37 #4
Andrés se encogió brevemente de hombros.
—No lo sé. Porque tampoco es muscular. La exploración también está normal. No parece que tengas contracturas ni roturas fibrilares. No sé, Ingrid. No te has dado un golpe, no te has caído, ¿verdad?
—Ya te he dicho que no. No. Empezó de repente. Ellas…
—¿Ellas?
—Nada, déjalo. Me voy. Muchas gracias, Andrés, de verdad.
Ingrid se levantó con ansiedad y cogió su abrigo, que estaba sobre una camilla.
—Espera, Ingrid. Vamos a verlo con más calma, podemos…
—No, déjalo. Me voy. Gracias, Andrés. Gracias.
Ingrid recorrió los pasillos mal iluminados sin darse cuenta de que estaba llorando.
Salió de urgencias, bajó al aparcamiento y condujo hasta casa intentando no romper definitivamente a llorar porque las lágrimas le impedirían conducir, intentando decirse: «No existen, no existen, no existen», pero su voz interior, secuestrada por la amargura y la pena, contraatacaba de inmediato: «Sí existen, sí existen, sí existen».
Llegó a casa a las cuatro de la mañana. Todo seguía en calma absoluta y el salón aún olía levemente al estofado de la cena.
Con la ropa formal puesta, se tumbó en el sofá y elevó la pierna.
El dolor era insoportable. Nuevas lágrimas afloraron en sus ojos.
Agotada, puso la vista en la librería y vio el lomo: Fábulas suecas .
Recordó los argumentos de Gabriel y se levantó con dificultad, encendió una lamparilla y cogió el libro.
«¿Y si Gabriel lleva razón?», se dijo en un alarde de pensamiento de supervivencia.
Miró el índice y fue a la fábula de los trols.
La leyó con ansiedad, intentando captar los matices profundos, el entramado simbólico que se escondía tras la sabiduría milenaria de su pueblo.
Poco a poco, fue dándose cuenta de lo que Gabriel había intentado transmitirle, lo que aquella resonancia magnética le acababa de contar sin palabras, una idea que remató una de las niñas de la fábula sueca justo antes de aquel final incierto: «Nosotras los hemos creado, así que nosotras podemos destruirlos.
Soñemos eso. Que los destruimos». Y ahí fue cuando, por primera vez, Ingrid consiguió callar su voz interior, que intentó gritarle ante el primer atisbo de rebelión «Sí existen», pero ella gritó aún más fuerte, agazapó a su conciencia con un chillido que resonó en su mente como el eco del Big Bang, aún presente en el pulso eterno del tiempo: «¡No, joder!
¡No existen!». Y bajó al garaje. «No existen».
Tenía —«no existen»— muy claro —«no existen»— adónde ir. «No existen».
A La Umbría.
«No existen».
Podría decirse que, mientras conducía, el pensamiento de Ingrid se movía de manera similar a las grandes borrascas que aparecen en los mapas meteorológicos; se expandía y se contraía de forma ramificada, nubosa y espiral.
Atravesó La Umbría con el cielo empezando a clarear, con las últimas estrellas disolviéndose en el albor de las luces nacientes del día.
Mientras rodeaba el lago Mamut, cuya superficie se rizaba a causa de una brisa tenue, la aurora ya se gestaba en el este.
—No existen —decía Ingrid continuamente en voz alta—. No existen.
Y, cuanto más lo decía, más se daba cuenta de algo increíble: podía hacer remitir el pinchazo seco del pecho, que se activaba cada vez que pensaba en ellas, pero se apagaba al decir: «No existen».
Aunque en realidad no era tanto el hecho de decirlo —empezaba a notar Ingrid—, como el hecho de interiorizarlo.
«No existen». Atravesó a toda velocidad los caminos que la introdujeron en la zona boscosa de parcelas y llegó a la casa. «No existen».
Su estómago era una gran bola de nervios, la ansiedad le restallaba en las sienes y una rabia visceral y primitiva, una rabia de siglos, de milenios de gestación, se acumulaba en su boca y pedía salir y extenderse por toda la corteza del mundo.
«No existen». Dejó el coche en mitad de la calle, se plantó delante de la cancela, pulsó el botón del timbre y, completamente fuera de sí, se puso a gritar:
—¡Abrid! ¡Abrid la cancela!
Varios pájaros salieron volando de la copa de un álamo. Ingrid volvió a pulsar el botón, creyó percibir cierta música de discoteca que provenía de la casa. Eran las siete de la mañana y el mundo se acababa de reiniciar. Todo estaba a disposición de cada ser humano.
—¡Abrid! ¡Eh! ¡Abrid la cancela!
Ingrid pulsó de nuevo el botón sin levantar el dedo, hasta que finalmente la música de la casa cesó y en la finca se instaló un silencio doloroso, casi artificial.
La puerta de la casa se abrió suavemente.
Primero salió Katja y detrás, Elina. Mientras Ingrid seguía gritando, llorando, pulverizando saliva, caminando lateralmente como un animal cojo que sabe que su libertad está tras esas rejas, ellas permanecieron quietas, mudas, posiblemente asombradas por ser por vez primera las que estaban al otro lado de la reja, acosadas en su propia casa por una mujer secuestrada por la ira, por el desengaño, por el más profundo arrebato de justicia.
—¡Katja! ¡Katja! ¡Abre la puerta! ¡Elina! ¡Abridme ahora mismo!
Durante aproximadamente tres minutos, Katja y Elina siguieron calladas, absortas, confusas, como quien mira con mudo asombro un aerolito caído del cielo justamente a sus pies, pensando en que Dios ha fallado por muy poco su intento de lapidación.
—¡Abrid ahora mismo, joder! —gritó Ingrid con toda la fuerza de sus pulmones.
Fue entonces cuando Katja accionó el mando a distancia que llevaba en la mano. Las cancelas se abrieron. Fue también entonces cuando salieron los perros.
Ingrid echó a andar hacia ellas. Los perros la rodearon, pero ella ni siquiera los miró.
No veía más allá de aquellos dos rostros que hasta entonces habían sido la personificación de la oscuridad más temida por cada ser humano, la oscuridad del sufrimiento, del dolor, la oscuridad que no queremos pensar que nos aguarda tras la muerte.
Pero mientras Ingrid caminaba y ellas la esperaban medio desnudas y en la casa se escuchaban los últimos hombres brindando y riendo a carcajadas espantosas, los postreros gemidos tristes de mujeres abiertas de piernas para ellos, Ingrid se repetía constantemente en voz baja: «No existen, no existen, no existen, no existen».
Y así llegó hasta ellas, cojeando, susurrando aquella letanía cansina de negación y de luz, de liberación y de pena al mismo tiempo.
Miró a Katja, apenas un metro la separaban de ella.
—No existes —le dijo.
Después se giró hacia Elina, a quien le asomaba medio pezón por la parte superior del sujetador.
—No existes, Elina. No existes.
Y después gritó, gritó con todas sus fuerzas:
—¡ no existís ! ¡ vosotras dos no existís! ¡no os permito que existáis !
Katja sonrió.
— Förbannad —dijo.
—No —dijo Ingrid—. No existes, Katja. No existes.
— Förbannad —dijo Elina.
—No existes.
— Förbannad .
Ya lo decían al mismo tiempo, con una sincronización perfecta de conjuradoras.
—No existís.
— Förbannad .
—No existís.
— Förbannad .
—¡ NO EXISTÍS !
Mientras gritaba, Ingrid se acercó aún más a ellas, absolutamente convencida de que su vida, su destino y su alma solamente le pertenecían a ella, y de que era imposible que nada ni nadie pudiera mermar aquel arrojo feroz.
Elina dio un paso atrás, los perros un paso adelante, e Ingrid se quedó prácticamente frente con frente con Katja, que había perdido la sonrisa cínica y la miraba con un gesto vacío.
Se quedaron medio minuto así, mirándose a los ojos; los de Ingrid insuflados en fuerza, los de Katja, en una confusión tibia y grisácea.
Fue Ingrid la que rompió la mirada. Se agachó y escupió a los pies de Katja.
El salivazo cayó al justo al lado de su pie descalzo.
—No existís —dijo Ingrid, que era la que ahora sonreía con cinismo. Y repitió—: No. No existís.
Y Katja y Elina se dieron la vuelta en silencio, con el séquito tenebroso de perros negros tras ellas, todos cabizbajos como si fuesen almas extraviadas en el purgatorio, almas muertas cuyo único destino posible era torcer su rumbo en los laberintos del tiempo.
Mientras se retiraban, ya convertidas en personajes meramente simbólicos, en fantoches de fábula sueca, Ingrid seguía repitiendo:
—No existís. No existís. ¡ NO EXISTÍS !
Y la puerta se cerró. Y, de pronto, el mundo pareció despejarse, como si hasta ese momento toda la atmósfera terrestre hubiera estado recubierta de una densa capa de nubes tan oscuras como el último confín del universo y se hubieran disipado dejando un cielo tan limpio que casi pudiese oírse la combustión del sol.
Ingrid se dio la vuelta y echó a andar en dirección al coche mientras dejaba atrás a aquellas dos sombras engullidas por la luz brillante de la aurora, a dos niñas destrozadas y encerradas para siempre con sus demonios insomnes, con sus muertos perdidos, con todos aquellos huesos ahogados en cal viva.
Dos mujeres desprovistas de existencia, dos cuerpos que envejecerían sin alma, sin aliento que pudiera hacer vibrar la piel que recubre sus costillas, sin más palabras malditas que dieran forma a su mundo.
Cuando subió al coche, Ingrid ya no cojeaba.