Capítulo 2 #7
La vieja bruja. Cuando Thomas y yo nos conocimos, pensé que mantenían una relación amorosa además de académica.
Es una solterona sabionda e insoportable que tiene diez años menos que nosotros y que aún conserva cierto predicamento en el Departamento de Filosofía de Harvard.
Nos caemos mal, yo a ella y ella a mí. En su caso, porque, según va diciendo, yo me entrometí entre Thomas y ella.
En mi caso, porque nunca he soportado sus aires de superioridad y sus artimañas para demostrar en público que intelectualmente no estoy a la altura ni de ella ni de Thomas.
Es verdad que mis escasos conocimientos de filosofía los adquirí deprisa y corriendo cuando conocí a Thomas.
Me leí a Kant y a Spinoza. Kant me aburrió de principio a fin, mientras que leer a Spinoza me resultó más grato, más allá de si lo entendí o no.
La realidad es lo que es, no como debería ser.
Y, en eso, coincido con él. En cuanto a Kant, todavía recuerdo la larga explicación que me dio Thomas sobre el pensamiento de este filósofo.
Hasta tomé apuntes que aún guardo. «La moral es una práctica, no una teoría», me explicaba mi marido mientras yo intentaba contener un bostezo.
Pero por más que leí a unos cuantos filósofos bajo la dirección de Thomas, cuando le acompañaba a algunas reuniones con sus amigos profesores de Filosofía como él, sentía que me ahogaba entre tanta sabiduría.
Sobre todo porque Mary Baker procuraba dejarme en ridículo diciendo frases así: «Chicos, bajad el nivel, que la pobre Martha no se entera», o «Thomas, ¿por qué no le dedicas más tiempo a tu mujer y le enseñas las diferencias entre Frege y Wittgenstein?
La pobre no puede seguir la conversación y acabará hecha un lío», o «Martha, este año doy clases en primer curso, quizá pueda pedir permiso para que de vez en cuando acudas como oyente.
Haré un esfuerzo para que puedas seguir las clases… ».
Y ahora la muy bruja tienta a mi marido para que me deje plantada en Madrid y se vaya a Boston a dirigir un seminario en Harvard.
Thomas es incapaz de resistirse a esa propuesta.
Sé que no me dejaría «tirada» por irse con una mujer, por guapa que fuera, pero volver a «su» universidad es una tentación en la que caerá cuantas veces se lo propongan, y Mary Baker no parará de hacerlo mientras siga teniendo mando en plaza en la Facultad de Filosofía.
—¿Cuándo te vas? —le pregunté.
—He conseguido un billete barato para el fin de semana.
—Estamos a martes.
—El billete es para el sábado.
—¿Por qué no te llevas a Penny? —Mi propuesta me sorprendió hasta a mí.
—¿A Penny? Sabes que Felicitas había organizado que pasáramos unos días en Gijón. A Penny le gusta la playa y bastante sacrificio hace la criatura yendo al norte donde hay poco sol.
—Yo tampoco soporto el sol —respondo lo que me suena a reproche.
—Lo sé. Te salen manchas en la piel.
—Y a Felicitas también. Además, a ti tampoco te gusta tumbarte en una toalla sobre la arena.
—No, claro que no —admite Thomas.
—Es que dices lo de ir a Gijón como si fuera una decisión mía.
—Bueno, no se trata de lo que nos gusta a los mayores, sino de dar un respiro a Penny.
—En Boston hay playas, puedes llevarla a Constitution Beach.
—Sí, podría, pero no voy a llevarme a Penny a Boston. Tendré reuniones en la universidad para estructurar el seminario. Además, para preparar las clases necesito tranquilidad, no tendría tiempo para ocuparme de Penny.
Sé que estoy dando una batalla estúpida, fruto de la manía que siento por Mary Baker.
Thomas tiene setenta años como yo y no parece que a su edad vaya a saltar a la cama de Mary.
Si no lo ha hecho desde que nos casamos, no creo que lo haga ahora.
Mary nunca fue guapa, pero ahora se ha vuelto rematadamente fea, tiene un aspecto descuidado, ha engordado, el pelo teñido de rubio parece estropajo, las piernas torcidas, esto lo sé porque, aunque suele llevar pantalones, en alguna ocasión se ha atrevido con las faldas.
Me digo que una mujer de aspecto tan vulgar no puede seducir a Thomas.
Claro que ella piensa lo mismo de mí: se pregunta cómo una mujer de pensamientos vulgares ha seducido a un profesor de Harvard.
—También puedes venir conmigo —me propone Thomas.
Su propuesta me desconcierta, aunque de inmediato pienso que él sabe que voy a decir que no.
Me conoce bien. Sabe que soy una maniática de los planes.
Si planifico algo, debo cumplirlo de principio a fin.
Desde que nos jubilamos, él de la universidad y yo de bailar, todos los años nos instalamos en Madrid desde julio hasta diciembre.
Seis meses. A finales de diciembre, una vez pasada la Navidad, regresamos a Boston y allí permanecemos hasta el siguiente julio, aunque en ocasiones regresamos antes a España.
Cuando nos casamos, pactamos vivir seis meses en cada casa, pero las estancias siempre están salpicadas de «escapadas»: que si le invitan a dar una conferencia en Oxford, en Ratisbona, en la Sorbona…
, o si estamos en Boston, además de Harvard, la Universidad de California, de Illinois o «saltos» a las Universidades de Alberta o de Toronto en Canadá.
Pero, a qué engañarme, sé que Thomas se siente a gusto en su casa de Boston. Allí están sus libros, sus papeles y sus amigos.
Estoy segura de que su despacho en la casa de Boston es su lugar favorito en el mundo, de la misma manera que esta casa en Madrid es mi casa, aquí crecí, y no hay lugar donde me sienta más cómoda y más libre.
—No te preocupes, Martha, me las arreglaré solo.
Quédate todo el tiempo que quieras en Madrid.
Yo estaré trabajando en el seminario. Y creo que no está de más que intentes acercarte a Felicitas y a Penny.
Me entristece ver que…, en fin, que no os lleváis bien.
Felicitas es muy sensible y te desconcierta, y Penny te pone nerviosa. Deberías esforzarte por comprenderlas.
—¿Comprenderlas? ¿Cómo pretendes que comprenda a ninguna de las dos? Nuestra hija, al menor contratiempo, se pone a gimotear, y Penny…, bueno, Penny se ha echado a perder imbuida en todas esas ideas a cuál más disparatada que corren por las redes.
—Los tiempos han cambiado, Martha, debemos preguntarnos por qué suceden las cosas que suceden.
Condenarlas sin más es la peor de las opciones.
Felicitas es extremadamente sensible, lo admito, pero quizá porque los dos la hemos tratado como si fuera una figura de cristal. Hija única con dos padres potentes.
—¿Potentes? No sé qué quieres decir.
—Claro que lo sabes. Una madre que ha sido una bailarina famosa y un profesor con cierto reconocimiento en el mundo académico…
, los libros que he publicado han sido objeto de buenas críticas en los periódicos.
Desde pequeña nos ha visto «brillar» a cada uno en lo suyo.
¿A cuántas ceremonias la hemos llevado en las que me hacían doctor honoris causa ?
¿Y a cuántos homenajes que te han hecho ha asistido para escuchar que su madre es una de las mejores bailarinas de ballet que hayan existido?
Todo eso pasa factura. Felicitas no ha tenido una infancia como la del resto de los niños.
—¿Y eso la ha convertido en llorona?
—Eso hace que tengamos una hija a la que le ha costado encontrar su lugar en el mundo. Y cuando lo ha hecho, ha demostrado un gran talento. Te recuerdo que gana mucho dinero con su canal.
—¡Dinero! Cómo se nota que eres norteamericano. Qué tendrá que ver el dinero con que nuestra hija sea tan… tan… tan débil.
—Felicitas no es débil. No la conoces. Ha demostrado que, además de talento, tiene agallas para abrirse paso en la vida, incluso en su vida personal.
—¿Solo porque ha tenido una hija por inseminación artificial? Y todo porque su primer y único novio la dejó plantada para irse con otra más espabilada.
—Te recuerdo que la idea fue tuya, Martha. Le dijiste que hoy en día no se necesita una relación sexual para ser madre.
—La idea es buena, la tuve yo. Pero ahí está Penny, que ha salido un poco rara…
—¡Por Dios, Martha! Es horrible lo que acabas de decir. Tus opiniones son ofensivas para nuestra hija y nuestra nieta.
—¿Dónde está la ofensa? No puedo comprender que una chica como Felicitas, que ha estudiado en una de las mejores universidades del mundo, se dedique a dar consejos de belleza y entrevistar a famosas que no se sabe por qué son famosas y que todo lo que cuentan se reduce a explicar qué laca utilizan.
—No seas tan despreciativa. Sabes que lo que dices no es del todo verdad.
El canal de Felicitas es mucho más. Ha entrevistado a escritores, a políticos, a profesores…
Siempre comprometida con las mejores causas: la lucha contra el cambio climático, contra el hambre, la defensa de los derechos humanos…
No respondo. Tendría que darle la razón y no quiero.
El canal de Felicitas es un cajón de sastre, lo mismo hablan de cremas eficaces contra las durezas de los pies que un joven profesor, recomendado por su padre, explica por qué pasa lo que pasa en el mundo.
Estoy a punto de recordarle que él nunca se ha prestado a que Felicitas le entreviste en su canal.
Sin duda nuestra hija es un dechado de sensibilidad. De sensibilidad empalagosa hasta hartar.
—En cuanto a su decisión de ser madre por inseminación artificial, como tú misma has dicho en más de una ocasión, responde a una de las conquistas de las mujeres para decidir su maternidad sin depender de una relación emocional —añade Thomas.