corazón; si ella sigue mi canal es porque su hija se lo ha descubierto.

Felicitas parece encantada de que esa tal Corazón sea una asidua de su canal e Irene hace un mohín de agradecimiento.

Lucía apareció en ese momento y me hizo una indicación que significaba que debíamos sentarnos porque iba a servir la cena.

El resto de la noche procuré estar todo lo amable de lo que soy capaz con mi hermano y mi cuñada.

Me interesé por sus hijos, Juan y José; por Esther, la novia de Juan, una chica que me resultó simpática desde el primer día en que la conocí.

Al igual que Juan, está terminando un máster en economía aplicada, que no sé qué es ni para qué sirve, pero al tiempo trabajan en un banco, que es donde se conocieron.

José aún no tiene novia ni creo que la vaya a tener.

Es… Bueno, desde la adolescencia se le notaba que lo suyo no eran las chicas y ahora siempre anda con un amigo que es un cachas de gimnasio que no recuerdo ni cómo se llama.

José es sensible, inteligente, trabajador y le gusta el ballet.

Su padre quiso que estudiara informática, pero él se decantó por la Historia y ahora da clases en un colegio público.

De mis dos sobrinos, José es mi favorito.