Una familia moderna Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Ni él mismo ha logrado explicarse de dónde sacó el valor para, al terminar la función, llegar hasta los camerinos buscándome.

Desde aquella noche no nos hemos vuelto a separar.

Cuando terminó su estadía en Oxford me pidió que me casara con él.

Debía regresar a Harvard, donde tenía su plaza fija como profesor.

Fue sincero: su sueldo era suficiente para vivir cómodamente, pero sin lujos.

Además, tenía alquilada una casa en Boston que, dijo, estaba convencido de que me gustaría e incluso había un pequeño jardín.

También se ofreció a hablar con un amigo profesor de Arte, que estaba seguro de que conocería a alguien que tuviera alguna relación con el ballet. Podría continuar allí mi carrera.

No me lo pensé demasiado. Me había enamorado de aquel profesor de Filosofía que me hablaba de cosas que me resultaban tan emocionantes como extrañas: empirismo, racionalismo, escolástica, existencialismo…

Confucio, Sócrates, Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Descartes, Kant, Hume, Nietzsche, Karl Marx, Sartre…

se convirtieron en personajes cotidianos de mi vida.

Pasé los primeros años de matrimonio leyéndolos a todos por el deseo de estar a la altura de mi docto e inteligente marido; tan docto e inteligente como todos aquellos otros profesores que visitaban nuestra casa y cuyas conversaciones se me antojaban galimatías imposibles de comprender.

Thomas refinó mi pensamiento, me guio por los entresijos de la Filosofía y me enseñó a leer. No a leer en sentido mecánico, eso ya sabía, sino que me indicó los cien libros cuya lectura consideraba imprescindible.

No, no soy una mujer especialmente culta, pero lo parezco, y eso se lo debo a Thomas.

Ha sido él quien ha modelado mi intelecto enseñándome a discernir la calidad de lo superfluo.

Y no me ha resultado fácil poder desenvolverme entre sus «pares» como si de verdad entendiera lo que decían.

He pasado toda una vida intentando no perderme en los vericuetos de las mentes enrevesadas de los filósofos como mi marido.

En cuanto a esa elegancia «natural» con la que me han halagado los cronistas de sociedad, se debe al ballet.

A la disciplina cuasi inhumana que exige el ballet y que me inculcó sin paliativos mademoiselle Irina, una profesora que decía ser rusa.

La conocí en una escuela de baile en París y la volví a encontrar en Estados Unidos, donde de cuando en cuando daba alguna clase extraordinaria a los bailarines del Ballet de Boston.

Mademoiselle Irina parecía haberse escapado de algunos de esos carteles de los Ballets Rusos de Diáguilev.

Dudo que ella fuera rusa y que su verdadero nombre fuera Irina, el acento francés la traicionaba, pero fue una profesora dura e implacable capaz de sacar una chispa de talento de cualquiera de nosotras, aspirantes a convertirnos en primera figura del ballet.

Fue ella quien me enseñó a mantener la postura erguida, andar mirando al frente, mostrar un gesto impasible, renunciar a comer un bocadillo, mordisquear un bombón o no caer en la tentación delante de una tarta Sacher en la mismísima Viena.

La elegancia, decía, consiste en contener el gesto, en andar como si no pisaras el suelo, en saber elegir el vestido, jersey, zapatos o abrigo que realcen tus cualidades, pero sin que estas prendas se conviertan en las protagonistas.

Todo debe de ser sutil y sencillo. «Y sobre todo no engordéis.

La delgadez ayuda a parecer elegante». Quizá el consejo más difícil de seguir fue el de saber elegir el momento de la retirada: «El éxito va acompañado de halagos, y los halagos emborrachan.

Retirarse un poco antes de lo que es conveniente es la mejor manera de no convertiros en una caricatura de lo que fuisteis».

He seguido sus consejos como si me los hubiera tallado en el cerebro y no pienso compartirlos en una charla con mi hija influencer en un canal donde se asoman miles de personas por las que seguramente no lograría sentir el menor interés ni tampoco comprendería que lo tuvieran por mí.

Pero de todo esto no voy a hablarles ni a mi hija ni a mi nieta.

No lo entenderían. Tampoco creo que les importe.

En cuanto a Thomas…, él sí sabe por qué me niego a participar en ese happening ideado por Felicitas.

Pero le puede el amor incondicional que siente tanto por su hija como por su nieta, aunque eso suponga que yo haga el ridículo.

—Madre, por favor, piénsatelo… —La voz de Felicitas me sobresaltó. Me devolvió a la realidad, al momento presente. A mi hija le preocupaba algo más que mi negativa a participar en su canal de internet.

—Dejémoslo estar —respondí.

—Eres una vieja malvada, tu mayor satisfacción es doblegarnos para que hagamos lo que tú quieres.

—¡Penny! Pide disculpas a tu abuela. —La voz de Thomas había adquirido un tinte de enfado.

—No, no pienso pedirle disculpas, ¿por qué?

¿Es que te parece bien que fastidie a mamá?

A Martha no le importa nada que no sea ella, tiene miedo de que se la conozca de verdad y quede en evidencia ese personaje falso que se ha construido.

Por eso se niega a hacer la entrevista. Ni siquiera ella, que es tan cínica, sería capaz de engañar a la cámara, sus palabras irían por un lado, pero su rostro la delataría —sentenció Penny.

—Lo que has dicho es imperdonable. No quiero hablar contigo hasta que no te disculpes con tu abuela.

—Thomas se levantó y salió del salón. Estaba deseando escapar de nosotras.

Sé que se va a refugiar en lo que él llama su despacho biblioteca.

Es el espacio más holgado de la casa y se lo cedí con gusto, claro que antes tuvimos que reformarla. Mi casa. Nuestra casa.

Cuando de niña vivía ahí, el barrio no estaba entre los mejores de Madrid.

Junto a la plaza de Castilla, aquella zona parecía que quedaba al margen de la ciudad.

En realidad, la casa había pertenecido a mis abuelos maternos: él, empleado de banca, haciendo horas extras para completar el sueldo; ella, ama de casa.

Cuando mis padres se casaron, vivieron en aquella casa; por aquel entonces ya se había muerto mi abuelo y mi abuela estaba delicada de salud, lo que fue un argumento definitivo para que mi madre convenciera a mi padre de que su obligación era permanecer allí.

Además, contaban con la ventaja de que no tendrían que pagar alquiler y algún día la casa sería de ellos.

Mi padre, ferroviario y tan duro como los raíles de hierro, aceptó a regañadientes.

Esta casa es lo único que siento que de verdad me pertenece.

Fue un alivio que Thomas se enamorara de ella y que, cuando mi madre murió, no dudara en que fuera nuestra casa en España.

En realidad, en Boston vivíamos de alquiler, de manera que esta es nuestra única propiedad.

Aunque para Thomas «su» casa siempre será la de Boston, que reconozco es bonita, de estilo victoriano, con dos plantas.

No es que tenga muchos metros, pero para los dos tenemos espacio de sobra.

Un salón, una cocina comedor, nuestro dormitorio y dos más, aunque minúsculos.

Cuando Felicitas nació, Thomas tuvo que renunciar a parte de su biblioteca.

Sus libros los tenía repartidos en las otras dos estancias y tuvo que acomodarlos en una sola para ampliar uno de los dormitorios y que nuestra hija dispusiera de una habitación como es debido.

El otro cuarto, el más pequeño, es el que ocupa Penny cuando decide ir, lo que no sucede a menudo.

Vivir entre ambas ciudades se ha convertido en parte de nuestra cotidianidad. La mitad del año en Boston, la otra en Madrid, en la casa en que nací y crecí.

La hemos arreglado con gusto. Contratamos a un arquitecto al que solo le di una indicación: que la remodelara con espacio para todos.

Un despacho con estantes para Thomas y sus libros, una habitación amplia para Felicitas, otras dos habitaciones por si teníamos más hijos, lo que a Dios gracias no ha sucedido.

No quiero ni pensar lo que habría sido tener otra hija como Felicitas o un hijo al que la moda le hubiera llevado a la droga.

De manera que la casa es más que suficiente para todos, tiene dos plantas y recibe luz por los grandes ventanales que la bordean.

El espacio está bien aprovechado, sobre todo después de haber tirado unas cuantas paredes.

Incluso tenía un pequeño pero encantador jardín donde mi padre había construido un invernadero para mi madre.

Lo hemos mantenido por respeto a su recuerdo, aunque ninguno tenemos afición por la jardinería.

El arquitecto lo convirtió en lo que pretenciosamente denominó «jardín de invierno».

Yo lo visito poco, pero sé que Felicitas graba algunos de sus programas allí.

La casa también tiene una planta semisótano.

Ahí están el «cuarto de juegos» de Penny, la cocina, la sala de lavado y plancha y una habitación grande y bien ventilada en la que viven Lucía y su gata Mishia.

Thomas se empeñó en que Lucía tuviera su propia sala de estar, lo que obligó a reducir la sala de plancha.