Una familia moderna Capítulo 2 #6
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Capítulo 2 #6

Doña Ana María me observa sin mover un músculo.

Claro que seguramente tiene la cara paralizada por el bótox y por eso no se le mueve ni una ceja.

Pero he de reconocer que resulta atractiva y que ha logrado disimular su edad.

Al entrar en aquel despacho le calculé cincuenta, pero bien mirada puede que esté rozando los sesenta o incluso los haya sobrepasado.

Pensar así es una maldad por mi parte, pero es que me fastidia su tono de suficiencia.

Irene, que ha permanecido callada, sonríe e irrumpe en la conversación:

—Ana María te ha dado todas las opciones y yo te aconsejaría que antes de someterte a cirugía, tiempo habrá, pruebes con los hilos tensores. Los resultados que estamos obteniendo son realmente fantásticos.

—Su cuñada la conoce… y sabe cómo son sus brazos, de manera que su opinión es importante, pero insisto: si usted me permite echarles un vistazo, entonces le podré aconsejar lo que creo que puede ser la mejor solución para usted.

Me quedo inmóvil. De repente no quiero enseñar mis brazos a esa desconocida. Los llevo tapados con una blusa color coral de seda natural. Tendría que desabrocharme la blusa, quitármela, con lo cual haría que, además de mis brazos, viera mucho más. El escote, la clavícula, los hombros, la espalda…

—Con que se suba las mangas de la camisa creo que me podré hacer una idea… —El tono de la señora era impositivo.

Me las subí, pero ella torció el gesto diciendo:

—Me temo que no es suficiente. Es mejor que la examine en mi consulta. Irene…

Su consulta estaba junto a su despacho. En realidad, una puerta que no había visto era la entrada a un espacio blanco inmaculado, donde estaba dispuesta una camilla, y algunos utensilios cuya utilidad desconozco.

Mi cuñada me dio una bata indicándome que me cambiara para que la directora me pudiera examinar.

Dos minutos después yo estaba sentada en la camilla y ella subiendo y bajando mis brazos, indicándome que los moviera de un lado a otro y dando un paso atrás para «verlos» mejor.

Cuando regresamos a su despacho parecía satisfecha.

—Bueno, no están tan mal como pensaba, sobre todo dada su edad.

Los he visto mucho peor en mujeres más jóvenes.

Coincido con Irene, los hilos tensores pueden ser una buena solución; eso sí, en el futuro necesitará usted hacer determinados ejercicios y seguir una dieta que elaboraremos específicamente para usted.

»Si quiere, puedo asignarle la fisioterapeuta que dirija sus ejercicios. Deberá venir aquí todos los días, sé por experiencia que en casa no se hacen las cosas como se deben hacer. Y aquí estará dirigida por una profesional.

»Nos sentiremos muy honrados de tenerla como paciente.

Además, le garantizamos discreción absoluta.

A nuestro centro vienen mujeres muy relevantes y lo hacen porque saben que aquí encuentran eficacia y discreción.

Sus defectos y secretos de belleza están a salvo con nosotras.

He de decirle que se conserva usted muy bien.

Tiene un esqueleto prodigioso y ni un gramo de grasa. Sigue pareciendo un ser etéreo.

Media hora después, mientras salía de la Clínica Alvarado no tenía muy claro si me había dejado engatusar por una vendedora de humo o si realmente iba a conseguir que me devolvieran mis brazos de cisne.

Irene me despidió guiñándome un ojo mientras susurraba: «Nos vemos luego».

Me metí en el coche con una percepción distinta sobre mi cuñada. Aunque siempre la había tenido por una mujer inteligente y capaz, ignoraba que fuera la subdirectora de la Clínica Alvarado y sobre todo que ese lugar era tan ¿chic?, no sé cuál es la palabra, acaso «pretencioso».

Me preguntaba cómo era posible que Irene estuviera casada con mi hermano.

Mi cuñada de repente me había parecido una mujer de mundo, sofisticada, capaz de convencer a las viejas como yo de que se puede recuperar una apariencia de juventud.

También había percibido la complicidad sutil entre Irene y su jefa.

Parecían capaces de entenderse a través de la mirada, sin necesidad de palabras.

Ya en casa, en la soledad de mi habitación, me quité la blusa y me examiné yo misma los brazos.

No, no podrían devolverme los brazos de cuando tenía diez, quince, veinte, treinta años menos.

Eso era imposible, pero sería un éxito si al menos lograban mitigar la carne flácida que envolvía mis huesos.

La directora se había referido con envidia a mi delgadez, a mi esqueleto prodigioso.

La delgadez no ha sido solo mérito de mi ADN, también la he moldeado con renuncias.

Ni helados, ni bombones, ni bocadillos, ni alcohol…

Parecer «etérea» no era fácil. Sobre todo a partir de una edad.

Es en ese momento cuando las hormonas deciden volver a descontrolarse como en la adolescencia y empiezas a engordar con solo una manzana.

En cuántas ocasiones he escuchado halagos de mujeres destacando mi figura delgada que creen que es exclusivo fruto de la naturaleza.

Pero cuando cumples los cincuenta y te asalta la menopausia, no hay manera de mantener a raya las hormonas que te abandonan haciendo que la grasa vaya ocupando su lugar.

Es raro ver a mujeres con cincuenta, sesenta o setenta tan delgadas como fideos.

Si lo están es por su fuerza de voluntad, su lucha por evitar todo aquello que les pueda apetecer comer y beber.

Un día es un día, pero los excesos de ese día se hacinan como tejido adiposo.

A partir de los cincuenta mienten las que dicen que comen de todo y no engordan.

La delgadez te vuelve a visitar cuando ya eres irreversiblemente vieja y estás más cerca de la muerte que de la vida. Y para entonces tanto da.

Pero yo aún siento que late la vida en mis venas y no quiero parecer una caricatura de lo que fui.

En alguna ocasión me he encontrado por casualidad con otras bailarinas; algunas lograron ser figuras del ballet, ser la primera bailarina de tal o cual compañía; pero ahora la gracia de sus movimientos se ha tornado en pesadez en los andares, ya sea por las varices o la grasa que también ha reptado hasta los miembros inferiores.

Algunas de estas mujeres que antaño tuvieron distinción y belleza ahora llevan en la mirada un deje de vergüenza por no haber sido capaces de mantener aunque solo fuera algunos vestigios de lo que fueron.

Recuerdo especialmente a una, no diré el nombre para no avergonzarla.

Yo comenzaba mi carrera cuando ella ya era la primera bailarina del ballet de una ciudad importante de Estados Unidos.

Rubia, delicada en sus gestos, y con una delgadez que incluso parecía extrema.

Hace un par de años nos cruzamos en el aeropuerto de Nueva York.

Me costó reconocerla. ¿Cuántos kilos había engordado?

Calculé que por lo menos debía de pesar sesenta.

Ya sé que no es un peso desmesurado, pero para una bailarina que mide un metro sesenta, esos kilos le han restado la gracia al andar, y el óvalo del rostro ha dejado de ser piel y huesos.

Le di un codazo a Thomas mientras le susurraba quién era.

Se acordaba de ella y, para mi sorpresa, me dijo que la encontraba más atractiva ahora que cuando bailaba.

Me irritó la afirmación de mi marido y le pregunté si en realidad pensaba que la delgadez resta atractivo.

Y su respuesta me fastidió: «En ocasiones sí, y sobre todo a cierta edad.

Hace que las arrugas sean más evidentes y…

bueno, hay rostros que se asemejan a la calavera en que se convertirán».

Respondí airada que una bailarina es lo que es y que en mi caso no permitiré que los kilos me amarguen la vejez, bastante tengo con ver mis brazos convertidos en alas de murciélago.

Pero Thomas se muestra indiferente a lo que califica de «obsesión» por mis brazos.

Creo que piensa que más que ir a un centro de belleza o a un médico de estética, lo que debería es ir a un psiquiatra que me ayude a aceptar que ya no soy quien fui y que no lo volveré a ser.

—¿Qué tal te ha ido? —me pregunta con curiosidad.

—Pues… no sé… Puede que decida someterme al tratamiento que me ofrecen y que no implica cirugía.

—Mejor así. Estarías rematadamente loca si a tu edad te metieras en un quirófano para que te arreglen los brazos. No hay problema mientras todo quede en que te den masajes y te vendan cremas milagrosas.

Me fastidia lo que ha dicho Thomas. Sé que piensa que es una frivolidad que no me gusten mis brazos. Es un filósofo, pero no entiende a las mujeres, o al menos no me entiende a mí. Su comentario reafirma mi decisión de dar un voto de confianza a esa tal doña Ana María.

—Por cierto, en Harvard me han vuelto a ofrecer dirigir un seminario, esta vez sobre la Filosofía del siglo veinte.

Sabes que es un honor que aún sigan contando conmigo.

En eso…, bueno, España me gusta por muchas cosas, la primera tú, pero me sorprende cómo derrochan el talento.

La fecha de nacimiento supone la muerte civil de muchas personas valiosas.

Prescinden de catedráticos, de médicos, de investigadores…

No lo entiendo. En Harvard hay profesores que han cumplido los ochenta.

Todas estas palabras para decirme que en cuanto pueda piensa coger un avión que le deje en el aeropuerto de Logan, el más cercano a Harvard, y que además en Boston está nuestra casa, en realidad, «su» casa.

—Ya sé que acabamos de llegar y solemos irnos en enero, pero si voy a comenzar a dar clases en septiembre, prefiero ir preparándome —añade Thomas.

—¿Y quién te ha llamado esta vez? —pregunto sabiendo la respuesta.

—Mary Baker.