Capítulo 2 #5
Debería serlo. Me he ido construyendo a mí misma.
Durante años moldeé mi cuerpo, pero también mi temperamento, a través del dolor.
Porque el ballet va acompañado de dolor.
El dolor físico y también el miedo de no llegar a ser una bailarina que sobresalga del montón.
Quedarte a medio camino siendo un «cisne» más.
Me asalta a la memoria la imagen de doña Eloísa, mi primera profesora, con la vara en la mano y su voz bien timbrada: «Niñas, ahora plié …
, Battement Tendu , Batte ment Fondu …».
Pero lo realmente duro era apoyar todo el cuerpo sobre las puntas de los pies envueltas en algodón para que la sangre no tiñera las zapatillas.
Doña Eloísa hizo una selección entre las niñas que aspirábamos a recibir clases de ballet.
«Vuestras madres quieren que aprendáis ballet porque creen que os hará más gráciles y elegantes.
Pero yo no estoy aquí para eso, sino para descubrir quiénes entre vosotras tiene algo de talento.
Para aprender ballet es necesario desarrollar la coordinación, y desde luego necesitáis flexibilidad y fuerza.
Pero la fuerza no es solo física, es sobre todo mental.
La que no esté dispuesta a sufrir, que busque otra actividad.
Solo se es bailarina sufriendo. Y tened claro que no quiero en mi clase a nadie que no tenga cualidades y sentido del sacrificio».
De las veinte niñas que comenzamos a aprender ballet con doña Eloísa, solo cinco logramos ganarnos la vida con las puntas de los dedos de los pies, y yo, debo reconocerlo, he sido la más afortunada de todas ellas.
Mi madre ahorró peseta a peseta para que pudiera irme a París a recibir clases de ballet.
Mi padre se opuso, pero mi madre terminó ganando esa batalla, aunque casi le cuesta el matrimonio.
Durante años mi padre dejó de hablarme. Solo cuando en una ocasión fueron a verme bailar al Teatro Real de Madrid, fue capaz de decirme: «Pues parece que lo haces bien».
Mientras todos estos recuerdos me asaltan, me levanto las mangas de la blusa para encontrarme una vez más con que no ha sucedido ningún milagro y mis brazos siguen pareciendo alas de murciélago.
He llamado a mi cuñada Irene. Confío en ella. Es una mujer siempre dispuesta a ayudar y además es enfermera, pero ha terminado ganándose la vida en un centro de belleza de esos que te cobran por saludarte nada más entrar.
Le he explicado el problema. No me gustan mis brazos. Si antaño los críticos decían que mis brazos eran gráciles y elegantes como las alas de los cisnes, hoy dirían con crueldad que son como alas de murciélago.
Irene me ha arreglado una cita con la dueña del centro donde trabaja, que me asegura que es de fiar porque no es una esteticista, sino que es dermatóloga y «hace milagros».
Sí, necesito que haga un milagro con mis brazos, pero no estoy segura de que eso sea labor de una dermatóloga. Claro que, como dice Irene, el que su jefa haya estudiado Medicina es una ventaja.
Mi cuñada me ha jurado que no le comentará a mi hermano mi preocupación por mis brazos y el empeño en que me los arreglen.
Tampoco yo le he dicho nada a Felicitas.
Por supuesto, comentárselo a Penny habría sido una estupidez.
Sobre todo después de la discusión que acabamos de tener. Pero se lo he dejado caer a Thomas.
De manera que salgo de casa procurando que no me vean, aunque no puedo evitar el escrutinio de Lucía, que está colocando un estor que se había desprendido de una ventana.
—¿Vas a salir?
—Sí, pero…
—Pero no debo decirle a nadie que has salido, juraré que no te he visto y que ignoro dónde estás.
—Eso, gracias.
El centro de belleza está situado en uno de esos barrios modernos del extrarradio donde todo parece recién estrenado: las calles, las farolas, los jardines bien cuidados…
Es un chalet de tres plantas de aspecto elegante por fuera y mucho más por dentro.
Una placa dorada y discreta situada junto al timbre de la puerta anuncia que estoy en la Clínica Alvarado.
Me recibe una mujer de edad indeterminada, vestida con una blusa blanca impoluta y una falda estrecha azul marino.
Lleva tacones, ni muy altos ni muy bajos, lo suficiente para dar la sensación de que sus piernas son más largas de lo que realmente las tiene.
Su acento es de algún lugar de América, pero no soy capaz de distinguir de dónde.
—Doña Martha, es un placer tenerla aquí. La doctora Alvarado la está esperando y creo que doña Irene, nuestra subdirectora, la acompañará.
Primera sorpresa: Irene es subdirectora de este centro de apariencia tan sofisticada.
La recepcionista se dirige hacia el fondo del hall donde descubro un ascensor que parece fundido con la pared. Subimos hasta el tercer piso y allí me espera mi cuñada con una sonrisa de satisfacción.
El despacho de la doctora Alvarado está decorado en un tono beige cálido.
Una mesa de trabajo de cristal, un ordenador de última generación en una mesita auxiliar también de cristal.
Dos sofás, uno frente a otro, además de dos butacas, todos ellos de color crudo.
Un mueble junto a la pared cuya función parece decorativa y no que sea de alguna utilidad, e incluso una estantería donde asoman libros de belleza.
Irene nos presenta:
—Doña Ana María, esta es mi cuñada Martha…
—Soy una fan suya. La vi bailar hace unos años El lago de los cisnes en el David H. Koch de Nueva York. Fue una función inolvidable. Usted estaba invitada como bailarina principal. Solo diez funciones, no imagina lo que nos costó conseguir las entradas.
—Gracias.
No sé qué más puedo decir. Me fastidia que me reconozcan. La gente se siente obligada a decir algo amable, pero yo preferiría que me trataran como si no supieran quién soy.
Doña Ana María se da cuenta de mi incomodidad y me invita a sentarme en uno de los sillones mientras mira a Irene y, sonriendo, dice:
—Nuestra querida Irene ya me ha adelantado lo que le preocupa.
Por su acento pienso que doña Ana María es venezolana.
Una mujer sin duda atractiva con melena negra perfectamente peinada, piel canela y un tipazo de modelo.
Le calculo que mide por lo menos uno setenta.
Y elegante, sí, a la manera de las mujeres ricas de América Latina.
Lleva un traje de Carolina Herrera, zapatos de Jimmy Choo, un Cartier en la muñeca derecha y unos brillantes diminutos en el lóbulo de las orejas.
Todo evidente pero refinado. En cuanto a la edad, creo que ha sobrepasado los cincuenta, aunque parezca que tiene cuarenta.
Me empiezo a arrepentir de haber pedido ayuda a mi cuñada y estar allí.
—Irene me ha comentado su problema, pero le aseguro que dejará de serlo. Aquí disponemos del aparataje más moderno que se pueda encontrar en el mercado. Eso sí, no voy a engañarla, los resultados se obtienen con paciencia, los tratamientos requieren tiempo.
Asiento con la cabeza y de reojo observo que mi cuñada se siente satisfecha de que la tal doña Ana María esté dándonos toda una lección de savoir faire .
—Como le habrá dicho Irene, nuestros tratamientos están dirigidos por médicos y enfermeras. La salud y la belleza van unidas de la mano y tenemos como prioridad cuidar de nuestras pacientes.
»Aquí realizamos pequeñas cirugías: blefaroplastias, otoplastias, lipofilling …
También llevamos a cabo remodelaciones corporales como la ginecomastia o eliminamos manchas y lesiones cutáneas que no sean cancerígenas.
Las cirugías importantes nuestros especialistas las llevan a cabo en un hospital privado donde la discreción está garantizada.
—Muy interesante —digo por decir algo.
Por ahora no estoy interesada en nada de lo que me cuenta. A mí lo que me preocupan son mis brazos y pienso que me quiere «vender» tratamientos que no tengo intención de hacerme.
Parece que me está leyendo lo que pienso, porque de repente deja de sonreír y fija su mirada en mis brazos, que llevo debidamente tapados a pesar de que estamos en el mes de julio.
—En cuanto a la flacidez de los brazos…, no quiero engañarla, podemos mejorar su aspecto con algunos de nuestros tratamientos, una buena dieta y ejercicios específicos para fortalecerlos.
Además, utilizamos radiofrecuencia subdérmica, liposucción, drenaje linfático y también somos pioneros en tratamientos con hilos tensores.
Son hilos invisibles y su efecto dura un año, dos como mucho; eso sí, son invisibles y no requieren pasar por el quirófano.
Pero si lo que quiere es recuperar sus brazos de cisne, también podría someterse a un lifting que llevaríamos a cabo en un hospital.
—¿Un lifting ? ¿Y en qué consistiría?
—Pruebas de anestesia, ingresar en el hospital…
No es una cirugía especialmente dolorosa, pero…
tiene que asumir que le quedará una cicatriz en la cara interna posterior.
Además, antes de ver los resultados de la cirugía pasará unos días con dolor, moratones, quizá pérdida de sensibilidad y deberá llevar vendas de compresión.
Dependiendo del paciente, se tarda un mes en recuperar la normalidad.
Puede ser menos o puede ser más. Como verá, estoy siendo sincera con usted.
Y ahora, si me permite…, ¿puedo ver sus brazos?
Dudo. No sé si levantarme, darle las gracias y salir corriendo o someterme a algunos de esos tratamientos que me acaba de relatar. Me digo a mí misma que soy idiota, que a los setenta es imposible recuperar la tersura de los brazos y que debería empezar a asumir mi edad.