Capítulo 2 #9
Las palabras de Penny me atravesaban el alma.
Me gustaría ser capaz de abrir los brazos y envolverla entre ellos, de decirle cuánto la quiero y que comprendo su confusión de adolescente.
Pero no me muevo, no digo una sola palabra.
Dejo que sea Thomas quien lidie con esta situación.
Ella le respeta y a mí me odia, aunque no creo que me odie tanto como dice, sino que necesita manifestar su malestar confrontándose con alguien, yo, que cuestiona lo que hace y lo que dice, que cuestiona a quienes le han metido todo tipo de teorías estrambóticas en la cabeza.
—Penny, tu abuela y yo tenemos derecho a hablar en la intimidad de lo que queramos y en los términos que queramos, y nadie te ha concedido el privilegio de espiar detrás de las puertas para escuchar conversaciones ajenas.
¿Qué dirías si nos encontraras detrás de la puerta de tu dormitorio escuchando lo que hablas o haces con quien sea que estés?
Sentirías que tu intimidad ha sido violada.
Pues eso es lo que has hecho tú. Y este enfrentamiento con tu abuela tiene que terminar.
A ella no le gusta lo que haces, pero no te lo impide, y a ti no te gusta cómo piensa tu abuela, pero no te reprimes en decírselo.
La convivencia se basa en el respeto y… también en una dosis de hipocresía.
No se puede ir diciendo a todo el mundo lo que piensas de ellos y mucho menos imponer una manera de pensar o de estar.
A tu abuela, y tampoco a mí, nos gusta la dirección que estás tomando en la vida, pero no te hemos insultado.
—Ella sí… Ella sí que lo hace al decir todas esas cosas horribles.
—No, no te ha insultado. Ha manifestado su opinión sobre ciertas corrientes que están imponiendo una forma de pensar y de estar en la vida amenazando a quienes no las secundan, con la muerte civil a través de campañas en las redes. El exceso siempre provoca una reacción.
—Las minorías tienen derecho a levantar la voz.
—Desde luego, pero no a cometer el mismo error que las mayorías. Imponer su criterio y denostar a quienes no les secundan a través de campañas infamantes.
—La abuela se niega a decir «elles»; para ella, todo es femenino o masculino, está cosificada.
—¿Y tú crees que no lo estás? Has asumido un lenguaje, una manera de pensar, de vestir, de estar que te cosifica.
Te cosifica porque son las señales externas de que perteneces a un determinado grupo.
Pero así es la vida. Todos elegimos estar con quienes sentimos afinidades y esas afinidades pasan por tener señas de identidad en común.
Tú llevas el cabello de una determinada manera que cosifica dentro de un grupo, el de los que decís que sois no binarios.
Anoche te trajiste a dormir a una chica y hoy iba a quedarse a dormir tu amigo Peter.
Te diré algo que no te va a gustar. Solo soy tu abuelo y es tu madre quien tiene que decidir cómo educarte, pero me parece que te estás perdiendo una parte importante de la vida.
Es uno de los males modernos: a los niños les han quitado la infancia haciendo que asuman roles que forman parte de la edad adulta, y los adolescentes quemáis etapas en nombre de una libertad un tanto sobreactuada.
Sé que te decepciono, pero me apena que con dieciséis años ya te hayas metido en la cama con una docena de personas de ambos sexos.
No creo que ni siquiera disfrutes de esos momentos.
Más bien pienso lo mismo que tu abuela: que te han cosificado.
Me pregunto qué te quedará por hacer cuando tengas veinte años.
Habrás experimentado muchas cosas sin disfrutar de ellas y sin darte cuenta de que no las has elegido tú, sino que te han convencido de que la evolución de la sociedad pasa por esto.
Sí, me apena el sufrimiento que evidencias y que irá creciendo porque todo lo que estás viviendo lo único que te provoca es insatisfacción.
Penny miraba a su abuelo intentando contener las lágrimas. Nunca se había sentido tan sola como en ese momento. Thomas era quien siempre le había ofrecido seguridad y de repente esa seguridad se le escapaba a través de las palabras que le había escuchado.
El sonido de un llanto les sobresaltó. En el umbral de la puerta estaba Felicitas. ¿Cuánto tiempo llevaba allí?
Ni Thomas ni Martha se atrevieron a preguntárselo, ni siquiera a moverse. Sabían que se habían herido los unos a los otros, que después de lo dicho y escuchado aquella tarde tendrían que reinventarse la relación que habían mantenido, si es que tenía arreglo.
—¡Deja de llorar! —gritó Penny a Felicitas.
—Trata con respeto a tu madre —le pidió Thomas.
—¿A mi madre? ¿Tengo que respetar a quien me ha negado la posibilidad de tener un padre?
¿Creéis que no me duele no saber de quién soy hija?
Según la abuela, lo mismo mi padre es un psicópata, o un imbécil.
No lo sabré nunca. Ella decidió ser madre sin importarle las consecuencias, y la consecuencia soy yo, que no sé quién es mi padre y tengo que decir que es muy guay ser hija de un banco de semen.
De nuevo el silencio. A las lágrimas de Felicitas se habían añadido las de Penny, aunque madre e hija se mantenían alejadas la una de la otra.
Thomas hubiese querido acercarse a las dos para abrazarlas y decirles lo mucho que las quería, pero no sabía qué reacción tendrían. Martha se apretaba los brazos bajo el pecho. Estaba intentando contener el temblor que le recorría todo el cuerpo.
Había dicho tantas cosas…, aunque no lo más importante, y es lo mucho que los quería. Quería a Thomas, pero más a su hija y a su nieta. Sobre todo a Penny, a la que no sabía cómo acercarse, demostrarle que podía contar con ella.
No, no sabía cómo hacerlo, porque ambas se enfrentaban con tan solo mirarse, estaban en guerra permanente, como si el rechazo de lo que eran la una y la otra hiciera imposible que anidara cualquier afecto entre ellas.
¿En qué momento rompieron todos los puentes?
Pero, por más que le doliera, sabía que no sentía ninguna afinidad ni con su hija ni con su nieta y se preguntó con temor si es que la tenía con Thomas o su matrimonio era solo una pirueta que no podrían mantener siempre.
Pensarlo le provocó una arcada que a duras penas pudo sofocar.
¿Acaso su vida familiar era una pantomima? Si era así, reconocerlo los llevaría a perderse para siempre los unos a los otros.
Penny no renunció a decir la última palabra antes de salir de la sala dando un portazo.
—Deberías haberte casado con Mary Baker. A ella no tendría que explicarle quién soy ni lo que siento.
Thomas se acercó a Felicitas, que se dejó envolver por el abrazo de su padre.
—¿De verdad creéis que lo he hecho todo mal? —preguntó sin mirarnos a la cara.
Estuve tentada de responder que yo sí creía que iba de equivocación en equivocación, pero Thomas se me adelantó en la respuesta:
—Has hecho lo que creías que era mejor y sabes que siempre has contado con nuestro apoyo.
—Pero mamá ha dicho…
Thomas la interrumpió mirándome de reojo para evitar que fuera yo quien respondiera.
—Mamá y yo hemos hablado como solemos hacerlo, con sinceridad, y como dicen los españoles, «a bote pronto»…, o sea, sin filtrar ni las palabras ni el pensamiento. ¿Acaso tú no lo haces? Todos lo hacemos cuando estamos en la intimidad.
—Yo… creí que era una buena idea la de mamá, que tuviera un hijo sin compartirlo con nadie. Ella decía que ser madre no es una obligación, es una opción, y yo también lo creo.
—Ser madre es un hecho biológico que a veces se decide desde la razón y en otras ocasiones simplemente sucede sin pretenderlo. Tú decidiste ser madre de una manera y nosotros no tenemos nada que reprocharte. No cambiaríamos a Penny por nadie —afirmó Thomas.
—¿Y a mí? ¿Me cambiaríais a mí? Creo que no he sido la hija que esperabais…
—No te cambiaríamos por nadie. Eres como eres, extremadamente sensible, pero también has demostrado tener fortaleza organizando tu vida a tu manera.
No solo por cómo has elegido ser madre, también porque no te has conformado con lo fácil, ser asalariada con un buen trabajo, sino que has sabido crear tu canal, que ha resultado un éxito —insistió Thomas.
Le dejo que sea él quien hable por los dos, aunque no estoy segura de coincidir con todo lo que ha dicho a nuestra hija.
A mí me hubiera gustado que fuera diferente, la encuentro excesivamente sensible, aunque he de reconocer que tiene agallas para hacer lo que quiere.
Quizá si llorara menos… En cuanto a lo de haber elegido la inseminación artificial para ser madre…
, aunque yo se lo recomendé, no sé si yo hubiera tenido el valor de hacerlo.
Sé que a Felicitas la he parido yo, pero no tenemos nada en común, de manera que, visto el resultado, a lo mejor no es tan disparatado acudir a un banco de semen.
Felicitas se acercó a su padre y le echó los brazos al cuello. Él le dio un beso en la cabeza mientras murmuraba «mi niña querida».
Pienso que la escena es de vodevil, pero mejor no digo nada porque bastante psicodrama hemos tenido esta tarde.
Más que una familia moderna parecemos una familia que se ha escapado de una novela barata.
A lo mejor todas las familias son como la nuestra, y en público se comportan como nosotros: en armonía.
Menudos hipócritas estamos hechos todos.
De repente me acuerdo de que mi cuñada y mi hermano vienen a cenar. Le dije a Irene que no llegaran antes de las nueve y media porque hasta esa hora hace demasiado calor para cenar en el jardín.