Una familia moderna Capítulo 2
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Capítulo 2

–¿L o habéis pasado bien?

Estoy a punto de responder la verdad, pero sé que daría un disgusto a mi hija, de manera que sonrío mientras hago un gesto de asentimiento.

Felicitas es muy sensible y no soporta que las personas que la rodean no sean permanentemente felices.

Todavía me arrepiento de haber cedido ante Thomas con el nombre de nuestra única hija: Felicitas.

A mí me sigue pareciendo cursi y afectado, pero Thomas insistió en que el nombre marcaría el destino de aquella niña de cara arrugada y enrojecida que yo acababa de parir.

«Felicitas es la diosa romana de la Fortuna, del éxito. Y no dudes de que los nombres imprimen carácter». Esa afirmación me pareció absurda entonces y me lo sigue pareciendo ahora.

La fortuna de nuestra hija no es otra que esa, ser nuestra hija.

Thomas, su padre, un reputado profesor de Filosofía que ha impartido sus conocimientos en dos de las mejores universidades del mundo —Oxford, Harvard— y que ahora se dedica a escribir ensayos sobre el «ser o no ser» y a dar conferencias por las que le pagan poco y tarde.

Y yo… yo soy lo que queda de una reconocida bailarina de ballet clásico que emocionó a miles de espectadores al compás de la música de Tchaikovsky.

Los críticos escribieron que nadie como yo era capaz de interpretar La muerte del cisne , y que mis brazos se movían con la elegancia de sus alas. Si me vieran ahora los brazos…

La fortuna de nuestra hija fue, y es, tener unos padres que le han procurado todo lo que se puede desear: una vida cómoda y una educación elitista.

Claro que tampoco le ha servido de mucho, puesto que tomó una decisión errónea: quiso estudiar Periodismo.

A mí me disgustó la idea, pero Thomas la apoyó, incluso cuando a lo de estudiar Periodismo siguió que quería especializarse en «moda» y todo aquello que, aseguró, preocupa a las mujeres.

¿Cómo era posible que mi docto marido secundara semejante frivolidad? Pues lo hizo. De manera que padre e hija me dejaron fuera de su relación. Yo fui la madre protestona que cuestionaba cuanto hacía Felicitas. Por su parte, Thomas era el «padre inspirador», como dijo ella.

Incluso la recomendó para su primer trabajo. Cuando Felicitas terminó la carrera, decidió enviar su currículum a todas las revistas femeninas que a ella le gustaban. Thomas la animó, mientras que yo me mostré sarcástica:

—Pero si no tienes currículum. ¿Qué vas a poner? ¿Que estudiaste primaria y secundaria en un colegio de Boston y que luego tu padre te convenció para que te «formaras» en la Universidad de Stanford?

—Pues en eso consiste un currículum —sentenció Thomas.

—¿Y eso le va a abrir las puertas de una redacción? —respondí con sarcasmo.

—Sin duda —afirmó él.

Pero no fueron sus buenas notas en Stanford lo que le consiguió su primer trabajo, sino su padre, que conocía a un joven prometedor que había asistido a sus clases en Harvard y había aparcado la Filosofía para formar parte del equipo de dirección de una multinacional del entretenimiento en la que su familia tenía acciones.

Felicitas trabajó en una de sus revistas hasta llegar a ser nombrada subdirectora, momento en el que se «colgó» del cuello de su padre para decirle que había tenido una de sus «ideas inspiradoras».

A mí aquella expresión me pareció, y me sigue pareciendo, de película de serie B, o sea, pura impostura.

La idea consistía en convertirse en empresaria de su propia revista.

Una revista «televisada»; es decir, un canal que se «vería» a través de internet y donde se tratarían todas las cuestiones que, dijo, «nos preocupan a las mujeres».

Desde la moda hasta la menopausia, del cuidado de los hijos a los consejos de los especialistas más reputados para adelgazar sin riesgos.

Y, por supuesto, entrevistas con personalidades de todos los ámbitos, premios Nobel, empresarios, políticos, aristócratas, jóvenes emprendedores.

Todo aquel que tuviera algo que decir podría hacerlo en su canal revista o revista canal, tanto da.

Thomas se mostró entusiasmado con la «idea». Yo me preguntaba en silencio cuánto nos costaría que Felicitas se convirtiera en eso que hoy se denomina influencer , porque era evidente que nosotros seríamos quienes pondríamos el dinero para que nuestra hija emprendiera su propio vuelo profesional.

Aquella noche de tantos años atrás, en la soledad de nuestro dormitorio, reproché a Thomas lo mal que había educado a Felicitas.

—Dirás que «hemos educado», aunque no estoy de acuerdo con que la niña esté mal educada —replicó él.

—He dicho lo que quería decir: lo mal que la has educado porque desde que nació no has dejado de llevarme la contraria en lo que se refiere a su educación.

Nuestra hija no tiene ningún sentido de la realidad, se cree que el dinero crece en los árboles.

Y como bien sabes, no somos ricos. Vivimos bien, pero no somos ricos.

En cuanto me jubilé se acabaron los ingresos que nos permitían ciertos caprichos y tú…

, bueno, te pagan las conferencias, pero admite que tus libros no son precisamente best sellers.

—¡Vaya, te has vuelto materialista!

—¿Materialista? Yo diría que realista. Además, ¿has pensado en lo que cuesta esa idea de Felicitas?

Nuestra hija tiene aires de grandeza porque tú la has hecho creer que basta con querer algo para conseguirlo.

Ahora quiere ser propietaria de una revista virtual o un canal, tanto da como lo llame, y que tenga ediciones en varios idiomas además del inglés: español, francés, italiano…

O sea, una de esas cosas que se ponen de moda un día y desaparecen al siguiente.

—Como no escuchas a nuestra hija, no la comprendes.

—La comprendo perfectamente, lo mismo que a ti. Vivís fuera de la realidad.

—Si lo piensas, terminarás admitiendo que ha tenido una idea genial.

Thomas cogió el libro que tenía sobre la mesilla, me sonrió y se enfrascó en la lectura. Era su manera de decir que no había más que hablar sobre ese asunto. Yo me pasé el resto de la noche dando vueltas en la cama preguntándome cuánto nos iba a costar esa revista o canal o lo que quiera que fuese.

Tantos años después, he de reconocer que Felicitas ha triunfado con su idea y gana más dinero del que yo he ganado a costa de mis tobillos y de pasar hambre para parecer un cisne sobre el escenario.

He de admitir que Thomas, que tiene el don de la generosidad, nunca me ha echado en cara mi equivocación por la falta de confianza en nuestra hija.

Los dos han demostrado tener más instinto de supervivencia que yo. Supongo que de tanto hacer de «cisne» me alejé de la realidad de los humanos.

Pienso en todo esto mientras intento que mi gesto, convertido en mueca, no trasluzca que me he aburrido durante el almuerzo y que además tengo ganas de vomitar porque, a pesar de mis esfuerzos, no he podido apartar del todo la mayonesa de las hojas de la lechuga.

Cuando regresamos a casa, Felicitas nos estaba esperando. Penny desapareció. Y allí estábamos los tres, Thomas, Felicitas y yo, preguntándome con qué me sorprenderían mi hija y mi marido.

—Tienes una hija encantadora y sobre todo muy inteligente. No me lo pone fácil con sus disquisiciones y sus preguntas —afirma Thomas satisfecho.

—Sí, es tan lista como tú —responde Felicitas mientras da un beso sonoro en la mejilla derecha de su padre.

Vuelvo a tener esa sensación de sentirme una extraña que me acompaña desde que me casé con Thomas y formamos una familia. Expresión cursi donde las haya.

Thomas tiene una relación inmejorable con Felicitas.

Se quieren, lo manifiestan, ríen, se nota en sus miradas y gestos la complicidad que les une.

Lo mismo sucede con Penny. Padre e hija y abuelo y nieta forman una simbiosis perfecta.

Sé, porque le conozco y llevamos más de cuarenta años de relación ininterrumpida, que mi marido no es partidario de todas estas ideas que planean sobre la sociedad de hoy.

En la soledad de nuestro dormitorio le he escuchado decir cuánto le preocupa que se estén trastocando todos los valores y que los jóvenes se vean inmersos en una vorágine que no saben cómo gestionar.

Eso es precisamente lo que le sucede a nuestra nieta, pero él hace como si ella estuviera fuera de esa realidad.

—Madre…

La voz de Felicitas me devuelve a la realidad. Por el tono y el titubeo intuyo que me va a pedir algo que no está segura de conseguir. Mira a su padre y este sonríe mientras sale de «mi» sala de estar, que en realidad se ha convertido en el salón familiar.

Siempre he tenido buen gusto, y lo que llamamos sala de estar no deja de ser un lugar agradable, un pequeño espacio en el que apenas caben un sofá y dos butacones tapizados de color azul eléctrico.

Una excentricidad. La chimenea y una librería que trepa por la pared repleta de libros sobre ballet.

Al fondo de la estancia, en un rincón, una pequeña mesa de cristal y encima un ordenador portátil de última generación regalo de Felicitas.

La salida precipitada de Thomas es una señal de que está al tanto de lo que me va a decir nuestra hija.

Me siento detrás de la mesa de cristal para poner distancia entre las dos y busco su mirada, que refleja tanta inseguridad como preocupación.

—Te escucho —digo con toda la sequedad de la que soy capaz, que es mucha.

—He tenido una idea genial. A papá se lo parece y también a Penny.

—Entonces dudo de que tu idea sea genial —respondo con acritud.

—¡Martha! No interpretes el papel de madre inaccesible y poco comprensiva. Tú no eres así.

—¿Qué quieres? —respondo aún con más sequedad.