Una fábula sueca 37 #3
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37 #3

Después se marcharon en silencio, levemente curvadas sobre sí mismas, como dos monjes capuchinos, desoyendo las súplicas de Ingrid del mismo modo que los torturadores ignoran las de sus torturados y los dejan atados a una silla para volver más tarde.

Ingrid pasó un rato así, agarrada a los barrotes, vertiendo algunas lágrimas y susurrando c ada pocos segundos:

—No, no, no…

Cuando salió del bloqueo y antes de volver a casa, miró el dibujo de las piernas sobre la acera, los salivazos brillantes, y supo que le pasaba algo.

Algo más allá del pinchazo. Sus manos empezaron a temblar, su piel se transmutó en cera seca y, cuando se notó al borde del colapso, lo sintió de nuevo.

Eléctrico, violento, afilado: el rayo. Entró por la parte superior de su cabeza y llegó hasta los pies, haciéndola caer al suelo de costado, apretando los dientes, clavándose las uñas en las palmas de las manos.

¿Cuánto tiempo pasó en el suelo? No supo decirlo.

Pero consiguió levantarse y subir a su habitación.

Gabriel se estaba afeitando y, cuando la vio meterse en la cama, le preguntó:

—¿Estás bien, cielo?

—Sí —contestó Ingrid con un diminuto hilo de voz—. Me encuentro muy cansada. Necesito dormir.

No quiso bajar a comer, y Nora le subió un plato de sopa que no tocó.

Permaneció todo el día tapada y encogida sobre sí misma y empezó a llorar de miedo y a temblar de frío; o quizá fuese al revés: quizá temblaba de miedo y lloraba de frío, porque para Ingrid, aquel domingo, el frío y el miedo pasaron a ser la misma cosa.

A eso de las seis de la tarde, se levantó a orinar. Para entonces, ya cojeaba.

Al día siguiente, lunes por la mañana, Ingrid bajó a hacer los desayunos, y aunque la intentó disimular, todos notaron su cojera.

Un dolor punzante le recorría toda la pierna izquierda, un dolor que no provenía de ningún sitio ni terminaba en ningún sitio, un dolor que la hacía caminar como un futbolista que abandona el campo lesionado de gravedad.

—Ayer por la mañana —explicó a su familia con aire despreocupado— intenté hacer algo de deporte. Y claro… Adam, pásale la mermelada a tu hermana, anda. El caso es que estoy tan desentrenada después de la tuberculosis, que me dio un buen tirón. Lo tengo todo agarrotado.

A partir de entonces comenzó una época de verdadera obsesión, de locura, de pinchazo, de una cojera sorda y de un dolor líquido en la cadera que se agrupaba intensamente en la rodilla izquierda.

Llamó a Berta para decirle que la dispensase unos días de ir por el hotel porque no se encontraba bien, e invirtió un puñado de mañanas consecutivas en dormir, en mirar por la ventana en dirección a la reja y en alimentar sus obsesiones.

Como su dolor y su cojera se incrementaban día tras día y las suecas no aparecían, sacó una conclusión: «No tienen que volver porque la maldición ya ha hecho efecto».

Arrastrada por la desesperación, entró en Internet a buscar remedios para el mal de ojo, y en aquel laberinto siniestro encontró soluciones que iban desde la inocencia de beber infusiones o quemar plantas purificadoras, hasta otros más turbios como ahogar gatos con seis días de vida, beber la orina de un niño ciego o machacar a martillazos la cabeza de una gallina antes de decapitarla y guardar el amasijo resultante un durante un mes en la nevera.

Afortunadamente, Ingrid se limitó a seguir cultivando su sorda obsesión en silencio.

Una noche, mientras leían en la cama antes de apagar la luz, Gabriel dejó el libro en la mesilla de noche, se quitó las gafas despacio y se giró hacia Ingrid.

—Cielo.

Ingrid dejó de mirar el libro de Almudena Grandes que fingía leer —pues toda su mente estaba colonizada por el dolor espumoso de la pierna, por el frío punzón que llevaba clavado en la rodilla, por una sucesión infatigable de pensamientos grotescos— y se giró hacia Gabriel sin decir nada.

—Me gustaría que hablásemos. —Gabriel usó un tono realmente bondadoso y cordial, un tono que enterraba el hacha de guerra antes de que alguien la blandiera—. Quiero saber si estás bien. Estoy preocupado.

Ingrid no reaccionaba. Había escuchado lo que le había dicho su marido, infería la preocupación en sus palabras y en su tono, pero era incapaz de salir del bucle de pensamientos obsesivos que habían convertido su mente en una espiral incesante. Sin darse cuenta, articuló una palabra:

—Ellas…

—¿Ellas? ¿Ellas qué?

—Nada, cielo, nada —dijo Ingrid tomando el control de lo que decía.

—Oye, cariño. Oye, mírame. Ingrid.

Silencio.

—Mírame, por favor.

Mirada inexpresiva.

—Nada de eso existe.

Silencio.

—Nada existe, mi amor. No existe. No existe. Repite conmigo.

—No voy a repetir contigo.

—Por favor, por favor, cielo. Hazlo por mí. Por favor.

—Gabriel, no pienso…

—No existe. Vamos, cariño. No pienso callarme hasta que lo hagas. Venga, repite: No.

—…

—Vamos: No.

—No.

—¡Genial! Repite: No.

—No.

—Existe.

—Existe.

—¡Así, muy bien! No existe.

—…

Ingrid resopló ostensiblemente.

—No existe —dijo.

—Mi amor, ese es el contrahechizo. Repite: No.

—No.

—Existe.

—Existe.

—No existe.

—No existe.

—¡Bien! No existe.

—No existe.

—No existe.

—No existe.

—No existe.

—No existe.

Ambos hicieron una pausa, sonrieron levemente como dos niños que acabaran de aprender un trabalenguas, tomaron aliento y, por un momento, Ingrid se sintió insuflada de un breve resquicio de la valentía que pretendía transmitirle su marido.

—Quiero —dijo Gabriel— que te lo recuerdes constantemente, por favor. Que nada de eso existe. Ni el pinchazo, ni las maldiciones, ni lo que sea que creas que te están haciendo. ¿Vale?

Ingrid no respondió, solo se limitó a mirarse la rodilla, que irrigaba dolor en todas las direcciones posibles, y a seguirle el juego a su marido porque no tenía ganas de insistir en que, para ella, todo aquello era tan real como el susurro del viento que se colaba desde el jardín. Gabriel insistió:

—¿Vale?

—Vale —respondió Ingrid con media sonrisa.

Gabriel se aproximó a ella, la besó en el cuello y le retiró suavemente un mechón de pelo. Acercó su cuerpo al de Ingrid, volvió a besarla y le acarició la barriga.

—¿Te apetece follar?

—Cielo… me duele mucho la pierna. No puedo ni moverla. Hoy no, de verdad.

Gabriel cambió su gesto bondadoso por una mueca de decepción. No obstante, no tardó mucho en dormirse tras desearle a Ingrid buenas noches con frialdad.

Una hora más tarde, una luna enorme asomaba por la buhardilla y encharcaba de luz blanquecina la habitación, e Ingrid daba vueltas y vueltas en la cama, mezclando la aguja con los escupitajos, el «no existen» con la tiza amarilla, la niña violada con la mujer que decía « förbannad », la cordura con el averno de las almas desquiciadas.

A eso de la una de la mañana, no pudo soportarlo más.

Salió de su habitación cojeando en silencio y cruzó el pasillo hasta el consulado.

Allí solamente tenía ropa formal, pero si se vestía en su dormitorio se arriesgaba a despertar a Gabriel, y no quería que se enterase de lo que iba a hacer.

Así que se puso el traje menos serio que encontró, se calzó unos zapatos planos y bajó a la cochera.

Sacar el coche fue un suplicio, pues cada vez que pisaba el embrague su rodilla izquierda lanzaba un latigazo de dolor que le recorría medio cuerpo en sentido vertical.

Sin encender la radio, solo escuchando el ronquido del motor del coche, Ingrid cruzó las calles desiertas del pueblo, alumbradas por farolas tenues que proyectaban un halo de humedad, atravesó la zona boscosa que parecía ser propiedad de los búhos y finalmente salió a la autovía.

—No existen —dijo. Sin mucha fe, pero lo dijo.

Cuando llegó a las urgencias de traumatología, explicó en el triaje que tenía un dolor completamente insoportable.

El médico, que acumulaba cuatro vasos de la máquina de café vacíos delante del teclado, le hizo sin muchas ganas algunas pruebas de movilidad.

Le dijo que no parecía nada serio y que pasara a la sala de espera.

Pero no tuvo que esperar mucho tiempo, pues mientras leía un cartel con las normas para un correcto lavado de manos, una voz cálida dijo a su espalda:

—¿Ingrid?

Le costó un poco reconocer a Andrés, el novio de Berta.

—¡Andrés! —Ingrid se levantó y le dio dos besos.

—He leído Ingrid Sørensen en el ordenador y he dicho: tiene que ser ella. ¿Qué te pasa?

Ingrid, visiblemente nerviosa, le explicó la violencia y la intensidad del dolor que le recorría la pierna y la cadera izquierda. Andrés frunció el gesto y solo le hizo una pregunta:

—¿Cómo te lo has hecho?

—No me lo he hecho. Me ha aparecido, de buenas a primeras.

Andrés puso una mueca de sorpresa.

—Ven, vamos a verlo. Hoy la guardia está tranquila.

La hizo pasar a un corredor que los condujo a una zona de consultas.

Por el camino, Andrés le preguntó por Gabriel y le hizo un par de comentarios distendidos sobre Berta.

Ya en la consulta, la exploró y dijo que todo parecía normal, pero Ingrid le dijo que nada estaba normal, que el dolor era insoportable.

—Está bien, vamos a rayos. Te hacemos una resonancia y salimos de dudas.

Es posible que uno de los lugares más desoladores que existan sean los pasillos desiertos de un hospital de madrugada.

Andrés dejó a Ingrid en la puerta de una sala de rayos y le dijo que vendría a por ella después de la prueba.

El técnico la metió en la máquina, le dio unos auriculares para amortiguar el ruido y la introdujo en aquella máquina inhóspita.

Cuando terminó, volvió al pasillo. Quince minutos después, Andrés llegó en su busca y la llevó de nuevo a la consulta.

—Hemos hecho resonancia de cadera, de rodilla y de tobillo. —La cara de Ingrid transmitía una ansiedad que chocaba frontalmente con la tranquilidad del médico—. Está todo perfecto, Ingrid. No hay lesiones ni inflamaciones. No tienes nervios obstruidos, nada. Está todo normal.

—¿Entonces?