Una familia moderna Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Pues… lo que se me ha ocurrido es que grabemos para el canal una conversación entre las dos.

Una charla entre madre e hija, una madre que ha sido una gloria del ballet, que cuente cómo fueron sus comienzos, cómo logró triunfar…

Pero también sus «secretos»: cómo mantenerse delgada, cómo disimular las arrugas, qué tipo de maquillaje es mejor a partir de los sesenta, si crees que hay que tomar hormonas durante la menopausia, cómo saber lo que a una le sienta bien y qué descartar…

En fin, una conversación que dividiré por temas y que iremos emitiendo durante semanas.

Luego uniremos las piezas y se convertirá en un reality .

¡Será un bombazo! Y lo grabaríamos aquí, en tu sala de estar.

Las cámaras recorrerían todos los rincones, la mesa con las fotos de papá, y de Penny conmigo, tus cuadros, las figuras de porcelana de bailarinas…

Sí, será un exitazo. La mejor bailarina del siglo nos abre las puertas de su corazón.

—No.

—¿No?

Felicitas me mira sorprendida como si creyera haber entendido mal mi respuesta.

Pero mi «no» es irrevocable, aunque sé que me costará un disgusto, o varios.

Thomas se enfurruñará, Penny me dejará de hablar y mi hija llorará mañana, tarde y noche.

Pero no pienso exhibir mi intimidad. Tampoco quiero contar lo que hice en el pasado, lo que hago en el presente, y mucho menos confesar que no me gustan mis brazos y que la edad me ha alcanzado de manera traicionera.

Soy pasado, no presente, y mi futuro es tan tenue como escaso.

Mi hija pretende exprimirme para despertar el morbo de toda esa gente que se sienta delante de una pantalla para escudriñar sobre la vida de los otros y luego opinar.

No. No. No. Se lo repetiré. No. Y ya puede llorar hasta llenar un estanque que no voy a volverme atrás.

—Pero… sería un éxito… La gente te adora y sigue queriendo saber todo sobre ti. Has sido la mejor bailarina del siglo.

—No, no lo he sido. Ha habido otras incluso mejores que yo. Y mi vida y mis opiniones forman parte de mi intimidad, de la de esta familia.

—Pero… pero eres un personaje…, te debes a tu público.

—A los setenta años solo me debo a mí misma. Mi público ya no está, ha envejecido conmigo, hace tiempo que, al igual que yo, salieron del teatro.

—No puedes hacerme esto… No es justo…

—¿Qué es lo que no es justo?

—Que no me quieras ayudar, que no comprendas que me apuntaría un tanto mundial, que consolidaría mi magazín, que…

—No.

—Madre.

—No.

—Pero…

—No.

Felicitas se levanta del sofá con lentitud como si le pesara el cuerpo, aunque está delgada como un fideo. Sé que ahora viene la sesión de lágrimas.

Se acerca y me echa los brazos al cuello mientras sus lágrimas se escurren por su rostro hasta llegar a mi blusa.

Escucho cómo se abre la puerta. Ahora toca la segunda parte del drama. Penny está en el umbral observándome con rabia. Detrás de ella alcanzo a intuir la figura de Thomas. Siento una oleada de indignación ante esta escena tan previsible como vulgar.

—Si eres capaz de hacerle esto a tu hija, ¡de qué no serás capaz! —dice Penny gritando.

—No… no te enfades, Penny. La abuela se lo va a pensar —alcanza a decir Felicitas sorbiendo los mocos.

—No. No tengo nada que pensar sobre tu propuesta.

—Martha…

La voz de Thomas carece de fuerza. Me conoce y sabe cuándo digo un «no» definitivo.

—¿Algún día dejarás de pensar solo en ti? Eres… eres… A ti no te gustan tus brazos, pero a los demás no nos gustas tú. ¡No hay nada en ti que pueda gustar! —continúa gritando Penny con todo el desprecio del que es capaz.

Me encojo de hombros intentando demostrar indiferencia. No quiero que vean cuánto me duele esta escena y, sobre todo, su decepción.

—Martha…, ¿por qué no te das unos días para pensarlo? Felicitas no te está proponiendo nada que pueda perjudicarte. Tú eres una leyenda.

—La única manera de seguir siéndolo es no caer en la vulgaridad —respondo a Thomas esquivando las miradas de Felicitas y Penny.

Durante unos segundos se hace el silencio. Cada uno de nosotros los aprovecha para coger impulso y continuar la discusión.

—Mi madre es una influencer y tiene seguidores en todas partes del mundo —afirma Penny.

—Pues por eso no me necesita para nada —respondo mientras miro de reojo que la blusa que llevo no me cubre suficientemente, permitiendo que se adivine la flacidez de mi antebrazo.

—Madre, cada vez hay más influencers , gente joven con ideas nuevas… Tengo que «alimentar» el canal o mis seguidores se irán a otra parte.

El tono melifluo de Felicitas es el preludio de una explosión de reproches.

Los de siempre: que he sido una madre ausente, que prefería estar ensayando en la barra en vez de llevarla al parque y sentarme a charlar con las madres de sus amigas…

En su repertorio también está recordarme sus cumpleaños en soledad mientras yo estaba bailando en algún lugar del mundo.

¡Ah!, y el más recurrente: lo distante que me mostraba con las madres de sus amigas.

En eso tiene razón. Me aburrían sus conversaciones.

Sus vidas nada tenían que ver con la mía.

Lo dijo. Todo esto y más. También Penny añadió de su cosecha: «Siempre te has creído superior», «miras a todo el mundo por encima del hombro», «te crees que por tener dinero los demás te tienen que rendir pleitesía», «eres una soberbia, estás convencida de que has sido la mejor bailarina del mundo»…

La corté como hago siempre cuando se refiere al dinero.

—No se te termina de meter en la cabeza que no somos ricos.

No he dejado de repetírtelo. Vivimos bien, pero no nos podemos permitir grandes lujos.

Esta casa la heredé de mis padres y, por si no lo recuerdas, mi padre fue maquinista, para que lo entiendas: conductor de trenes, y mi madre, ama de casa.

Ninguno de los dos tuvo estudios y jamás salieron de este barrio.

Sí, he trabajado mucho para no tener que preocuparme de morir en la indigencia, pero el dinero no nos sobra.

»En cuanto a que me creo haber sido la mejor bailarina del mundo…

No, no lo he sido. He estado entre las mejores, pero no he sido la mejor.

No resultó fácil que una española se abriera paso hasta conseguir bailar en algunas de las mejores compañías de ballet, y tampoco resultó fácil encontrar la oportunidad para bailar como protagonista.

Qué sabéis vosotros del dolor de pies, de los esguinces en los tobillos, del temor a que una caída me impidiera volver a bailar…

¿Sabes cuántas horas dedicaba a ensayar?

No hubo ni un solo día que no ensayara, ni un solo día que me permitiera comer un bombón, que pudiera salir a la calle a disfrutar de la primavera, que los pies me dejaran de sangrar…

Y lo que tengo, lo que tenemos, es fruto del dolor, del sacrificio, del esfuerzo, y no pienso dilapidarlo por vuestras ideas geniales.

De manera que ya podéis desistir de intentar convencerme de que me comporte como una aspirante a estrella y salga en un canal de influencers , aunque esa influencer sea mi hija.

Me escucharon en silencio, conscientes de que estaba dando rienda suelta a la rabia que me provocaban sus continuos desafíos.

—A los setenta años siento que me he ganado el derecho a que me dejen tranquila, tanto vosotros, mi familia, como el resto de la humanidad —concluí.

Permanecieron callados durante unos segundos, después todos empezaron a hablar a la vez.

«Martha, no exageres», dijo Thomas. «Madre, no te he propuesto nada denigrante», añadió Felicitas. «Eres una egocéntrica», sentenció Penny.

No es que espere ningún gesto de cariño y mucho menos de comprensión por parte de mi familia, pero me fastidió. Yo procuraba no entrometerme en sus vidas, pero ellos no dudaban en entrometerse en la mía.

Thomas carraspeó, lo hacía cuando se sentía incómodo, y en ese momento estaba superado por el pequeño drama que habíamos protagonizado.

Aún me pregunto por qué se enamoró de mí y por qué me enamoré de él. Somos como el aceite y el agua.

Le conocí una noche de febrero en que debuté en el Covent Garden y el director del ballet me eligió para bailar el solo de La muerte del cisne .

No hacía mucho que había logrado formar parte de la London Ballet Company, pero era una más y nada me hacía suponer que míster Stevenson tuviera en mente darme una oportunidad.

Pero la suerte se puso de mi parte. Ya que además de la neumonía de la primera bailarina, su sustituta se había casado aquel día.

Si alguien se sabía cada paso de El lago de los cisnes era yo y, sobre todo, La muerte del cisne , la breve pieza de Saint-Saëns que Mijail Fokine coreografió para Anna Pavlova era mi parte favorita, que ensayaba hasta en la soledad del estudio.

Sí, era una bailarina destacada, pero nada hacía suponer que me pudiera convertir en una primera bailarina.

Aquella noche triunfé y además conocí a Thomas. En aquel entonces él daba clases de Filosofía como profesor invitado en Oxford y un matrimonio amigo le había invitado a pasar el fin de semana en Londres, lo que incluía asistir al ballet.

Era la primera vez que Thomas iba al ballet. Según me confesó al cabo de los años, nunca le había interesado el espectáculo de ver deslizarse a unas cuantas sílfides por un escenario con la intención de que el público las imaginara como cisnes.

Cuando se declaró, me dijo algo que nunca he olvidado: «Tus brazos son como las alas de los cisnes». Una afirmación que me conmovió. ¿Cómo no iba a enamorarme de ese profesor de Filosofía que era capaz de verme como un cisne?