Capítulo 2 #4
Lucía es hondureña, llegó sin permiso de trabajo y sobrevivió con empleos precarios.
La conocimos a través de la parroquia, donde mi madre iba cada domingo a oír misa.
El párroco se la recomendó diciendo que Lucía era una mujer de bien.
Lo es. Lleva la casa con diligencia y todos la obedecemos sin rechistar, incluida mi díscola nieta, que tuvo hasta hace poco su cuarto de juegos en el semisótano.
Su casa de muñecas, la pequeña estantería repleta de libros de cuentos, dos sillas y una mesa de estudio, todo eso desapareció cuando cumplió los catorce años.
Una mañana Penny empezó a sacar cuanto tenía de su «leonera» apilándolo en el jardín, inmune a mis protestas y a las de Lucía.
No se conformó con destruir su cuarto de juegos, sino que quitó del armario todos sus vestidos y los amontonó dispuesta a quemarlos, fuego al que quería añadir sus coleteros de colores, calcetines, ropa interior, manoletinas y zapatillas de deporte que consideraba que eran de «niña».
Al menos Lucía tomó una decisión acertada: le pidió al párroco que enviara a alguien para que se llevara todos esos muebles y los cajones de juguetes, además de la ropa, e incluso se enfrentó a Penny diciéndole: «Eres una caprichosa que no valoras lo que tienes».
Frase que seguramente han escuchado muchos niños en su infancia.
A Lucía le dolía ver el desprecio que mostraba Penny por todas aquellas cosas de las que tantos niños carecen.
En aquel momento, Thomas y yo estábamos en Boston, pero Felicitas nos telefoneó llorando para contarnos lo sucedido.
«Está dejando de ser una niña», fue la conclusión de Thomas. La mía fue menos benevolente porque le respondí que teníamos una nieta caprichosa y maleducada incapaz de valorar lo mucho que tenía.
Mi marido asegura que no me cae bien nuestra nieta.
Puede que tenga razón, no veo ningún interés en esta adolescente resabiada que quiere poner el mundo del revés y que carece de cualquier encanto: no es nada agraciada, a lo que se une que se viste como un adefesio y que lleva el cuerpo lleno de tatuajes que se hizo sin nuestro permiso, y distintos imperdibles por la cara; en cuanto al pelo… pelo… no sé si lo peor es el pelo…
Cuando regresamos a España encontré que el que había sido su cuarto de juegos lo había transformado en un antro inhóspito.
Luces de colores en el techo y colchonetas en el suelo.
Unas tablas que recogió de un contenedor convertidas en un improvisado mueble donde había colocado una cadena de música que, según dijo, ya estaba obsoleta porque ahora la música se escucha con el móvil, pero que no la tiraba porque era un regalo de Thomas.
Su abuelo se sintió halagado por lo que consideró una muestra de lealtad y cariño por parte de su nieta.
No me resistí a preguntar por qué ese afán destructor y su respuesta me provocó primero risa y después pena:
—Me habéis cosificado. Desde la cuna habéis estado empeñados en que era una niña sin darme oportunidad de decidir por mí misma qué quiero o qué no quiero ser.
Odio el color rosa. ¿Sabes cuántos vestidos de ese color me has comprado a lo largo de mi vida?
También odio los colores pastel, y las faldas, y los calcetines de perlé, las camisetas con dibujos de personajes de las películas de Walt Disney, y las manoletinas, o esas sandalias que tienen una tortuga como adorno.
»Todo, todo lo que tengo me cosifica, me oprime. Se acabó. No voy a dejar que me impongáis qué tengo que ser. Seré lo que quiera en cada momento.
—¿Cosificada? ¿Dónde has aprendido esa palabra? —le pregunté enfadada.
—No hace falta aprenderla. Mira a tu alrededor, a ti, a mi madre… Todas las que creéis que sois mujeres lo creéis porque os han cosificado desde pequeñas, no os han permitido pensar por vosotras mismas.
»¿Por qué lleváis faldas, vestidos y os preocupa tanto vuestro físico?
Os han lavado el cerebro y habéis “comprado” que tenéis que gustar a los hombres, estar a su disposición, dejar que hagan con vosotras lo que les venga en gana.
A los chicos tampoco les ha ido mejor. Que si tienen que ser unos machos, dar patadas al balón, no llorar, conquistar a las chicas…
Pero eso se ha acabado. Mi generación lo ha acabado.
Ahora somos lo que queremos y quienes queremos ser, y la manera de hacerlo es no dejarnos cosificar.
La gente como tú habéis dividido el mundo en dos: hombres y mujeres, impidiendo que cada cual sea lo que quiere ser, o no ser nada o ser todo a la vez.
»¿Estás segura de que eres una mujer o simplemente lo eres porque te han dicho que lo eres?
Respiré hondo después del discursito de mi nieta y decidí intentar comprenderla. Me dije que solo era una adolescente confundida y que lo que necesitaba era que alguien le ayudara a aclarar las ideas. Pero su respuesta me puso los nervios de punta:
—No estoy enferma, no necesito que me comprendas, eres tú la que tienes que ir a un psicólogo o a un psiquiatra para que te explique que el género es múltiple: binario, no binario, cisgénero, bigénero, agénero, heterosexual, homosexual, bisexual, asexual, intergénero, pangénero, trigénero, transgénero.
»A saber lo que eres tú… Seguramente has decidido creerte que eres una mujer porque te da miedo ser otra cosa.
—¿Y exactamente tú qué eres de todo eso que has dicho?
—Por ahora soy no binaria, prefiero el género fluido.
—O sea, bisexual.
—No te enteras, abuela.
—La que no se entera eres tú. Te has dejado meter en la cabeza ideas de una minoría que quiere imponer su manera de ser y sentir a una mayoría, y para eso os hacen sentir mal a los adolescentes y os confunden con ideas atrabiliarias que si no aceptáis sin rechistar os hacen creer que estáis fuera de juego.
Os manipulan y abusan de vuestra… de vuestra bisoñez.
—Estuve a punto de decir «estupidez», pero me contuve a tiempo.
—No lo entiendes porque tú estás cosificada —insistió Penny.
—No, yo no estoy cosificada. Son otros los que os cosifican y os dicen que podéis ser esto o lo otro. Es fácil manipularos en la adolescencia, que es una etapa de confusión, de cambios en el cuerpo, de un baile de hormonas, de estar construyendo tu identidad.
»La adolescencia es una etapa en la que se sufre, y como los niños y los adolescentes tenéis una buena dosis de crueldad, yo también la tuve, a veces la tomáis contra alguien de vuestra clase y le hacéis la vida imposible, y la única manera que tienen esos pobres de reivindicarse es decir que en realidad no se sienten bien dentro de su cuerpo porque son alguna de esas cosas que me has enumerado.
No diré que haya algún caso en que sea así, pero ahora resulta que ser una mujer o un hombre es lo raro.
—¡Raro! ¿Crees que no sentirse al cien por cien hombre o mujer es ser raro? ¡Eres un peligro para la humanidad! No sientes el más mínimo respeto por los sentimientos ajenos.
—Lo que creo es que unas minorías bien organizadas están trastocando la realidad y llevando al desastre a muchos adolescentes que son capaces de mutilar sus cuerpos porque les dicen que sus problemas tienen que ver con que en realidad no son niñas o niños.
—¡Eres un monstruo! A las personas como tú deberían encerrarlas —gritó Penny.
—No, no soy ningún monstruo. Sé que hay personas que lo pasan mal porque no se sienten bien dentro de su cuerpo, pero lo que no creo es que sean millones. Es toda una «filosofía» lo que hay detrás de todas estas sandeces sobre el género. Yo lo tengo claro: lo que nos determina es el sexo biológico.
—¡Reaccionaria! Eso es lo que eres, incapaz de ver más allá de tus narices. Pues fastídiate: yo, tu única nieta, soy no binaria. ¿Qué piensas hacer? A lo mejor te gustaría que me encerraran por no ser lo que tú crees que es ser «normal».
Nos quedamos en silencio mirándonos la una a la otra con el cansancio de haber librado una batalla inútil que no habíamos ganado ninguna de las dos. ¿Era la edad lo que nos separaba? Yo veía a Penny como una niña manipulada, imbuida de ideas que podían llevarla al desastre.
—¿Sabes?, eres solo una puta vieja cosificada. Este no es tu siglo, deberías morirte y dejarnos en paz.
Respiré hondo. Estuve tentada de darle una bofetada, pero me contuve a tiempo.
Penny salió del salón con un portazo. Pensé en que si yo le hubiese dicho todo eso a mi padre, me habría dado no una bofetada, sino dos.
Mi padre no dejaba de recordarnos todo lo que trabajaba para que mi hermano y yo tuviéramos un plato de comida y el privilegio de ir al colegio.
Por cierto, ¿aún no he mencionado a mi hermano?
Alberto es diez años menor que yo y mi padre decidió que su educación era cosa suya, ya que mi madre me había llenado la cabeza de pájaros apuntándome a las rudimentarias clases de ballet que daban en el colegio.
De manera que, según decidió mi padre, el destino de mi hermano era ser un hombre de bien.
Eso implicaba estudiar algo que le garantizara el futuro; por ejemplo, ingeniero.
Para mi padre, ser ingeniero era lo máximo que se podía ser en la vida.
Eso sí, se habría conformado con que Alberto estudiara una formación profesional: electricista, contable, fontanero, dependiente…
Mi padre decía que, aunque no ganaría mucho, tendría el pan asegurado.
Pero Alberto no era capaz ni de coger un libro ni de dedicarse a nada que le implicara tener un horario.
Optó por el deporte, estudió no sé qué relacionado con dar clases de Educación física, además de empeñarse en convertirse en un profesional del fútbol.
Pero resultó un mediocre jugador; lo más que llegó fue a jugar en un equipo de Segunda División, y ahora es un mediocre entrenador de un equipo de Tercera. Pero es feliz. ¿Y yo? ¿Soy feliz?